Premonición

Cuento

Helena Villarelle

Helena-Villarelle-Narrativa-OtroLunes_38Helena Villarelle (Cienfuegos, Cuba, 1945). Reside en España desde el año 1991. Cursó estudios de Magisterio, profesión que ejerció durante algún tiempo en su país natal. Posteriormente trabaja en diversos departamentos del Ministerio de Ciencias y Medio Ambiente, básicamente en el área de la Meteorología. Es justo en esos años cuando descubre su pasión por el mundo de la cultura, desde que en 1968 fuera designada para trabajar en el fren­te de cultura a nivel central de los Institutos agrupa­dos en la Academia de Ciencias de Cuba.

En 1969 comienza a escribir li­bretos para programas infantiles en la Televisión Cubana y a hacer figuración en programas televisivos y películas. En 1970  integra el grupo de teatro “Francisco Covarrubias”, comenzando así una carrera como actriz de teatro que luego la llevará a interpretar papeles policíacos en seriales televisivos.

A partir de 1972 comienza su más importante labor como guionista, escribiendo libretos para programas televisivos de alto impacto popular co­mo “Sector 40″ y ” Móvil 8″; así como desde 1975, “Agente es­pecial”, “Tribunal trabaja”, “Al mismo tiempo en la historia”, “En el principio fue”, y “Nuestros hijos”, en la más importante emisora radial cubana: Radio Rebelde. En 1976 se radia su primera novela; poco después llega a convertirse en la única escritora referencial de un espacio de alto rating: “La novela cubana”, con los títulos “Donde muere la tarde”, “La noche campesina”, “Un motivo para vivir”, “Sueños encontrados” y “Amor y Soledad”.

Ha publicado los libros de narrativa La animadora telemática (Ediciones Cardeñoso, España, 2014) y Cuba, cenizas de un proyecto (Ediciones Cardeñoso, España, 2014).

 

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Premonición

 

El sofocante calor, el llanto del bebé de tres me­ses en la cuna, y el tener al mayor de sus dos hijos dándole tirones en la falda mientras ella cocinaba, la tenían nerviosa. Se secó el sudor de la frente con la punta del delantal y de un tirón de la tela de su ropa dejó a Leo sin apoyo; como éste se tambaleó, lo sujetó por los sobacos, lo alzó y lo llevó a una esquina de la cocina, depositándolo sobre un cojín, colocado sobre una lata grande de galletas a modo de asiento, que siempre tenía preparado para el pequeño.

─Quédate ahí y no te muevas ─le advirtió. ─Tengo ruidos en la cabeza, mamá ─protestó el niño.

Loli cogió la sartén donde se pochaba el sofrito de los frijoles colorados, y la vació en la olla de pre­sión, añadió dos patatas ya peladas y picadas en tro­zos, sacó la hoja de Laurel con la que había dado el primer hervor a los granos y, cuando se disponía a colocar la tapa, sintió que su hijo le daba un fuerte tirón que estuvo a punto de hacerle perder el equili­brio. Se volvió furiosa y casi le grito:

─¿Qué quieres,  Leo? ¿No ves que estoy ocupada? ─y dándole la espalda dejó al pequeño de seis años detrás de sí, con cara de desconcierto porque su madre rara vez le gritaba.

Cerró la olla que, casi inmediatamente, cogió pre­sión y comenzó a silbar a causa del escape de vapor. Miró la carita asustada del niño y se agachó para abrazarle.

─Cariño, ya te di una aspirina. Las medicinas no hacen efecto así ─y chasqueó los dedos─, tienes que esperar un ratito, ¿vale? Voy a darle el biberón a tu hermano. ¿No oyes como llora? Es muy pequeñito y tiene hambre. ─Y cogiendo el frasco con el alimento en su interior, comprobó si la temperatura era la adecuada derramando unas gotas del líquido sobre el dorso de su mano. Satisfecha, se volvió hacia su hijo y le preguntó─, ¿me acompañas?

Por respuesta, el pequeño la siguió hasta la habi­tación donde estaba la cuna y se sentó en la gran cama donde dormían sus padres. La madre cogió al pequeño en sus brazos y, colocándose al lado de Leo, comenzó a darle la toma de leche al bebe.

Desde donde ella estaba sentada, podía ver la ca­lle y a los fumigadores que se afanaban inyectando veneno para cucarachas en las salidas del alcantari­llado. Loli rememoró al pueblo cuando ella era niña.

Guardamar era pequeño y alargado; todas las ca­sas bajas lindaban unas con otras, de manera que cuando un vecino estornudaba, el de al lado se ente­raba. Con el boom del turismo comenzó a ensanchar­se. Los lugareños, debido a la mejoría económica, reedificaban sus casas añadiendo una segunda plan­ta; aunque algunas construcciones familiares con miras al negocio hotelero colocaban más de dos pi­sos. A partir de la década de los años noventa, el crecimiento vertical de viviendas a la venta se dispa­ró; muchos guardamarencos hicieron negocios con los constructores, vendiendo a precios exorbitantes sus terrenos, o pidiendo dos pisos, garaje y un local para negocio en los bajos de las edificaciones verti­cales, a cambio de cederles el terreno de sus pro­piedades. La parte vieja y central de Guardamar creció hacia arriba pero sus acometidas albañales y de alcantarillado seguían siendo las mismas de mu­chísimos años atrás. Loli era consciente de que esa era la causa de que el Ayuntamiento se viera obliga­do efectuar los trabajos de excavación y la sustitu­ción de los tubos estrechos y deteriorados, así como de que dichos arreglos provocaran que los bichejos huyeran despavoridos y salieran por las zonas de alcantarillado nuevo, invadiendo las casas a nivel de calle, como la de ella.

Leo sacudió la cabeza con fuerza y Loli le miró. Comprendió que al niño le molestaba el ruido de los aparatos de fumigación y pensó que debió haber cerrado la ventana, pero ya no podía interrumpir la alimentación de su hijo pequeño, así que suspiró y exclamó para sí, “¡Estos cabrones! ¡Ahora tendré que volver a colocar trapos bajo las puertas para que no entren las cucarachas por debajo! Estoy aburrida de tanta obra de alcantarillado”.

Como notó que el pequeño se dormía, hizo un mo­vimiento con el biberón en su boca para que chupara lo poco que quedaba, y cuando terminó dejó el fras­co vacío sobre la cama, colocó un pañal en su hom­bro y recostó al pequeño en posición erguida, para que soltara gases. Al rato lo acostó en la cuna y desplegó el tul que había tenido que comprar la se­mana anterior, no para proteger al pequeño de los mosquitos sino de las cucarachas voladoras, que a la menor oportunidad se colaban por las ventanas y se posaban en cualquier sitio, dejando su rastro pesti­lente allí donde pararan.

Cerró la ventana y encendió el ventilador para que refrescara el dormitorio mientras su hijo dormía. Hizo una seña a Leo, que se bajó de la cama y la si­guió fuera de la habitación.

─Mamá, ¿tenemos que poner trapos en las puertas otra vez? ─Sí, hijo, ¿me ayudas?

Cuando a las ocho de la tarde Llegó el marido de Loli, entró protestando y maldiciendo por la pila de bichos asquerosos que pisaba.

─Javier, vamos a tener que llevar a Leo al médico ─le advirtió en cuanto él dejó de maldecir.

─¿Por qué?

─Se ha pasado todo el día con dolor de cabeza y ya no sé qué darle.

─¿No se le pasa?

─A ratos se calma,  pero no se le pasa del todo.

─¿Dónde está ahora?

─Se ha quedado dormido. Es muy temprano pero no durmió al mediodía y prefiero que descanse.

─Si mañana sigue con dolor de cabeza Lo llevamos al médico, aunque lo más probable es que sea un catarro.

─¿En verano, Javier? ¡Hasta el zumbido de los apa­ratos de fumigación le molesta! No sé cuándo van a parar esas obras.

─A mí lo que me molesta son los bichos que salen de las alcantarillas. He aparcado el coche en La Ave­nida de Cervantes porque, si lo dejó frente a la casa, me temo que se cuelen en el motor, y vete a saber qué pasa si se ponen a morder los cables.

─Si esto sigue así, vamos a tener que poner mos­quiteras en todas las ventanas.

─Mujer, ¡no exageres! Cuando terminen las obras de alcantarillado las cucarachas volverán a su mun­do subterráneo.

─Es una asquerosidad. ¡Nunca había visto tantas! Ahora sí que me creo esas películas de terror en las que salen muchas arañas y cosas así. ¡Es que ya lle­vamos un mes con la invasión de las cucarachas!

Loli y Javier se fueron a la cama alrededor de las doce de la noche, después de darle un calmante a Leo, que se había despertado llorando por el ruido que había dentro de su cabeza.

A las seis de la mañana, Loli se levantó a darle la toma de leche al pequeño y estuvo dando cabeza­das. No había dormido bien. Se pasó toda la noche con pesadillas. Y justo cuando colocaba de nuevo al pequeño en la cuna, comenzaron los gritos de Leo. Javier también se despertó.

─¿Qué pasa? ─farfulló, más que dijo.

─No sé, voy a ver.

Y se perdió rumbo a la habitación del niño. Javier cogió el despertador para ver la hora y, aún con los párpados medio cerrados, decidió levantarse para ir al baño. Cuando salió del mismo, se encontró a su mujer con Leo en la cama de ambos. El niño estaba pálido y ojeroso.

─¿Qué te pasa, campeón? ─le preguntó el padre.

─Tengo ruidos en la cabeza,  papá. Muchos ruidos.

Javier extendió el brazo para tocar con la mano la frente de su hijo, pero su mujer le interrumpió el gesto al decir:

─No tiene fiebre, ya lo he comprobado. Creo que será mejor que nos vistamos y le llevemos al médico.

─¡Es muy temprano,  mujer!

─Precisamente por eso. A las ocho se llena aquello. Ahora nos vamos directamente al hospital en vez de a la casa de salud. Prefiero que sea allí donde le vean.

─¡Vaya por Dios! Para una vez que dejo el coche lejos ocurre esto.

─Y tenemos que llevarnos al peque, porque a esta hora no puedo dejárselo a nadie.

Javier comienza a vestirse y su mujer hace lo mis­mo.

─Anoche no he pegado ojo más que a ratos.

─¿Te duele a ti también la cabeza? ─pregunta el hombre.

─He tenido pesadillas. Mejor dicho, una sola pesa­dilla, asquerosa. Soñé que estábamos en la mesa para desayunar, con la leche en los tazones y, cuando destapé el tarro del café descafeinado, lo que salía del mismo era una cantidad de cucarachi─tas pequefnías que ni te imaginas. Igualitico que cuando salen de la alcantarilla de frente a casa, pero desparramadas por la mesa…

Javier la interrumpe:

─Calla, mujer. ¡Lo que me faltaba a estas horas! Voy a traer el coche hasta la puerta. Date prisa.

Loli, Javier y el bebé, se pasaron toda la mañana en el hospital. Cuando regresaron en la tarde a la casa Leo correteaba alegre sin acordarse para nada del terrible dolor de cabeza que había padecido, pero la noticia de lo que había provocado ese males­tar corrió de boca en boca, no sólo por Guardamar, que es donde vive el chico, sino hasta en Torrevieja y otros centros hospitalarios de la comarca: en el interior del conducto de su oído había entrado una cucaracha pequeña pero adulta y había puesto sus huevecillos en el interior profundo de las oquedades del pabellón auricular; los médicos habían extraído a la cucaracha madre junto a varias cucarachitas re­cién nacidas, así como numerosos huevecillos que aún no habían terminado de eclosionar.

Loli adquirió notoriedad entre los lugareños a cau­sa de la anécdota que ella contaba sobre el sueño en el que destapaba un tarro de café descafeinado, del cual salían numerosas cucarachitas rubias. Ella con­taba, a todo el que la quería escuchar, que eso ha­bía sido una premonición y no una pesadilla.