

A todos nos ha tocado, en algún momento, la revelación repentina de ese momento de estrepitoso silencio, ese espacio desvestido de tiempo donde la inutilidad nos reduce a habitar una presencia que se nutre de libros. Alguna forma de inercia, diría yo, o cierta energía en potencia, ante la cual, inevitablemente, nos sentimos tan vulnerables, tan solos y, sobre todo, tan humanos. A todos los que nos alimentamos de las palabras nos ha encontrado el epíteto de “ratón de biblioteca”, pero jamás -¡jamás!- se nos ocurriría morar en la idea con sentido literal, hasta que conocemos a Firmin, el personaje que le da título a la primera novela de Sam Savage.
Firmin es una novela deliciosa, deleitosa, digerible. Se deja degustar como una fijación láctea a la vez que entraña ese tono de tristeza que sutilmente se diluye en la ingenuidad del narrador, una rata que nace en el sótano de una librería en Scollay Square, localizada en el Boston de finales de los años sesenta. La rata antropomorfa llega al mundo entre las páginas de lo que ella misma llama “la obra maestra menos leída del mundo”, Finnegans Wake. La novela de James Joyce sirve, irónicamente, como despertar para la rata Firmin, puesto que sus páginas le sirven de alimento durante los primeros días donde el roedor, el último de una familia de trece hermanos, debe luchar para alimentarse de una de las doce mamas de su progenitora. Firmin no sólo comienza a devorar la novela del escritor irlandés –literalmente, come libros-, sino que también sueña con una decimotercera mama de la cual él pueda succionar. Revuelto en “hipertrofia léxica” o, como Firmin mismo le llama, “biblio-bulimia”, la rata desarrolla un gusto por los libros que devora. Es una repetición grotesca de la locura quijotesca, sin lugar a dudas, y conduce a nuestro héroe a alucinar que, en realidad, él es un ser humano encerrado en cuerpo de rata.
Me atrae le hecho de que, siendo la rata narradora y protagonista, la historia recupera la mala maña Beckettetiana de focalizar sobre la escisión entre el sujeto y el objeto. No es debatible el hecho de que, siendo un animal generalmente repulsivo y grotesco, Firmin exhiba profundad de pasiones humanas. Muy particularmente, su formación literaria queda domeñada por el entorno espacial: vive en una biblioteca.
Y uno piensa en el flâneur citadino, en las relaciones espaciales del paseante en la ciudad, del caminante de Baudelaire o del Benjamin parisino, y su interacción con el paisaje en constante expansión, pero en la novela de Savage vemos la rata reducida a un sótano que, a la vez que lo enclaustra y lo inmoviliza, le abre hoyos negros a otras dimensiones, todas ellas literarias. Aquí, el cuerpo fenomenológico del observador apacigua la guerra con el mundo exterior y se sumerge en sí mismo.
Existe porque lee, es todo.
Y es todo hasta que Firmin encuentra su reflejo en un espejo.
El patetismo de Firmin es uno de los giros depresivos de la novela de Savage, un “novísimo” de 67 años que ha marcado el paso de la vanguardia literaria estadounidense. Al creerse humano, la rata pretende integrarse al mundo de Norman, el dueño de la librería, cuya confianza Firmin intenta ganar por medio de obsequios que le va dejando. Sin embargo, lo que recibe en respuesta nuestra rata literaria es –de nuevo, de manera literal- veneno, señuelo que no logra su objetivo físicamente, pero causa el primer desvarío emotivo en Firmin: la desilusión. Por ende, decide aprender otros métodos para comunicarse con el mundo de los humanos, y, luego de ensayar un par de frases que aprende –de un libro, por supuesto- sobre lenguaje de señas, sale a un parque en busca de un interlocutor. Claro está: la desilusión, como en otras dos historias que guardan similitud con Firmin, La metamorfosis de Kafka y El perfume de Süskind, es irreversible, y lo que encontrará será el golpe que le propina un hombre con su bastón y que deja a la rata con dificultad de movimientos. Entonces, Jerry, un escritor solitario y que vive contiguo a la librería de Norman, rescata a Firmin, pero ello sólo agrava el alcance de la nueva miseria que el mundo exterior ha traído para la rata. Es en casa de Jerry donde Firmin adquiere consciencia de su aspecto físico: es una rata.
La obra de Savage no esconde sus antecedentes, entre ellos, las Memorias del subsuelo, de Dostoievsky, perturbadora y perturbada novela escrita por el maestro ruso durante uno de los momentos de mayor incomprensión de su realidad externa. De Memorias del subsuelo, se extrae que en el segundo capítulo de la primera parte (titulada “La ratonera”), el narrador nos dice: “Ahora voy a contarles, señores (quieran ustedes o no), por qué ni siquiera he conseguido llegar a ser un insecto. Lo declaro ante ustedes solemnemente: muchas veces he intentado convertirme en un insecto, pero no se me ha juzgado digno de ello”. No hay duda que la condición humana, reducida en su indigencia existencial, circunvala lo escatológico y lo locústido, una visión solamente manejable en los contornos de la literatura. El fracasar hasta en el fracaso se reconstituye en la cucaracha de Kafka, o, incluso, en la garrapata de Süskind. Firmin es la novela del fracaso de los humanos, cuya invención más grande ha sido el lenguaje, la materia de la que se compone la ficción de la vida.
Baste entender de plano que la rata aborrece a los de su propia especie (incluyendo a Mickey Mouse y a Stuart Little), imagina que baila como Fred Astarie y que toca el piano como Gershwin. Es ese querer ser lo que no se podrá ser la proposición que dirige hacia el humor patético de esta novela. Así, si Gregor Samsa muere inefablemente cucaracha, y Jean Bapiste Grenoille termina como bocadillo de sacrificio caníbal, la rata Firmín se humaniza en la literatura, pero, como héroe trágico, muere triste y alicaído al volver a la librería de Norman, la cual ya para entonces ha cesado funciones comerciales. Es allí, entre libros, donde se localiza su lugar de ensueño, o la geografía de lo imaginado.
Para Firmin, su regreso triunfal es su fracaso, porque sólo se sabe feliz cuando vive en el mundo de las grandes imaginaciones, que es, a su vez, el único mundo posible- ese mismo mundo del cual el Molloy de Beckett se siente renegado. El triunfo del libro es la postura de que la materialidad de la lengua, en tanto grafía y sonido, constituye el modo en que la humanidad se entiende a sí misma. Sin embargo, muy a lo Beckett, para Firmin, el lenguaje es separación, pues “una rata culta es una rata solitaria”, según él mismo dice.
Y ahí, de vuelta a su rincón de mundo, entre libros y palabras, el regreso a la semilla marca el fin: la librería deviene a ruinas bajo las explanadoras que destruyen, finalmente, el Scollay Square.
De varias maneras, esta novela de Savage nos hace pensar en que todos aquellos que intentamos llamarnos escritores somos Firmin. Siempre ilusos, siempre viviendo en alguna cita o pasaje de algún libro que nos recrea y nos da forma; Quijotes o escarabajos, nos hace pensar, como cuestionara el propio Savage durante una entrevista reciente, si, como Firmin, leemos mucho porque somos ratas solitarias o si somos ratas solitarias por leer tanto.
Puede escribirle al autor a: elidiolatorre@otrolunes.com
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