Miedo en el corazón

Cuento

Pedro Crenes Castro

Pedro-Crenes-Castro-Narrativa-OtroLunes_38Pedro Crenes Castro (Panamá, 1972). Desde 1990 vive en Madrid donde publica críticas y reseñas literarias en la revista digital Papel en blanco además de colaborar con el diario digital El Librepensador. Forma parte del equipo docente de los Talleres Literarios en Panamá. Ha sido incluido en la antología Los recién llegados (2013) en Panamá y en Francia, en la antología Lectures du Panama de la Universidad de Poitiers (2014). Ha publicado la colección de cuentos El boxeador catequista (2013) en la Editorial Foro/taller Sagitario de Panamá. Mantiene una columna semanal, “Desde Madrid”, en el suplemento literario “Día D” del periódico Panamá América. Acaba de publicar el libro de microrrelatos Microndo en la editorial Casa de Cartón de Madrid.

 

*****

 

— ¡No te asomes que da miedo!

Mamá me lo advirtió justo cuando solté su mano, nada más entrar, y mi corazón estallaba de alegría al estar por fin allí, en La Gran Feria de Panamá. Fuimos caminando desde  la casa de mi abuela Carmen, a la que acabábamos de mudarnos, y ella estaba en el balcón despidiéndonos, tengan cuidado, decía siempre, y allí en la Feria nos esperaban mi tía Gaby y mi primo Carlitos al que llamaba así por costumbre aunque fuese a cumplir trece. Yo quería ser como él, libre, rebelde y valiente. Sobre todo valiente.

Había de todo en aquella feria itinerante que la Coca-Cola estaba montando en todas las fiestas patronales de cierto nivel en Panamá y por fin, para los Carnavales, la trajeron a la Capital. Caballitos brillantes, “Carros locos” que se chocaban unos contra otros mientras sus ocupantes se reían a carcajada limpia; la Noria, desafiante y tentadora para amantes sedientos de besos románticos y manoseos aéreos; y la gran atracción de aquel año 78, “El huracán”, a la que solo podían montar los que tenían diez o más. Yo casi los tenía pero a mamá no le gustaban esos aparatos, no se fueran a soltar y tremendo susto, y menudo problema con tu papá, el muy sinvergüenza que se fue con la tipa esa, y ¡que no!, me decía por el camino y de la mano y le dejé de insistir con lo de “El huracán” y llegamos a la Feria y solté la mano de mamá y su advertencia me reveló el terror.

— ¡Note asomes que da miedo!

No me había dado cuenta de que estaba allí, agazapada como el dinosaurio para cuando me despertara de la fascinación de aquellas atracciones. Era una carpa pequeña y oscura, como esas de las películas de circos antiguos o ferias espeluznantes. Parecía no formar parte de la Gran Feria, estaba fuera de la luz del recinto y apenas un cartel triste y deprimido anunciaba el espectáculo: “La mutante enana: cabeza de mujer y cuerpo de rana”.

— Da mucho miedo.

Mamá me lo volvió a repetir con un sustancial incremento del terror de la mano del adjetivo “mucho” al ver que la miraba con intriga y yo me detuve en seco, casi retrocedí como cuando uno llega al borde de un precipicio, pero había cierta fascinación en esa carpa raída y sucia de tal vez cientos de grandes y pequeñas ferias, de vaivenes de viento, sol y lluvia: había algo atrayente que casi me arrastraba hasta ella. Por debajo de la carpa se escapaba una luz tenue y unas sombras deslizándose de un lado para otro revelaban que algo se movía, que algo estaba ocurriendo. Miré a mi mamá y pensé que exageraba, como le decía de vez en cuando mi papá cuando comenzaba a levantarle la voz en la que fue nuestra casa hasta esa noche de sábado de Carnaval en la que nos fuimos a vivir con mi abuela Carmen.

— Ven, te dije que da mucho miedo y luego no duermes.

Mamá quería protegerme, impedir que su niño adorado y único sufriera más de la cuenta, sobre todo después de que mi padre nos hubiera abandonado en pleno Carnaval del 78. Se fue a vivir con una cajera del Supermercado Bahía donde hacíamos cada quincena la compra, una chica que se teñía de rubio y se pintarrajeaba  como un Miró. Mamá estaba furiosa y decidió que cambiaríamos de supermercado para siempre a pesar de las ofertas de la pescadería que era muy buena y de que el aceite de oliva español fuera, con diferencia, el más barato de la ciudad de Panamá.

Mamá no había dudado en rehacer su vida y, mientras encontrábamos un lugar donde vivirla, nos fuimos a Calidonia, a casa de mi abuela Carmen que además de cocinar muy rico era una mujer que sabía contar historias como nadie y nos dijo que nos fuéramos a la Feria para comenzar con alegría la nueva vida, son los Carnavales, hija y el niño tiene que divertirse, le decía a mi mamá, que se convenció rápido de las razones de mi abuela y que además le dijo que mi tía y mi primo andaban por allí.

— Te doy tres dólares y no te pierdas, ¿okey? Busca a Carlitos.

— Okey, contesté, cogí los tres dólares y, dejando atrás la carpa de la mutante con sus sombras de vida, me fui a buscar a mi primo Carlos, que andaba por la zona de “El pulpo”, una atracción que no estaba mal pero que era cosa para pequeños. Le encontré en la fila para subirse y me pretextó que se subía en esa no por miedo a “El huracán” sino por falta de plata. Le dije que éramos ricos, que teníamos tres dólares, y nos sentimos en ese momento los dueños de toda aquella feria, incluso de la carpa tétrica y misteriosa de la entrada en donde la mutante enana, seguro, estaba deseando que alguien se asomara.

—  ¿Nos subimos a “El huracán”?

Mientras le miraba con cara de niño bueno, Carlitos me soltó una sarta de motivos, razones, excusas posibles, subterfugios ante un hipotético interrogatorio y hasta me asesoró sobre qué cara ponerle a mi mamá si se daba cuenta. Luego terminó su discurso con un échame a mí la culpa que tu mamá no me va a hacer nada y eso fue suficiente para que, a cuenta de nuestra fortuna, nos montáramos en la atracción prohibida. Subí a mi celda de metal, de pie, me ataron el cinturón de seguridad, cerraron mi puerta y allí estaba yo en aquel gran círculo rojo de celdas una al lado de otra, dispuesto a dar vueltas y a que “El huracán” subiera y bajara como una moneda que da vueltas antes de posarse sobre el suelo rendida por tanto movimiento. Estaba exultante, lleno de vida, había subido y mamá no lo sabría nunca, era como Carlitos, libre, rebelde y ahora un mentiroso no arrepentido. Di vueltas y vueltas y todo se desvanecía por la velocidad y al llegar la atracción a lo más alto me sentí volar. Mi primo, en la celda de al lado, gritaba palabrotas para que se las llevara el viento o para dominar su miedo.

Carlitos y yo nos bajamos y comenzamos a caminar en busca de nuestras madres. Comentábamos la jugada, la locura de luces sucesivas, la realidad vista a velocidad de vértigo, el meneo de la atracción, los gritos de las muchachas y el tipo con cara de indio que se bajó todo meado del miedo, tremendo mariquita, “¿pa’ eso se sube?”, y yo me reía como un verdadero hombrecito de casi diez años cuando en ese camino emprendido y mermada sensiblemente mi fortuna, Carlitos paró a unos metros del lugar del miedo.

—  ¿Nos asomamos a ver qué hay en esa carpa?

“No te asomes que da miedo”.

Recordé lo que mamá me había dicho y lo puse al lado de la propuesta de Carlitos que siempre había sido un aventurero, tenía doce, y sabía mantener a raya a mi tía Gaby. Además, ¿cómo sabía mi mamá que daba miedo? Lo mismo lo decía para protegerme demasiado, para hacerme sentir un niño pequeño. ¿Qué miedo puede dar una mujer con cuerpo de rana? Seguro que es una tontería, pensé, mientras mi primo esperaba una respuesta.

— ¿Te da miedo?

Carlitos no se daba por vencido y no iba yo a quedar de gallina delante de mi único primo varón, que además era un bochinchoso y que seguro terminaría yéndole con el cuento a mis primas y de allí a mi escuela y a todo el país. Tenía que asomarme, total unos segundos, seguro que no sería para tanto y que me daría cuenta del truco, papá me decía siempre que estuviera atento, que todo es puro cuento.

— ¿Miedo yo?

Carlitos escuchó mi respuesta y emprendió la marcha decidida y valiente hacia la carpa tétrica y oscura de la enana mutante como si estuviera siendo atraído hacia ella por la melodía de un flautista de Hamelín del terror. Yo me fui también detrás de él como un ratón fascinado por la música de la curiosidad, por las pocas luces y el patetismo de barraca de circo monstruoso que envolvía a aquella carpa.

“No te asomes que da miedo”. Recordé otra vez.

Carlitos ya estaba asomado y parecía no darle miedo. Yo soy un hombretón, me lo decía mi papá, que no me lo amaricones, le decía a mi mamá y ella le contestaba a gritos que no permitiría que yo fuese como él. Comencé a escuchar mis pasos con claridad y poco a poco los latidos de mi corazón subían de volumen y el ruido de fondo, como en las películas, disminuía lentamente. Los latidos aumentaban, los oía, cada golpe, se hacían más audibles, ensordecedores…

— Asómate.

Carlitos tenía ya pintada en la cara una risita maliciosa y me dijo que mi mamá nunca lo sabría por su boca, te lo juro por mi vieja, me dijo, llevándose a la boca el índice y el pulgar cruzado y besándolos, lanzando ese beso de juramento al cielo, que por mí tu mamá no lo va a saber. Los latidos casi no me dejaban oír, Carlitos no conseguía frenarlos, hacer que se callaran, hacer que me dejaran.

“No te asomes que da miedo”.

Mamá exagera, seguro, y me dispuse a levantar la cortina levemente, como hizo Carlitos con suficiencia valiente de héroe irreductible, para mirar adentro sin ser visto y confirmarme que mamá definitivamente es exagerada, que la vaina (lo pensé pero a mamá no le gustaba que dijera eso), no era para tanto como decía mi papá.

Me asomé y casi me caigo de espaldas.

Sobre una mesa, suspendida en el aire, a dos palmos, lo juro, estaba una cabeza de mujer que tenía los ojos cerrados. El pelo largo y negro caía casi hasta la mesa. Sintió que me moví y abrió los ojos como si la hubiera despertado de un  sueño profundo y dijo, en un susurro que escuché perfectamente cómo llegaba hasta mis oídos por encima de los latidos de mi corazón, “¡qué haces!”. Retrocedí como quien quita la mano de encima del fuego.

— ¿Te dio miedo?

Carlitos se empezó a reír, me señalaba y sabía que yo estaba aterrado, que no salí corriendo de milagro porque las piernas estaban paralizadas, me pesaban como dos fardos de piedra, estaban clavadas al suelo. Los latidos, sus golpes sordos como quien tiene escondido bajo la almohada un reloj de cuerda, ponían música a mi miedo. Nos alejamos de allí como pudimos y le recordé a mi primo que no dijera nada, que lo había jurado por su vieja dando un beso a la cruz de dedos que había formado y que lo había lanzado al cielo. Caminamos y pasamos cerca de un puesto de manzanas caramelizadas, rojas, brillantes, dulces, necesarias para calmar el susto, azúcar para tranquilizarme de la visión de aquellos ojos negros abriéndose, de aquel susurro que me lamía los oídos, ¡qué haces!, y aumentaba con el solo recuerdo el volumen de mi corazón.  Pedimos, pagué y volví a recordárselo al bocazas bochinchoso de mi primo: A  mi mamá ni una palabra, mientras nos comíamos las manzanas y localizábamos a nuestras madres, a las que encontramos por fin en un puesto de comida tomándose una cerveza y un ceviche.

— ¿Te asomaste?

Mamá me lo preguntó no sé por qué, tal vez escucharía los latidos de mi corazón que habían decidido dejarme sordo, y mi primo comenzó a reírse mirando para otro lado y mamá me lo volvió a preguntar. Te dije que daba miedo, y casi me echo a llorar allí mismo pero me contuve y mi tía Gaby le reclamó a mi primo que por qué tenía que llevarme a ver cosas que dan miedo sabiendo que yo soy más chico. Me sentí humillado. Nuestras madres decidieron que nos íbamos ya y nos fuimos caminando juntos en la misma dirección, ellos a su casa y nosotros a la de la abuela  Carmen que estaba a dos calles más allá, para pasar nuestra primera noche con ella.

El apartamento de mi abuela, que por esas noches antes de nuestra nueva vida era nuestra casa, tenía una única habitación y dos camas. La suya y la que mi mamá y yo ocuparíamos mientras me compraban una para mí. ¿Eso significaba que nos íbamos a quedar a vivir con ella? Mientras caminaba junto a mi mamá me preguntó qué vi. Los latidos, el susurro, la mirada súbita de ojos negros, la cabeza suspendida en el aire. Lloré.

— Te dije que daba miedo, ¿y ahora qué?

Estaba aterrado. En cada esquina de aquel barrio oscuro, no había ni siquiera una farola, me asaltaba todo aquello y el corazón, delator e implacable, me torturaba con sus latidos. Subí con mamá de la mano las escaleras hasta la puerta de mi abuela. Por la espalda sentía que unos ojos se me clavaban, que un susurro se me acercaba, “¡qué haces!”, y se me ponía la piel de gallina. Al abrirnos la puerta, mi abuela Carmen me lo notó. Oiría, seguro, los latidos de mi corazón.

— ¿Qué te pasa?

Mamá me dijo que se lo contara a mi abuela y lo hice y ella me miraba raro pero con una ternura comprensiva que me animó a echar unas lagrimitas, ya de pura rabia, por no poder sacudirme de la retina las imágenes de aquella cabeza ni de los oídos el susurro de su voz de ultratumba. No dije nada de Carlitos para que mi abuela no lo regañara haciéndome sentir de nuevo humillantemente pequeño.

Las camas estaban listas y mamá anunció que se iba a lavar los dientes y teníamos que dormir ya, “que mañana tenemos que levantarnos temprano”, no sabía para qué, sería domingo y supuse que tendría que ver con la nueva vida. “Apago la luz”, dijo mamá y yo la miré aterrado y ocurrió lo que le dije cuando estábamos juntos en el baño ante el espejo y con los cepillos en las manos: cuando cierro los ojos veo la cabeza flotando que me mira. “Bien hecho, por desobedecer”, fue toda la respuesta de mi mamá ante mi terror y parecía estar disgustándose por dentro a fuego lento. Apagó la luz e intenté mantener los ojos abiertos, pensar en “El huracán” y en los carros locos pero nada, la cabeza flotante me miraba y su voz volvía. El corazón comenzó de nuevo su aceleración de pánico y se propuso amenizar mi desvelo de miedo. Intenté acercarme a mi mamá que me apartó diciéndome que hacía calor y que si tenía miedo  tenía que haberlo pensado antes. Todo eso en susurros: “te dije que daba miedo”, sentenció y me sentí abandonado en la oscuridad con la cabeza de mujer mutante y su voz mortecina.

“Déjalo que se venga para acá”.

Mi abuela Carmen había escuchado el diálogo, en susurros y en medio de la oscuridad me hizo pasarme a su cama. El silencio era ya completo y a lo lejos aun se escuchaban los últimos rumores de la Feria. Mamá no le protestó a mi abuela y me fui con mi terror hasta su cama con el corazón latiendo con fuerza, creyendo que por el camino, apenas dos pasos, aquella cabeza aparecería para mirarme a la cara y decirme “¡qué haces!” y la piel de gallina otra vez. Llegué hasta su cama, me acosté a su lado cerca de su pecho y ahora podía escuchar el corazón de mi abuela Carmen tranquilo, con una cadencia de paz y energía.

— ¿Lo oyes?

Le dije que sí.

— Entonces pon el tuyo al ritmo del mío, ¿okey?

¿Cómo sabía que el mío estaba acelerado? Comenzó a acariciarme el pelo, a decirme que cuando ella era más chica, si tenía miedo de algo, pensaba en la brisa meciendo las ramas de los árboles o en el sonido del río como el que ella visitaba los domingos cuando se iba de paseo. Mi abuela Carmen no susurraba, parecían haberle bajado el volumen para que su voz no sonara extraña en medio de aquella madrugada de terrores que yo estaba viviendo. Mis ojos dejaron de resistir al sueño y mi corazón dejó de latir tan fuerte y su sonido ensordecedor fue cediendo a sus caricias, a su voz de río y de brisa. Me dormí escuchando los latidos del corazón de mi abuela que a la mañana siguiente cuando desperté no estaba: se había levantado temprano para hacer el desayuno.

Mamá tampoco estaba en su cama. Por la ventana de la habitación se colaba con fuerza un rayo de sol que dejaba ver cómo las partículas de polvo bailaban en el aire. Aquella visión me dejó fascinado, hasta acerqué mi mano para palpar esa belleza simple, un prodigio sencillo que convertí en mi propia imagen de serenidad.

Las siguientes noches dormí con mi abuela pero por fin llegó mi cama, la cama que ocuparía durante muchos años hasta que me vine a Madrid para especializarme en cardiología porque al final, nuestra nueva vida, la vivimos allí en Calidonia con mi abuela Carmen.

Al acostarme, después de cerrar los ojos y ver la cabeza flotar y hablarme le decía que se marchara, que no quería verla más y aunque me asustaba un poco al principio, acto seguido, pensaba en el río o en la brisa de mi abuela y después pensaba en las partículas de polvo bailando en la luz, en cómo se movían, en cómo oscilaban y si pensaba muy detenidamente en ello, me parecía a veces que estaba buceando en la playa y me sentía libre y me dormía y noche a noche le gané la partida al miedo. Me enseñó mi abuela, esa noche de Carnaval, de vida nueva recién estrenada, la manera de amansar miedos y olvidar monstruos para el resto de mi vida.

Muchos años después, en mis viajes de vuelta a Panamá, revisaba el corazón de mi mamá y por supuesto el de mi abuela. Cuando lo hacía ella volvía a  recordarme con una sonrisa tierna el terror dibujado en mis ojos y la desesperación de aquella noche y la manera en la que me quedé dormido junto a ella. En lo que nunca nos pusimos de acuerdo fue en eso de que ella escuchó los latidos de mi corazón. Yo siempre creí que sí y aunque ella lo negaba quise estar convencido de que no quería reconocerlo por modestia. Decía que no se acordaba de esa parte del cuento.

 

Del libro “El boxeador catequista”.
Foro/taller Sagitario Ediciones. Panamá, 2013.