Materlink

Cuento

Javier Bueno Jiménez

Javier-Bueno-Narrativa-OtroLunes_38Javier Bueno Jiménez (Madrid, 1951) Ha cursado estudios de Publicidad, Arte Dramático, Cinematografía, Maquillaje y Caracterización, Diseño de Iluminación y Parapsicología. Ha publicado los libros: Hoy he sabido que nacerás mujer, Materlink y El orgasmo fluvial de Lolita Valor y otros relatos. Algunos de sus trabajos han sido publicados en periódicos, revistas y páginas virtuales. Ganador de numerosos premios y escritor de blogs en internet, ha regenteado la madrileña Galería de Arte “Albaquercus”. Desarrolla una intensa actividad como fotógrafo, tras el seudónimo Arvikis y es codirector de la Plataforma cultural “Raíces de Papel”, así como de la Revista cultural “Raíces de Papel”. Más sobre él en: http://raicesdepapel.blogspot.com/ y http://arvikismundodecine.blogspot.com/

 

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Materlink

(Primer Premio en el III Certamen de Narrativa “DULCE CHACÓN”, 2006 de la FAECAM)

 

Nines nunca gozó de buena salud; subir los cuatro pisos que le separaban de la puerta de su casa la dejaba sin aliento. Como pudo, uno a uno, completó los ochenta y tres escalones de madera blancuzca, que lucían impecables gracias al asperón con que Flora, la portera, los frotaba. Llegó jadeante al cuarto izquierda, desplomando su cuerpo sobre la puerta mientras apretaba con insistencia el timbre. Se encontraba sudorosa e inquieta y pensaba: Vamos, mamá, abre. Por favor, abre…

—¡Mamá!

—¿Pero, qué pasa hija? ¡Ay Dios mío, cómo vienes! si no puedes casi ni hablar… y tu hermana trabajando. Faltan por lo menos dos horas para que llegue. Siempre me pilla todo sola. Vamos, cariño, tienes que ir a la cama.

—Mamá, ya viene, ya viene…

—Espera, hija, voy a llamar por el patio a la Paquita, que ella sabe mucho de esto. ¡Señora Paquita! ¡Señora Paquita!

—¿Qué pasa, Lola, cielo?

—¡Ay, Paquita, que mi hija se ha puesto de parto y está muy malita!

—¿Y tu marido, no está? —Que va, se fue al “vermú”, a Casa López.

—Pues alguien tiene que avisar al médico. Espera que bajo al patio a ver si está la María y le podernos llamar por teléfono; ella es la única que lo tiene en toda la casa.

Corrían los años cincuenta en un Madrid que miraba al futuro, dejando atrás como podía las cicatrices de una innecesa­ria guerra civil y la penuria de las cartillas de racionamiento.

Afortunadamente, la María estaba en casa y pudieron avi­sar a don Elíseo, el médico que había visitado a Nines durante el embarazo.

—¡Gracias a Dios todo ha salido bien! Es que vivir en la calle del Espíritu Santo tiene que tener sus ventajas —decía Paquita ya más tranquila.

Y así, con los primeros calores del verano, llegaba a este mundo Antonio, el primer hijo de Nines y Rafael. El pequeño piso se hacía insuficiente para albergar a otro miembro de la familia. Rafael decidió buscar algún trabajo complementario, para ganar un poco más y optar a la emancipación de su propia familia. Nines también quería colaborar y resolvió poner un cartel en la portería que decía: “Se cogen puntos a las medias.”

Toñito era un niño despierto y se criaba bien. Con dos años, se las sabía todas (todas las películas que ponían en los cines de la calle de Fuencarral) y, corno era aún muy pequeño para ir al cine, se conformaba con escuchar a Nana contarle las que ella había visto. Nana era una chica rubia y gordita, de unos veinticinco años, que vivía en el patio, amiga del alma de su madre, que trabajaba en una centralita que la telefónica tenía en el Palacio Real. Nana tenía una cuñada, Piti, que parecía una artista extranjera y embelesaba al niño. En su casa del Paseo de La Habana había televisión y todo. A Toñito eso le impresiona­ba mucho. Con cuatro años, en el “colé” le empezaron a llamar Toño. En esa época le encantaban las películas de monstruos y las de amor, y siempre encontraba alguna tía complaciente o cualquier amiga de su madre a la que camelar para que le invi­taran a verlas. La semana anterior había visto con Nana una muy bonita de Sissí, titulada “La Panadera y el Emperador” y ya estaba a punto de enredar a su tía María a ver si le llevaba al “Alhambra” a ver “Los hijos del volcán”. La ponían con una de fútbol, “Saeta Rubia”, que no le gustaba mucho, pero había visto una cartelera de la otra, y salía un “mostró” de dos cabe­zas que debía estar genial, así se lo aseguraba a la resignada hermana de su madre.

Los años pasaban y la familia se arreglaba como podía. La situación económica no aconsejaba despegarse de casa de los abuelos, y éstos tampoco querían separarse de su querido nieto. Toño ya no cabía en la cuna, que se encontraba en la habitación de sus padres, así que decidieron comprarle una cama mueble y ponerla por la noche en el dormitorio de su tía María, que era donde había un poco más de espacio, y durante el día podría estar doblada en el pasillo. Como todo se iba quedando peque­ño, hubo que reemplazar el jardín de infancia de la Plaza del Dos de Mayo (esa donde Daoiz y Velarde vigilan desde su pedestal a los niños y a las palomas que juegan juntos) por otro colegio para mayores. El elegido fue el de los Agustinos, en la calle del Barco, muy cerca de la Gran Vía. Aunque moderno, el edificio resultaba un tanto solemne y un poco sobrecogedor debido a sus altísimos techos. El padre Merino, de mediana edad, recibió al nuevo alumno con una parca bienvenida.

—Antonio, espero que te formes dentro de nuestras aulas en el espíritu cristiano y con el tiempo llegues a ser “Capitán General”.

Toño forzó una sonrisa y desvió la mirada hacia arriba, encontrándose con una imagen de María Auxiliadora que observó con atención. A partir de entonces, cada vez que acudía al colegio, no podía pasar por delante de la imagen sin dedicar­le una mirada de cariño o una sonrisa de complicidad. Nines iba cada día a buscar a su hijo y ambos conversaban al subir la empinada cuesta de la calle del Barco. Cuando llegaban a la Plaza de San Ildefonso, Nines iba muy fatigada y descansaba siempre algunos minutos en un banco, Antonio le cogía la ma­no y, dándole un fugaz beso en la mejilla, le decía:

—Mamá, ¿por qué no vamos a tomar un helado a los “ita­lianos”? Seguro que con eso se te pasa.

Tomaban el helado un día sí y otro también, Toño siempre de “Tutti Fruti”, porque era el más rico, y luego probaba el de su madre, que para eso estaba en edad de experimentar. Pero Nines no mejoraba, en su pecho sentía un ahogo como si se le fuera la vida. Había acudido varias veces al médico, acompaña­da de su madre. Don Eliseo siempre le decía lo mismo.

—Son nervios, sólo nervios. A ver sí puede tu marido y te lleva cuatro o cinco días a la playa. ¡Eso es mano de santo!

Como el cuñado de Nines era piloto de Iberia, les consi­guió un billete gratis a Palma de Mallorca. Rafael pudo tomar en el banco cinco días libres a cuenta de las vacaciones y empe­zaron a planear el viaje. Todo estaba arreglado, pero Nines no tenía muchas ganas de ir.

—El niño no puede venir y, la verdad, no me apetece separarme de él, además, en Palma va la gente muy arreglada, me lo ha dicho mi cuñada María Luisa y yo no tengo nada que ponerme. Ahora no puede ser, otra vez será.

—Ni hablar del peluquín, añadió su madre de forma con­tundente. Esta misma tarde vamos a “Vestimenta”‘ y te compras un vestido, el que más te guste, sin mirar el precio. Yo te lo regalo. Tengo unos ahorrillos y qué mejor destino…

—¡Pero mamá!

—¡No hay peros que valgan! Está decidido.

Nines compró un vestido estampado con rosas en tonos amarillos, con una falda de vuelo sobre un ligero cancán. Cuan­do la vio Rafael se quedó asombrado. Toño también tuvo opiniones para el traje de su madre.

—Mamá, pareces la de la película del otro día.

—¿Cuál?

—Una que vimos en el “Quevedo” tía María y yo, de una chica que trabaja en una zapatería y luego se casa con uno muy rico y la hacen reina. ¡Pues llevaba un vestido igualito, igualito al tuyo!

—Venga, venga, siempre con tus películas. Ponte con las matemáticas que las llevas muy mal.

—Sí, mamá, pero, si apruebo, me llevas por la noche al cine, ¿vale?

—Sí, en eso estoy pensando. Cuando hagas la mili irás al cine por la noche.

El viaje a Palma de Mallorca no resolvió mucho. Nines seguía con sus malestares, incluso se iban incrementando.

Llegó el tiempo de hacer la comunión y había que decidir el traje que iba a llevar el niño. Como Toño siempre tuvo crite­rio y opinión para todo, su madre le preguntó:

—¿Cómo te gusta el traje de la comunión, hijo? ¿De mari­nero?

—A mí me gusta uno que tiene una cosa encima de los hombros con gusanitos de oro que cuelgan y una cruz de color rojo muy rara por delante

—Eso de los gusanitos se llama charreteras y el traje es de “Caballero de Santiago”. ¡De los más caros, hijo!

La tía Pepita echó una mano a la hora de pagar el traje y el niño fue “hecho un brazo de mar”, como dijo la señora Paquita. El día de la comunión fue memorable. Antonio se miraba los zapatos impolutos, de un blanco resplandeciente. Cada dos o tres segundos, si veía una mota de polvo o rozadura negra, se quitaba el guante, chupaba uno de sus dedos y restregaba con insistencia hasta hacer desaparecer la mancha. Recibió muchos regalos, entre ellos un rosario de plata, un misal con las tapas de nácar y un libro con las historias de uno de sus personajes favoritos de la radio: “Las aventuras de Matilde, Perico y Periquín”. Y el más importante, no por su valor, que lo tenía, pues era un reloj “Cyma” de oro, sino por ser regalo de su tía y ma­drina, María Luisa, que llevaba grabado su nombre en el interior.

Nines no pudo disfrutar del día; se encontraba bastante in­dispuesta y tuvo que abandonar anticipadamente la cafetería de la plaza de Santa Bárbara, donde se había reunido la familia para celebrar la comunión, tomando un chocolate con churros. A partir de entonces Nines iba cada vez peor. Un día de junio se empeñó en bajar a por hielo para la nevera; no quedaba nada y su madre estaba muy mal de las piernas para poder afrontar las escaleras. La distancia a la fábrica no era mucha, pero un cuarto de barra aún pesaba. El calor era sofocante, las gotas que producía el hielo derretido salpicaban la calle. Por la frente de Nines también resbalaba el sudor. No podía más, se estaba ma­reando. Tomó asiento en el bordillo de la acera, junto a la far­macia de los azulejos pintados en la calle San Vicente Ferrer. Allí, unas mujeres del barrio la atendieron y acompañaron a casa. La familia decidió trasladarla a la casa de los padres de Rafael, en la Avenida de La Reina Victoria, ya que era bastante grande y disponía de ventanales a la calle. Al final “la cosa de nervios, sin importancia”, como decían los médicos, derivó en una endocarditis bacteriana de extrema gravedad. Rafael se mudó junto a Nines, y Antonio quedó al cuidado de sus abuelos maternos y su tía María. Aquel revuelo coincidió con su octavo cumpleaños. Lo pasó solo, muy triste, y aunque todos se esfor­zaron por ponerle una sonrisa, no lo consiguieron. Por la tarde fue a ver a su madre, era la primera vez que le llevaban desde hacía dos semanas. Su tía María le compró un ramo de flores para que se lo regalara. Al entrar en la habitación, un escalofrío recorrió su cuerpo, miró a la enferma y comprendió que aquello que pasaba era muy malo. La habitación estaba sumida en una ligera penumbra. Había una botella en un soporte de metal, de la que salía un cable de plástico y una aguja que entraba en el brazo amoratado de su madre. Toño sintió que algo le mordía por dentro. Continuó observando la estancia con asombro y aprensión. Encima de la mesilla había muchos envases de me­dicinas, gasas, un estuche para esterilizar las inyecciones y una botella de plástico con la forma de la Virgen de Lourdes, medio llena de agua milagrosa. Alguien le dijo: “da un beso a tu madre y enséñale las flores”. Toño se sentía atenazado, casi no quería ir, era como si no la reconociera. Arrastrando los pies llegó hasta la cania y se inclinó sobre su rostro, percibiendo un desconocido olor. No era un olor desagradable, pero sí extraño. Su madre siempre olía muy bien, a colonia fresca. Nines trató de abrazar a su hijo pero las fuerzas no se lo permitieron. Quiso hablar, pero casi no se le entendía. Sus ojos se humedecieron y dejaron escapar algunas lágrimas. Antonio la miraba paraliza­do. Sintió que todo su vello se erizaba mientras se le secaba la boca. Su madre intentó hablar de nuevo y esta vez pudo decir:

—Hijo, lleva estas flores a la virgen que tienes a la entra­da del colegio.

La tía Pepita se acercó a Toño y cariñosamente le enca­minó hacia la puerta, sacándole de la habitación. Aquella noche no pudo dormir, lloró sin hacer ruido y se acordó de la virgen del “colé”, a la que le imploró un milagro para que su madre se pusiera pronto bien. Ya rendido, el sueño pudo con él.

Pasaron dos días y Nines pareció mejorar un poco. Pidió que fuera su hijo a verla; quería disfrutar de su compañía. Toño volvió todo contento y se quedó a solas con su madre. Hablaron de muchas cosas, del colegio y de las películas que irían a ver juntos cuando ella mejorara. Un golpe de tos acabó con la con­versación. Nines pidió a su hijo que le diera un pañuelo que se encontraba en el cajón de la mesilla de noche. Toño fue a bus­carlo. Era blanco, tenía un pequeño bordado y alrededor estaba todo ribeteado de encaje. Nines se encontraba mal. Dejó esca­par algunas lágrimas. El niño tomó el pañuelo de la mano de su madre y le secó los ojos, después le besó la frente. La cabeza de Nines se ladeó y su boca se torció ligeramente. Toño salió apre­suradamente del dormitorio y llamó a su tía con insistencia. Rápidamente avisaron al médico. Una vecina le llevó a la casa de los abuelos maternos. Enterados del agravamiento de su hija se marcharon a vería, quedando el niño en casa de Nana, la vecina. En esta ocasión no sirvieron las películas para dis­traerle, no quería escuchar ninguna historia. Toño se fue a una habitación, pidió que le dejaran solo y lloró amargamente pro­curando no ser oído. Buscó algo para secar sus lágrimas y me­tió la mano en el bolsillo del pantalón, encontrando el pañuelo de su madre, lo besó y se lo llevó hacía los ojos. Pensó que en ese pañuelo estaban también las otras lágrimas, y que lo guar­daría para siempre. Se quedó mirándolo y vio que tenía borda­das como unas montañitas, lo observó con detenimiento y se dio cuenta que el bordado, visto al revés, parecía representar tres uves dobles. Toño, tras besarlo, lo guardó nuevamente en su bolsillo.

Después de la transfusión de sangre realizada el día de San Pedro y San Pablo, Nines entró en coma, marchándose en los primeros días de Agosto. Rafael se mudó con su hijo a casa de sus padres, donde Toño creció al cuidado de los abuelos y las tías, viviendo con la nostalgia y el recuerdo permanente de su madre.

Pasó el tiempo. Antonio, ya adulto, encontró trabajo en una compañía de seguros. Más tarde se casó con una compañe­ra de oficina y tuvo dos hijos, la parejita como solían decir. El mundo había cambiado mucho al comenzar el tercer milenio, había mucha violencia, inseguridad, paro, terrorismo… La vida de Antonio se reducía a su mujer y sus dos hijos, aunque éstos ya tenían vida propia, pues la chica se había casado y no vivía con ellos y el chico prácticamente sólo iba a casa a dormir. La hija estaba embarazada y muy deprimida; la relación de pareja no iba bien. Ella deseaba abortar, no quería que un hijo suyo viviera en un mundo tan violento y caótico.

Coincidiendo con su cincuenta cumpleaños, Antonio se prejubiló y quiso hacer una comida familiar para festejarlo. Su esposa, que tantas veces le había oído hablar de películas antiguas, le sorprendió con un lote de videos que contenían títulos como “La panadera y el emperador”, “Los hijos del volcán” y varios más de aquellos que tanto le habían gustado y que devolvieron a Antonio a sus años infantiles y al inevitable recuerdo de su madre. Fue el mejor regalo que pudo recibir. Sus hijos le compraron un ordenador portátil, para que no se aburriera con tanto tiempo libre. Antonio no sabía nada de or­denadores y se sentía un poco incapaz con aquel aparato. Había oído hablar mucho de la fuente de información que es internet y pensó que, dedicándole un poco de tiempo, podría, tal vez, de­fenderse. Durante la fiesta encontró un momento para hablar con su hija y darle fuerzas. Le dijo lo importante que es ser ma­dre y la terrible soledad que se siente cuando alguien la pierde. Le habló de su abuela y del amor que ésta le tenía a la vida y que, a pesar de todo y del mundo que nos encontremos, la vida es en sí misma una experiencia maravillosa e irrepetible que no podemos negarle a un futuro hijo.

—Mater, madre, es una palabra por mí tan poco usada que la tengo casi sin estrenar. ¿Sabes, hija mía, lo que podrás sentir cuando tu hijo te llame ¡Madre!?

—¡Estoy muy confundida papá! Ayúdame, por favor, ayú­dame.

—Claro que sí, mi amor, siempre estaré a tu lado. Y no me prives de ser abuelo.

—No, papá, te daré un nieto precioso. Gracias. Por la noche, cuando todos se marcharon, Antonio volvió sobre sus recuerdos. En su interior se sentía bien. Su hija había salido del pozo hacia la luz y esto le hacía sentirse feliz. Fue a coger un libro para leer un rato antes de dormir, pero llamó su atención el ordenador que tenía sobre la mesa. Pensó que no estaría mal empezar ya a ver qué tal se le daba eso del internet, que sus hijos le habían dejado instalado. Se dispuso a leer el manual de instrucciones. A continuación realizó las conexiones pertinentes y una vez conectado, la pequeña pantalla se iluminó dándole la bienvenida a “Windows”. Siguió leyendo el manual. En el capítulo de internet leyó que para visitar las páginas hay que escribir primero tres uves dobles, seguidas de un punto y el nombre o dirección de la página. Al empezar a escribirlas, Antonio sintió que aquella combinación de letras le era familiar.

—Uve doble, uve doble, uve doble ¿De qué me suena esto a mí?

Se dirigió corriendo hacia el dormitorio, allí abrió la tapa de corredera del viejo buró y, de uno de los pequeños cajoncitos de la parte delantera, sacó un saquito de terciopelo de color azul noche. En su interior estaba el pañuelo amarillento de su madre, donde se apreciaban los cercos de las añejas lágrimas. En una de sus esquinas estaban bordadas las montañitas que vistas al revés se convertían en tres uves dobles. Con delica­deza, lo tomó en su mano y se lo acercó al pecho. Un tenue escalofrío recorrió su cuerpo. Rápidamente volvió al ordenador y empezó a escribir aquellas tres letras en el espacio del busca­dor de la barra del explorador. Apretó el botón y vio que apa­recían encontradas millones de páginas. Antonio seguía te­cleando, sin saber qué poner, pero presentía algo. No sabía qué iba a encontrar en relación con aquellas letras, pero tenía que seguir. Estaba agotado. Se quedó mirando fijamente la pantalla. Una ventana emergente llamó su atención. Se veía una montaña y detrás un sol con el anagrama “Materlink”. Antonio llevó, con un cierto recelo, el puntero del ratón hasta la ventana y allí apretó el botón derecho. La pantalla se oscureció súbitamente, poco después se llenó de letras y símbolos desconocidos para, más tarde, empezar a colorearse a gran velocidad, alternando todas las tonalidades posibles. Javier-Bueno-2-Narrativa-OtroLunes_38En el centro apareció un punto blanco que cada vez se hacía más grande. Antonio se sentía catapultado hacia él. Todo el entorno parecía haberse esfuma­do. Sólo había colores y ese punto blanco, agrandándose cada vez más y más. De pronto, una suave música llegó a sus oídos y sintió una gran paz. La luz blanca lo invadía todo y poco a poco, un rostro bellísimo emergió de la luz. Los ojos de Anto­nio se llenaron de lágrimas y comenzó a gritar:

—¡Madre! ¡Madre! ¡Madre…!

—Por fin, hijo mío, ya me has encontrado. No volveré a dejarte solo nunca más. Te debo una película y hoy iremos jun­tos a verla. La película de tu vida. Nos gustará, ya lo verás.

Los brazos de su madre le rodearon el cuerpo y pudo sen­tir todo el amor que el destino le había hurtado. Se sintió limpio y aliviado. Ya no deseaba nada más.

Por la mañana, la mujer de Antonio vio que su marido no se había acostado. Le buscó por la casa y le encontró sin vida sobre la mesa, abrazado al ordenador portátil. El médico de urgencia certificó una parada cardiaca sobre las tres de la ma­drugada.