Doctor Amoribus,
Consultor erótico y sentimental
(VII)

Novela por entregas

Marco Tulio Aguilera Garramuño

marco-tulio-aguilera-otrolunes32Luego de la experiencia vivida gracias a la publicación en estas páginas de la novela por entregas La sangre del Tequila, del escritor cubano Félix Luis Viera, sección que se convirtió en una de las más leídas de OtroLunes, tuvimos el honor de que el prestigioso escritor colombiano Marco Tulio Aguilera Garramuño decidiera retomar el batón de relevo y nos propusiera, también por entregas, su novela Doctor Amoribus, Consultor erótico y sentimental.

Empezamos así una aventura que nos hace sentir orgullosos por partida doble: Marco Tulio Aguilera Garramuño, además de trasmitirnos parte de su prestigio a través de las colaboraciones que nos cede en cada número como columnista, ahora redobla su aporte a la calidad de nuestra revista ofreciéndonos esta obra que, como comprobarán nuestros lectores desde el primer fragmento, será sin dudas uno de los platos exquisitos de cada número a partir de hoy.

Continuemos entonces esta aventura iniciada por este narrador colombiano en nuestro OtroLunes 32: una nueva novela a conquistar (o para que nos conquiste), como nos gusta decir, con este nuevo capítulo “recién acabadito de sacar del horno”.

Redacción de OtroLunes

*****

Tras el limpio fracaso con la adolescente y perversa Ratita, a la que sedujo (o más bien por la que fue seducido y abandonado en pleno estropicio de amor) el Doctor Amóribus afrontó un caso difícil: vulnerar, por encargo,  la insufrible doncellez de Donna Maradona,  una elefantiásica entidad, en un baño de vapor. No se puede decir que haya triunfado – aunque el cronista arguya lo contrario- pero por lo menos recopiló varios billetes que le ayudarían a sobrevivir un par de meses y a conseguir otra clienta –otra paciente de males de amor-  para seguir con  su altruista y mercenaria empresa.

En la presente entrega se enfrentará de nuevo al monstruo invencible: el verdadero amor.

 

 

La mujer armada contra el amor

Amado de los Santos Dionisio Luna, nuestro Doctor Amóribus, viajó a Que­rétaro a ejercer su oficio de amoroso. El triunfo fulgurante en el caso de Donna Maradona le había tornado el ánimo y sosegado las añoranzas de Ranita. Los padres, parientes y allegados de la voluminosa doncella habían organizado el brumoso sainete con todo sigilo y la operación había resultado limpia y con un nimio expendio de sangre. La billetera llena y la certeza de que estaba cumpliendo la misión de su vida, le obligaban a cumplir la promesa hecha a su clienta más aficionada. Treinta y cinco cartas había enviado la pesarosa, y entre juramentos de suicidio y frases en extremo poéticas, le había suplicado de mil formas que la asistiera en su pena. La que se firmaba como Margarita Seca, no podía ser menos que una criatura dulce y despedazada por la existencia.

El pelo rizado, los ojos diminu­tos, del color de las uvas champañeras, bellí­simos, de brillo sedeño. El cuerpo mínimo, bien forma­do, armo­nioso.

–¿No estamos haciendo nada malo?  –decía, angustia­da, aferrándose a la almohada, sus manos en herálldicas garras-. ¿Cierto que no estamos haciendo nada malo?– murmuraba tensa, con el cuerpo rígido, el rostro volteado hacia la pared–. Tú me quieres un poquito, ¿no es cier­to, profesor de los Santos?

Y es que Margarita lleva cuatro años sin conocer hombre y casi ha olvidado todo lo que tiene que ver con el amor, si es que alguna vez supo de ello. Es afectada por una sensi­bili­dad que la tortu­ra. O es que la ha sustituido por do­lor. Los hombres son sus ene­migos. De ellos no puede espe­rar sino agresio­nes, suplicios, humi­llación y burla.

–No me gusta hacerlo sin amor—- dijo, respon­diendo con besos medrosos que querían ser escudos contra la ansiedad de Amado. Marga­rita era un caso grave, deli­cado, una misión peligrosa (como todas, of course).

–Yo quiero hacerlo, yo quiero. Cuando leí el aviso clasificado y me atreví a llamarlo, cuando escuché su voz, supe que usted era la persona indicada para ayudarme,  comprendí que la vida tiene sus caminos–. Se esforzaba por volver a ser mujer, por aban­donar su condición mine­ral. A veces se dejaba ir por un momento, como entregándose al vértigo de sus instintos. Después sus manos volvían a crisparse, sus facciones se endurecían.

La mujer, en el acto de rechazar al hombre se afea, meditó nuestro filósofo protagonista,  y en el de aceptarlo, cobra una inusitada belleza; no hay nada más hermoso que un rostro femenino en el instante  previo al salto.

Parecía un tronco seco, en el que apenas se insinuaba una hoja indecisa y tierna. Las razones no mellaban sus  aris­tas.

–Yo quiero –repetía obse­siva, y cuando su cuerpo se relajaba para aban­donarse al ardor e iniciar el camino ascendente hacia el bienestar, llegaba un momento en que todo se detenía y Amado podía sentir en su ros­tro, adherido al de Marga­rita, el fragor interno que le bro­taba en lágrimas.

Las primeras escaramuzas resultaron en fracasos. Amado batalló con mansedumbre y fe­. Era indispensable, antes que nada, tran­quili­zar a aque­lla pa­cien­te, liberarla de su enfermedad, irrigar su alma, convencerla de que todo es nada si se cree que algo es poco.

Hallábase vestida como para una bata­lla me­die­val. Sobre las pren­das discretas una malla de ballet y cubrien­do ésta, una espe­cie de corsé con ama­rradi­jos inconta­bles, luego un fondo de po­liéster de color anaranjado alucinóge­no, una falda larga hasta los tobi­llos, como de monjita, su busto era protegi­do por una blusa cerrada hasta el cuello y apretada con cordones severos de bota de explorador.

Las palabras dulces, los recursos más delicados, las argu­cias y atajos rumbo a la afortunada culminación, choca­ron contra los cayos sentimen­tales de Margarita. La dialéc­tica de la seduc­ción –Amado estaba comenzando a sentir resquemor en el pecho y seque­dad en la garganta y sospe­chaba que, ¡otra vez !, podía caer en el pozo sin fondo del amor, y creía ver en Margarita a la criatura que llega­ría hasta el puro asiento de su corazón vapulea­do– o la fuer­za de las palabras fueron vanos frente a las justi­fica­ciones, fintas y evasivas de la renovada y terca donce­lla.

Mujer que no hace el amor en mucho tiempo, vuelve a la donce­llez, y para romperla hay que mellar un himen espi­ri­tual, aún mas flexible y re­sistente que el físico, apuntó  en su imaginario cuadernillo de notas, reglas y conclusiones prácticas sobre la profesión de consultor erótico y sentimental, nuestro científico. ¿Por qué no inicias un tratado, un manual, un decálogo, un florilegio de sentencias, profesor de los Santos? Con menos rocas se han construido castillos que llevan siglos de asedios.

(Basta de lucubraciones, buen Amado, delenda est Cartago. Si no lo haces se nos duermen los lectores). La voluntad del profesional del amor de rebasar el umbral de las resis­tencias de Margarita, se hacía astillas contra la ce­rradura de siete sellos, que le impedía a la graciosa enti­dad femenina aceptar como placer aquel torrente de fuer­za que parecía querer romper los diques de su piel. Su sensi­bilidad se había manchado de una substancia invencible y pegajosa. Cualquier sensa­ción agradable era una especie de castigo.

Amanecieron abrazados.

–Voy a ir a ver al psi­quiatra.

–No lo necesitas.

–Entonces, ¿por qué me da miedo?

–Es natural. Lo que necesitas es quien te quiera, y tenga la pacien­cia de tardar seis meses en desnudar­te el cuerpo, y luego, seis años en desnudarte el alma –. Exac­tamente igual sucede con todas las mujeres del mundo. El tiempo les corre de manera distin­ta.

Margarita es linda.  Dis­tinta a todas las demás.  No hay dos mujeres iguales, no hay dos instantes idénti­cos, la vida es una línea impía o compasiva, que se pierde en el vacío de los tiempos; no pode­mos hacer juicios de nada, no debemos planear ni sonreír ni padecer a fondo; todo puede variar, para bien o para mal, aunque bien y mal sean pala­bras de las cuales tampoco podamos tener certeza algu­na.

(Perdón, perdón, amables espectadores y mirones. Sepamos disculpar a nuestro amado. Dejémoslo vivir a fondo y regocijarse con palabras).

Marga­rita vive rodeada por un halo particular e inde­fi­nible, que se adensa en los ojos. No ha mirado a un hombre con interés desde hace cuatro años. Tiene enmohecido el corazón y cerra­das todas las puertas que llevan a su inti­midad. Tres días son poco tiempo para llegar hasta el fondo de esa casa en penum­bras, llena de trampas y fal­sos cami­nos. Amado sabe que no dispone de más –su amante dijo que se ocuparía del pez Gervasio tres días, nada más– , pero está dispuesto a intentarlo. Los dioses de las almas rese­cas y de los grandes desier­tos del mundo, piensa, harán llo­ver sobre ese campo árido y lo obligarán a florecer.

La primera noche fue una especie de escaramuza de flores. A las doce suspendieron el tratamiento y salieron del hotel a caminar. Con extrañeza Amado se vio sometido a nimiedades y pérdidas de tiempo que sabe tienen parentesco con eso que llaman amor. Aunque no ha olvidado del todo a Ranita, ya logró superar la postración que su triunfo profesional y sus fracaso sentimental le otorgaron. De Donna Maradonna guarda un mechón de vello y la idea de que cuando allá arriba pongan las cosas de su vida en la balanza, acaso el acto heróico incline su destino trasmunda­no en el buen rumbo. Le preocupa la supervivencia del buen Gervasio. Toda felicidad tiene sus esquinas y sus grietas.

Se fotografiaron a la luz de los faroles en el parque, dieron más de diez vueltas a la cuadra conversando. Frente al her­mano de Margarita–hecho pedazos por un accidente, camina convocando a todas las fuerzas de la asime­tría y el absurdo– le tomó las manos y se lanzó de picada hacia el desfiladero de sus  ojos de color champaña, al tiempo que Marga­rita, le decía con aires campesinos ¡ay, Amado de los Santos Dionisio, cómo eres!

El amoroso le dijo muchas veces, sin hipocresías –por lo menos eso cree– te quie­ro, te quiero, te quiero.

 

 

La más bella sonrisa de ten­sión resuelta, semejante a la de un corredor de maratón que hace el último esfuerzo y cruza la meta cansado pero radiante (insisto en que disculpen estas comparaciones, indulgentes y curiosos lectores: hay que atribuírselas al ya declarado héroe de nuestra historia: esté cronista no hace más que trascribir algunos papeles e interpretar lo que ve con el catalejo de su pérfida imaginación), se dibujó en sus labios. Parecía una lumino­sidad que par­tiendo de la boca irradiara hacia las meji­llas, hacia los ojos, cerrados en un rictus de dicha, como si en sus pupilas quisiera guardar la felicidad del cuerpo y la paz del alma por fin conciliadas.

–¿Cierto que no está mal? –Entonces parecía más singular que nunca, y era como el asceta que mira al cielo y exige res­puesta inmediata y de viva voz.

–Si es algo que causa placer y tranquilidad, y que no ofende a nadie, no puede estar mal.

El sutilísimo perfume — “antes de venir, maceré hojas de hierbabuena y las froté en todo mi cuerpo” , había confesado Margarita. ¡Por Cristo, ésta es la peor traición de la vida! ¿Cómo podré jamás olvi­dar a esta mujer, este aroma, este instante? –invadía a Amado.

–¿Me voy?

–Sí, déjate venir, aban­dónate.

Mientras seguía musitando sus disculpas, en las pausas de su exalta­ción, abría los ojos chispean­tes de buen vino espumoso y pregun­taba, ¿cierto que no esta mal? ¿cierto que me quie­res?, dime que sí, que un poquito, aunque sea mentira, ayúdame a justificarme porque me queman los remordimien­tos, yo había jurado a mi hija que nunca un hombre se acerca­ría a mí, y ahora mira hasta dónde has llega­do.

Detenida en medio de su felicidad, Amado le apar­taba los rizos de la frente, le colocaba sus dos manos en las sienes y la tran­quilizaba, al tiempo que Mar­garita seguía insis­tiendo, ¿cierto que todos lo hacen? ¿por qué yo no?

–Sí, amor, todos lo hacen, pero no todos gozan. Hay que efectuar esta ceremo­nia con todo el corazón, con toda el alma, y hasta con los intestinos y disfrutar. Para eso fuimos hechos los seres humanos, para gozar los unos con los otros, las unas con los otros,  sin torturarnos, sin represiones, sin temores.

–Déjame acariciarte –dijo. Luego permitió que Amado recorriera ya sin tantos sobresaltos con las yemas de sus dedos, su rostro, sus párpados, sus brazos, su cin­tura, avanzando, conquistando, roturando aquella tierra que, abandonada tanto tiempo, se había tornado salvaje e inhós­pita, sin más frutos que las espinas, los cardos y las yerbas inútiles y las lombrices.

(Dejemos a un lado a las simpáticas lombrices. Bien se vé que nuestro protagonista no está consciente de la alta misión de tan brillante obra de la naturaleza y del parentezco

-¡ay! fatal- que nos liga con ellas).

–¡Me duele! ¡No me toques! –.  Sus palabras eran una invitación. Así lo enten­dió Amado, que continuó su camino por la ruta de sus cintura, transitando por ver­tientes y desfiladeros, rumbo a sus nalguitas de virgen renovada, buscando las vías de su felicidad, sus dedos jugan­do a las hormiguitas que bus­caban nido, su pulpa de mamey destilando frescura de amor.

Luego, cuando el caballe­ro sin sombrero se asomó a la puerta más íntima de su casa y comenzó a abrir ventanas para que entrara el sol a raudales, la niña misma fue quien quitó todas las cerraduras y fran­queó las entradas y dio un breve pero magistral golpe con su grupa, apoyando la parte superior de su espalda y las puntas de sus pies de manera que formaran un arco tenso y vibrátil, como la infanta que bajo el sol del amanecer tiene en la mano la manzana más bruñida de la creación y esa manzana es la parte mejor, la más sensible y dichosa de su cuerpo.

–Poco a poco– musitó–. Ya habiendo recuperado la maes­tría del amor que todas las mujeres, incluso las más púdi­cas o desdeñosas, guardan para los instantes de revela­ción y esplendor, su cuerpo todo se había convertido en un manantial calmo y seguro.

–¿Cierto que no es malo? ¿Cierto que me quieres un poquito?

Ay, si yo supiera, si alguien en el mundo comprendiera y lograra expresar  qué es el amor, pensó el estudioso de los afectos, si un  científico aislara el  virus pertinente y mediante exámenes clínicos pudiera tener certeza:  “El examen serológico dio por resultado tanto por ciento de leucoci­tos, tanto por ciento de glo­bulos rojos y X% de virurs amoroso positivo hacia la receptora de nombre Margari­ta”, entonces podría decir sin el más mínimo ápice de hipocresía: “Estoy cierto de que te quiero, estoy contami­nado de ti, lo prueban los exámenes del laboratorio y si no me correspondes moriré infectado hasta el último rincón de mi cuerpo y de mi alma”. Mientras eso no suceda, uno anda por el mundo de las relaciones con las manos ade­lante, como los ciegos, ten­tando, a ver si da con la puerta de ese elusivo sitio que se llama amor.

Pero cómo decirle eso a una mujer que se entrega defi­nitivamente –casi todas tie­nen esa maldita costumbre: quieren que todo sea definiti­vo, no entienden el amor como un ensayo, como un proceso y un progreso hacia la dicha perfecta o la nada más atea– :hay que decirles mentiritas que a veces resultan verdades, repetirles una y otra vez que las queremos y aderezar el asunto con  poesía, hacerles el amor fingiendo que escucha­mos la música de las esferas.

Entonces Amado, que en ocasiones puede ser poeta, le soltó una estrofa que no supo de dónde salió:

Ayer

es nunca jamás;
 hoy es para siempre.

La poesía facilita las co­sas, las lubrica, las aceita, qué duda cabe, se dijo el profesor de los Santos Luna. Mar­garita volvió a tomar al señor sin sombrero y se lo incluyó hasta el últi­mo soca­vón de la mina.

–¿En el puro fondo qué sientes? –pregunto Amado.

–Creo que no tengo fon­do. Nadie lo ha tocado… que yo sepa.

El idilio se cortó porque Amado tuvo que regresar a Xalapa. No estaba seguro de que su amante irresponsable se hubiera ocupado maternalmente de Ger­vasio. Los periodistas no se llevan bien con los peces. Cargar su con­ciencia con un animalito aban­donado sería no sólo bru­tal, sino absolutamen­te inso­porta­ble.  Se puede abandonar a una mujer, nunca a un pe­rro, menos a un pez, que vive ence­rrado en una pecera y sin esperanza de redención, escribió ya en su casa nuestro amigo.

En el camino de regreso Amado iba pensando en Mar­ga­rita y Diana, su hija melancó­li­ca. Diana tiene cuatro años y comprende que su madre necesi­ta amor. En Juchique (habría que agregar que paciente y consultor hicieron un viajecillo a un pueblo cercano y… bueno, disculpemos los preámbulos y vamos a Juchique) salieron a  caminar por la calle prin­cipal. Altos  árboles sombreaban al paso de multi­tudes cargadas con flores para sus muertos.

Amado y Margarita (o Margarita y Amado) entraron a una iglesia y se besa­ron.

Mientras tanto Diana clavaba la vista en el suelo.

Extraña pareja hacen Margarita y Diana –pensó Amado–: madre e hija melancólicas, aisladas del mundo como en una burbuja, tal parece que ninguna de las dos pertenecie­ra a él.

 

 

Una semana después Amado recibió  carta de Margarita. Decía “conservo las fotos que te tomé y la botella que sirvió para un uso poco romántico”. Rememoró: cuando estaban en la habitación de su casa –“quisiera hacer el amor en un sitio que no sea un hotel, dijo Margarita, me parece menos mercenario, más cercano a lo definitivo–, se escuchó que alguien entraba. Margarita se transmutó, ahora sí qué hago, llegó mi hermano el celoso. Amado comenzó a reírse, pensó en las tradicionales soluciones, esconderse bajo la cama o en el armario, colgarse de una sábana sobre un abismo con aguas fragorosas al fondo o por lo menos con cocodrillos hambientos. Pero en lugar de buscar estos destinos permaneció tendido entre las hermosas sábanas, con las manos tras la cabeza, enlazadas sosteniendo la nuca. Miró a Margarita, la pequeña Margarita, caminar de un lado a otro, disfrazada con una inmensa camisa, a medida que los pasos de su hermano, mi hermano el celoso, se acercaban. La criatura corrió por fin a cerrar la puerta con llave, apagó la luz y se metió en la cama, temblorosa. El hermano entró en la habitación que quedaba al frente, separada apenas por un pequeño patio y un par de ventanas. Amado se ocupó de acariciar a Margarita, al tiempo que ella lo pellizcaba, muda de terror y acaso de emoción, no, no lo hagas, nos va a oír. Hicieron impune y contenidamente el amor y durmieron abrazados. A las tres de la mañana nuestro Amado tuvo ganas de exonerar la vejiga, pero para hacerlo con dignidad y propiamente en el sitio socialmente asignado debía pasar al lado de la habitación del moro. Aunque no fuese imposible hacerlo y De los Santos partidario de la aventura, Margarita se opuso, tiene que haber una solución. Tomó la botella de vino que habían vaciado jubilosamente horas antes, hizo un embudo con papel periódico, introdujo la punta en la boca de la botella y dijo, listo, con lo que llegó el alivio del atribulado, pero no se solucionó lo pertinente a la higiene, pues que Margarita no pudo contener la risa y el temblor, y más de la mitad de líquido terminó cubriendo el suelo, las manos, el vientre de la servicial dama, motivo que les indujo a un segundo encuentro, aun más placentero y vigoroso que el primero.

Tal fue pues el uso poco romántico de la botella -que guardo, escribiría en carta posterior la bella, como fetiche, al lado de las fotos que nos tomó el noctámbulo en el parque de Querétaro.

Si no fuera un profesional disciplinado diría que otra vez estoy enamorado. Una prueba de ello, se dijo, es que no quise cobrarle ni cinco centavos por un trabajo tan minucioso y difícil. Otra, esta planta de hierbabuena con su tierrita fresca, que llevaré viva y perfumada a Xalapa como testimonio de este sueño.

Del Autor

Marco Tulio Aguilera Garramuño
(Bogotá, 1949) Publicó su primera novela en Buenos Aires cuando tenía 24 años. La obra Breve historia de todas las cosas fue presentada con gran estruendo publicitario por Ediciones La Flor, diciendo que era mejor que Cien años de soledad y que Marco Tulio era un escritor mejor que García Márquez pero sin bigote. La crítica se ensañó con el novato. Mediando el año 2002 Marco Tulio ha publicado más de veinte libros, ha recibido decenas de premios literarios, entre nacionales e internacionales; ha sido aclamado por críticos y lectores de muchos países. Entre sus títulos memorables están Cuentos para después de hacer el amor, Mujeres amadas y Los placeres perdidos. A principios del 2002 aparecieron en México las novelas La hermosa vida y La pequeña maestra de violín, pertenecientes a la tetralogía "El libro de la vida", cuyo primer volumen, ya publicado, se llama Buenabestia / Las noches de Ventura. Es investigador de la Dirección Editorial de la Universidad Veracruzana, en México; durante cinco años ha mantenido el máximo nivel de productividad académica de dicha universidad; ha sido galardonado con los títulos de Creador Artístico y Creador con Trayectoria del Estado de Veracruz; ha sido becario residente del Centro Banff para las Artes de Canadá, y ha dictado conferencias en universidades de varios países.