¿Revolución para qué?

Alejandro González Acosta
(UNAM)

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A Rafael Saumell, “nada menos que todo un hombre”
(con permiso de Unamuno)

“Una revolución no es asunto para pastores anglicanos”
Julio Cortázar.

 

Origen y rasgos del concepto “revolución”:

Nicola Maquiavelo, quien en su época era lo que hoy conoceríamos como un politólogo de izquierda, dijo que “es más fácil hacer una revolución que una reforma”. Después de todo, para mí lo medular no es tanto por qué o cómo, si no para qué se hace una revolución, pues el concepto cuenta con una dilatada trayectoria de sangre, sudor y lágrimas a través de la historia, a tal punto que originalmente se le vinculó con una actitud demoníaca, partiendo del pecado capital  de La Envidia, esa “tristeza del bien ajeno”, que definía Santo Tomás de Aquino, y entre cubanos expresó como nadie Félix B. Caignet, al decir que era “admiración con rabia”, lo cual en el plano social se traduce en un resentimiento invencible. Por todo lo anterior, los tratados teológicos representaron a Lucifer, el ángel –caído-  más bello, y la estrella más brillante de la corte celestial, como el “príncipe de las revoluciones”. Por su parte, en la mitología griega –retomada por Goya en uno de sus célebres cuadros- se encontraba representada en la figura del decrépito pero voraz Cronos, quien como las revoluciones, devoraba a sus hijos, antes que estos lo privaran de su omnipotencia, castrándolo.

Pero después el mismo concepto fue evolucionando en el imaginario colectivo, y mejoró hasta convertirse en algo tan “políticamente correcto” que hoy incluso sirve de divisa para proyectos que en el fondo no tienen nada de revolucionarios, sino más bien todo lo contrario. Se logró, además, con la persistente ayuda de cierta academia y diversos medios, que casi nadie en el escenario político contemporáneo confiese ingenuamente ser “antirrevolucionario”, o siquiera “evolucionario”. Ser revolucionario, de terrible pecado, se transformó en sana virtud, disolvente universal para toda mancha y absolución anticipada de cualquier pecado o crimen, por motivo de “utilidad pública” del común: indulgencia plenaria de todo exceso.

Eugene Delacroix - La Libertad guiando al pueblo.

Eugene Delacroix – La Libertad guiando al pueblo.

No es menos cierto que las revoluciones, como los humanos que las animan, tienen edades sucesivas: envejecen junto con sus protagonistas y no hay mecanismo ni artificio suficientemente capaz –ni aún la creación de un “partido inmortal”- que logre evadir esta premisa inevitable. No es lo mismo la revolución cubana exultante, juvenil, fogosa, vitalista y exaltada de 1959, que la madura, habilidosa y reflexiva de 1990, y mucho más distante de sus orígenes resulta “eso” indefinible que hoy permanece allí, por ejemplo, contra todo pronóstico, lógica y razón. Esto debería tenerlo muy en cuenta la actual dirigencia cubana –la de siempre, sustantivamente la misma del principio, pero con muchos más años y batallas a cuestas- pues ya “el futuro no es lo que era”, cuando arribaron victoriosos a la capital cubana en enero de 1959, y que esa aceptación no se limite a lo puramente retórico y publicitario, sino se entienda como un inevitable proceso biológico: contra la Naturaleza  nadie puede, ni aún la Ideología, por muy monolítica que sea.

Todas las revoluciones que en el mundo han sido tienen un cariz personalista  a pesar de engañosas o aparentes corporativizaciones: en todo caso, una personalidad sustituye o releva a otra (Stalin a Lenin, por ejemplo, eso por no mencionar la monarquía ya de tercera generación en Corea del Norte). Las revoluciones tienen UN rostro y concentran alrededor del mismo su magia suasoria y todo su formidable aparato de propaganda. Como prueba de esto, a la larga, la inicial “dirección colegiada” nicaragüense, terminó siendo tremendamente personalista: Daniel Ortega: atrás –en la retaguardia con visos derechistas- quedaron Edén Pastora, Sergio Ramírez y hasta el beatífico jesuita Ernesto Cardenal, todos más tarde más o menos  circunstancialmente enfrentados o distantes  de lo que fue la “revolución sandinista”, que concitó la simpatía y el apoyo efectivo a escala mundial. Hoy ella gira, como imperceptible asteroide secundario, alrededor de la órbita bolivariana con epicentro en Caracas, pero con origen tectónico en La Habana, donde también se contempla con estupor o con indolencia, una sucesión monárquica “fraternal”, que amenaza convertirse en un feudo caribeño de padres a hijos y de tíos a sobrinos. Un asunto de familia, pues, no de Nación.

Ya dije que los términos “revolución” y “revolucionario” gozan de un evidente prestigio: visten bien y son “políticamente correctos” desde la Revolución Francesa, que aunque inspirada por la apacible Ilustración culminó en la barbarie atroz del Terror (contra los aristócratas del anciene   régime), y el Gran Terror (entre los propios revolucionarios, unos contra otros, del nouveau régime). Y su fuerza es tal que pueden imponer modas: desde los pantalones de los “sans culottes” parisinos y los “descamisados” peronistas, hasta los hombres barbudos y las cubanas vestidas de milicianas en la portada de Vogue.

También le corresponde a la Revolución Francesa la creación de la toponimia ideológica simplificadora, que se resume en los bandos que llegan hasta la actualidad, un tanto desvaídos y de perfiles cada día más imprecisos y vacilantes, de lo que entonces se llamó “la izquierda” y “la derecha”, por el fortuito y muy casual hecho de que unos representantes ante la Asamblea General Constituyente decidieron sentarse en los asientos de un lado y el resto en los de la banda opuesta: los girondinos ocuparon –desde el referente del Presidente de la Asamblea, contrario al del espectador- la derecha y los jacobinos la izquierda. Así algunos se identificaron con la ley (los girondinos) y los otros con la justicia (los jacobinos). Los primeros, con la fuerza de la razón y los otros con la fuerza de la acción. La derecha, por el vigor de la diestra mano, y la izquierda con la pasión de la mano del corazón, la siniestra. Lo verdaderamente ejemplar de este enfrentamiento es que la izquierda no sólo exterminó cuidadosamente a sus oponentes de la derecha, sino que cumpliendo un ciclo destructivo inevitable, terminó por destruirse a sí misma, en medio de una anarquía generalizada, a la que llegó finalmente para restaurar el orden y el equilibrio, y salvar a Francia del desastre un joven sargento de artillería quien ni siquiera había nacido en el territorio continental, sino en una isla recientemente anexada: Napoleón Bonaparte, digamos, un francés de tercera, para colmo después casado con otra isleña, la martiniqueña Josefina Beauharnais; a fin de cuentas, dos extraños sentados en el trono de Carlos Martel: cosas de las revoluciones…

El Juramento del Jeu de Paume, por David (Museo de Versalles).

El Juramento del Jeu de Paume, por David (Museo de Versalles).

Unos autores fijan la fecha de esta separación el 11 de septiembre de 1789, cuando se discutió la normativa sobre el veto real, y otros la trasladan al 1 de octubre, pero todos coinciden en que la disposición se formalizó en 1814, cuando se produjo la Restauración borbónica en Francia. Así, pues, ya contamos con más de 200 años de “izquierdas” y “derechas” reconocidas oficialmente. Irónicamente, si contemplamos el cuadro monumental de David sobre el Juramento del Juego de Pelota, en ese momento inaugural y definitorio, absolutamente TODOS los asistentes votan al unísono. Tal parece que las revoluciones comienzan unidas y terminan divididas, con el precio que ello supone. Pero debe aceptarse al menos que la imagen de las izquierdas y las derechas brota junto con el concepto de la modernidad.

La historiografía marxista tradicional ha precisado terminantemente el concepto de revolución: en sus manuales divulgativos de los años 60 que se aplicaron en Cuba (P. Nikitin, V.G. Afanasiev,  y S. Konstantinov, por ejemplo), el esclavo Espartaco no encabezó una revolución sino una rebelión, y las Guerras Campesinas de   Alemania (1524-1525), apenas fueron revueltas de agricultores por mejores condiciones de vida dentro del sistema feudal. Resultaron, pues, sólo antecedentes. Solamente la francesa fue el modelo de una Revolución Social pues derrumbó el orden feudal. La de las Trece Colonias inglesas constituyó una “revolución independizadora”, algo muy distinto, aunque también implantó un sistema social diferente pero inspirado en el sólido derecho británico: el Bill of Rights es un nieto de la Carta Magna. Sin embargo, esta revolución no padeció una etapa del Terror, pues su invocación sustantiva y definitoria de los derechos innegables como verdades evidentes, emanaba del Creador (descendientes directos de aquellos peregrinos puritanos del Mayflower), y tenía entonces un origen teológico más que ideológico, a diferencia de la Revolución de Haití, la cual sí desbordó los canales con sangre, por supuesto en nombre de La Diosa Razón, para terror paralizante de sus vecinos, primordialmente Dominicana y Cuba.

Pero recordemos de nuevo que no siempre fue “elegante” ser revolucionario: volviendo a la referencia bíblica, la mitología judeocristiana identificó el “espíritu revolucionario” con el más bello de los ángeles, quien cautivo de su propia soberbia quiso compararse con el mismo Creador: Lucifer. El Príncipe de la Luz se convirtió, por impulso de su insatisfacción y el deseo de superar a su maestro, en el Príncipe de las Tinieblas, condenado a vivir eternamente hundido en los abismos, sin gozar la presencia de Dios, su mayor castigo. Los Santos Evangelios, con su diversidad, ambigüedad y anfibología correspondientes a todo texto magno (igual que las Obras Completas de José Martí, donde se puede satisfacer casi cualquier gusto por muy contradictorio que resulte), lo mismo declaran “Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios” (principio nodal de la separación de la Iglesia y el Estado), que su contraparte, “No traigo la paz, sino la espada” (manifiesto de fuerte tinte revolucionario asumido entre otros por los “Teólogos de la Liberación”). Según cada época, necesidad o coyuntura, se acude a uno u otro pensamiento.

De entonces acá, el concepto de revolución –pasando por clásicos como  Macaulay, Michelet, Burke, Thiers y Castelar- ha ido imponiéndose en el ideario moderno, y hoy forma parte de prácticamente todos los credos políticos aunque con diversos matices: nadie con aspiraciones políticas se confiesa “antirrevolucionario” y menos “contrarrevolucionario” (término amplísimo que sirve además como cómoda descalificación contra sus adversarios para las revoluciones ya en el poder, aunque se trate de sus propios antiguos colaboradores): Hitler y Mussolini se definieron como revolucionarios para devolver a sus países –una Italia relativamente recién unificada y una nación alemana aún dispersa-  la grandeza y la dignidad del pasado. Franco encabezó “la Revolución de Julio” contra los republicanos sovietizados; Perón y Pinochet también asumieron ropajes “revolucionarios” siendo ambosmilitares de casta. El propio Tea Party, en nuestros días, ha hablado de hacer una “Nueva Revolución Americana”, a lo cual se suma el Reform Party de Ross Perot y se aproxima el magnate Donald Trump en estos días. Y es que el “giro” revolucionario no es sólo hacia la izquierda: ¿o es que no hay rosca a la derecha?

 

¿Por qué una revolución?

Una revolución -cualquier revolución- además de las reivindicaciones específicas que le sirven de guía, sustento y detonante (“la coyuntura  revolucionaria”), siempre se inicia con el deseo manifiesto de mejorar o cambiar una situación especialmente difícil a través de un programa, implícito o explícito.

Retrato de Jean Jacques Rousseau, por Lacretelle.

Retrato de Jean Jacques Rousseau, por Lacretelle.

Uniendo ambas premisas en una frase, todas las revoluciones comenzaron por querer cambiar para mejorar. Ese es su actuar esencial y su legitimación. Sin embargo, la historia también nos muestra que muy pocas lo han logrado al cabo, siquiera parcialmente, cuando se manejan datos duros como estadísticas, y no frases ampulosas.

Es contrario a la lógica y opuesto al sentido común que se haga una revolución para empeorar: la única justificación que puede tener semejante derroche de dolor, sacrificios, trabajos, penurias, sangre y vidas, es que al final todo esté no sólo mejor, sino mucho mejor, pero nunca peor. Suele olvidarse esto aunque parezca algo elemental, detrás de la espesa bruma de las ideologías, las retóricas oficialistas y la aturdidora propaganda.

Las revoluciones fallidas, si bien en sus inicios prometieron motivantes conquistas materiales, al final resignadamente elaboran una historiografía donde el legítimo y muy humano deseo original de bienestar, es sustituido por la defensa de algo muy vago y abstracto definido como “dignidad”, y la inicial pasión de libertad individual y colectiva, se pliega ante el más rampante patrioterismo. Pero nada, ni el honor, ni el patriotismo, ni el civismo, justifican eso: los pueblos, conducidos al matadero, han sido escamoteados como resultado de una hábil prestigitación ideológica. Se omite en ese discurso desde el Poder, que la soberanía de una nación es la suma de las soberanías individuales de todos y cada uno de sus ciudadanos, lo cual es el núcleo del “pacto social”: el ser en condiciones naturales negocia su libertad inalienable para recibir a cambio la libertad colectiva que lo sujeta a las leyes, dictadas por la conveniencia y la razón. Pierde “el derecho del más fuerte”, pero recibe a cambio “el derecho del más justo” y la protección que de ello deriva. Y ese pacto es el que busca romper –aunque sea transitoria y momentáneamente- una revolución. Un postulado dogmático establece, sin razonamiento persuasivo, que “una revolución es fuente de derecho”: es decir, todo se vale. Jean Jacques Rousseau, en su Contrato social (1762), declaraba pragmáticamente:

“Un pueblo que se ve obligado a obedecer y obedece, hace bien; pero el pueblo que viéndose forzado a soportar un yugo y pudiendo desprenderse de este lo sacude, obra mejor todavía, recobrando su libertad por el mismo derecho con que se la han usurpado”.

El fragmento anterior fue citado casi doscientos años después en un tribunal cubano por un joven abogado acusado de subversión: Fidel Castro Ruz. Después, celebrando su Constitución de 1976, el mismo acotaría: “Enemigos de la vieja ley, baluarte de la nueva”.

Este tema del sacrificio por un bien mayor, es un asunto esencial y resultó cuidadosamente ponderado por los teóricos revolucionarios desde hace mucho tiempo. El precio enorme y doloroso que se paga por una revolución fue comentado en su momento hasta por el propio Vladimir Ilich Lenin y sus colegas en la Segunda Internacional Comunista, donde debatieron el punto ético si era legítimo inmolar UNA generación para que las siguientes tuvieran otra vida mejor (dando como un hecho probado que ese iba a ser el resultado, sin la menor duda ni vacilación).

Karl Johann Kautsky (Praga, 18 de octubre de 1854 - Ámsterdam, 17 de octubre de 1938).

Karl Johann Kautsky (Praga, 18 de octubre de 1854 – Ámsterdam, 17 de octubre de 1938).

El incómodo Karl Kautsky se opuso al sacrificio de varias generaciones en la consecución de una revolución, pues el ideal humanista siempre debía prevalecer sobre cualquier otra consideración o meta, y proponía sin vacilaciones la senda parlamentaria para lograr ese propósito, pero imprescindiblemente por una vía pacífica, de forma paralela con el mismo desarrollo de la sociedad industria, tal como había señalado el propio Karl Marx. Los temores y dudas del teórico fueron intensamente comentados y recibió insultos hasta de “melindroso”, mas después  de un amplio e intenso debate, se concedió entonces que sí, que solo UNA generación sí podía sacrificarse por lograr tales fines. Pero más de una, definitivamente no, como terminó aceptando aparente y momentáneamente el propio Lenin. Consideremos que la medición de una generación se encuentra, aunque puede variar más o menos según cada autor, alrededor de los quince años. De acuerdo con este cálculo, en el caso cubano, ya son entonces cuatro generaciones inmoladas en el proyecto “revolucionario”.

No obstante, más adelante el “burgués” Kautsky resultó desplazado, y su proyecto humanista de la socialdemocracia fue ácidamente denunciado y atacado por Lenin, quien defendía la justicia y necesidad del sacrificio sin límites de todas las generaciones que fueran necesarias en los insaciables altares de la revolución a ultranza: “Todo el poder para los Soviets”, dictaría después, ya instalado en el Palacio de Invierno. “Pan con libertad”, decía Kautsky. “Sangre y fuego”, ripostaba Lenin. La bondad intrínseca de la causa justificaba cualquier precio o sacrificio con un sentido profundamente religioso que contradice lo laico y aún ateo de sus proyectos.

Tal parece que a la larga, el “viejo renegado Kautsky” ha ido recuperando con el tiempo mucho de su mérito histórico, pues los hechos terminaron por otorgarle la razón. Irónicamente, hoy los herederos frustrados de Lenin, han culminado sus afanes en el mejor de los casos por abrazar, aunque de modo muy peculiar, es cierto, las tesis de Kautsky: “Del lobo, un pelo”.

Lenin, por su parte, enunció su teoría del “eslabón más débil” en la cadena capitalista internacional, y esa pretendida fragilidad estaba configurada, no por el desarrollo del mismo capital (como señalaba Karl Marx, a quien Lenin “revisó”), sino exactamente por lo contrario: cuanto más pobre y miserable fuera una sociedad, mejor germinaría la semilla revolucionaria. En la paja seca el fuego prende mejor.

 

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¿Por qué en Cuba?

Por esta premisa, la historiografía oficial cubana ha procurado reforzar esa imagen paupérrima de la isla anterior a la Revolución, para justificar precisamente aquella teoría, pero ya en otra parte me he referido al punto de Cuba en 1958 como “¿El eslabón más débil?” (Cubaencuentro, 25 y 26 de noviembre, 2014).

Fueron otras las causas motivadoras para que en la próspera isla se estableciera un fenómeno como el que todavía se conoce bajo el nombre de “Revolución Cubana”: en parte, un estado de insatisfacción espiritual generalizado a pesar de un creciente bienestar material, unido con un deseo de purificación republicana, aunado con el descrédito de la política como vía de mejoramiento civilizado de la sociedad y, también muy importante a mi juicio, la fascinación colectiva que ejerció un personaje carismático y el grupo que lo rodeó inicialmente en lo que se llamó “Generación del Centenario”: un caso extraordinario de seducción masiva.

Alejandro-Gonzalez-Acosta-5-Este_Lunes-OtroLunes-38Sin embargo, muchas (si no es que todas) de las revoluciones que en el mundo han sido se han caracterizado por inmolar no sólo una, sino varias generaciones; tantas, que el “sacrificio” aceptado a regañadientes en un principio como coyuntural, imprescindible y puntual por ciertos “escrúpulos pequeñoburgueses”, se ha convertido en algo consustancial y permanente de la misma condición “revolucionaria”. De tal suerte que “revolución” se ha transmutado insensiblemente –muy distante de su mensaje inicial de redención y mejoramiento- en sinónimo de “martirio”, “heroicidad”, “sacrificio”, “conciencia social”, “soberanía”, “dignidad nacional”, “desprendimiento personal”, y toda una amplia gama de conceptos emocionalmente grandiosos (hasta la idea milenarista teológica de “el hombre nuevo” –el sujeto pecador renacido tras un apocalipsis purificador en un parto violento por fórceps, contra natura-, nada novedosa como construcción teórica, por cierto), pero con muy pocos “avances” concretos, y menos aún en el logro incuestionable y exitoso de un estado generalizado de felicidad aceptable, o siquiera de cierta seguridad colectiva. Aunque incómodamente, los patricios de Filadelfia reconocieron que los múltiples derechos a la vida y la libertad, así como la búsqueda de su felicidad eran otorgados por Dios, no por algún líder mesiánico ni ningún agitador compulsivo.

Lo que las “revoluciones” no logran demostrar o lograr en la práctica, lo densifican y multiplican en la propaganda y la retórica oficiales, tratando de convencer con sofismas y especulaciones de altos vuelos abstractos, y una espesa propaganda por todos los medios a su alcance destinada a explicar por qué no se ha logrado la meta anhelada, causa última y absolutoria del derroche en sufrimientos, exculpatoria de los sacrificios y justificante del esfuerzo obsequiado. El epítome de este recurso es, sin duda, el famoso y multicitado “criminal bloqueo imperialista contra Cuba”, que ha sido el elemento medular de la retórica oficial castrista y sus corifeos de todas las latitudes durante más de cincuenta años. Estemos atentos para contemplar en qué terminan estas conversaciones entre Barack Obama y Raúl Castro (con sus respectivos equipos), reveladas el 17 de diciembre de 2014, con lo que llamé “El primer milagro del Papa Francisco” (Cubaencuentro, 19 de diciembre, 2014). Aunque como también señalé aún antes de la revelación de las pláticas secretas, ya el propio régimen cubano esgrime condicionantes inaceptables como recurso de paralización [Ver: “Billones por el embargo” (Diario de Cuba, 29 de mayo de 2014)].

Con cierta melancolía podemos observar que si algunos políticos resultaran tan buenos para lograr como lo son para explicar y justificar, el mundo sería muy diferente… Pero la realidad, además de necia y tenazmente terca, suele ser de forma irremediable de derechas. Y no fue un inmundo reaccionario capitalista, sino el propio Lenin, quien postuló: “La práctica es el criterio de la verdad”. Contra esta evidencia palpable no hay discurso ni teoría que pueda imponerse. La sucesión frustrada de tantos proyectos utópicos derrotados por esa misma realidad, hizo decir tempranamente con tono premonitorio al filósofo Berdaiev: “Lo peor de las utopías es que algunas se pueden convertir en realidad”. Este fracaso de las ilusiones ha impuesto el término de “distopia” y más recientemente, en el mundo anglosajón, la irónica expresión “nutopia” (de nut, loco en lenguaje figurativo coloquial).

Alejandro-Gonzalez-Acosta-8-Este_Lunes-OtroLunes-38Algo que suele pasarse por alto inexplicablemente es que según la ortodoxia marxista-leninista, la “revolución” verdadera sólo puede ser encabezada y dirigida por “El Partido”, por supuesto, comunista, que rige la alianzo obrero-campesina y aglutina “lo mejor” de la sociedad con absoluta exclusividad. Si el concepto “partido” viene de “parte”, supone al menos dos posibles, pero nunca la unidad solitaria que es su misma negación. El disparate gramatical se extiende a sus metas y métodos. Ese partido se atribuye toda la legitimidad y se impone a cada ciudadano, muy lejos de aquel “Contrato social” de Rousseau y sus resultados son evidentes y se encuentran históricamente registrados como una sucesión interminable de fracasos y atropellos. Sin embargo, en el otro frente, “el del terrible capitalismo”, no hay necesidad de formar ni disciplinar un partido que promueva y defeinda “los intereses de la clase explotadora”, reuniendo en sí mismo todo el poder sin posible distribución. A los teóricos marxistas y/o leninistas les duele y repugna tener que reconocer que los denostados “partidos burgueses” se forman y agrupan espontáneamente, con la libertad intrínseca al principio de la soberana decisión y aunque estén plagamos por vicios y lacras, aún a pesar de estos mismos no sólo sobreviven sino que se imponen en las justas democráticas que periódicamente se convocan con el temido nombre de “elecciones”.

La contradicción es evidente: “El Partido” comunista (único y excluyente por principio) es un producto artificial, resultado de la teorización de una minoría –o invididuo- que estructura una sociedad cerrada, mientras que “los partidos burgueses” (plurales por necesidad y definición) responden a la necesaria creatividad de las sociedades abiertas y al impulso de las individualidades que las integran.

Los partidos comunistas, en cada país, dedican sus mejores esfuerzos –y recursos- a convencer de la bondad de su causa y a vender la idea de un futuro que sólo será mejor si ellos toman las riendas del poder; en cambio, los partidos democráticos en sus demarcaciones, sólo operan sobre la base de necesidades concretas y las respuestas efectivas a las mismas, que los pueden sostener en el poder, que reciben prestado por un período de tiempo.

Volviendo al tema de las generaciones, no sólo es absurdo sino contrario a toda razón que si UNA generación entregó –en el mejor de los casos- el poder a UN partido (o a UN individuo), las siguientes generaciones, sin ser consultadas, continúen uncidas al yugo que le depararon sus antepasados (engañados, fascinados o violentados) en una suerte de obediencia feudal hereditaria e incuestionable. Los errores de los padres –o los abuelos- no deben ser purgados por los hijos y nietos.

Alejandro-Gonzalez-Acosta-9-Este_Lunes-OtroLunes-38Por todo lo anterior, quizá conviene precisar de nuevo: ¿qué es una revolución?

La mayor parte de los estudiosos están de acuerdo en asumir que una revolución es el cambio profundo y generalmente violento, en un espacio de tiempo reducido, de las estructuras sociales, políticas y económicas, para obtener no sólo la transformación radical en sí misma del estado precedente, sino una situación mucho mejor que la anterior. Se cambia, no por cambiar, sino para mejorar, y esto se logra (según la lección leninista) con decisión, energía y rapidez, sin reparar en los costos humanos (los inevitables “daños colaterales” en el argot belicista de estos estrategas, redentoristas  impenitentes sobre todo cuando la justicia se aplica “en los bueyes de mi compadre” y no en los propios), pues todo sacrificio se justifica pragmáticamente  por el resultado. Se trata, pues “de cambiarlo todo, aunque al final quede igual o peor”1.

Por el contrario, si el mismo propósito se llevara a cabo gradual y pacíficamente, no sería más que una gris, incruenta y escasamente gloriosa evolución la cual aporta escasos brillos seductores para alguien enamorado de la gran Historia. Mas algunos ansiosos conductores de pueblos, apasionados por los clarines de la Fama y las broncíneas páginas de los cronistas, muchas veces prefieren la vía corta y acelerada (“Sean breves y crueles, antropófagos”, cuenta Cortázar que vio en un grafitti parisino en 1968), a la otra ruta, menos gloriosa y brillante, que quizá demore un poco más y ocasione un poco menos de sufrimientos, pero muy probablemente sí ofrezca algo mucho más cercano al resultado apetecido, con logros más palpables y perdurables. Es decir, donde comienzan a divergir estas posiciones transformadoras es cuando se trata de apreciar hacia dónde se produce ese cambio, qué limites puede tener y cuáles medios son de uso legítimo y efectivo para su obtención. Así, pues, ambos bandos se reconocen como los “revolucionarios” y los “evolucionistas”, con sus divergentes cargas semánticas en cada caso.

Fidel Castro, sin complicarse mucho con sutilezas filosóficas, en 2000 brindó su más reciente definición de lo que es una revolución: “Cambiar todo lo que debe ser cambiado”. ¿Cómo, cuándo, por qué y para qué? No lo dijo. Todo dentro de una lógica semejante a la de otro de sus difundidos apotegmas con clara inspiración ignaciana: “Con la revolución, todo; contra la revolución, nada”.

 

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¿Cuáles revoluciones?

Suele olvidarse que la primera gran revolución moderna fue la Revolución Industrial inglesa (siglos XVIII-XIX), expresión y fruto a la vez del capitalismo en desarrollo. Su fuente fue el vapor y su símbolo el ferrocarril. Su impacto continúa siendo enorme. A esta siguió una segunda, que al principio se nutrió con el carbón y luego con los fluidos destilados del petróleo, y cubrió la segunda mitad del siglo XIX hasta 1914. Su símbolo fue el automóvil, gracias a la genial visión de un hombre como Henry Ford y su línea de montaje en serie. Ambas fueron hijas del capitalismo y constituyeron expresiones que se tradujeron en un creciente bienestar y en un progreso cada día más generalizado; a tal punto, que surgió la palabra inglesa confort, luego rápidamente trasplantada a todas las lenguas.

Al mismo tiempo, el impulso formidable y auténticamente transformador, partiendo de la profunda comprensión y respetuoso acatamiento de la condición humana, se tradujo en la Revolución Agrícola, otro fruto del capitalismo. Y todas estas confluyen en la que hoy estamos viviendo, la revolución científico técnica que es la expresión de la inteligencia, y que Jeremy Rifkin ha llamado –y descrito- como La Tercera Revolución Industrial2, expresada en la extensión de la red mundial de información (Internet), y el creciente uso de fuentes de energía renovables y la nanotecnología, para combatir el cambio climático, manifestación de un capitalismo crecientemente distributivo a partir de la capacitación de los implicados en el proceso productivo, y el compromiso social de los empresarios líderes, el cual dará paso a una nueva etapa de civilización mundial, donde el antiguo y probado capitalismo –que no es más que el orden natural de las cosas- compartirá y se combinará con un sistema de economía colaborativa, como ya se puede apreciar en las economías de mercado más avanzadas y desarrolladas.

El capitalismo, responsable en sus principios de la contaminación ambiental desde los humos y neblinas de Londres, Liverpool y Manchester a principios del siglo XIX, hoy es el promotor principal y más atento velador por la salud del planeta: actualmente la Tierra es víctima en especial de la contaminación que la agrede proveniente de China, un país con capitalismo autoritario de Estado, de control monopartidista y doctrina marxista al pie de la letra, mientras las grandes potencias capitalistas –Estados Unidos, Japón, Inglaterra, Alemania y Francia, entre otros países- dedican sus esfuerzos científicos, sus recursos económicos y sus acciones concretas a la reducción de contaminantes y la sustitución por otras fuentes de energía.

De esta suerte, hoy, las sociedades más revolucionarias y comprometidas con el destino del planeta son precisamente las que adoptaron resueltamente el sistema de mercado, el capitalismo, asumiendo el ideario liberal que es sustantivo a su condición. La definición leninista del desarrollo, planteada aritméticamente como “la suma de la sovietización más la electrificación” que vimos en los amarillentos manuales, luce tan antigua como la Piedra de Rosetta.

Contrario a lo que prometía y aseguraba la propaganda comunista, parece quecomo muestra la realidad –siempre tan molesta para algunos- “el futuro pertenece por entero al capitalismo”. Hasta ahora, este ha sido el único sistema capaz de perfeccionarse y no autodestruirse como en sus respectivos momentos hicieron el esclavismo, el feudalismo y los totalitarismos de cualquier signo, y por tanto logrado no sólo sobrevivir adaptándose sino desarrollándose, transcurriendo desde el capitalismo mercantil al monopolista, luego transitar hasta el bursátil, y más cercanamente anunciar una próxima y trascendente transformación sustancial de esencia colaborativa, según propone Rifkin en su libro, aceptado como propuesta mundial por la propia ONU. Y como en todo proceso evolutivo, hay ajustes y crisis que propician el parto de nuevas soluciones: el proceso es, hegelianamente, infinito.

1989 - Caída del Muro de Berlín.

1989 – Caída del Muro de Berlín.

Cuando el comunismo, comido por sus inevitables e insuperables contradicciones, se desplomó, faltó un liderazgo decidido y audaz en el mundo libre para capitalizar y consolidar una victoria definitiva, abriendo así una nueva etapa de la civilización mundial. El Muro de Berlín (inaugurado un 13 de agosto –fecha recordada por muchos cubanos debido a otras razones- de 19613) no “se cayó” como suele decirse: fue minuciosa, jubilosa y festivamente desmoronado piedra a piedra, con manos a falta de piolets. La reacción en cadena consiguiente adquirió dimensiones de fisión nuclear y finalmente implosionó con la desintegración, república a república, de la URSS. Desde la enrojecida isla caribeña, con desdén y desprecio no exentos de preocupación ante lo impensable, alguien culinariamente sentenció: “Se desmerengó”. Seguramente esa persona lo asoció con aquella proverbial golosina a la puerta del colegio, y pensó que debería haberse batido más vigorosamente las claras para que no se cortara la mezcla, siempre con la mano izquierda, por supuesto. El suflé ideológico se había desinflado.

Creo que nadie hoy en el mundo aspira ni puede siquiera soñar en sus más febriles visiones, que todo deba mantenerse igual e inmóvil, per seculam seculorum, cuando vemos a cada paso de la existencia que precisamente todo, absolutamente TODO, es mutable y variable. Una institución tan históricamente conservadora como la propia Iglesia Católica, desde fechas relativamente recientes –pero mucho antes del actual Papa Francisco- empezó a aceptar esta verdad como evidente. Es decir, en la actualidad, todos los habitantes del planeta de algún modo y con distintas intensidades, somos revolucionarios o evolucionarios, nos guste o no. Resultamos sujetos activos o pasivos de una transformación constante e indetenible… pero hay matices y resultados que no sólo inducen sino obligan a repensar.

Hace años, irónicamente en los momentos más cálidos de la impropiamente llamada “guerra fría”, cuando la probabilidad de un desastre nuclear planetario era una terrible posibilidad cotidiana,  tuvieron alguna esperanzada aceptación las propuestas de la llamada “Teoría de la Convergencia”, elaborada entre otros por Herbert Marcusse4, Raymond Aron, Samuel P. Huntington, Petirim  Sorokin, Walter W. Rostow y John Kenneth Galbraith, pero fueron tajantemente anatematizadas por las ortodoxias marxistas-leninistas que con fidelidad total al dogma religioso de su ideología, asumían como absolutamente inevitable el triunfo inobjetable y total del modelo comunista sobre el “decadente imperialismo” mundial. Vemos que al final ocurrió exactamente lo contrario y aún con sus imperfecciones, autoritarismos y caprichos expansionistas, en la misma Ex Unión Soviética, hoy nuevamente Rusia casi imperial bajo la égida de Putin, no padecen ninguna nostalgia por el pasado comunista, más bien todo lo contrario, y sus dirigentes, animosamente estimulados por el antiguo oficial del KGB, están nuevamente abocados en una antigua competencia la cual lleva casi tres siglos, y que ya fuera advertida por Alexis de Tocqueville en La Democracia en América (1835), lo que indica  conducirlos a un enfrentamiento por lo visto inevitable y varias veces pospuesto5, pero ya no por fidelidad a una ideología sino al parecer por el cumplimiento de un ineluctable destino.

Por cierto, al referirme a esta obra casi puedo asegurar que el joven Fidel Castro la leyó en sus días de estudiante universitario, no sólo de Derecho sino de Ciencias Políticas también –suele olvidarse- y entendió certeramente que con comunismo o sin comunismo, en Rusia siempre podría contar con un aliado natural y permanente para su obsesiva lucha de Capitán Ahab caribeño contra el Moby Dick norteamericano, lo cual explica su indisoluble lazo, ya no ideológico, sino geopolítico actualmente. Y nunca faltará el pretexto para la confrontación entre ambos países: por ejemplo, la recuperación de Alaska, vendida por el zarismo, puede ser el equivalente de la Base de Guantánamo cubana.

La Historia moderna muestra distintos tipos de revoluciones –diferenciadas de las revueltas, sublevaciones, insurrecciones y rebeliones- que parecen agruparse al menos en dos grandes bloques con características programáticas comunes muy generales: las sociopolíticas o reivindicadoras, como la Revolución Francesa, y las soberanistas o independizadoras, como la Revolución Americana de las Trece Colonias Inglesas. En el siglo XX las revoluciones turca (1920) y mexicana (1910) parecen inscribirse la primera como una combinación de ambos tipos, y la segunda, más propiamente como político-social reivindicatoria.

 

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¿Para qué una revolución?

La revolución armada en Cuba que tomó el poder el día primero de enero de 1959, tiene elementos tanto de la primera como de la segunda, pero sucesivamente, en dos etapas muy diferenciadas; es decir, es reivindicadora en un principio, pero después deviene soberanista, al menos en su programa público. Primero el enemigo es el dictador Fulgencio Batista y, vencido este, el nuevo enemigo es el capitalismo y, específicamente, el imperialismo de los Estados Unidos de América. ¿Cómo ocurrió esto?

Generalmente se nos afirma que las revoluciones estallan como respuesta directa e inmediata a un estado insoportable de opresión y miseria (el ya comentado “eslabón más débil”), pero esto necesita ponderarse a través del mismo conocimiento de la historia.

Alexander Kerensky.

Alexander Kerensky.

La Revolución Democrática Rusa –la de Kerensky, la de Febrero, luego saboteada y destruida por Lenin- no estalló contra el terrible Zar Alejandro III, nada remiso para aplastar a sangre y fuego cualquier revuelta, sino contra el débil y manipulable Nicolás II, en medio del contexto de una ruinosa participación en la Gran Guerra Mundial, quien de hecho antes de la deflagración bélica inició tímidas reformas con el fin de modernizar la Santa Rusia milenaria. Cuando en el Palacio de Invierno de San Petersburgo el 27 de abril de 1906 el Zar inauguró la Duma Imperial (la primera de cuatro, con el antecedente de la primera Constitución rusa en los primeros meses del mismo año), no pudo imaginar las fuerzas que estaba desatando después de un control autocrático ejercido por sus antepasados Romanov durante tres siglos. Los festejos por el tricentenario de la dinastía fueron el canto del cisne de un sistema.

La francesa, por su parte, no reventó contra el déspota autoritario Luis XIV quien confesó sin pudor “L’Etat cest moi”, sino con el bonachón y apacible Luis XVI, el mismo que tuvo el  gesto de convocar –quizá demasiado tardíamente- coincidiendo con una situación de carestía por malas cosechas, los Estados Generales suprimidos por su autoritario tataratatarabuelo. El desdichado y joven monarca, lejos de sentirse el “Rey Sol” como su antepasado, era hombre de costumbres sencillas, trato llano, cercano al pueblo, afable con sus servidores, y aficionado a los oficios manuales, como la cerrajería y la mecánica experimental.

¿Eran realmente “los eslabones más débiles” Luis XVI (en 1789) y Nicolás II (en 1917)? ¿O fue un cúmulo de coincidencias, objetivas y subjetivas, las que empujaron sus circunstancias para desatar esas fuerzas que al parecer periódica y cíclicamente se manifiestan con ímpetu terrible para enloquecer a los pueblos en  torbellinos de dolor y muerte, como expresión de una suerte de pulsión suicida?

El primero murió acribillado junto con su familia por el revólver de un comisario en Ekaterimburg, en el sótano de una casa después demolida hasta los cimientos, y sus restos sembrados secretamente en un campo de coles y sólo muchos años después trasladados casi como reliquias religiosas al Kremlin, en un acto de expiación colectiva como exorcismo nacional, y el segundo acabó decapitado en lo que, irónicamente, se conoce como la Plaza de la Concordia, junto a donde hoy se levanta el Obelisco de Luxor y otrora la “gran niveladora”, la guillotina. Pero los autocráticos abuelos de ambos personajes murieron tranquilamente en sus camas, de una plebeya nefritis el ruso y de unas repulsivas viruelas el francés.

¿Eran realmente en ese momento histórico Luis XVI y Nicolás II los “eslabones más débiles de la cadena”, por sus propias condiciones personales más que por las circunstancias económicas y sociales de sus países, como señalaría la crítica marxista tradicional?

Sobre el monumento de la Concorde quizá sea oportuna la reflexión de que, a la larga,  el legado arquitectónico definitivo dejado por la Revolución Francesa fue un monolito egipcio, que con sus cuatro mil años de edad es el monumento más antiguo de París, buscando una representación lo más neutra posible para hacer olvidar que en ese mismo sitio ocurrió una orgía de sangre, sin aludir a vencedores ni vencidos, en un lugar de “concordia”. En el caso cubano, quizá su equivalente será la que primero fue “Plaza Cívica” (construida por Fulgencio Batista en los terrenos de la antigua Ermita de la catalana Virgen de Monserrat), y luego “de la Revolución”6, ese fálico monumento (semejante al obelisco, por cierto), conocido popular y desacralizadoramente como “La Raspadura”, donde se nos muestra un Martí cansado y pensativo con mirada muy triste…7

Alejandro-Gonzalez-Acosta-14-Este_Lunes-OtroLunes-38Los arcanos de la Historia están repletos de enigmáticas incongruencias y algunos biógrafos han intentado explicar esas reacciones, esos cataclismos sociales que son las revoluciones, como la rusa y la francesa, mediante causas que invaden incluso el terreno de lo estrictamente íntimo, como el priapismo de Rasputin, o la fimosis del último Capeto8. Es irónico que ambas “gloriosas revoluciones” hayan tenido unos orígenes tan “bajos”.

Mucho más allá de los pasajes grandiosos de resonancia épica, suele olvidarse bajo los espesos ropajes de la retórica, que toda revolución es, de forma eminente y brutal, una guerra civil.

Si teniendo en cuenta todo lo anterior algo queda claro al menos para mí, es que las revoluciones, con su costo enorme y sus magros frutos (tomando en cuenta la evidencia histórica), no pueden resultarme la vía más atractiva y plausible para lograr cambios. Cada día me confirmo que más que “revolucionarios” son “revolucionaristas” los que las encabezan, y prefiero suprimir la partícula “re” para definirme como “evolucionario”: no ha habido “revoluciones” sino “evoluciones” en los países donde sus ciudadanos gozan de mayores libertades y logros sociales: ¿cuándo hubo “revoluciones” en Suiza, Suecia, Noruega, Dinamarca, Holanda…?

El logro superior de un ciudadano satisfecho es, entre otros temas de carácter práctico, un rasgo que me resulta común y esencial: vivir tranquilamente pudiendo hasta ignorar el nombre de su gobernante en turno, como sucede con muchos suizos, suecos, noruegos y holandeses en la actualidad, pero también con los checos y eslovenos y otras naciones liberadas de la aberración comunista más recientemente. Cuando alguien en el poder ocupa con omnipresencia el imaginario colectivo de una nación y hasta invade el subconsciente (pues puede que se sueñe con él), algo anda mal en ese gobierno. Un gobierno anónimo es sin dudas el mejor; lejos de las “revoluciones” que sólo logran, al precio de muchas vidas y sufrimientos sin límite, grabar en las tétricas páginas de la “historia” algunos nombres que destilan sangre, sudor y lágrimas.

 

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La familia Castro.

La familia Castro.

 

¿Y Cuba?

El saldo del atroz experimento en Cuba es evidente: el país hoy muestra una disminución sustantiva en todos los índices de desarrollo económico y social por debajo de los que ostentaba en 1958 y, en algunos puntos, de las cifras  insulares en el siglo XIX, como es el rendimiento de la producción azucarera.

Ya Cuba ha aportado demasiada sangre en esta historia. Contra los falsos “20 mil muertos de la lucha contra Batista”9, se levantan acusadoramente las cifras aportadas por el Archivo Cuba, una entidad sin fines de lucro dedicada a la memoria histórica, donde hasta el año 2011 se documentaban rigurosamente  más de 10 mil 500 víctimas del régimen de los Castro.10

Ahora, después de 56 años de sacrificio incesante y de haberse prometido el paraíso terrenal, luego de emprender una y otra vez el “asalto al cielo”, y haber sufrido varias veces las variantes de una toma de la Bastilla y del Palacio de Invierno cotidianas, de saber muy bien del Terror y del Gran Terror, de tener nuestra Gironda en las colinas del Escambray, y nuestras campañas napoleónicas en las praderas africanas, de conocer íntima y familiarmente la miseria, el hambre y el horror, Cuba –o lo que queda de ella- está vencida sin haber sido derrotada, ofreciendo un “paisaje después de la batalla” (que nunca llegó), de tierra asolada sin haber escuchado el silbido de una bomba, una ruina total desde el Cabo de San Antonio a la Punta de Maisí, ejemplo vivo de aquella “pobre y desdichada tierra, tiranizada y como de señorío” que profetizó el primer intelectual cubano, el mestizo Miguel Velázquez en el siglo XVI, imagen de un desastre catastrófico en lo que solía ser “la tierra más fermosa que ojos humanos vieran”, donde no es lo menor el profundo y casi irremediable daño antropológico ocasionado por el capricho megalómano a la nación cubana. Una grotesca sucesión monárquica, entre hermanos primero, probablemente entre sobrinos e hijos después, y quizá entre primos y nietos más tarde, a espaldas de un pueblo sometido nunca consultado, de la versión original Castro.1 a la reloeded Castro.2 y después a una vil copia “pirata”.

Parece  que aún no es suficiente para los manes vengativos, el sacrificio de tantas generaciones por los pecados cometidos por los antepasados, débiles o incautos, y eso que ya tenemos sobrada expiación con nuestros propios Belchites, Paracuellos y Guernica.

Alejandro-Gonzalez-Acosta-17-Este_Lunes-OtroLunes-38Algunos melancólicos, reticentes para aceptar el fracaso de sus elucubraciones teóricas convertidas en terrible realidad, prefieren adoptar un pudibundo rubor para reconocer sus teorías fallidas y confunden la superación inevitable, necesaria y saludable de las ideas, con la traición y el desvío, bajo un sentimiento que llamo nostalgia del nido ideológico. “Que no te obedezca no significa que te traicione”, dijo íntimamente herido por cierto torpe rechazo Eliseo Alberto de Diego, “Lichi”, en su estremecedor Informe contra mí mismo, uno de los grandes monumentos literarios que quedarán como legado de esta dolorosa etapa cubana para las siguientes generaciones. Ese libro será nuestro Doctor Zhivago, como ya Antes que anochezca es nuestro Archipiélago Gulag.

Sobre el papel de los hombres en el destino nacional, aplicable antes y ahora a los caudillos militares, José Martí dijo en alguno de sus pensamientos menos conocidos y publicitados:

“Lo sagrado es el país. Un pueblo no es peana del hombre que sobre la hecatombe de él quiera, ante los siglos futuros, codearse con las glorias pomposas de la historia de nuestro mundo, que al cabo, en el globo incalculable de la creación, será vapor de agonía y de sangre, que orle como vaga nube la dicha suprema; la dicha que se vislumbra en la existencia corriente cuando se deja bien hecho un trabajo útil, o se decide dar la vida, y el mismo gusto doloroso de cumplir los deberes menores, por mejorar y salvar la vida ajena. De las carnes caídas surge entonces una luz, serena y deleitosa, que ha de ser como la paz final del mundo. Los enanos de él aspiran a clavar su nombre en el vapor eterno. Los verdaderos héroes, como los hindús ante el Juggernaut, se postran a que pase por sobre ellos el país, a que la verdad sacrificadora pase por sobre ellos. De las raíces vive el árbol; y la verdad de los hombres que a los pies de ella caen sobre la tierra” (1893, XV, 528).

Alejandro-Gonzalez-Acosta-16-Este_Lunes-OtroLunes-38Luego de ser el “autor intelectual” de una gesta, José Martí se levanta como fiscal de una ceñuda Historia que no absuelve, sino señala con terrible e inapelable índice acusador a los que han ocasionado la ruina física y moral de la patria.

Si en algún momento de la historia, por muchas razones, materiales y espirituales, sociales, económicas, políticas o culturales, los hombres se deciden –o resultan movidos, o indeteniblemente impulsados- al terrible escenario de “hacer una revolución”, el precio en vidas y sufrimientos de ese propósito tiene una sola justificación: que sea siempre para mejorar, nunca  para empeorar. Si –de acuerdo con sus teóricos iniciales- una “revolución” no consigue –dudo que pueda- mejorar sustantiva, orgánica, auténtica, objetiva e innegablemente el nivel de vida (no sólo en el orden material, sino también espiritual), y responder positivamente a las legítimas expectativas de un pueblo, al menos dentro del plazo “razonable” de una generación -15 años- por las razones que sean, no es válida, y a la larga resulta condenada por la historia. Un momento sangriento como inevitablemente es una revolución, sólo encuentra excusa y justificación en su mismo éxito: si por las causas que se puedan  aducir (bloqueo o embargo, debilidades e insuficiencias, traiciones y alianzas), no logra elevar las condiciones de vida de un pueblo, no es revolución; es sencillamente involución, o peor aún: un crimen.

Hace muchos años un hombre exultante en la plenitud de su triunfo, con un profundo desdén, preguntó a una masa anónima y enardecida: “¿Elecciones para qué?”

Es hora de devolverle la pregunta y sin vacilación alguna inquirirle, viendo todo el desastre acumulado de estos terribles años padecidos: ¿revolución para qué?

Notas del artículo

  1. Aludo aquí, levemente, a la frase “Se vogliamo che tutto rimanga come é, bisogna che tutto cambi”, de la novela Il gatopardo (El cerval) de Lampedusa, pero que suele atribuírsele erróneamente al anciano Príncipe Fabrizio, aunque la pronuncia su joven sobrino Tancredi, representante precisamente del “uomo nuovo” italiano.
  2. Jeremy Rifkin, The Third Industrial Revolution. 2011. Incluso hoy se habla ya de una “Cuarta Revolución” que incluye las posibilidades renovadoras que aporta la impresión tridimensional, pero yo veo esto sólo como un aporte más de la “Tercera Revolución” en una fase superior del desarrollo tecnológico.
  3. También es la fecha de la Caída de Tenochtitlan, fin del imperio azteca a manos de Hernán Cortés y sus tropas, en 1521. Los antiguos la llamarían nefasta y señalarían con una piedra negra en sus anales.
  4. Las reflexiones finales de su vida sobre el tema se reunieron en Protosocialism and Latecapitalism. Toward a theoretical synthesis based on Bahro’s analysis (1980).
  5. En su obra De la democracia en América, publicada entre 1835 y 1840, Tocqueville señala: “Hay hoy en la Tierra dos grandes pueblos que, habiendo partido de puntos diferentes, parecen avanzar sobre un mismo fin. Son los rusos y los angloamericanos (...) Para alcanzar su fin, el norteamericano descansa en el interés personal y deja obrar, sin dirigirlas, la fuerza y la razón de los individuos. El ruso concentra de alguna manera en un hombre todo el poder de la sociedad. El uno tiene como principal medio de acción la libertad; el otro la servidumbre. Su punto de partida es diferente, sus caminos son diversos; sin embargo, los dos parecen llamados por un secreto designio de la Providencia, a tener en sus manos los destinos de la mitad del mundo”. No es novedosa esta visión: la “profecía” ruso-norteamericana ya había tenido sus antecedentes en Guillaume Le Trosne (1777), Fracois Louis d’Escherny (1791), Henri Beyle “Stendhal” (1818) y Michel Chevalier (1834).
  6. Las coincidencias  abundan: en la populosa Ciudad de México, la ancha avenida llamada “Revolución”, cuando llega en su recorrido a la Glorieta de las Serpientes de Mixcoac, cambia de nombre y se convierte en la avenida “Patriotismo”…
  7. En el territorio de las artes plásticas, cabría también acotar que el “Gran pintor de la Revolución Francesa”, Jacques Louis David, legó como su obra culminante de inspiración revolucionaria no el “Juramento de los Horacios”, ni “Marat asesinado en la bañera”, sino la “Coronación imperial de Napoleón I en Notre Dame”. Su equivalente cubano actual en el postcastrismo tardío en vías de extinción, quizá sería el publicitado Kcho (Alexis Leyva Machado) con sus estructuras desvencijadas y ruinosas, lo mismo de barcas lampedusianas que muestras como “Vive y deja vivir”...
  8. Este es el caso de Stefan Zweig y su célebre –y deliciosa- biografía sobre María Antonieta.
  9. Inventados por Miguel Ángel Quevedo, por confesión propia en su estremecedora Carta de Adiós antes de suicidarse, pero ampliamente utilizados por la propaganda del régimen cubano hasta nuestros días.
  10. Vid. Archivo Cuba: www.CubaArchive.org sustentado por el Free Society Project.

Del Autor

Alejandro González Acosta
La Habana, Cuba, 1953. Doctor en Letras Iberoamericanas por la Universidad Nacional Autónoma de México. Investigador Titular del Instituto de Investigaciones Bibliográficas (Biblioteca y Hemeroteca Nacionales) y Catedrático de la División de Estudios de Postgrado de la Facultad de Filosofía y Letras, de la Universidad Nacional Autónoma de México. Especialista en historia, literatura y cultura virreinal mexicana y en literatura hispanoamericana y cubana del siglo XIX. Autor y coautor de numerosos libros editados en México, Cuba y España. Ingresó como Miembro de Número de la Academia Cubana de la Lengua y Correspondiente Hispanoamericano de la Real Academia Española, en 1983. Miembro de la Academia Cubana de la Lengua en el Exilio. Reside en México desde 1987.