OtroLunes. Revista Hispanoamericana de Cultura. Enero 2010. Antilde;o cuatro. Número once

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Datos de la revista, enero 2010, año 4, número 11
otrolunes.com >> Otra Opinión >> Columna de Arturo G. Dorado

La hidra de la mentira

 

Arturo G. Dorado

La sociedad cubana sufre su propia culpa de jugar con los ídolos de la Revolución, pero el sufrimiento va más allá de la culpa, reclama compasión. Es una sociedad abandonada a su desventura, como un niño que no sabe qué hacer, al cual el mundo le parece demasiado complicado, huérfano en su propia familia; un niño que conjuró a los espíritus de la oscuridad, seducido por sus cantos de sirena, y que ya es su prisionero, su producto, convertido de creador en criatura de sus propios demonios.

Quisiera entonces hablarle de ese sufrimiento soterrado, de esa densa tristeza que está detrás de la aparente risa y alegría de los cubanos. El sufrimiento que hace un guiño cómplice en las muchachas que se prostituyen por necesidad o porque es obviamente más rentable que cualquier otra opción; que es como una atmósfera, un hedor marcando a los que marchan diariamente a la rutina de un trabajo que no les ofrece realización alguna, por un salario que apenas les alcanza para lo básico, téngase en cuenta que un médico especialista gana 25 pesos diarios, un refresco enlatado cuesta diez, una pizza cinco, o sea trabaja por tres pizzas y un refresco diarios; el sufrimiento de quienes estudian pese a que a los padres no pueden responder a la pregunta ¿por qué estudiar si al final me servirá de bien poco?, y que tras el desenfado de la adolescencia traslucen el temor de un futuro sin perspectivas, excepto la de que todo será igual o peor; el sufrimiento de los niños y los padres que pasan frente a una juguetería donde los precios son asquerosamente obscenos, donde un peluche cuesta el salario de dos meses de cualquier cubano; de los que tienen que vivir fuera de la ley porque es imposible vivir en la ley; de los propios represores envueltos en la retórica de la mentira, víctimas de sus odios y prejuicios; de quienes tienen que aceptar la mentira para no desesperar, porque reconocer que se vive en la mentira es un peso demasiado grande para la mayoría de los seres humanos; de los profesionales que persiguen a cualquier costo una "misión" en cualquier rincón del mundo para poder mejorar algo su vida y la de sus familias; el sufrimiento de los ancianos que languidecen a la espera de la muerte, sobreviviendo en la pobreza, viendo como su vida se fue y al final no hay nada, la nada es lo resultante por más que traten de encubrirla en un intento baladí de darse sentido, de oponerse a la miseria que ya no es posible ocultar tras promesas de futuros luminosos o epopeyas rimbombantes, la pobreza desnuda y sin salida, impuesta como una maldición que carcome las almas y los cuerpos, los sueños, los ideales, la fuerza para seguir viviendo, para seguir creyendo; el sufrimiento de los que creyeron, y los que aún creen, de los comunistas honestos que dieron su vida por algo que al final les ha dejado como cómplices del desastre, que saben que las cosas están mal y no pueden hacer nada, rumian su desencanto; de quienes fueron a guerras que al fin resultaron otro fracaso y tampoco tienen nada, tampoco escapan de esa tan tristemente exacta definición que da título a la novela de Zoé Valdés La nada cotidiana; de quienes tratando de huir, de lograr el único cambio que los cubanos sienten real, emigrar, se lanzaron al mar en cuanto objeto flota y se ahogaron o vieron ahogarse a sus amigos y familiares; de los que viven separados de sus familias, fuera de su ambiente, vagabundos a la fuerza, aventureros de otras tierras porque no caben en su tierra; el dolor lacerante de ver como se destruye la sociedad, como se desdibuja el paisaje de lo que era Cuba en una especie de favela gigantesca, como la cubanidad se metamorfosea en marginalidad, como la fealdad crece al igual que un cáncer, y de los que en esa fealdad ya no saben ni pueden buscar ni crear la belleza.

Ese sufrimiento que habla por boca de un antiguo miliciano, combatiente en el Escambray, cuando borracho confiesa que mató a un alzado bañándose, se acercó y oyó al hombre cantando, le disparó y la canción no le ha dejado dormir nunca más, la canción es la canción del dolor y la culpa y la vergüenza que aparece cuando una mujer mal o bien vestida espeta al transeúnte, ¿quieres matar una jugada?, en un eufemismo muy revelador del comercio sexual; aparece tras el aparente éxito de los nuevos ricos en su vulgaridad manifiesta, con la que tratan de ocultar su pequeñez espiritual y moral, tratan de ocultar que la corrupción mancha la dignidad humana, envilece, que esa frase tan de moda en administradores, jefes, ladrones "hay que chuparle la teta al comunismo", es una asquerosidad indefendible; ese sufrimiento de la pequeñez y la cobardía, y no sólo de los hombres y mujeres comunes que bien poco pueden hacer al respecto, sino de los que sí pueden decir y no lo hacen, de los jerarcas de la iglesia Católica que callan y consienten, que colaboran con el desastre desde que no se oponen a él, y no sólo no se oponen, sino abandonan y rechazan a quienes tratan de hacer algo y les piden ayuda.

El sufrimiento de un antiguo preso político que cumplió diez años de cárcel por el crimen de reunirse con unos amigos en una iglesia, y que ya no cree en el cambio, no cree en sus compatriotas, no puede ocultar que decir "no vale la pena, no vale la pena hacer nada por quienes no quieren ser libres" es un desgarro total, un dolor esencial; la pena de ver a disidentes recogiendo las sobras de comida en una recepción en casa del embajador norteamericano, haciéndolo no sólo por hambre, sino porque ni siquiera se cuestionan que esté mal, son también, sin quererlo ni saberlo, "los hombres nuevos"; la triste condición de los que se inventan causas políticas para acogerse al programa de refugiados políticos que ofrece la Sección de Intereses de los Estados Unidos, o se aferran como rémoras a cuanto desecho de Europa, da lo mismo que hombre o mujer, les ofrezca una vía para salir; el sufrimiento solitario del oficial de la Seguridad del Estado que cree en el país, que sabe que hay que hacer algo, que hay que hacer cambios y ve que nada cambia, que a solas se pregunta por lo que hace y al fin es otra pieza más del gran teatro del absurdo, otro personaje de la farsa que le engloba como al funcionario que ya no puede ni sabe ser honesto, al policía que persigue más que a delincuentes a quienes tratan de vivir y ayudan a vivir a los demás vendiendo lo que pueden.

La pena sin brillo, basta y pequeña pero igualmente triste y deplorable, de los burócratas sumergidos en su grisura, como piñones de una maquinaria kafkiana donde se les desgasta la vida y se les marchita el alma; el dolor de un amigo exiliado que regresa luego de años y al tener que partir comienza a vomitar porque en realidad no quiere irse y sabe que tiene que irse, que ya no puede vivir en su país; ese sufrimiento de la mentira y la manipulación constante en los medios de información, de la censura y la doble moral que revolotea tras la masa caminante en un desfile, caminado porque hay que ir, porque ser rebaño es su condición, porque es otro modo de enajenarse, porque todo el mundo va, porque es mejor no marcarse, porque uno se divierte, porque ¿para qué pensar?, porque en su bullicio es un acorde de la desolación de los pueblos y ciudades devastadas por los recientes ciclones, de los miles de cubanos que estuvieron durante semanas comiendo en ollas colectivas, por completo dependientes de la precaria ayuda oficial; ese sufrimiento de nuestro sino que aparece, por fin sin afeites, en la película "Suite Habana", híbrido de mundos empantanados en un maridaje grotesco, retruécano de la historia y la memoria, tan difícil de comprender para los extranjeros por su pericia en el disimulo y el increíble malabar de exhibir como logros un fracaso estrepitoso, por los meandros del absurdo que tan bien se ocultan en los subterráneos de la utopía y el resentimiento.

Difícil de comprender incluso para muchos cubanos de fuera que han olvidado o no pueden seguir sus evoluciones, justo porque no es normal y los seres humanos quieren la normalidad, no quieren tener presente el dolor y el absurdo, la hidra de la mentira; el sufrimiento que se muestra en el documental "Los buzos" (el nombre con que se conoce a quienes hurgan en la basura de la ciudad para encontrar algo que vender luego, quienes viven literalmente de la basura), y que para mí se centra en uno de los entrevistados cuando dice sin saberlo el destino de tantos cubanos: "he trabajado en la agricultura, he trabajado en la construcción, soy un obrero, he pasado mi vida trabajando y no tengo nada, sólo pomos en la basura".

 

Puede escribirle al autor a: artusgolden@yahoo.com

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