¿Resurrección o resucitación? Geopolítica del luto en Paradiso

César A. Salgado

José Lezama Lima (La Habana, 19 de diciembre de 1910 - La Habana, 9 de agosto de 1976).

José Lezama Lima (La Habana, 19 de diciembre de 1910 – La Habana, 9 de agosto de 1976).

 

En este breve ensayo quisiera partir de una lectura que llamaré geopolítica del famoso episodio sobre Juan Longo en Paradiso, la icónica novela de José Lezama Lima publicada en 1966 (siete años tras el triunfo de la revolución), para reflexionar sobre la dinámicas conflictivas que se establecen entre vejez, poder y luto dentro de las ambiciones poético-culturales del grupo Orígenes y el proyecto utópico-social de ía Revolución cubana en el ocaso de la Guerra Fría. Cesar-A-Salgado-4-Este_Lunes-OtroLunes-38Escojo a Paradiso como punto de partida por considerar esta novela como una suerte de piedra angular de la multiplicidad de discursos que emergen del origenismo en toda su caleidoscópica pluralidad—libro sumular (así lo llamó Lezama) que compendia desde el llamado origenismo clásico del núcleo del grupo (Cintio Vitier, Eliseo Diego, Fina García Marruz) hasta el agnosticismo crítico de los apóstatas que fundaron Ciclón como revista rival (Virgilio Piñera y José Rodríguez Feo) y de los que luego desertaron ruidosamente del grupo (Lorenzo García Vega, Carlos M. Luis), mezclado con el vanguardismo libertario con el que varios escritores de la generación de Lunes de Revolución (Calvert Casey, Guillermo Cabrera Infante, Severo Sarduy) exploraron las dinámicas entre política y polisexualidad antes y después de 1959. Podríamos decir que en 1966, año de su publicación, Paradiso ensaya una metástasis del archivo total de la revista, del grupo y de sus antagonistas. Por algo en su famoso soneto-homenaje a Lezama –escrito a raíz de la muerte del último, el 9 de agosto de 1976– Piñera describe a Paradiso como un hecho que, recordando la definición que hace Alan Badiou del acontecimiento político, inicia un nueva verdad dentro de un nuevo tiempo: “Es tu inmortalidad haber matado / a ese que te hacía respirar / para que el otro respire eternamente. Lo hiciste con el arma Paradiso—Golpe maestro, jaque mate al hado– […j”1

También intento pensar la conjunción fáustica de embargo económico y totalismo político que, hasta (al parecer) hace poco, había encerrado a Cuba dentro de una esfera de espacio-tiempo desfasada con una relación compleja y ambigua con la era hegemónica del capital postindustrial y de la globalización.  ¿Qué nos puede decir Paradiso sobre lo que es sustentable cuando la cúpula que preserva un envejeciente régimen político se quiebra, cuando el témpano remanente de la Guerra Fría sufre su fractura postrera, emite su último crac? Hablar sobre la perversa longevidad de Juan Longo me sirve, espero, para empezar a reflexionar sobre la polivalente sostenibilidad del legado origenista que vemos tanto en la isla como en su diáspora y sobre su utilidad para poder imaginar, documentar y viabilizar una Cuba ya no sólo pos-soviética y pos-embargo sino también pos-castrista,

Cesar-A-Salgado-2-Este_Lunes-OtroLunes-38La fábula de Juan Longo, el crítico de música que vive hasta los 114 años gracias a un estado de suspensión animada dentro de una urna al vacío, toma lugar en el estrambótico capítulo 12, ése que, según Lezama, detalla los sueños del protagonista José Cemí2. Se trata de un capítulo que introduce varias líneas narrativas inconexas con personajes desubicados o fabulosos que están fuera de la diégesis principal de la novela—la biografía y vida familiar de José Cemí en la Habana del siglo veinte. Es decir, el capítulo toma lugar en una órbita netamente virtual. De acuerdo a varios intérpretes, por tratarse del capítulo más hermético del libro, debe leerse como una alegoría en la que los personajes más insólitos sirven como proyecciones oníricas de las dos figuras paternas que más pueblan la imaginación, la memoria y el destino de Cemí. Atrio Flaminio, el centurión romano que muere en campaña por un hechizo maligno en el siglo II, sería el avatar de su padre, el heroico Coronel Cemí, militar vencido, como Flaminio, en plena gesta marcial por el fatum de una desafortunada enfermedad.   El anciano Juan Longo, el crítico de música que logra posponer su mortalidad para teorizar mejor la sonoridad del vacío dentro de su profundísima catalepsia, debe verse como la prefiguración del personaje Oppiano Licario, suerte de alter ego del Lezama adulto: el mentor que siempre acompaña, el maestro que nunca se ausenta.

Sin embargo, creo que la comicidad de la fábula de Juan Longo—el nombre chotea longevidad de años tal como el apodo de Farruluque designa longitud genital—requiere una reflexión más atenta en cuanto a lo que implica redactar una ficción tan paródica sobre la vejez y el intento de su suspensión a principios de la década del sesenta en Cuba. Lezama la escribe en medio del estallido de una revolución socialista liderada por barbudos juveniles y estando bajo ataque por los jóvenes escritores de Lunes; estos fulminaban entonces contra el anquilosamiento de la poesía de los origenistas, tildándolos de vejestorios y predicando la caducidad instantánea de su legado ante el fogonazo energético de la revolución naciente. La vejez suspendida de Longo se hace aun más curiosa dada la forma en que, en los capítulos anteriores escritos antes de la revolución, Lezama atribuye en Paradiso un estatuto de juventud perenne a los “imberbes” José Cemí, Fronesis y Foción. Estos personajes no envejecen ni en apariencia ni en sicología y parecen mantenerse en una adolescencia productiva aún pasados sus veinticinco años. Si bien vemos al coronel, a Rialta, a doña Augusta y a Oppiano sufrir las amenazas de la mortalidad o las sombras de lo senil, el trío de amigos parece estar protegido por el aura de lo auroral.   Igual ocurre con Juan Longo: se trata de un envejeciente preservado en un estado matinal, a salvo de todo luto, gracias a un proceso que combina las artes del museólogo, el embalsamador y el científico forense. Su cuerpo pasa por una compleja momificación-en-vida que lo torna en una especie de cadáver falso o zombi rehabilitable. Sus signos vitales son reducidos al mínimo por medios exógenos que mantienen al cuerpo en un estado criptobiótico, listo para volver a despertar cuando haga falta—es decir, ser resucitado en condiciones propicias. Longo representa así la fantasía del eternismo, de la posposición indefinida de la muerte biológica y el vencimiento mesiánico de una temporalidad determinista.

Cesar-A-Salgado-6-Este_Lunes-OtroLunes-38En este relato cervantino cruzado por mitos clásicos y orientales sobre la inmortalidad y cuentos de brujas de la tradición infantil, una hechicera ocupa el centro de la trama. La historia comienza poniendo en primer plano el asunto de la vejez como fatalidad inexorable: a los setenta años, tras años de un matrimonio exitoso y de “vivir pausado y exquisito” (371), Longo enviuda. Señala el texto que Longo estuvo “muy acostumbrado al vivir matrimonial, a esa agradable monotonía de todos los días, a su armoniosa lentitud” (372); la falta de esposa perturba el ritmo de sus hábitos cotidianos y profesionales. En vez de zozobrar en la melancolía, el crítico decide aligerar su luto, redecorar su casa, retirar los objetos que recuerden a su primera pareja e ir en busca de una sustituta. Longo escoge a una mujer veinte años más joven que, según el sardónico narrador, no es lo que aparenta ser; se da inicio así a una intriga.

“Como una taimada dedicada al espionaje”, reza el texto, esa “Circe infernal” le oculta a Longo su pasado como “profesora de cultura física.” Es decir, es un ruda profesional de los secretos sustentadores del cuerpo muy ajena a los “refinamientos prerrafaelistas” de Longo (372). Esta esposa se obsesiona de manera malsana con el envejecer de su esposo y decide usar sus artes para ralentizar secretamente el deterioro de la vejez, induciéndole en un estado de coma o parálisis artificial a través de una régimen de alimentos somníferos y de masajes que detienen el flujo sanguíneo. Ocluye todas sus cavidades con tapones quirúrgicos, manipula con instrumentos de metal órganos como la lengua y el estómago para desactivarlos y cubre toda su piel con una coraza de cera protectora para prevenir la penetración de insectos y hormigas (378-79), conservándolo “en un sueño como si ya en la muerte, destilase algunas gotas de vida” (380). Finalmente lo guarda en “una urna de cristal, en la que se había hecho el vacío absoluto” (387). Para cuando el crítico cumple ciento catorce años (44 después de sus segundas nupcias), la temible y terca vigilancia que la mujer mantiene sobre cualquier signo visible de movimiento o deterioro vital la hace enloquecer. Así, “el tiempo, destruido, sólo mostraba el sueño y la locura” (387).

Cesar-A-Salgado-3-Este_Lunes-OtroLunes-38En ese momento jóvenes historiadores de la Asociación de críticos de música de la Habana le preguntan a los veteranos sobre el paradero de este colega olvidado. Al no “poder afirmar que estaba vivo, tampoco que hubiera sido enterrado” (388) deciden investigar la misteriosa desaparición y visitan su casa. Allí descubren el milagro de que, a través de su catalepsia, Longo ha proseguido ideando en su dormidera una deslumbrante teoría sobre la sonoridad del vacío que escuchan de sus propios labios cuando “Circe” lo reanima temporeramente para que se entreviste con los jóvenes (388-390).  Tras recibir el informe, la Asociación decide hurtar la urna sin que se percate la esposa para llevarla “al pórtico del Auditorium” (390) y rendirle culto al colega exhibiéndola en un mausoleo público. Allí “una guardia permanente de críticos musicales presenciaba el inmenso desfile de los afanosos de contemplar aquel milagro musical” (390): las masas comienzan a venerar a Longo como un mesías dormido que ha logrado vencer la mortalidad para continuar revolucionando la teoría musical con ideas de avanzada que serán reveladas para el bien de la especie la próxima vez que sea reanimado. El relato concluye cuando la esposa enloquecida irrumpe y, ante la urna, alucina con una transformación violenta del cuerpo (395-97). En vez del Longo pacífico, plácido y mesiánico bajo el vidrio, Circe ve la imagen tétrica de otro cuerpo, esta vez un cadáver congelado en rigor mortis, el de un general romano (Atrio Flaminio) que muere sin alcanzar el campo de guerra: “En lugar de un crítico musical, rendido al sueño para vencer el tiempo el resto de una general romano que gemía inmovilizado al borrarse para él la posibilidad de alcanzar la muerte en el remolino de las batallas” (397). Su grito de espanto traspasa la envoltura protectora y perfora el tímpano de Longo, propiciándole una muerte instantánea. Sin embargo, el hecho de la defunción pasa desapercibido por la multitud. El relato termina con esta pregunta: “¿Cuándo el coro inmenso de los procesionantes percibirá que ya no duerme?” [398).

La tenaz tecnicidad de las artes “egipcias” de Circe y el imaginario de un cuerpo muerto-pero-vivo siempre presente y venerado por masas admiradas en vez de lamentado y sepultado en actos fúnebres nos remiten, por una parte, a las biotecnologías criogénicas de preservación corporal que empiezan a desarrollarse a mediados del siglo veinte y, por otra, a la exhibición aparatosa y permanente de los cuerpos yacientes y exquisitamente embalsamados de divas y tiranos en estados populistas o totalitarios. Recordemos los casos de los cuerpos de Vladimir Lenin, Joseph Stalin y Evita Perón ya ultra-conocidos cuando Lezama escribe el relato y los más recientes de Ho Chi Min, Mao Tse Tun y Kim II Sung junto al caso fallido de Hugo Chávez. Los regímenes totalitarios buscan conseguir con el embalsamiento sostenido de estos cadáveres lo que la Circe hechicera logra con el cuerpo vivo de Longo: conjurar la muerte biológica a través de la simulación teatralizada de un cuerpo congelado que en vez de morir duerme dentro de una vejez sin senectud para fundar la metáfora tremebunda del absoluto de un legado. El mausoleo que la Asociación de críticos improvisa para exhibir y venerar públicamente a Juan Longo como mesías-tal como si fuera una reliquia santificada capaz de volver a la vida en cualquier momento-no puede sino evocar la saga algo absurda del mausoleo del cadáver de Lenin en la Plaza Roja. Todas las operaciones para la conservación del cuerpo que hace “Circe” son eco de las desesperadas peripecias con las que Boris Zbarski innovó la técnicas del embalsamiento para cumplir con el mandato de la Comisión para la Inmortalización, constituida por Stalin, de eliminar a perpetuidad toda posibilidad de deterioro y darle al cadáver de Lenin su insólita matinalidad, su eterno sueño plácido. El barniz de cera que ingenia la esposa para envolver y sellar el cuerpo de Longo evoca la famosa solución de glicerina, potasio y quinina que Vladimir Vorobyev inventó para restaurar la piel ya en estado de descomposición al asignárseles el cadáver3.

Sin embargo, yo diría que el cadáver exquisito invocado oblicuamente por las resonancias geopolíticas de la fábula de Longo no es el de Lenin sino el de Stalin. La vicisitudes de este otro cuerpo embalsamado y exhibido junto al de Lenin en el mausoleo de la Plaza Roja desde su muerte pero retirado y enterrado como parte del protocolo de desestalinización impulsado en la Unión Soviética por Nikita Khrushchev, se habían vuelto noticia en la Cuba de los jóvenes barbudos justamente cuando Lezama retoma la redacción de Paradiso tras un hiato de varios años motivado por el cierre de la revista Orígenes.  Al morir Stalin en 1953 y tras que cientos de miles de ciudadanos rusos le rindieran honor en capilla ardiente, su cuerpo pasó por un proceso de embalsamamiento análogo al de Lenin: seis meses de tratamientos químicos fueron regentados por el asistente de Vorobyev.   La urna del cuerpo durmiente y matinal de Stalin fue colocada junto a la de Lenin para que fueran venerados juntos por el resto de esa década. En 1956 y tras puertas cerradas, Khrushchev inicia el proceso de revisionismo anti-estalinista en la Unión Soviética con su denuncia de los planes colectivos y los gulags. En el congreso del partido de 1961 se agencia el escenario que justifica el retiro de la urna del mausoleo el 31 de octubre de ese año—se pretendió que el espíritu mismo de Lenin pareciere pedir que Stalin se enterrara y así se hizo cerca de la muralla del Kremlin4.

Cesar-A-Salgado-5-Este_Lunes-OtroLunes-38La noticia, sin embargo, no fue del agrado de varios revolucionarios barbudos que veían en Stalin un ejemplo necesario de disciplina, regimentación y centralización comunista, entre ellos Ernesto Guevara. En una visita a Moscú en noviembre de ese mismo año Guevara desoye las recomendaciones de sus manejadores de no enojar a Khrushchev con una parada en la recién inaugurada tumba de Stalin y allí va para colocar una corona de recordación5.   Se trató de un reproche deliberado y muy bien publicitado en contra del mandato de desmemorializar a Stalin por un sector de comunistas cubanos que estaba asumiendo las estrategias y componentes más notorios del estalinismo para constituirlos como un legado normativo en Cuba: los juicios colectivos y sumarios, la confesiones públicas y forzadas de los intelectuales disidentes, los planes de centralización económica de cinco o más años, los campos de concentración de los UMAPS. La Cuba comunista empezaba a actuar como si Stalin siguiera soñando vivo en su urna, a punto de despertar para volver a pronunciarse en suelo cubano, tal como Juan Longo.

En la fábula paródica de Juan Longo vemos entonces cómo Lezama hace una distinción político-poética entre resucitación y resurrección. La resucitación es un procedimiento artificial y malsano que prolonga indefinidamente el último aliento de un cuerpo tildado como mesiánico pero a fin de cuentas moribundo, disfuncional, ya cadavérico. Este procedimiento biopolítico se lleva a cabo para resustentar símbolos de un poder que se ha vuelto ilegítimo, vulnerable y desfasado pero que aspira a hacerse perpetuo a través del sostenimiento desesperado de un régimen totalizante. El embalsamiento y despliegue teatral del cadáver reparado y respirante del regente que suspende su muerte con la postergación de su enterramiento y la anulación del luto se hacen parte esencial de esta siniestra sostenibilidad. Tal es el orden que instala la Circe demente en la casa de crítico musical y del sistema soviético que encarnan y promueven los cuerpos expuestos de Lenin y de Stalin. La resurrección, por otra parte, es la aceptación tanto de la irreversibilidad de la muerte como de un cambio necesario y anhelado hacia nuevos órdenes indeterminados y cruzados por la otredad. “El poeta es el ser causal para la resurrección,” escribe Lezama, y por eso es un ser que, en vez de postergar o conjurar la muerte, la asume como experiencia transformadora y trascendencia definitiva de la mismidad totalitaria. Así denuncia Lezama el estado de suspensión animada de Longo al concluir el episodio: “la muerte, no el sueño, comienza a regalarle, ahora sí de verdad, lo eterno, donde ya el tiempo no se deja vencer, ha comenzado por no existir ese pecado” [398]. Esto es lo que anota Pinera en su poema de homenaje a Paradiso en donde promueve, como clave para un legado que sea capaz de crecer por mutación o metamorfosis, la ética de la resurrección en vez de la política de la resucitación—asumir la muerte apostando a una entrada en lo otro en vez de postergarla artificialmente para preservar lo mismo.  Al asumir Piñera esta ética, el asunto de la resurrección se muestra como algo que va más allá de los credos católicos o la religiosidad normativa y se hace consigna central del origenismo en todas sus variantes—la clásica, la apóstata, la libertaria y las que están por venir: “Es tu inmortalidad haber matado / a ese que te hacía respirar / para que el otro respire eternamente. Lo hiciste con el arma Paradiso—Golpe maestro, jaque mate al hado. Ahora respira en paz. Vive tu hechizo.”

 

(Una versión de este ensayo se presentó durante el foro de estudios cubanos “Aging and (In)sustainability”
en la convención del Modern Language Association el 9 de enero de 2015.)

Notas del artículo

  1. Se titula "El hechizado." Ver Virgilio Pinera, La isla en peso: obra poética (La Habana: UNEAC, 1998]: 193.
  2. Cito de la edición crítica coordinada por Cinto Vitier, Paradiso [Nanterre: ALLCA XX/Colección Archivos, 1988}.
  3. Sobre el proceso y la historia del embalsamamiento del cadáver de Lenin como fundamentación de su culto post mortem en la Unión Soviética, ver las memorias de Ilya Zbarsky, hijo de Boris, escritas con Samuel Huchinson, Lenin 's Embalmers [London: Harvill, 1988) y Nina Tumarkin, Lenin Lives: The Lenin Cult in Soviet Russia (Cambridge, MA: Harvard University Press, 1997).
  4. Jennifer Rosenberg, "Body of Stalin Removed from Lenin's Tomb." http://historyl900s.about.eom/od/worldleaders/a/stalinembalm.htm
  5. Jorge Castañeda, La vida en rojo. Una biografía del Che Guevara (México: Alfaguara, 1997]: 231.

Del Autor

César A. Salgado
Profesor asociado en el Departamento de Español y Portugués, en la Universidad de Austin, Texas. Imparte seminarios de posgrado en literatura barroca colonial y postcolonial del Nuevo Mundo, la revista y el grupo "Orígenes" en la historia de la literatura cubana, James Joyce y el modernismo luso-hispano, estudios del Caribe y teoría literaria contemporánea. Sus artículos han aparecido en Revista Iberoamericana, Cuadernos Americanos, Inti, Apuntes posmodernos, Revista Encuentro de la Cultura Cubana, Actual, Crítica, Journal of American Folklore, La Torre y La Nueva revisión del Centenario. El Dr. Salgado es autor del libro Del modernismo al neobarroco: Joyce y Lezama Lima (Bucknell University Press 2001) y es coeditor con Alan West-Durán y María Herrera-Sobek de Escritores latinos y latinas, una enciclopedia de referencia (Gale / Scribners 2004).