Teatro ambulante Talía

Cuento

Juan Calderón Matador

Juan-Calderon-Matador-Narrativa-OtroLunes_38Juan Calderón Matador (Albuquerque, Badajoz, 1952). Reside entre Madrid y Guardamar del Segura. Bancario, galerista, escritor, cantante, compositor, pintor, actor, director artístico y promotor cultural, es codirector de la Plataforma cultural “Raíces de papel” y cofundador de la Tertulia Literaria de Guardamar. Ha publicado los libros de narrativa La noche que murió Paca la tuerta; El señorito Antonio, Veinte historias amables más Un garbanzo negro y Cuando duerme Guardamar, así como los libros de poesía Camino ancho, Paso desolado, Ritos de la memoria, Agonía de las estaciones, La voz (de Dios) entre el romero, Eco de niño para voz de hombre, Divertimento, Mirar el arte en clave de poesía, Los vientos y la guerra, El destino nos ata y nos desata y Sirenas de pecho herido.

 

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Teatro ambulante Talía

 

A tan temprana edad, lo más normal hubiese sido estar jugando al fútbol como los demás chavales, sobre todo si tenemos en cuenta que vivía en un pueblo sumido en la apatía de los años sesenta; pe­ro para mí el mejor juego era el de recrear Las esce­nas que veía a mi alrededor, aunque aún no sabía que aquello se llamaba teatro.

Hasta entonces me había divertido en el patio de casa, disfrazándome de cura con un viejo vestido negro de mi abuela Margarita, que, por obra y gracia de la imaginación, se convertía en una regia sotana, como la de don Ricardo, el coadjutor de la Parroquia de Santa Timotea de los Imposibles. Revestido de ese modo me dedicaba a escenificar misas, novenas y procesiones, como aquellas a las que asistía con mi madre. Cualquier utensilio de La casa era bueno para darle realismo a mis representaciones privadas, y así una tulipa desechada de la lámpara del comedor ha­cía de cáliz y un pequeño platito era mi patena par­ticular. Como para La procesión era indispensable un estandarte, no dudé en fabricarlo con una vieja es­coba sobre la que anudaba una toalla, una sábana o cualquier otra tela que se cruzara en mi camino. Más de un azote me costó aquel artilugio, sobre todo cuando me apropiaba para hacerlo de alguna prenda recién lavada y planchada. Lo peor llegó el día que decidí utilizar como incensario el bolso de paseo de mi progenitura; pero la ocasión lo requería, pues trataba de recrear la procesión del Corpus, la más solemne de cuantas se celebraban a lo largo del año. Para tal fin, cogí con la badila unos trozos incandes­centes de picón del brasero y los deposité en el inte­rior del bolso. El efecto era de lo más realista: una gran humareda comenzó a salir de su interior, que yo esparcía por el patio a golpes de incensario, tal como lo hacían los monaguillos. Todo transcurría con esplendor y orden. Primero desfilé con el bolso humeante, después con el estandarte de la Inmacu­lada, al que siguió el del Sagrado Corazón de Jesús. A continuación los niños, vestidos de primera comu­nión, arrojando pétalos de rosas. Claro está que el único que desfilaba era yo, que me decía: ahora soy Pepito, ahora Toño, y así nombre tras nombre hasta completar los de todos mis compañeros de clase. Más tarde me convertí en el sacerdote con la Custo­dia, para lo que utilicé un frutero de cristal delicadí­simo, que había ido pasando en la familia de madres a hijas a lo largo de varias generaciones. A continua­ción desfiló el alcalde, que, naturalmente, no era otro que yo mismo, luciendo una chaqueta de mi padre, arrastrada por el suelo cual manto de rey. Tras la comitiva oficial desfiló la banda de música seguida de los fieles; primero las mujeres, entonan­do canciones a la Virgen y al Señor, y tras ellas los hombres, con cara de aburrimiento.

Cuando regresó mi madre de hacer la compra me encontró en el patio, agotado tras aquel alarde in­terpretativo. Poco podía yo imaginar lo que se me avecinaba. Casi muere del disgusto al ver su bolso de charol convertido en un amasijo. De nada sirvieron lágrimas ni razonamientos: que si para la procesión necesitaba un incensario, que si precisaba una Cus­todia, que si era imprescindible la chaqueta de pa­pá para vestir con dignidad al alcalde. Ninguna de mis justificaciones le hicieron comprender que hu­biese usado las camisas blancas de mi padre para caracterizar a los niños de primera comunión. Menos aún que hubiese sacado del ropero sus más preciadas ropas para representar a las piadosas mujeres. Aquel día se acabaron para siempre las procesiones en el patio. Mi madre decidió que si tanto me gustaban, mejor sería que las hiciera de verdad. Me acompañó a la parroquia y me puso a disposición del cura como monaguillo, tras relatarle mis aficiones. Desde en­tonces me moví por la iglesia como si fuera mi casa. Pasaba horas y horas entre la sacristía y el altar, donde ayudaba a decir misa, encendía y apagaba velas, preparaba las vinajeras, vigilaba que no falta­se incienso en la naveta ni agua en el hisopo.

Don Ricardo, el coadjutor, resultó ser un maravi­lloso compañero de juegos. Entre la chavalería pare­cía sentirse como pez en el agua y se propuso hacer su apostolado ganándonos a todos con su cercanía. No tardó en acondicionar un local, a mitad de camino según se subían las escaleras del campanario, para que tuviésemos un sitio donde reunimos, jugar y organizar todo tipo de actividades. Aquel club pa­rroquial lo bautizamos como “La Ratonera Pop”, no sé muy bien por qué. No tardó en convertirse en nuestro refugio. Allí disponíamos de juegos, tebeos, televisión y un futbolín.

Por aquellos días se acercaban las fechas de ce­lebración de las ferias y fiestas en honor de la Pa ─ trona del pueblo, Santa Timotea de los Imposibles. Al pasar junto a la Plaza de España, me topé con un revuelo de curiosos, que miraban cómo era instalado un gran recinto en medio de la misma, justo delante de la casa de mi abuela. Era un enorme rectángulo de paredes multicolores, hechas de paneles de ma­dera, sobre los que había pinturas representando escenas teatrales. Enmarcando la puerta de acceso al recinto había tres coronas de bombillas, que le daban un aspecto majestuoso, bajo tas que podía leerse: TEATRO TALÍA.

Al parecer, mi abuela hizo algún favor a los pro­pietarios de aquel teatro ambulante y éstos le co­rrespondieron regalándole unas invitaciones para asistir al espectáculo. De esta forma me vi, por pri­mera vez, ante una verdadera representación tea­tral. Aquel día anduve nervioso, distraído, sin poder hacer nada que no fuera pensar en lo que contem­plaría horas más tarde, hasta que por fin llegó el momento y, hecho un pincel, con mi ropa de domingo y peinado con brillantina, fui con mi familia al teatro. Todo me pareció grandioso, desde la entra­da, con aquellas luces intermitentes que nos dieron la bienvenida, las pesadas cortinas de acceso, el portero y los acomodadores con sus rojas chaquetas y adornos dorados, pasando por el escenario, con sus grecas de flores y frutas pintadas a ambos lados, un medallón central con una careta que reía y otra que lloraba y su telón de terciopelo color vino con flecos amarillos, hasta las sillas de tijera, de las que el pú­blico se quejaba por ser incómodas, y que a mí me parecieron las mejores del mundo.

La función nos mantuvo embobados. Aquella chi­ca, a la que llamaban Marianela, se metió por arte de magia en nuestros corazones y nos hizo llorar con su amor imposible por Pablo, el muchacho ciego. Nos condujo de la mano hasta el país de la tristeza, del que nadie pudo regresar hasta que, al final de la re­presentación, la muchacha salió a saludar con una gran sonrisa dibujada en el rostro.

Tras el drama, la compañía suavizó la tensión de los espectadores con un fin de fiesta musical, en el que los artistas cantaban las canciones más famosas de la época. No cabía en mi asiento cuando la actriz, Lirio Martín, que minutos antes había sido la andra­josa Marianela, apareció radiante en el escenario con un vestido de época, cantando una copla que hablaba de la emperatriz Eugenia de Montijo. Le dije a mi madre que me alegraba mucho de que hubiese dejado de ser la niña pobre para convertirse en una gran cantante. Tras su número, anunciaron la actuación de Moncho Esmeralda, el emperador de la canción española, así dijo el presentador, y pidió un fuerte aplauso para él. Comenzó a tocar la orquesta. Se abrieron unas cortinas, después otras, y dos más, cada una de un color. Tras la última apareció un se­ñor muy mayor, en mallas, con una chaquetilla, tan corta que parecía estarle pequeña, adornada de len­tejuelas y azabaches, que lanzaban destellos al pú­blico, sobre una camisa con chorrera de puntillas. Calzaba unos indescriptibles zapatos de tacón cu­bano. En la cabeza lucía un sombrero cordobés de color rojo chillón, con madroños negros alrededor, que se movían al compás de la música. El hombre tocaba las castañuelas mientras mantenía una forza­da postura ante un forillo que representaba el Pilar de Zaragoza. Comenzó a cantar “Sí vas a Calatayud, presunta por la Dolores, si vas a Calatayud, que una copla la mató de vergüenza y sinsaboreees…”, y mientras hacía gorgoritos, se contoneaba y giraba sus caderas al ritmo de la melodía. A mitad de la canción, Moncho Esmeralda, visiblemente fatigado por el esfuerzo coreográfico y sus muchos años, su­daba a chorros. Los goterones partían de su frente y se deslizaban por la cara, dejando a su paso rodales negros alrededor de los pintadísimos ojos, regueros que dejaban al descubierto su tez cenicienta bajo una espesa capa de maquillaje. El público comenzó a moverse inquieto. No tardaron en escucharse algu­nos murmullos, y antes de que el emperador de la canción española volviese a hacer girar sus caderas en el estribillo de la canción, procedentes del galli­nero llegaron hasta el escenario un sin fin de gritos, entre los que sobresalían: maricón, sarasa, fuera, fuera.

─ Mamá, ¿por qué le dicen esas cosas? ¿Es que no ha cantado bien?  ─pregunté intrigado.

─ No, hijo, lo ha hecho muy bien, respondió mi madre algo incómoda.

─ ¿Por eso le dicen maricón?

─ Sí, hijo… seguramente será por eso.

─ ¿Y qué significa maricón, mamá?

─ Pues… pues eso… que… que ha tenido mucho éxito.

El cantante desapareció tras el telón precipita­damente. Los murmullos no tardaron en amainar, entre carcajadas provocadas por los chistes del pre­sentador. Así finalizó mi primera toma de contacto con el teatro, aunque aquella experiencia trajese no pocas consecuencias a mi existencia.

Marianela se había convertido en mi heroína. En los días que siguieron a la representación, todos mis juegos giraron en torno a ella. Me pasaba el día dán­dome trompazos con los muebles, las puertas y las esquinas de la casa, convertido en un cieguito volun­tario, que soñaba con encontrar un médico que le curase como a Pablo, el amigo de la chica. “Doctor, doctor, apiádese de este pobre niño que no puede ver la luz del sol”, le decía a cuantos adultos se cru­zaban en mi camino y les obligaba a seguir mi farsa. “Usted es muy bueno, doctor, yo lo sé, y puede obrar un milagro, mi familia es rica y le pagará”, insistía una y otra vez, hasta que mis padres, mi abuela o alguna de mis tías, por aburrimiento, para que les dejase en paz, hacían como que me opera­ban y yo abría los ojos y corría por toda la casa gri­tando: Veo, veo, veo. El juego no estuvo mal hasta que me vi obligado a prometer que nunca jamás vol­vería a ser Pablo, el cieguito. Aquel día quiso la mala fortuna que mi madre viniese por el pasillo con la sopera llena de caldo bien caliente. Yo avanzaba con los ojos cerrados y las manos extendidas. “Cuidado, cuidado”, gritó. Contento de haber encontrado un médico con quien jugar, no escuché sus palabras de alerta y me abalancé sobre ella, derramándole la sopa, que no encontró mejor sitio donde caer que sobre mi cuerpo. Entonces sí fue preciso encontrar a toda prisa un doctor de verdad para curarme las quemaduras, y de rebote, mi pasión por Marianela, aquella obra de Benito Pérez Caldos, que tanto me había gustado.

En la consulta del médico tuvimos que esperar unos minutos antes de ser atendidos. Estaban sa­nando a un señor, al que los mozos le habían dado una paliza por maricón, así dijo la enfermera al recibirnos. Cuando se abrió la puerta de la consulta, no salía de mi asombro: se trataba del mismísimo Moncho Esmeralda, con un brazo en cabestrillo y la cabeza vendada. Pero si grande fue mi sorpresa por verle allí, y en aquel estado tan lamentable, mayor aún lo fue por comprobar que el emperador de la canción española, visto sin maquillaje, era el doctor que salvaba a Pablo de su ceguera en el Teatro Talía.

El descubrimiento del teatro me tenía comple­tamente revolucionado. Quería convertirme a toda costa en uno de aquellos intérpretes, capaces de transformarse en los personajes más dispares y lié a don Ricardo para organizar una representación tea­tral en La Ratonera Pop. Durante días y noches no hice otra cosa que imaginar historias, pensar en de­corados, buscar chicos y chicas que quisieran embar­carse en el proyecto, y ganarme fama de chiflado por culpa de lo que todos pensaban que era una uto­pía. El único que confiaba en mí, me alentaba y da­ba ánimos era el coadjutor. De él partió la idea de adaptar dos cuentos infantiles para ser representa­dos. Después de darle muchas vueltas, decidimos que los más idóneos eran “La Cenicienta” y “Caperucita Roja”. Don Ricardo y yo revisábamos los libre­tos cada tarde después del rosario, hasta que los dimos por terminados y comenzaron los ensayos. Él mismo se encargó de hablar con varias madres, in­cluida la mía, para que nos ayudasen con los prepa­rativos.

El reparto no tardó en estar completo. Natural­mente reservé para mí el papel de príncipe de la Cenicienta. Mi abuela Margarita, a la que se le daba muy bien la costura, convirtió mi traje de primera comunión en un regio uniforme, con el que me sen­tía como un auténtico monarca. Tía Mariti, la her­mana de mi padre, trabajaba en una fábrica de hila­turas en la capital y desde allí nos envió unas made­jas de algodón con las que mi madre me hizo una peluca blanca con dos rulos a los lados y una peque­ña coleta en la nuca. Aquello le pareció el colmo del lujo a las madres de los demás actores y se esforza­ron para que sus hijos fueran tan bien vestidos como yo.

El mayor problema fue encontrar un telón sufi­cientemente grande para el escenario. El mismo día de la representación, por la mañana, seguía sin resolverse el asunto y decidí que ya no había más tiempo que perder. No estaba dispuesto a hacer la función sin un telón tan digno como el del Teatro Talía. Busqué por todas partes, sin encontrar telas aparentes para tal fin, hasta que, cuando ya estaba a punto de tirar la toalla, me di de bruces, en las cajoneras de la sacristía, con un paño enorme con el que solucioné la causa de mi preocupación. Como no había tiempo que perder no esperé a pedir permiso a don Ricardo. Cogí mi telón y con la ayuda de los otros actores lo subimos a La Ratonera Pop, donde las madres le cosieron unas argollas y lo colgaron en el escenario, con no poca sorpresa y reticencia. Si grande fue la suya, mayor fue la del público cuando se encontraron frente al paño mortuorio utilizado en la iglesia para cubrir el catafalco en los funerales. Al entrar en la sala doña Conchita, la encajera, y toparse con el tétrico telón, comenzó a dar chillidos: ¡Lagarto, lagarto! ¿A quién se le ha ocurrido esta broma tan macabra? ¡Ay, qué sofoquina. Me va a dar algo, me va a dar algo!

Tuvimos un lleno absoluto, en el que tuvo mucho que ver Paquita, la Melonera, que así llamaban a su familia en el pueblo. Ella fue la encargada de vocear desde el balcón de la sacristía, ataviada con su dis­fraz de madrastra: Pasen, señores, pasen y vean el mayor espectáculo jamás visto. Pasen, pasen, que se agotan las “nocanidades”.

Sus voces debieron oírse en todos los rincones del pueblo, pues poco a poco fueron llegado espec­tadores, cada uno con su sillita bajo el brazo. En pocos instantes no cabía ni un alma en La Ratonera Pop. Efectivamente se habían agotado las “nocani­dades”, como decía Paquita y, aunque eran muy ba­ratas, conseguimos un buen pellizco económico para dárselo al Domund, que ésa fue la condición que me puso don Ricardo para organizar la velada teatral.

Por fin comenzó la función. En la primera parte escenificamos “Caperucita Roja”. Paco, el Colillas, con una careta aterradora, interpretaba el papel de lobo. Para simular su madriguera habíamos aprove­chado la entrada a un pequeño sótano, alrededor de la cual pusimos ramas de árboles y matorrales. De ella partía una escalera descendente, que no quedaba a la vista del público, al final de la cual se guardaban multitud de cachivaches eclesiásticos en desuso. Don Ricardo había pensado que aquel hueco era perfecto para que Paco, el Colillas, se luciese, mostrando todo el poderío del animal al que repre­sentaba. Para ello le pidió lanzarse al interior de su cueva dando un gran salto a cuatro patas, con mucho cuidado para no hacerse daño; pero yo le convencí para que no tuviese miedo de saltar cual lobo feroz, aunque le costase rodar por las escaleras. En los en­sayos se negó a hacerlo, mas prometió que el día de la representación no fallaría.

Influenciado como estaba por la asistencia al Teatro Talía, decidí que nuestra Caperucita sería ciega, como Pablo el de Marianela. Para caracterizarla le pusimos unas grandes gafas de cristal ahu­mado. Aquello causó impacto en el público y a más de una persona se le escapó una lágrima, sobre todo a doña Conchita, la encajera, mujer de sensibilidad extrema. Desde su posición en la primera fila, llora­ba a moco tendido ante las desgracias de la rubia niña. El lobo, después de comerse a la abuelita, con la barriga bien llena pero ágil, tal y como le había indicado, dio un salto espectacular y desapareció en el interior de su cueva. Se escuchó un gran estrépi­to. En la sala se hizo silencio sepulcral. Tras unos instantes de expectación, Paco, el Colillas, apareció en la puerta de su guarida con la cabeza sangrante. Avanzó unos pasos cojeando, se agarró al telón y, mientras decía entre sollozos: Me he “matao”, el paño mortuorio cayó sobre él y comenzó a desplazarse por el escenario como un fantasma. Doña Conchita entró en estado de histeria total.

─ Es el espíritu de la abuelita que quiere vengan­za. Socorro, socorro. ─A lo que respondía Paco, el Colillas, bajo el paño mortuorio:

─No soy la abuela, soy yo, que me he “matao”.

─ Ay, Dios mío, socórrenos. La muerta habla. So­córrenos, Dios, socórrenos.

Se armó un escándalo descomunal, que don Ri­cardo tardó un buen rato en aplacar, pero al fin, tras curarle la brecha al Colillas y rezar unas oraciones a las ánimas, doña Conchita se fue calmando y tras ella el respetable regresó a sus asientos para que continuase la representación. A partir de ese mo­mento todo transcurrió según lo previsto y la prime­ra parte acabó con el triunfo de Caperucita sobre el malvado Lobo. En la segunda mitad deslumbramos con un salón palaciego en el decorado y un vestuario por el que ya habría merecido la pena asistir a la función. Mi entrada, caracterizado de príncipe, sus­citó un “Oooh” general, pero la llegada de Cenicien­ta al baile, con un vestido hecho con las cortinas del salón de su casa, causó autentico delirio. El aplauso cuando terminamos de bailar el Vals de las Olas fue ensordecedor, mas nada que ver con el que nos ob­sequiaron a todo el elenco al finalizar la represen­tación. Saludamos una y otra vez mientras seguían aplaudiendo. En aquel instante recordé las palabras de mi madre el día que vimos a Moncho Esmeralda, el emperador de la canción española: Juan-Calderon-Matador-2-Narrativa-OtroLunes_38“Le dicen Ma­ricón porque ha tenido mucho éxito” y yo, viendo el gran triunfo que estábamos teniendo, lleno de ale­gría comencé a gritar mientras saludábamos: “¡Soy maricón, soy maricón, mamá, papá, he triunfado, ya soy maricón!”

Hizo falta que pasase mucho tiempo hasta que entendí el verdadero significado de los dos guanta­zos que me arreó mi padre en mitad del escenario. De entrada pensé que aquello era normal después de un gran éxito, como le había ocurrido al propio Mon­cho Esmeralda, al que ya vimos maltrecho en la consulta del médico, después de su triunfo en el Teatro Talía.

Aunque no estaba muy seguro de si me gustaba aquella parte tan dolorosa del éxito, ni tampoco en­tendía la necesidad de pegarle a los actores después de su actuación, era tan dulce el sabor del triunfo que decidí dedicar el resto de mi vida a aquella pro­fesión tan llena de vivencias maravillosas. Muchos años han pasado; pero, en el fondo de mi corazón, sigo guardando el recuerdo de aquellos días infanti­les, y pienso, con la misma admiración y cariño de entonces, en la enamorada Marianela, Pablo, el cieguito, la bellísima Lirio Martín, Moncho Esmeralda, el emperador de la canción española, y toda la ma­gia que me hizo descubrir el Teatro Ambulante Ta­lía.