

La poeta argentina Alejandra Pizarnik murió sin saber dormir. Una noche tragó una cantidad excesiva de somníferos y no despertó más. "Pero a mi noche no la mata ningún sol", escribió poco antes de morir. En ella confluían siempre el crepúsculo y la vigilia: la Pizarnik se pasó los treinta y seis años de su vida reivindicando madrugadas. El desvelo como militancia y fatalidad. Si ser insomne es duro, serlo en Santiago de Chile puede ser catastrófico. Esta ciudad no está hecha para los que sufren trastornos de sueño. Existe un momento del día muy preciso en que la jornada se acaba para los despiertos y la ruta queda vacía. Nadie en pie, silencio absoluto, luces apagadas. Es un carácter de regimiento, medio fascista, el que opera sobre los horarios del dormir: a las diez y media, o a más tardar a las once de la noche, todos debemos ir a la cama. Apaguen las luces y duerman, buenos corderos. Dios ayuda a quien madruga. Y la gente, la gente normal, duerme y madruga. Pero los ojerosos, los discapacitados del sueño, los que cierran los párpados y casi nunca logran apagar completamente las luces en la cabeza, deben permanecer en un estado de vigilia prolongada sobre la cama. Con miedo. César Aira lo ha definido así: "El insomnio no es casi nada más que el miedo a no poder dormir."
Los insomnes, sin embargo, no se rinden y aprovechan el silencio nocturno, la coordinada calma de los durmientes, para trabajar. La noche les da urgencia a sus horas porque el sol amenaza con matar la penumbra en cualquier momento. Los horarios se alteran por completo: duermen cuando los otros despiertan; despiertan cuando los otros almuerzan. ¿Y si hicieran turnos?
Los insomnes han sido felices en Madrid, fueron felices en Buenos Aires antes del estallido, serán felices soñando (despiertos) con una patria nocturna. Pero Santiago está tan lejos de constituirse en aquel paraíso. La carencia de una línea editorial para la ruta nocturna es evidente: sólo los fines de semana hay trasnoche en algunos cines, la mayoría de los bares baja la cortina con rigor de convento y los sitios públicos en general se acuestan con las gallinas. Y los insomnes quedan solos, vagando como fantasmas con sus ojeras y ese aspecto de mal sueño. Hay que dormir a la fuerza. Cada uno con su método: el conteo de ovejas, las llamadas telefónicas ínter insomnes, el baño de tina, el corto de whisky, el sexo de madrugada, los somníferos. Flunitrazepam, lorazepam, calmosedán, diazepam a secas, adormix, tricalma, tensodox, la insulsa melatonina.
Cada insomne con su ruta. Si los horarios públicos no fueran tan rígidos, seguro que disminuirían los desvelos. Porque habría menos ciudadanos pensando que en cinco, cuatro, tres, dos, una hora más la vida, la vida de los ciudadanos comunes y corrientes, comienza a funcionar. Los sin sueño de Santiago serían tanto más felices si el mediodía pudiera ser también media tarde. O la media tarde medianoche. Lo dijo alguna vez con resistencia la nocturna Pizarnik: "No me entregues, tristísima medianoche, al impuro mediodía blanco". No hay noche tan larga que no culmine en día, anuncia la tragedia. La maldita y adorada noche. Pero amanece y los insomnes, ¿qué hacemos los insomnes?
Puede escribirle a la autora a: alejandracostamagna@otrolunes.com
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