"La bruja Isabela" más "La tortuga y la Jirafa"

Cuentos

Mercedes Senent García

Mercedes-Senent-Narrativa-OtroLunes_38Mercedes Senent García  (Guardamar del Segura, 1966). Desde su adolescencia comienza a interesarse por la escritura, ayudada por su amor a los libros. Comienza escribiendo sobre su infancia  y  sus primeros amores y amistades. Es en un taller de escritura y otro de Cuentacuentos, organizado por la Universidad de Verano de Guardamar  donde comienza a interesarse más seriamente  por el mundo de la escritura gracias a las enseñanzas recibidas de Silvia Adela Koham, Llorens Giménez, Ariel Rivadeneira, Francesc Miralles y el cubano Antonio Álvarez Gil. El periódico “Información”, de Alicante,  en octubre del 2011 le publicó un microrrelato titulado “El nido”. Recientemente ha sido seleccionada con su microrrelato “La lavadora”, en el VI Certamen de microrrelatos  “Arvikis-Dragonfly de la plataforma cultural “Raices de papel”, de ámbito nacional. También será publicado su microrrelato “Encuentro con Dulcinea” al haber sido seleccionado en el Concurso de Narrativa : 400 años de El Quijote, que ha convocado la Editorial Artgerust.  Ha publicado el libro para niños Los colores de la lluvia, con sus propias ilustraciones.

 

*****

 

 La bruja Isabela

 

Hace algún tiempo vivía en un pequeño pueblo una bruja llamada Isabela que pasaba el día haciendo extrañas pócimas: tomaba un caldero, le añadía dientes de tortuga, pelos de gato, hojas de eucalipto y agua de río; lo removía todo y lo aderezaba con sal. Esta era de las recetas más sencillas y la preparaba para olvidar algún malsano amor.

La bruja tenía siempre los pelos revueltos, muy negros, de esos que apenas se pueden peinar. Toda ella hacía olor a podrido porque no se lavaba desde hacía meses; no sabía ni lo que era el champú. Tenía ella los dientes verdes, en aquellos que le quedaban, ya que como no se los cepillaba se le habían caído unos diez.

Ella tenía amigos, pero ellos la evitaban cada vez más. Así que un buen día pensó: si no quieren estar conmigo tendrán que vivir atormentados. Tomó su agenda y comenzó a llamarlos uno a uno para quedar a cenar. Les prepararía unos rabos de lagarto con pelos de mono y una rama de canela. Todo aquello produciría en ellos efectos inesperados.

Cuando los invitados llegaron Isabela los recibió con grandes  y falsos elogios:

 ¡Que guapos os habéis puesto!, si sólo era una cenita de nada…

─ Como hacía tanto que no nos veíamos me he puesto mis mejores galas ─comentó Laura Alegre.

─ Hoy es mi cumpleaños y sólo quería reunir a la gente que de verdad me importa ─dijo la bruja mientras reía por dentro.

─ ¡Eso se avisa!, no te hemos traído ningún regalo ─añadió Esteban el honesto.

─ ¡Oh, no importa! Sólo vuestra compañía me interesa –dijo Isabela.

─ ¡Qué amables estás hoy! –comentó Lorenzo Hospitalario-. ¿Te has enamorado?

─ ¡Huy que bromista eres! ¿Quién me va a querer a mí?

Se hizo un silencio de tipo cero en el salón.

─ Como ves tus amigos te quieren –añadió Alejandro Mentiroso─.¿Por qué si no crees que hemos venido?

─ Sí, ya veo que vosotros me apreciáis –dijo la bruja mientras reía, por eso os he preparado una cena especial.

Comenzó a servir la sopa en los platos y fue repartiéndola entre los comensales. Todos comenzaron a poner cara de asco al percibir el olor que salía de la cacerola. Cuando todos tuvieron su plato delante Isabela tomó sus manos y comenzó a cantar algo que nadie entendía: “Meigas e bruixas, todas xuntas, venid e vengaos conmigo de aquestos amicos que m`an ignorado tanto tempo. Faced animales d´ellos. Pim, pam , pum”.

En un pis pas sus amigos se convirtieron en pequeños animales que inquietos se movían sobre las sillas: ratones, conejos, lagartos…eran ahora sus comensales.

Ja, ja, ja. Comenzó la bruja a reír de manera tan estruendosa que llamó la atención de las demás colegas que aparecieron en su casa de inmediato.

─ ¡Estás loca Isabela! ─Gritó Úrsula la buena─.No te vuelvo a  ayudar en la vida que me queda.

─ ¡Tú te lo pierdes bobalicona! –respondió  Isabela riendo todavía–. Así aprenderéis a cuidarme más y mejor. Ja, ja , ja.

─ ¿Sabes lo que cuesta tener unos amigos como los que tú tenías?

─ Sí. Nada, no cuesta nada.

─ Te equivocas Isabela. Tener amigos cuesta un esfuerzo. Hay que cuidarlos, preocuparte por ellos, ayudarlos cuando lo necesitan, ¿has hecho algo de esto por tus amigos?

─ ¿Yo?, yo no tengo que hacer nada. ¡Que lo hagan ellos por mí!

─ Deberías saber que cuando uno quiere recibir debe dar primero.

─ Ya estamos con monsergas. Tienen lo que se merecen: mi mayor desprecio. Ja, ja, ja

─ Eres muy cruel Isabela. ¿Y ahora, qué piensas hacer con ellos?

─ Les encerraré en una jaula hasta engordarlos. Después los venderé como animales raros y descomunales que serán. Cualquier circo me dará un buen dinero por ellos.

─ Isabela, te vas a quedar sola sin tus amigos, ¿no te das cuenta? –le insistía Úrsula.

─ No me importa. De todas maneras ellos ya no me querían.

─ Te equivocas –respondió Margot-.No sabes cómo se preocuparon por ti cuando estuviste enferma. Gracias a ellos ahora puedes ponerte en pie. Estuvieron días enteros a tu lado.

─ ¿Qué?, no sabía nada de eso. ¿Por qué no me lo habíais contado?

─ Pensamos que no era necesario, pero hoy comprendemos que tenías que saberlo.

A Isabela le cambió la cara de repente. Sobre sus mejillas comenzaron a descender lágrimas a borbotones que iban cayendo sobre los animalillos. ¡No es posible, no es posible!, gemía sin consuelo. ¿Qué he hecho?, se lamentaba ocultando su rostro con las manos. Eran mis mejores amigos y no los supe apreciar. ¡Buaaaa, buaaaa!, seguía llorando.

Con la ayuda de otras brujas y las lágrimas de Isabela consiguieron que sus amigos volvieran a tener su forma original.

La bruja pidió perdón a todos por el error que había cometido y ellos la disculparon sin rencor alguno al ver su arrepentimiento.

Todos juntos marcharon a una pizzería a cenar algo y a celebrar que habían vuelto a recuperar a una amiga.

 

*****

 

La tortuga y la jirafa

Era una vez una tortuga que llevaba a cuestas su caparazón. Iba caminando lentamente, despacio, sin prisa. Llamaba la atención su piel seca y sus ojos de mirada hacia el frente, que daban la impresión de no tener otra inquietud más que la de caminar, comer, beber y reposar. Sus sueños estaban ahí, pendientes de salir, esperando a que llegara el momento de que se hicieran realidad, de poder vivir de verdad.

La jirafa andaba comiendo sus hierbas, con su cuello largo, mirando hacia la luz, cómo un animal feliz.

De pronto miró hacia abajo y vio a la tortuga.

─ ¿Qué haces todo el día caminando tan despacio por la tierra seca? , ¿no te apetece pasear por el césped? –preguntó la jirafa─, es estupendo. Sientes la hierba fresca y puedes tomar el sol. A mi me encanta. Es una manera de vivir mejor.

─ Bueno, yo soy un animal que siempre ha vivido en tierra seca. Cuando llega el invierno me duermo y no me despierto hasta la primavera.

─ Pero eso es muy aburrido, ¿no crees que deberías salir de esa rutina?

─ Es cierto, pero es lo que he hecho siempre, no conozco otra forma de vida – añadió la tortuga.

─ Yo te puedo ayudar, si me dejas, por supuesto.

─ Está bien, ¿Cuándo podemos empezar?- dijo sacando un poco más su cabeza del caparazón.

─ Ahora mismo, si quieres, nos vamos a pasear, pero a un ritmo un poco más rápido. Después podemos tomar el sol y refrescarnos con un poco de agua de la charca.

─ Eso parece algo divertido. ¡Me apunto!

Comenzaron a caminar a un ritmo algo más rápido. Parecía como si las piernas de la tortuga se le desentumecieran. Tras el paseo se dio cuenta de que se sentía mejor. Pararon entonces sobre una ladera y se sentaron a tomar el sol Sacó su cabeza del caparazón, mientas la jirafa estiraba su cuello y dos sonrisas iluminaron sus rostros.

Mercedes-Senent-2-Narrativa-OtroLunes_38Tras estar así un buen rato se acercaron a una charca, tomaron un poco de agua y se dispusieron a reposar.

─ He de decirte algo -comentó la tortuga-, en mi barriguita llevo otras tortuguitas, ¿Crees que esto les hará bien?

─ Por supuesto, a ellas esto les hará muy bien.

─ Pues mañana, si quieres, quedamos otra vez.

Cada una siguió su camino, fueron a sus casas y al día siguiente se encontraron en el mismo lugar.

─ Hoy podemos hacer otro recorrido -─comentó la tortuga─, me ha gustado eso de hacer cosas nuevas contigo. Aunque seamos tan diferentes en estatura, también tenemos cosas en común. Ayer, por ejemplo, lo pasé muy bien.

─ A mi también me agradó porque estuve en tu compañía.

Volvieron a caminar, tomaron el sol y bebieron agua, mientras charlaban traquilamente.

La tortuga se sintió mucho mejor y la jirafa también. Tal vez el haberse hecho buenas amigas, a pesar de la diferencia en la altura,  y esos agradables paseos les hizo a las dos ser más felices.