

Se afirma que las novelas pueden clasificarse en cientos de tipos, y que de ellas hay quien extrae miles de aspectos, hasta el punto de hacer del género una manifestación narrativa inexhaurible1. Sin embargo, basta despojar a la novela de todo adorno y mistificación para que su médula la veamos compuesta por tan sólo tres características fundamentales: novelas de Personajes (P), novelas de Ambiente (A) o de Situación (S), y novelas de Ideas (I).
Estas tres características fundamentales imprimen al relato de su aire dominante, ya sea que destaque uno u otro sobre los dos restantes. Son características que podemos considerar regidas por una escala porcentual que, de acuerdo a su inherente movilidad, deriva en un índice que nos ilustra sobre la pertinencia estética de cada obra. A este fenómeno lo podemos denominar Índice PASI. Ello implica que ninguna novela, por muy acentuada que tenga su característica dominante, excluye a las otras dos secundarias. Y esto, a su vez, indica que siempre hay una característica dominante que viene dada por la impronta estética que le ha querido otorgar su autor.
Así, en la historia de la novelística moderna, podemos destacar distintas obras que a modo de ejemplo nos ilustran las tres clasificaciones. En la de Personajes, mencionemos “Guerra y paz”, “Crimen y castigo”, “El Quijote, “Madame Bobary”, Los cuentos de Canterbury” y “Emma”. En la de Ambiente o de Situación, citemos a “Ulises”, “Meridiano de sangre”, “La broma infinita” “La saga–fuga de JB”, “Cien años de soledad”, “Paradiso” y “Confesiones de una máscara”. Y en la de Ideas, subrayemos “La montaña mágica”, “En busca del tiempo perdido” “Las partículas elementales”, “El arco iris de gravedad”, “Los viajes de Gulliver”, “La muerte de Virgilio” y “1984”.
Cada característica conlleva unas tonalidades innatas, aunque no excluyentes, que impregnan al relato de ese aire de que hablamos antes. Podemos decir que la novela del tipo Personajes representa al pasado y tiene una tonalidad de nostalgia; que la novela del tipo Ambiente –Situación representa el presente y que posee una tonalidad de melancolía; y que la novela del tipo Ideas representa al futuro y se ve animada por la tonalidad de la euforia, entendida aquí “euforia” como la proyección del ánimo expansivo. En P hay mundos perdidos, gentes desaparecidas, tiempos añorados, crónicas de épocas dejadas atrás y hechos de seres recordados. En AS dominan los escenarios y las descripciones; hay ausencias imaginadas que se echan de menos, hay mundos llenos de carencias, hay personajes abrumados por su actualidad y su entorno. En I predomina la especulación y el análisis; hay elucubraciones, hay mundos sometidos a la crítica y a la hipérbole, hay pensamiento desligado de su mente.
Puesto que toda obra consta de las tres características, por muy escasa que sea cualquiera de ellas, podemos colegir que la novela ideal se sustenta en el siguiente orden: P: 33 %; AS: 33 %; I: 33 %. Un orden que debemos graduar en base a múltiplos de 3, ya que es pertinente otorgar a toda obra como mínimo una treintaitresava parte en cada una de sus características. El uno por ciento restantes, como he apuntado antes, es el factor ineludible que necesariamente imprime el autor a su obra y que siempre viene a desequilibrar los porcentajes.
De esto se desprende que las variaciones en tales porcentajes llevan a toda novela a significarse en su característica y, asimismo, a alejarse del equilibrio que representa a la obra perfecta. Es más, podemos afirmar que esas variaciones en los porcentajes se pueden cuantificar, y de ahí deducir cuando una obra pierde la calidad de su propio planteamiento, y ello independientemente de la prosa y el estilo con los que esté escrita. Por ejemplo, una novela que tuviese los siguientes porcentajes, P 59, AS 30, I 11, quedaría demasiado volcada en la representación, aparecería más o menos equilibrada en la descripción pero se denotaría muy menguada de reflexión. Ni qué decir tiene que el índice PASI, revelando extremos, indica obras de bajo valor literario: P 6, AS 70, I 24; P 15, AS 18, I 67; P 61, AS 27, I 12. Etcétera ad infinitum. Calcúlese otros porcentajes aún más extremados para desenmascarar a la infraliteratura.
Si acordamos que los equilibrios de P representan la moralidad, de AS la fascinación y de I la parábola, sus extremos, siempre por exceso, obviamente, en novela conducen al psicologismo, al costumbrismo y al doctrinarismo. ¿En qué menoscaban estos excesos la pertinencia del Índice PASI ideal? Cierto es que la ficción novelística se guía por sus propios presupuestos estéticos e intelectuales, construye su alma independientemente del hálito que anima a la realidad contingente que pretende reflejar, recrear o negar. Es pues pertinente cualquier horizonte a donde el autor quiera llevar a su obra. Ahora bien, este autor en todo momento ha de tener en cuenta que el Índice PASI ideal lo es porque posee una carga trascendente mayor que cualquier otro susceptible de dilucidación en la escala de treintaitresavos. Del mismo modo que la realidad del mundo adquiere un valor superior en una trascendencia que la redime de ese estado contingente, la novela superior, abrumadora de belleza, va más allá de sí cuando su valor 100, equilibrado y armónico, narra ficciones exponenciales.
Notas del artículo
1.- Aunque la palabra “inexhaurible” no aparece en el Diccionario de la Real Academia de La Lengua Española, en algunos escritos significa sin fin, inagotable, interminable.
(Torreperogil, Jaén). Estudió Ciencias de la Información en Madrid, donde reside en la actualidad. Durante años anduvo desde Las Vegas hasta el confín del Transiberiano. Ha ganado el IV Premio de Novela Ciudad de Badajoz con su obra “Portentos de ultramar”, y el IX Premio de Novela Francisco García Pavón de Tomelloso con “El oráculo de la tortuga”, ambas publicadas por Algaida. Ha sido segundo del Premio Azorín 2007, cuarto del Premio Planeta 2008, y finalista del Premio de Novela Ateneo de Sevilla 2007 y del Azorín 2008.
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