

Reinaldo Arenas, en su autobiografía novelada Antes que anochezca, llamó Miguel Barniz a quien, según declaraciones que hizo a sus amigos, consideraba “el más cínico de los escribidores cubanos”. Lo llamaba así, “escribidor” porque, haciendo gala de su fino humor: “los escritores, escriben; y los escribidores, perpetran”.
La perfecta definición de Arenas: Miguel Barniz, ha estado presente en las casuales lecturas que he hecho en los últimos dos años sobre la proyección internacional de, en palabras de un muy reconocido escritor cubano, también Premio Nacional de Literatura, esa “vieja dama indigna, que ha metido sus uñitas afiladas en cuanto chisme, brete, enredo y jugada sucia contra otros escritores ha existido en la historia cultural cubana de los últimos treinta años”. Y tuve que reírme entonces. Como reímos ante aquella frase genial Jesús David Curbelo, Guillermo Vidal, Alberto Garrandés y Alberto Garrido, allí, en una de las presentaciones de La Gaceta de Cuba en la Sala Martínez Villena de la UNEAC. Pensé, era una conclusión bastante lógica, que aquellas palabras de uno de los intelectuales contra quienes la intolerancia se cebó en ese eufemismo llamado “período gris de la cultura” respondían a las normales guerritas que existían desde el Caso Padilla entre los más ilustres miembros de esa promoción.
Un encuentro en vivo con el barniz de Barnet, una entrevista y una noticia después me obligan a darle la razón a Reinaldo Arenas, a ese otro viejo escritor que no menciono pero seguro muchos adivinan, y me obliga también a violar una de las normas que me he establecido: “aunque te revienten las venas, jamás hagas una crítica personal a otro escritor cubano”, me he repetido muchas veces cuando la tentación me ha rodeado.
Hace dos años, en el Instituto Cervantes de Berlín, asistí a un conversatorio donde admiré más la ética a prueba de balas del cineasta Fernando Pérez, la profundidad analítica de Lichy Diego, que hicieron virutas las palabras intolerantes y superficiales de Barnet. Recuerdo que, saltando desde el público, un cubano lo llamó asesino porque su nombre aparecía en el listado de quienes habían firmado el apoyo a la condena a muerte de los tres cubanos que habían sido procesados en juicio sumario y fusilados en Cuba, en el año 2003. Entre otras superficialidades cínicas, ese día Barnet confesó al público que lo que más le importaba de Cuba era estar con sus doce perros Chau Chau (conservo la grabación, por cierto). Lo dijo sonriendo, satisfecho, cínico. Y en ese preciso instante recordé a mis vecinos de Centro Habana y, especialmente, al poeta Pedro Oscar Godínez (uno de los más genuinos poetas cubanos de hoy) que estoy seguro quisiera tener la posibilidad de disfrutar un solo día del modo de vida de uno de esos Chau Chau, pero tiene que conformarse (o podrirse de tristeza) en su casucha miserable en pleno centro de la capital. No le importaba tampoco a Barnet la desesperación y la vida en la miseria de cientos de miles de cubanos; desesperación y miseria que le achacó solamente al bloqueo yanqui y no a esos otros bloqueos del gobierno cubano de los que hablaron, cada uno desde sus perspectivas, Fernando y Lichy. Le importaban más a Barnet los lujos que les da a sus perros. Y no sé porqué extraña asociación vinieron a mi mente las palabras de un discurso de ese político que rigió nuestras vidas hasta su enfermedad y retiro (por cierto, un ídolo para Barnet), cuando criticó duramente al capitalismo diciendo que mientras muchos no tenían qué comer en el Tercer Mundo, en los países ricos se vendían millones de toneladas de comidas para perros y otras mascotas.
Ese paraíso del cual escaparon Reinaldo Arenas, Guillermo Cabrera Infante, Antonio Benítez Rojo, Heberto Padilla, Lino Novás Calvo, Severo Sarduy, Gastón Baquero, Eugenio Florit, Carlos Victoria, o más recientemente los muy jóvenes Juan Francisco Pulido, Michael H. Miranda y Ashley Mármol, por sólo mencionar algunos de los más de mil artistas y escritores que se han visto obligados a salir de Cuba, fue descrito con todos sus barnices falsarios por Miguel Barnet en una entrevista concedida a Edmundo García para una radio de Miami. Lo pedestre de sus respuestas, la mentira esgrimida como argumento, la intolerancia encubierta bajo un traje falso de mansa oveja me hizo recordar a otro escritor, también Premio Nacional de Literatura, que en su casa frente al mar un día me dijo: “igual que en la fábula del burro, ése tocó la flauta de milagro una vez con su libro Cimarrón, como lo demuestra el resto de su obra. El mérito que nadie jamás podrá negarle es su exquisito oportunismo”. Si existe ese paraíso en la isla, ¿por qué el único pensamiento de la inmensa mayoría de los cubanos es emigrar como lo demuestran incluso las encuestas hechas por el gobierno de Raúl Castro recientemente?, ¿por qué Cuba tiene más del 20 por ciento de su población viviendo en el exilio?
Finalmente, el exilio cubano se conmueve ante una muestra descomunal de una mentira que se convierte, en las actuales circunstancias de la isla, en un cinismo sin precedentes. No hay otra palabra.
“Todos los cubanos viajan. Sólo los presos no pueden hacerlo”, ha dicho Miguel Barnet en Panamá. Que lo diga el escribidor no cuenta. Pero ahora es, además de escribidor, un alto funcionario de la cultura: Presidente de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC). Y es justo esto lo que me permite éticamente violar la regla de no escribir contra otro escritor: supuestamente, ya que aún Cuba no me ha expulsado de las filas de la UNEAC, Miguel Barnet es mi Presidente. Y en defensa de lo que considero una ofensa cínica contra mis colegas escritores y artistas en la isla, y contra el pueblo al que pertenezco, debo preguntar: ¿La doctora Hilda Molina o la joven periodista Yoani Sánchez no son cubanas? Menciono sólo los dos casos más notables de cubanos a quienes se les ha impedido visitar a su familia en Argentina o salir a recoger un premio a Europa, respectivamente. ¿Acaso las autoridades cubanas no tienen retenidos en Cuba a miles de familiares de cubanos que han decidido exiliarse? (El caso conocido más reciente es el hijo de dos cantantes muy queridos: Maggie Carlés y Luis Nodal, que acaba de reunirse con ellos en Miami luego de 20 AÑOS). ¿Acaso no se condiciona la salida del país, que puede ser (y ha sido miles de veces) denegada a quienes no pueden presentar los absurdos permisos de sus ministerios que, por cierto, pueden demorar hasta años en ser concedidos? ¿Acaso no se les prohíbe a profesionales de la salud, militares y algunos otros trabajadores de algunos sectores, salir del país si antes no han dejado de trabajar en esos sectores al menos cinco años? Pero, aún si fuera cierto lo que dice, si sólo los presos no viajaran, se trataría de una prohibición descomunal si tenemos en cuenta que Cuba posee una de las poblaciones penales más grande de todo el mundo, calculada según diversas fuentes entre los 60 y los 100 mil prisioneros.
Miguel Barnet sabe que miente. Y es una vergüenza. Pero es hora de que entienda que no puede ir mintiendo por todas partes. ¿O es que, en realidad, él representa a un gobierno que ha vivido ya cincuenta años en la mentira y el cinismo y por eso se siente libre de mentir? ¿A quién representa Barnet?: ¿a ese gobierno intolerante que convierte en enemigo y cataloga de “mercenario” a cualquiera que piense distinto, o a los miembros de la UNEAC que, estoy seguro, al escuchar frases como esa: “Todos los cubanos viajan. Sólo los presos no pueden hacerlo”, pensarán, aunque sea para sus adentros, que su Presidente ha dicho una bochornosa y refutable mentira? Hay una sola palabra, repito, que define su postura ante la realidad social que vive nuestro país: cinismo. ¡Cuánta razón tenías, Reinaldo Arenas!
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