

Irene Nemirovsky fue una escritora que trascendió su época por un puñado de obras escritas en un francés aprendido en su infancia rusa y, sobre todo, por su desgarradora Suite Francesa, una novela que muestra el sufrimiento de amplios sectores del pueblo francés durante la Segunda Guerra Mundial. Son páginas cargadas de imágenes conmovedoras y situaciones dramáticas extremas, episodios en los que viven y mueren personajes cuya existencia muelle y feliz se ve de pronto rota por un conflicto bélico que los arrasa como una ola gigantesca. Aun así, algunos de esos episodios palidecen ante la tragedia de la propia autora. Mientras pergeñaba la ficción, la novelista vivía una realidad mucho más dramática que la que nacía de su pluma. Para que se me entienda: en medio de los fragores de la guerra, o mejor dicho, de la invasión y el despliegue de las tropas alemanas en Francia, Némirovsky escribía una historia fabulada sobre la llegada del ejército nazi, la fuga de los franceses de París y la ocupación de buena parte del país.
Los novelistas escribimos generalmente sobre hechos ocurridos en el pasado. Nos favorece la distancia, que permite tamizar los recuerdos y enriquecerlos con el producto de nuestra imaginación. Para exponer el mundo de la ficción novelesca creamos un ente –el narrador-, al que asignamos la tarea de contar la historia. Lo dotamos de vida y lo situamos en un plano temporal muy cercano a la trama, si no dentro de ella. Pero nosotros mismos permanecemos refugiados en la seguridad del presente, a buen resguardo de las peripecias, aventuras o peligros que urdimos y trasladamos a la página en blanco.
El lector intuye que esto funciona así. Y por muy terribles que sean los hechos de la trama, él sabe que todo forma parte de ese juego en el que participa por propia voluntad. Conoce que el autor está lejos en el tiempo, a salvo de todo lo que cuenta y, por tanto, alejado también de los peligros –reales o ficticios- que discurren a través del texto con el flujo de la narración. No importa que la novela cuente episodios cercanos a la biografía del escritor, o que esté narrada en primera persona por un narrador que participa en la acción. El elemento de la distancia temporal presupone que el escritor sobrevivió a las adversidades que enriquecieron la experiencia vital subyacente en la base de la novela. En cualquier caso, pasó por ellas y salió, si no indemne, al menos en condiciones de contar o escribir sobre su experiencia.
Esto es así, salvo en raras ocasiones. Una de ellas es el caso de Irène Némirovsky y su excelente novela Suite francesa. Quizás lo más sorprendente en este texto es que fue escrito sobre la base de hechos que estaban aún desarrollándose. Distancia temporal igual a cero. Como si la autora viviera simultáneamente en dos mundos paralelos, el real y el literario. Y no se trata de un diario ni un libro de crónicas. Por otra parte, hablamos del verano de 1942, cuando en el mundo real de la escritora reinaban el pánico, la destrucción y la muerte de miles de personas, es decir, el paisaje típico de un conflicto bélico. Pese a que eran casi los comienzos de la guerra, ya Nemirovsky había asimilado todo lo asimilable de esa experiencia vital y la había convertido en materia novelesca. El texto resultante produce en quien lo lee la impresión de obra escrita mucho tiempo después. Sin embargo, los mundos en que se movía la autora terminan por confundirse. Irène Némirovsky no pudo siquiera terminar la novela. Escribió sólo los primeros dos libros de los cuatros que había planeado para ella. ¿Motivos? Los más terribles. Un día de julio de 1942 fue arrestada por la gendarmería del régimen de Vichy y entregada al ejército alemán, que se la llevó a un lugar muy distante de su mesa de trabajo. Ese mismo verano fue gaseada en uno de los hornos de Auschwitz. El manuscrito, por su parte, permaneció oculto en una maleta hasta que su hija Denise lo descubrió entre otros papeles de su madre. Años más tarde copió el texto a máquina y lo entregó a una editorial para su publicación. El libro vio la luz en 2004.
¿Qué habrá pensado la escritora en el momento en que los gendarmes de las autoridades colaboracionistas francesas se presentaron en su refugio para arrestarla y ponerla en manos de sus amos fascistas? ¿Se habrá acordado de Rusia, de la conmoción producida por la revolución bolchevique, de los pogromos que sufrían los judíos en aquel país o de la ironía que significaba el hecho de haber escapado de su patria para venir a caer lejos de ella, convertida en una escritora de éxito en otra lengua y en la cumbre de su carrera literaria? Y luego, en su minuto final, ¿habrá podido siquiera imaginar que, sesenta y dos años después, aquella novela inconclusa la instalaría para siempre entre los grandes de la literatura universal?
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