Derechos y deberes… individuales

José Gabriel Barrenechea

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Cuando una idea, un concepto, o una teoría son llevadas más allá de su espacio natural de aplicación pierden su poder explicativo y utilitario. No es en consecuencia extraño que algunas de ellas, sometidas a semejantes estirones, terminen sirviendo a las mismas actitudes a las que se pretendía pusieran coto. Ahí tenemos, por ejemplo, el emblemático caso de los derechos humanos, una equívoca extensión de los derechos individuales.

Los derechos individuales fueron concebidos para limitar la interferencia del estado en las vidas de los individuos, en un tiempo en que ambos se fortalecían simultáneamente en un complejo proceso de retroalimentación. La Modernidad propagó esa cosa para sí, el individuo, y con él a su vez el racionalismo, que al aplicarse al estado permitió que sus capacidades de control social crecieran a niveles impensables en el Medioevo o incluso en la Antigüedad Romana. Individuo y estado se expandían en la nueva época y el área en que uno y otro coincidían no hizo más que crecer.

En esta nueva situación los individuos, siempre en desventaja en los conflictos de intereses que no tardaron en surgir, se las arreglaron para establecer una especie de detente frente al estado: Ciertos derechos de los que por el solo hecho de existir todo hombre automáticamente pasaba a disfrutar. Esto también fue beneficioso para el estado mismo, porque es evidente que la fortaleza del estado moderno (y postmoderno) se basa en su racionalidad, la cual en última instancia es solo un subproducto del surgimiento del individuo.

La premonitoria película "Tiempos modernos", de Charles Chaplin.

La premonitoria película “Tiempos modernos”, de Charles Chaplin.

Con la complejización de la sociedad contemporánea los derechos individuales ya no solo nos defienden del estado sino de la sociedad en su conjunto (de otros individuos nos protegen desde hace mucho más tiempo las leyes). Son la pieza clave sobre la que se sostienen las complejísimas relaciones que en dicha sociedad se dan entre el individuo y la sociedad, y con el estado en particular. Permiten que sigan existiendo individuos en los cada vez más sofisticados e intrincados espacios de socialización; de interacción intersubjetiva actual.

Sin embargo, ese precario equilibrio se encuentra en peligro por la presente perversión de los derechos individuales, al querer usarlos para solucionar problemas para los que no fueron ideados. Hoy se han instaurado ciertos derechos, pretendidamente humanos, y aun se aspira a establecer otros que nada tienen que ver con el espíritu original que dio origen a la idea, el concepto, o la teoría de los derechos individuales. Por ejemplo, los derechos a la vida o a la seguridad. Los cuales parten, de más está decirlo, de un enorme y soberbio error en la percepción de nuestro lugar en el mundo: No somos dioses, sino que vivimos en un universo en que la vida es un milagro en medio del caos, y la seguridad, por tanto, un don que nada ni nadie puede garantizarnos (¿estaremos vivos para cuando terminemos de leer estas líneas; y yo mismo que las escribo, podré concluirlas?).

Es ineludible, ante las ofensivas que se lanzan hoy día desde los extremos de la izquierda o de la derecha, distinguir entre los derechos individuales y los que más correctamente tendríamos que calificar de deberes humanos. Aquellos a cumplir por el individuo mismo, pero solo compelidos por fuerzas internas: Las de sus conciencias.

Todo derecho real es un derecho activo de alguien, que implica a su vez el deber de respetarlo por otro; de limitarse ante ese derecho ajeno: Derechos del individuo a discutir libremente cuáles son los verdaderos derechos humanos, o a elegir o a pedir cuentas a quienes manejan la máquina estatal por el uso de sus presupuestos, o incluso el derecho a husmear en las cuentas de ciertas organizaciones caritativas por su empleo de sus fondos-Deber del estado o de la sociedad a respetarlos, de limitarse de entrar en esos cotos vedados en que esa imprescindible especie, el individuo, mora.

Jose-Gabriel-Barrenechea-3-Este_Lunes-OtroLunes-38El derecho de todo hombre a la alimentación o a un trabajo digno no es en realidad más que el deber de alguien más, un individuo particular, el estado o la sociedad, de garantizárselos. No son derechos en primerísimo lugar por su incongruencia con la naturaleza de sus supuestos poseedores. Los hombres somos en esencia entes activos, creadores de realidad, los cuales en consecuencia solo tenemos, y solo podemos tener, derechos activos, nunca pasivos.

Poseemos un grupo de derechos en la medida en que estos nos garantizan poder participar en el esfuerzo colectivo en la construcción consensuada de la realidad. Nunca un supuesto grupo de derechos que nos permitiría disfrutar de esa realidad humana creada como si de realidad natural se tratara. O sea, como realidad de la que podemos disfrutar libremente aun cuando no hayamos participado en su creación, estando en condiciones de hacerlo.

Que la producción agrícola sea al presente capaz de alimentar a muchos más habitantes de los que hoy moran sobre la Tierra no es un producto natural. Es la consecuencia de la realidad creada por el hombre y en la construcción de la cual ha sido determinante la adopción por él de un grupo de derechos individuales. Es en definitiva el resultado de la increíble explosión de creatividad humana promovida tras la adopción por algunas sociedades de un grupo de derechos. Los que garantizaron en primer lugar la existencia del individuo, y con él, de cada vez más complejas formas de cooperación humana en la construcción de la realidad del hombre.

Consecuentemente no puede disponerse de los productos de la actividad humana como si de bienes tomados del paraíso terrenal se tratara. No puede obligarse al individuo o a la sociedad productiva a alimentar al menos, o nada productivo. Imponer un derecho a la alimentación es de hecho un robo, pero también algo más, y más temible, como se puede descubrir con un poco de más claridad en el caso del supuesto derecho a la seguridad que en algunas sociedades desarrolladas se pretende establecer.

Derechos a la alimentación y a la seguridad no son más que deberes que el estado asume; pero no nos dejemos engañar, no es el altruismo el motivo último de tal asunción. Al hacerlo el estado, o más bien los individuos que lo controlan, limitan de paso los verdaderos derechos de los demás individuos, para ampliar de esa manera sus poderes al máximo posible.

Jose-Gabriel-Barrenechea-4-Este_Lunes-OtroLunes-38Su adopción, por tanto, rompe con el equilibrio que durante toda la Modernidad ha existido entre el individuo de un lado, y el estado o la sociedad del otro. Equilibrio que ha traído, además de ese bien supremo en sí mismo que significa nuestro derecho a la individuación, a ser libres en un final, todo el bienestar material que le es anejo a la explosión de creatividad humana consecuencia de la aparición del individuo.

No existen derechos del estado y la sociedad, que es en un final en lo que se convierten unos tales derechos a la alimentación o a la seguridad. Cualquier derecho verdadero de ese ente activo, el individuo humano, siempre implica la compulsión de respetarlos por el estado o la sociedad en su conjunto; no el derecho de estos dos últimos a imponerlos.

Existe, eso sí, el deber humano de preocuparse por el prójimo. Pero como todo deber solo puede quedar circunscrito a nuestra conciencia, o en todo caso a las leyes, nunca a esa superior esfera donde moran los verdaderos derechos.

Del Autor

José Gabriel Barrenechea
Investigador y periodista cubano. Un activo colaborador de la prensa independiente cubana. Lleva varios años escribiendo sus artículos sobre diversos temas históricos y de la actualidad cubana para publicaciones independientes en la isla y el exilio, entre los que destacan el sitio digital 14ymedio y las revistas Convivencia y Voces. También formó parte del equipo editorial de magazines independientes de las cada vez más prolíferas ¨samizdats¨ cubanas, como La Rosa Blanca o Cuadernos de Pensamiento Plural.