Los disfraces del fuego y la razón musical en la poesía

Sobre el poemarioLos disfraces del fuego, de Manuel Iris

Balam Rodrigo

Los disfraces del fuego
Manuel Iris
Ediciones Atrasalante/Consejo Estatal Para las Culturas y las Artes de Chiapas, México, 2015

 

Manuel-Iris-Librario-Poesia-OtroLunes38Querido Manuel:

Espero que estés de lo mejor, disfrutando de los varios viajes en este periplo de presentaciones de tu magnífico Los disfraces del fuego. He de disculparme doblemente con vos ya que no he tenido el tiempo suficiente para escribir una reseña que haga justicia a tu libro y, también, porque no podré acompañarte en la presentación del día de hoy, justo cuando estás en Chiapas, mi tierra. Cierto es que escribí las notas suficientes para que sean leídas hoy por la tarde-noche, pero falta darles coherencia, trabajarlas, y sobre todo, hacer analogías, correspondencias y cruces respectivos con otros libros tuyos, con los de otros autores. La verdad, no me gusta escribir con prisa, acicateado por el chicote de la improvisación y montando a pelo por caminos de lectura forzados, pues el ejercicio de leer y escribir poesía, vos lo sabés, no tiene apresuramientos, y esta es una de tales ocasiones, en la que recibe uno tremenda invitación a presentar un buen libro así, a “botepronto”, apretado por la falta de comunicación con los organizadores y ya con la “defensa” encima (como se diría en el argot futbolístico y justificando lo antes dicho).

Desde que recibí tu llamada –y la versión electrónica de Los disfraces del fuego, que amablemente me enviaste– me di a la tarea de releer, otra vez, tu Cuaderno de los sueños, libro que presenté en mayo del 2010 en Tuxtla Gutiérrez, durante aquel encuentro de amigos entrañables y otros que ya no lo son (ni amigos, ni entrañables). Ello, porque la última parte de ese libro (cronológicamente, la primera que escribiste del volumen) acusa algunas de tus obsesiones y proyecta varios de los símbolos que aparecerán una y otra vez en tu poesía ulterior: el silencio, la muerte, la luz, la carne (en su sentido erótico), la blancura/transparencia, y principalmente, tus reflexiones e interrogantes sobre el acto de escribir, de hacer la vida con palabras, de apresar lo fugaz con vocablos, en pocas palabras, de hacer poesía:

II
Qué cierta y qué terrible es la palabra
la hoja en blanco
la ocasión
en la que vienes a posar para tu propia luz
para tu piel
para la voz
en este verso
que no escuchas.

III
Qué solo es tu silencio, Ángel.
Tu piel siempre de paso
de una voz a otra, de un vocablo
hasta la carne
que da mi sueño.

Los anteriores fragmentos pertenecen a tu poema “De la escritura”, del apartado con título homónimo al del poemario. Sin embargo, es en “Llegar a tu silencio” (tercera parte del libro, pero la primera en términos creativos) donde aparecen como premonición de tu obra los versos de Gastón Baquero –uno de tus poetas tutelares– y son más visibles los derroteros que caracterizan buena parte de tus poemas: la escritura como acto de confirmación y sentido de la existencia; intentar asir la luz, la blancura y el vacío con la palabra (vocablos, lenguaje, habla); la poesía como danza, ensueño giratorio, lectura del mundo; hacer y escribir poesía siempre “en perspectiva de la muerte”, tal y como lo afirma Antonio Gamoneda en su Libro de los símbolos –es decir, la poesía como un fugaz intento por dejar al menos una huella perenne de nuestro efímero paso por el mundo–; la imposibilidad de escribir frente al omnipresente silencio (que es también página sin palabras, hoja en blanco) que todo lo llena y lo toca, todos los seres y cosas; y en el mismo plano simbólico-metafórico, el poema como canto místico, al tiempo que también erótico-carnal, tanto de unión con lo Inefable, como con el Otro, vaya, alcanzar el Amor, así, con mayúsculas. Cito ciertos fragmentos de “Llegar a tu silencio” que ejemplifican algunos de los aspectos mencionados y atraviesan tanto Cuaderno de los sueños como tus siguientes libros (Nueva nieve, y sí, Los disfraces del fuego):

¿A dónde viajas, bailarina inmóvil?
[…]
Voy a leer
la danza que dibujas

[…]

No puedo contenerte. Si tu blancura
se descubre a cada círculo o al giro de tu voz […]
Y del poema “Yo miro tus vocablos”:

Hay que morder al pez de luz para saberlo. Para
decirlo tan exactamente
que la palabra sea su muerte preferida.

[…]

Hago silencio y apareces transparente, vestida
con tu carne […]

Así que busqué tu tercer libro, que me pareció muy interesante. Lleva por título el ya mencionado: Nueva nieve. Es un poemario cuya existencia desconocía –una injusticia de éste tu amigo y despistado lector– y que, a pesar de su brevedad, tiene gran aliento lírico y es preludio, en cierta medida, de Los disfraces del fuego. Son evidentes, desde luego, la limpieza en el manejo del lenguaje, las figuras retóricas (aliteración, por ejemplo) y principalmente la proyección de imágenes, muchas de ellas poderosas, cargadas de sentido, con mucho “filo” poético. Pero no quiero detenerme en los detalles evidentes para un filólogo o un estudioso de la poesía –uno de esos que cuenta figuras retóricas y escribe tecnicismos literarios lo mismo que un niño aprende a sumar y a distinguir los colores primarios con las cuentas de un ábaco–. Me interesa más el hecho de que las pulsiones personales, las tribulaciones espirituales, sean llevadas a la página e intenten rivalizar con el silencio, con la hoja en blanco. Como por ejemplo, en estos versos:

Todo nos dice que la eternidad se acaba
y el silencio sigue allí,
cayendo.

Así, las preguntas universales sobre el sentido de la existencia se vuelcan poéticamente hacia la insondable permanencia del silencio, más que acerca de la existencia de la eternidad per se, aunque el silencio, como objeto poético, tome una cualidad cinética, de perpetuo movimiento. Por otra parte, en el texto preliminar, en la “nota de autor” de Nueva nieve, recalcas la confrontación del hombre del trópico –acostumbrado al clima cálido, al mar Caribe– contra la inmensidad y la blancura de la nieve, y ante el glacial frío de Cincinnati –esa gran página en blanco–, por ello surge en vos la gran interrogante de la escarcha. Un enfrentamiento del poeta ante el silencio, ante la imposibilidad de escribir, de hacer poesía. De ahí que otros versos de tu poemario invernal me atraparan. Particularmente, este fragmento me dice mucho:

Una mujer me habla mientras cae la nieve.
Habla mientras la nieve deja su más puro silencio.

La imagen es contundente, ya que mientras la mujer habla (y encarna en cierto sentido la vida, la existencia), la blancura de la nieve lo cubre todo y lo llena de silencio, blancura sobre blancura, transparencia inapresable, sin cesar. En lo que no concuerdo del todo es en algunas porciones de la lectura atenta y aguda (titulada “Lentitud de la nieve”) que Marco Murillo hace de Nueva nieve. Al respecto, porque comienza su texto crítico de esta manera: «”El inicio del poema “A media voz” de Blanca Varela, es uno de los más significativos que podemos encontrar en la poesía mexicana: “La lentitud es belleza”» (las cursivas son mías). Marco se equivoca por partida doble: en primer orden, porque el título del poema de Varela es “Media voz” (pertenece a su extraordinario libro “Canto villano”) y en segunda instancia, porque Blanca Varela es una poeta nacida en Perú, y es un yerro considerable “mexicanizar” sus versos, particularmente la significación que tienen éstos. En lo que sí estoy de acuerdo con Murillo es cuando considera que en Nueva nieve tu “poesía […] prioriza el silencio […]”, uno de los temas que atraviesa horizontal y verticalmente tu escritura. En realidad, más que relacionar la tentativa poética de tu libro con la obra de Blanca Varela, creo que podría corresponderse con otros poemarios afines, tanto en temática, como en las interrogantes vitales. Sirva como ejemplo, nuevamente, Libro del frío, del ya citado Gamoneda; aquí unos versos del poeta de Oviedo:

Ah la morfina en  mi corazón: duermo con los ojos abiertos ante
un territorio blanco abandonado por las palabras

Ese territorio blanco abandonado por las palabras es, simbólicamente, el silencio, al tiempo que la imposibilidad de la escritura, y sin ánimos retóricos o interpretativos, un campo lleno de nieve en el invierno de la infancia de Gamoneda. A ello habría que sumar el hecho de que el poeta avecindado en León, España, escribió este libro como una honda reflexión de la vejez. El invierno es el final de la vida, la cercanía de la muerte, la quietud, y otra vez, el silencio que viene, lentamente, a su encuentro. Son tentativas poéticas análogas a Nueva nieve, no sólo por la materia poética y los objetos y sujetos verbales, sino por la confrontación espiritual y estética del poeta con el invierno, con lo crudo de su blancura y la pureza de la imagen proyectada. Vos lo escribís de este modo:

La nieve, la belleza y la poesía son
la prueba más quemante de nuestras limitaciones.

Dejando de lado contrariedades y desacuerdos críticos, así como la evidente paradoja (nieve=fuego) las “limitaciones” de las que hablas en estos versos, son justo el inicio de Los disfraces del fuego, libro que ocupa las siguientes notas.

Aunque sugieres que el primer apartado de dicho libro debe leerse escuchando Für Alina del compositor estonio Arvo Pärt, temo decepcionarte, ya que prefiero leer imbuido en el sugerente silencio de tus poemas, un silencio maduro, palpable, material, y sin embargo, totalmente musical. Vuelvo a Gamoneda, que en su ensayo Poesía y conocimiento dice que el primer impulso poético, previo a la escritura, es lo que denomina razón musical. No es vano el que hayás propuesto escuchar una pieza de música mientras inicia uno la lectura, pero yo elegí disfrutar la música interna de los primeros poemas del volumen, su sonoridad, ritmo y respiración. El título de la primera sección de poemas es “Tintinnabuli”, franco homenaje a la teoría de composición musical de Pärt, que abreva de las fuentes místicas de la música gregoriana y de los símbolos de la liturgia cristiana ortodoxa. Cuando leí “Tintinnabuli” por primera vez, en tu libro, el sonido de esta palabra me recordó el nombre del lugar en el que vives desde hace algunos años: “Cincinnati”. Amén de la analogía onomatopéyica y semántica, y del origen de ambas palabras (Tintinnabuli y Cincinnati) existe, en la tradición musical védica y brahmánica, la concepción de que ciertos instrumentos musicales “forman los […] peldaños místicos de los diez retumbos que llevan hacia Brahmán” [1]. Uno de tales instrumentos se llama ciñcinî y se corresponde con los sonidos re y la de la antigua escala musical védica, según la tradición musical indoeuropea (que influyó notablemente en el desarrollo ulterior de la escala musical occidental, que deriva de aquélla) y se relaciona con otros símbolos e instrumentos de música, principalmente con la luz y con el huso (para hilar y posteriormente tejer), así como con las campanas de metal, y también con las campanas de roca, los litófonos. A lo anterior habría que sumar que el huso y la luz se relacionan simbólicamente con otros elementos, por ejemplo, la lengua, y por tanto, con la palabra hablada (y de este modo con la poesía, con el canto), y con los animales que habitan el aire, el cielo, particularmente los pájaros (¿acaso no son los pájaros una suerte de lenguas sin alas, de flechas desplumadas, de cuchillos de aire y de luz?). Además, dado que la lengua está en la boca, por su forma de huso, puede relacionarse con otros animales, ahora acuáticos (el pez), ya que la lengua está en el mar de saliva, es el pez del canto, el cuchillo de carne que corta del aire, que nada en el silencio (no le sigo, ya parece que estoy escribiendo un poema y no unas notas de lectura). Para ejemplificar parte de lo anterior y relacionarlo con tu poesía, querido Manuel, utilizaré tus versos, materia prima de Los disfraces del fuego:

Si te repites tú, silencio,
si te ecas,
¿Qué ritmo se hace luz?

Y con este otro poema tuyo:

Pleno de ti, Silencio,
vaciándote en las cosas
inundas más espacio, todavía,
que la luz:
tu voz no tiene fondo.
Un pez-relámpago cabalga tus oleajes,
se adentra al sueño.

De este modo, Tintinnabuli, Cincinnati y ciñcinî, son vocablos con sonidos originados en una onomatopeya derivada de música de campanas, sonido presente en la poética de Los disfraces del fuego. Por otra parte, además de la alusión permanente al silencio, están, ciertamente, la luz, los pájaros, los peces, el vacío, la transparencia, elementos mítico simbólicos y también líricos, poéticos, totalmente rítmicos, musicales. Creo que tienes, Manuel, la intención de hacer, con las notas silábicas de tu propia escala verbal, una pieza metafórico-poética del mismo modo en que Arvo Pärt compone sus obras musicales. Para recalcar lo anterior vale citar aquí un fragmento del extraordinario libro de Marius Schneider, que bien puede darnos otra luz: “El proverbio [poético] es un ritmo-símbolo, un prisma que refleja las luces más diferentes (campos análogos) según la posición del observador de acuerdo a la fuente de luz. Pero, en su última substancia, todos los ritmos son ritmos acústicos musicales.” Así, la intrínseca música de tu libro, además de metafórica y rica en imágenes, retoma los antiguos símbolos, elementos y entidades que están presentes en la poesía universal, y claro, en los antiguos mitos, en esas interrogantes acerca del sentido del ser. De ahí que cada lector, parapetado en su esquina, en determinada página, en cada verso de tu libro, se refleje y haga música mientras lee. En tanto Marius Schneider escribe: “el mundo toma su forma por medio de los sonidos”, vos decís:

Vuelto hacia ti, Silencio,
vas llenándonos las venas
de transparentes pájaros.
Tu vuelo subterráneo nos hermana.
Algo se rompe,
pero no eres tú.

Las siguientes secciones de tu libro están llenas de arquetipos, de un laberinto de espejos donde podemos reflejar otras preocupaciones existenciales, poéticas. Elemento arquetípico y simbólico, aparece la máscara, similar a la poesía, a la palabra, que lo mismo re-vela que des-vela y oculta su verdadera naturaleza y su sentido, pues sólo aquel iniciado en el rito (el acto de lectura, el de la escritura de poesía) es capaz de ver, mirar y saber lo que hay detrás de esa máscara: su rostro verdadero. Pero una vez que se retira la máscara, ese rostro ha cambiado, pues cada intérprete tiene el suyo, y como en las aguas siempre cambiantes de un río (río de espejos semánticos, verbales) quien se refleja nunca es el mismo, siempre será el Otro (en esto la afinidad con Borges):

(Todo arquetipo es el inicio de una repetición,
el nacimiento de un eco.)

Sin afán de epicureísmos, en los poemas subsecuentes de tu libro propones una salida al galimatías creado por el silencio, el vacío, la soledad, mediante la utilización de una suerte de hilo de Ariadna ante esa trampa sin aparente salida, el inevitable laberinto de la muerte:

Una obsesión es la certeza de que hay algo
que escapa de la muerte.

La salida propuesta en tu libro es la carne, la belleza, la mujer, lo único palpable que en verdad tenemos: el deseo cumplido en el amor carnal, nuestro único lar (y hogar) físico. En esos poemas es donde la Belleza y el Corazón (sí, con mayúsculas) logran infamar con mayor poder evocativo y poético a la muerte, al silencio, a la desesperanza. Además, otros elementos y símbolos aparecen nuevamente (pájaros, relámpagos, luz, transparencia), así como la mencionada razón musical que subyace en tu escritura:

Como el sonido a la cuerda,
tensa el placer la mano
de quien sostiene un filo.
Tensa el placer la mano
del que asfixia:
abre el placer la boca.

Podría seguir aquí con más disquisiciones y notas sobre tu hermoso Los disfraces del fuego, pero la batería de mi computadora está a punto de agotarse, así como los versos de tu libro, y si continúo con tanta cita, no dejaré ningún poema para la posible lectura de quienes asistieron a la presentación (lectores tuyos en grado de tentativa). Sólo quiero decir que edición de tu poemario es bella, bien cuidada y bien vale la pena apropiarse de tu quehacer lírico. Es necesario hacerse de este poemario que nos da mayor luz sobre nuestro destino último: vivir, aquí y ahora, a pesar de que estamos agotándonos inexorablemente, tal como la vela de cera de tu abuela. Y cómo no quedarse con tu libro, del que tomo un último verso para abandonar, por ahora, estas notas:

Dentro del pecho, muerte mía,
crece tu flor como a los pies del ahorcado.

Vale Manuel, lo único que quería decirte es que tu libro me ha conmovido y me ha dejando sin sueño, con la flor del silencio creciendo y dejando pétalos de luz en mi boca, mientras espero a la muerte y me ahorco con el lazo de tu buena poesía en el árbol de relámpagos más próximo. Enhorabuena por tu poesía, por este tu nuevo libro. Te saluda y te abraza, tu hermano.

 

Escrito en San Cristóbal de las Casas/DF/Tijuana/Ensenada-Baja California, México,
entre la noche del martes 30 de junio y la madrugada del miércoles 1 de julio de 2015.

Notas del artículo

    [1] Schneider, M. 2001. El origen musical de los animales-símbolos en la mitología y escultura antiguas. Ediciones Siruela, España, 508 p.