“Soy un duende, y lo digo sin reparos”.

Entrevista al escritor cubano Yoel Mesa Falcón

Por Daisy Valls

Yoel Mesa Falcón (Manzanillo, Cuba, 1945 - México, 2015)

Yoel Mesa Falcón (Manzanillo, Cuba, 1945 – México, 2015)

Al poeta cubano Yoel Mesa Falcón no le bastaron todos los desciframientos de enigmas para escudriñar la “multiplicidad del lunes”, y le salió el canto que sueñan el día y los colores. Enfermo de luz y de sol, del reino del azul y de las aguas, la pulpa de la palabra le llegó hecha de burbujas y de adviento. Así entra a la poesía Yoel Mesa Falcón con su libro El día pródigo, al que seguirán otros dos: El verde engendro de Dios y Todo el afán.  Unos días antes de que casi simultáneamente ambos saliéramos de Cuba, que no de la patria (él, para México donde vivió y murió; yo, para Estados Unidos),  me entregó las respuestas que hasta ahora permanecieron inéditas.

 

Un flujo invisible sale de tu poesía: El hombre y su otro hombre; el hombre ante sí mismo…  

Hay un verso de mi poema “La ergástula y el claustro” que dice: “La Tierra no cambia por mucha alquimia que sufra en tus neuronas”. Sin embargo, el desarrollo del poema desmiente esta afirmación: la semántica del texto es el desmentido de esta afirmación del propio texto. El hombre de Da Vinci, tocando  los bordes del círculo que es las fronteras del yo, es decir, la extraña música donde termina el yo y empieza el mundo _cuyos aduaneros pueden ser duendes de poesía o agentes de la Gestapo_, se descubriría a sí mismo: Descubrir el mundo y amarlo es descubrirse a sí, y viceversa. Si existiera en el cosmos uno de esos hombres que presentan los comics en una isla desierta, no existiría el amor; existiría el deseo, la necesidad, la nostalgia, que son valores; un hombre sin el mundo no conocería el amor.

Somos formas pensantes. El mismo acto de pensar ya moviliza las mariposas ontológicas: la atmósfera se puebla de colores, y es la fiesta: no hay lugar para la tristeza, la nada, la pereza, que es, según la Biblia, el peor pecado. Los existencialistas, pensando desde un café de París, desmintieron sus propias teorías: su llamado de alerta hizo que las fuerzas de la vida _delfines y tritones, elefantes y dragones del existir_ combatieran la marea de la Nada que trataba de arrastrar los bellos naufragios. El día vence, siempre vence. Que se presenten ante el demonio el hombre que haya esperado en vano el amanecer: recibirá en pago todos los reinos. El hombre es su propio terapeuta: el pensador de Rodin. Todos somos pensadores de Rodin, y el que no lo sea rompe una cuerda del arpa del infinito. Todos somos Freud y hormigas, y Da Vinci: el gran filósofo es el sol, rodando por el cielo día a día. Y bajo él nuestras cabezas: ese es el cuadro, y el principio.

 

“Todos van hacia el milagro”, dices en “Multiplicidad del lunes”. Y tú, ¿qué milagro esperas de la poesía?

El milagro es existir. Inclusio el no existir después que se ha existido. La poesía es el único milagro que nos ha sido concedido, según Lezama; porque en vida tan burda, ella esplende. Pero mi concepción es distinta: todo es luz, como dice Martí (“todo es música y razón”). En medio del fanal, la poesía es expresión y perennidad del milagro. Que la poesía salve al pobre minuto del tráfago del olvido: ese es uno de los milagros que espero; pero este, que es para muchos el prodigio principal, para mí es ancilar. La poesía es la levadura de la vida.

 

En cada obra hay una zona autobiográfica, y yo percibo que tu expresión sale entonces con una voz como si fuera la del hombre reflejado en el espejo frente al hombre carnal, en una distancia que mide la poesía. ¿Con qué mecanismos logras establecer este (para mí) extrañamiento?

Si he logrado fundir, en el plano técnico, mis expectativas al sujeto lírico de mis poemas, entonces he logrado algo portentoso: lo que hace creíbles a los poemas, como la verosimilitud hace creíbles las narraciones. No sé contestarte: quizás lo que el cristianismo tradicional llama caridad, que es estar en el sitio de la Dolorosa por siempre; pero esta imaginería católica no me motiva mucho. Mientras más solos, más coral. Si Toulousse-Lautrec no hubiera sido un deforme, si no hubiéramos estado tan jodidos desde un principio, hubiéramos pasado de largo junto a Lo Sumo sin advertir sus tesoros: la vida simple es más llamativa. No sé cómo lo logro: siento, padezco, me asomo al abismo y veo allá abajo correr el río tan presurosamente que da lástima. Soy un todo, como la música de Bach es un acorde y también el Infinito. No hay explicación. ¿La autenticidad?

 

Interiorización del mundo reflejado en  las obras que admiras, ¿qué relación existe entre estas y tu obra?

La relación del creador con la obra ajena es múltiple y constituye tod un tejido; no se trata solo de gustos e influencias, sino de relaciones más sutiles. En la famosa entrevista que le hiciera George Plimpton para The Paris Review, Hemingway, al ser preguntado acerca de los escritores de los cuales había aprendido, citó una larga lista que incluia no solo a los esperados Twain, Flaubert, Stendhal, sino a músicos como Bach y Mozart, y pintores como El Bosco, Brueghel, Goya, Giotto, Cézanne, Van Gogh…Luego dice: “Aprendo tanto de los pintores como de los escritores sobre el arte de escribir”, y “son parte de la manera de aprender a ver, a oír, a pensar, a sentir y no sentir, y a escribir.”

Pienso que el escritor aprende en primer lugar del Universo, que puso mis plantas sobre este mundo, que me hizo salir del vientre de mi madre y de muchas otras cavernas, atravesando el paso entre la nada y las totalidades; y aprende de los que han aprendido a su vez, sean Sócrates, Tiziano o Antonioni. Desde la filosofía platónica hasta la forma en que transportan un ala de cucaracha las hormigas, de todo aprendemos, y estaremos aprendiendo hasta el último día, a un milímetro de la tumba. Y especialmente aprendemos de otros creadores, aunque utilicen la forma y el color y no la palabra para expresarse; justamente, otras formas diferentes a las que uno usa airean el arte, dan una dimension distinta a lo que uno hace. Enseñan a concebir las formas. Pero pueden convertirse también en motivo de inspiración directa. En mi caso, la pintura constituye un motivo constant. Como bien sabes, en El día pródigo hay poemas acerca de cuadros o pintores: Cézanne, Brueghel, Rubliov… La visualidad es el sentido que prima en mi poesía. En mi acto creador hay siempre una fruición de formas y color, de volumen, de dimensión, de paisaje o rostro, de lo que tiene por reino el ojo.

 

¿Crees en  la inmanencia, en el propio fluir, en la imantación de los engarces entre la vida y la poesía?

Nuestra presencia en este mundo sirve para multiplicar sus dimensiones, hacer que siga siendo y que cada vez más sea, en formas y durares infinitos. Somos humildes artesanos del ser y dioses del Olimpo a un tiempo; esta dualidad nos define y nos hace bellos, mucho más bellos que un árbol de otoño al atardecer o que el mar de verano atravesado por veleros, ángeles y gaviotas. El gran fracaso de muchos hombres viene porque no han visto la zarza ardiendo; no han comprendido esa dualidad que es el quid mismo de nuestro ser. Vida y poesía se encuentran en la zona transparente del espíritu; la vida nació para cobrar cuerpo en la poesía, la poesía fue hecha para abrigar y sustanciar la vida; ambas son madres e hijas a un tiempo, ambas son techo y suelo, constelaciones y prado. No hay arriba ni abajo, solo el ser siendo.

 

Muchas veces, mientras caminábamos por las calles de La Habana, viendo que te detenías a escribir en tus papeles, yo me preguntaba de quién era ese hombrecito que no podia despegarse de su cuaderno. Me parecías un duende, un tragador de luces, un armadillo de magia. La magia y la luz son emblemas que el duende depositó en tu poesía. ¿Me equivoco?

No te equivocas. Al contrario, esa pregunta lleva implícita muchas adivinaciones que tu espíritu de ninfa hace sobre mí. Soy un duende, y lo digo sin reparos. En El día pródigo hay un poema titulado “El duende”. Para mí la duendidad no es necesariamente nocturna, como parece ser en la mitología europea (Lorca lo emplea en ese sentido). Para mí la duendidad es la majestad de lo oculto, de la solaridad que no es evidente a los ojos (pienso aquí en El pequeño príncipe), y al decir solaridad ya digo que hablo del día, la luz, el sol, los juegos, la vitalidad, el afán de existir, que son los móviles ocultos de mi vida y mi poesía. La luz es la vida misma. Los duendes existimos para rescatarla y revelarla, prodigarla; somos océanos. La luz es la sustancia que da vida a la vida. La magia son los recursos _en poder de los elegidos_ para hacer que las tinieblas no prevalezcan sobre la luz.

Sí, anoto constantemente porque los ángeles descienden cuando lo desean, no cuando lo deseamos nosotros. Y sus ráfagas, en medio del tráfago del burdo existir, son tan volátiles que debemos tener el espíritu presto para apresar los dones. Solo así puede maridarse la materialidad y la práctica con la evanescente sustancia de los sueños y la factibilidad: el ángel y el grumo.