Génesis, mutación y modernidad
de los discursos excluyentes: el racismo

Jorge Chavarro

 

Jorge-Chavarro-Este_Lunes-OtroLunes-38

 

Si la relatividad resulta verdadera, los alemanes dirán que yo soy alemán, los suizos que soy ciudadano suizo, y los franceses que yo soy una gran hombre de ciencia. Si la relatividad resulta falsa, los franceses dirán que yo soy suizo, los suizos que yo soy alemán y los alemanes que yo soy judío.
Albert Einstein

 

Racismo, xenofobia, chauvinismo y sexismo, los fundamentos deificados en la tetralogía del poder, han sido el impedimento para reconocer la igualdad de todos los seres humanos al seguir manteniéndose por encima de las luchas de los  llamados “derechos humanos”.  Los cuatro son entes ligados a los conceptos que se aprenden dentro de la extensión de lo que llamamos cultura y no son de ahora, aunque por las circunstancias actuales del primero de estos, el racismo, quieran mostrárnoslo como si este fuera un desarrollo aparecido cuando comienza el reclamo de la exclusión por el color de la piel.  Conociendo su historia podemos entender de donde deriva lo que se ha dado en llamar el racismo moderno, la ignorancia de la misma se dice que obliga a repetirla además de conducir a algo igual de dramático, la cantidad de falsedades con que se defienden las ideologías teístas y seudocientíficas que cimientan los discursos excluyentes.

Hoy la palabra racismo se asocia con la problemática que ha vivido la población negra de los Estados Unidos de América desde los comienzos del esclavismo en el siglo XVI, y la política del “apartheid” sudafricano. La visibilidad de la misma ha ido acrecentándose con hechos recientes como la masacre del 17 de junio pasado en una iglesia negra en Charleston, Carolina del Sur y  los ciudadanos negros muertos producto del abuso policial en varios lugares de la unión americana. Sin embargo entre los muertos del racismo al menos desde finales del siglo XIX ha habido también hispanos, y la exclusión por el color de la piel es solo el penúltimo capítulo del problema.

Los discursos excluyentes han ido mutando alrededor de la mencionada tetralogía y se sostienen en el cinismo de las contradicciones que se han ido construyendo de manera cada vez más intrincada. Cornelius Castoriadis (1985) nos llama la atención sobre la primera de ellas que denomina “la antinomia entre el universalismo que concierne a los seres humanos y el universalismo que concierne a las “culturas” (las instituciones imaginarias de la sociedad) de los seres humanos”,  y para ejemplificarlo recurre al planteamiento de un hecho de terrible actualidad que resumo y tomo del mismo artículo: la mutilación genital a que son sometidas las adolescentes musulmanas en muchos lugares de África es abiertamente rechazada por los individuos de las sociedades occidentales, que lo incluyen a Usted en la protesta. Pero si un día, su vecino, condiscípulo o compañero de trabajo y musulmán africano está preparando a su hija para dicha “escisión” y Usted no dice nada, está lesionando el derecho humano a la integridad física de esa joven, por otra parte si intenta aculturarlo, está trasgrediendo el principio de incomparabilidad de las culturas. Hay que aclarar que este tipo de ablación no es exclusivo de las culturas musulmanas africanas.

Los argumentos culturales se construyeron muy al final de la evolución de la problemática racista, y fueron en su inicio instrumento para superar el horror y disfrazar la vergüenza del exterminio étnico asumido de manera sistemática durante la segunda guerra mundial por el racismo alemán caracterizado, de manera primaria pero no únicamente, como antisemita. El antisemitismo identificó entonces más que nunca al racismo, aunque sus orígenes se remonten a antes del siglo I y precede en Roma y Grecia al nacimiento del cristianismo a partir del surgimiento de exitosas comunidades judías asentadas por fuera de Palestina en las ciudades principales del imperio (Paul Johnson, 2010, 23).

Los elementos que caracterizan el discurso son luego apropiados por los teóricos de la “aldea global”, aquella donde todo queda cerca y lo que se quiera está al alcance de la falange distal del dedo con que tecleas su nombre en un buscador.  Con todo y ello hay cosas que siguen quedando tan lejos que es como si solo existieran en un evento perdido en la memoria de los tiempos; es lo que ocurre con buena parte del África subsahariana, el Asia central y los rincones más pobres de cualquier país de Iberoamérica. Inexistentes hasta para sus vecinos de las metrópolis locales; por eso la aldea global, con todo y su extensión, sigue siendo una falacia hipócrita, un fraude que se apropió del concepto de cultura para señalar al otro, lo que le resulta útil por la posibilidad que representa el énfasis en la diferencia como método de exclusión.

Gustave Doré: Moisés enseña las Tablas de la Ley.

Gustave Doré: Moisés enseña las Tablas de la Ley.

Yahvé,  el Dios Judío, es el mismo que luego adoptaron el Cristianismo y el Islam. Pero antes de que los Judíos Cristianos aceptaran “gentiles” como miembros del pueblo de Dios, fue necesaria la labor política de Saulo de Tarso que presionó en el Concilio de Jerusalén ocurrido alrededor del año 49 y que “es el primer acto político de la historia del cristianismo” (Paul Johnson, 2010. 13), la resolución que promulgó la no necesidad de la circuncisión ni el paso por el judaísmo para volverse cristiano.

El hecho no es secundario en esta historia, porque el judaísmo nace de la afirmación de la exclusión étnica que se expone en su teología y conlleva la primera justificación escrita, el primer documento en la historia de la humanidad en que se enseña el exterminio étnico, y al hacerlo partícipe de divinidad lo justifica (Deuteronomio 20, 16-20). La enseñanza de la exclusión se complementa con las normas prohibitivas sobre los alimentos, la prohibición de la reproducción interétnica que da nacimiento a la palabra porneia: prostitución, que es ése su significado inicial y que conlleva a la endogamia y a la misoginia, ésta última en posterior desarrollo bautizada por las religiones hijas del libro como sumisión.  Ahora bien, es probable que aunque sea el primer pueblo que escribió un documento conteniendo una doctrina explícita de exterminio racista, alguno de los pueblos vecinos haya manejado un discurso similar como tradición oral.  Pero la difusión de la enseñanza del odio nace allí, no en occidente como falsamente lo plantean algunos teóricos modernos.

Por eso el cristianismo primitivo que se convierte en el primer heredero del judaísmo, una vez se apodera del Imperio romano se extiende por él con los métodos aprendidos del antiguo testamento, el ejemplo se siguió fielmente por los propagadores del Islam siete siglos más tarde. Ninguna de las dos grandes corrientes religiosas hijas del “Libro judaico” logró imponerse con la enseñanza de la palabra divina, lo hicieron a sangre y fuego y sobre la base de la diferenciación étnica o nacionalista, que al final se fusionan y logran con los decretos de Teodosio El Grande que se prohíba a los no cristianos residir en el imperio (Castoriadis 1985 – Paul Johnson 2010).  El Islam primitivo tuvo sobre el cristianismo y el fundamentalismo islámico actual, la ventaja de hacer posible sobrevivir en sus dominios sin tener que convertirse, lo que era intolerable para el cristianismo al menos hasta el siglo XVII, que condenaba hasta la alodoxia, incluso cristiana (Castoriadis 1985).

No solo las religiones monoteístas nacen de la idea de la exclusión étnica. La idea de tolerancia religiosa grecolatina no incluía la tolerancia étnica de los pueblos subyugados, por eso da origen a lo que se denomina bajo una de las nomenclaturas actuales como la primera etapa del racismo, el racismo metafísico que expone Aristóteles en la Política justificando la desigualdad por recurso de la naturaleza metafísica, la physis, al proponer la existencia de un “efecto natural y para la conservación de las especies” en el cual hay “un ser que manda y otro que obedece” uno inteligente y otro que “solo posee la fuerza corporal para la ejecución”, amo y esclavo respectivamente, y concluye por ello que “Los griegos tienen derecho a mandar…como si bárbaro y esclavo fuera una sola cosa” (Javier Lajo), con eso caracterizaba como humanos a los atenienses adultos, libres y propietarios, y como no humanos a los esclavos, los extranjeros y las mujeres (Bello Reguera 2008, 20-21).

Hay más, al crear la palabra bárbaro para designar a los extranjeros, facilitan todos los desarrollos polisémicos posteriores.  Cuando el desarrollo cultural, político y social crea núcleos de poder “civilizados”, bárbaro es todo aquel que está en su periferia, sin embargo es de resaltar una diferencia fundamental con los racismos posteriores, el racismo griego a pesar de darles esa condición de ser inferior no los categoriza como enemigos (Isidro Cisneros. 2001, 184). La propuesta del sistema aristotélico de colocar en una misma línea a bárbaros y esclavos que no dominan el idioma civilizado, añadiendo a la mujer, representa la construcción del engendro humano que ha mantenido juntos desde entonces racismo y sexismo.

El sistema de pensamiento griego es el fundamento filosófico del racismo occidental que como vemos no nace de la exclusión por el color de la piel sino de la detentación de todas las formas de poder, militar, político, económico y de dominación social masculina. Su mantenimiento  dentro del cristianismo se observa inicialmente como forma de exclusión de  lo no cristiano, luego en la edad media caracterizado como antisemita (que históricamente no es solo lo judío sino que engloba a lo palestino y árabe), y posteriormente extendido  como herramienta del colonialismo europeo para justificar el comercio de esclavos, la opresión de los pueblos indígenas del que se llamaría más tarde el tercer mundo, y a las mujeres.

Fieles del hinduismo en el Ganges.

Fieles del hinduismo en el Ganges.

No solo a partir del politeísmo grecolatino y el monoteísmo judío se construyó esa simbiosis teórica de dominación, las religiones asiáticas y africanas son también origen de estructuras sociales excluyentes similares, lo que según Castoriadis en su mismo escrito antes mencionado, que esta “especificación monstruosa es un rasgo empíricamente casi universal de las sociedades humanas”, incapaces “de constituirse uno mismo sin excluir al otro”. El Hinduismo, es con su sistema de castas esencialmente racista, pero igual no por distinción en el color de la piel y ni siquiera de etnia, sino por exclusión basada en el encumbramiento de una élite económica alrededor de la cual se construye la sociedad, como también ocurrió en la antigua China donde se  desarrolló el concepto del dyungjua representando un núcleo cultural y geográfico civilizado que discrimina a quien no comparte su poder, costumbres y valores con lo que se gana el calificativo de bárbaro. Así que todas estas categorías de bárbaros asiáticos hacen parte de sistemas monoraciales que también existieron o existen en los sistemas esclavistas indígenas africanos.

Vemos entonces que el racismo no es algo coyuntural sino estructural cuyas raíces pueden seguirse por milenios desde todas las sociedades y culturas, y que hasta la edad media no es el color de la piel lo que hace la diferencia, sino lo que posteriormente se conocerá bajo el concepto de etnia.  Esto obliga a preguntarse ¿Cómo nacen los discursos excluyentes primitivos?

Todo pueblo, léase etnia, cultura o nación, tiene su mito fundacional que comienza con la creación del entorno y el hombre, pero ese entorno y ese hombre se refieren a sí mismos sin admitir la existencia de otras circunstancias similares. Por eso aunque los mitos creadores pretenden creaciones universales, el hallazgo de los otros excluye, sin decirlo, una creación común; se ignoran sin preguntarse acerca de ellos y luego se identifican como diferentes.  Al trasladar la idea al lenguaje de la modernidad y sin que exista conciencia exacta de ese raciocinio, son “culturas diferentes” encontradas en un momento no determinado y donde el diferente es inferior en sus instituciones y costumbres, difícilmente algunas veces han podido ser iguales porque parten de la afirmación del yo social, y es ahí es donde aparece lo que denominamos “el otro” cuya inferioridad no es más que “la afirmación de la verdad propia de las instituciones de la sociedad – Ego” (Castoriadis 1985 -21).  Así nacen dos conceptos manejados por las corrientes filosóficas y antropológicas que manejan las teorías actuales del racismo, el “etnocentrismo” o la interpretación del otro a partir del modelo de pensamiento propio, y el “racismo epistémico” occidental que se configura como la “forma fundacional y la versión más antigua del racismo en cuanto a la inferioridad de los «no occidentales» como seres inferiores a los humanos” (Grosfoguel 2013).

Los sistemas racistas esencialmente monoraciales primitivos condujeron a los desarrollos medievales de las religiones del libro que facilitaron su expansión universal, esto se encuentra ligado a la  aparición de los conceptos de paganos e infieles y el de la religión o fe verdadera. Esta etapa que entendemos como la de “Racismo religioso”, engendra los cuatro genocidios/epistemicidios o genocidios étnicos y culturales, que abarcan  los siglos XV a XVII, aproximadamente 1450 a 1650 (Grosfoguel 2013 -33). El dirigido contra la población judía y musulmana en la unificación española, el cometido contra la población indígena americana durante la conquista, el asociado al comercio de esclavos africanos en la misma época, y el cometido contra las mujeres acusadas de brujería en Europa principalmente.

El lema de la “pureza de sangre” asociado a “limpieza étnica” aparece como centro del discurso racista estatal español durante la conquista de Al-Andalus a finales del siglo XV y la posterior unificación española, y condujo al genocidio físico y cultural de musulmanes y judíos que de no convertirse al cristianismo (genocidio cultural), fueron asesinados (genocidio físico) (Grosfoguel 2013, 39-40). Al aceptar la posibilidad de conversión, la humanidad de los otros no estaba en duda, el problema era hacer parte de la religión errada o de tener el Dios equivocado. Al no poner en duda la humanidad de las victimas este es un discurso proto-racista o no plenamente racista.

El exterminio del conocimiento árabe y judío (epistemicidio) fue absoluto. Hasta el siglo XV la mayor biblioteca de la Europa cristiana contaba con unos 1000 libros,  la biblioteca de Córdoba tenía alrededor de 500.000 y la de Granada 250.000, las dos fueron quemadas, la última por el cardenal Cisneros a finales del siglo XVI (Grosfoguel 2013 -42), los pueblos de América sufrieron un proceso similar de destrucción sistemática de su conocimiento y espiritualidad, pero aparece una nueva jerarquía racial en su relación con España y por extensión con toda Europa.

Jorge-Chavarro-4a-Este_Lunes-OtroLunes-38La conquista de América creó un nuevo discurso en los sistemas de dominación que hasta entonces se inscribían en la clasificación social imperial existente desde el siglo IV cuando la cristiandad se convierte en la ideología dominante del imperio romano. Grosfoguel reseña la forma como Nelson Maldonado-Torres lo explica: “la episteme dominante no solo será definida en parte por las tensiones y mutuas colaboraciones entre la idea de religión y la visión imperial del mundo conocido, sino más bien por una dinámica entre imperio, religión, y las gentes que aparecieron en el mundo antes desconocido, o creído despoblado por los europeos (África primero y las Américas después)”.

La problemática comienza con la presentación que hace Colón de los nativos americanos a quienes denomina como “gentes sin secta”, para ese momento el calificativo traducía “gentes sin religión”, y crea una categoría diferente a la de tener el Dios o la religión equivocada,  expulsándolos de lo humano por no corresponder al concepto de que el humano se inscribe en la pertenencia universal a una religión, y envía a los indígenas americanos a la categoría de gentes sin alma por conversión de los términos. Las falsedades del discurso nacido  de esa manera no son tenidas en cuenta y si configuran un planteamiento inicial de la antropología racista del siglo XIX que establece distintos grados de humanidad (Nelson Maldonado-Torres).

Vemos entonces como el racismo religioso precede al racismo por el color de la piel,   y condujo durante la primera mitad del siglo XVI al debate sobre si los indios tenían o no alma, ausencia requerida para justificar su condición de esclavos. La polémica condujo al debate de Valladolid de la escuela de Salamanca de 1552, donde las voces católicas disidentes que daban al indio condición de humanos en estado de barbarie y por tanto necesitados de ser cristianizados, estuvieron representadas en el teólogo Bartolomé De las Casas, este discurso concluía que por lo mismo ante los ojos de Dios era pecado esclavizar a los indios. Ginés Sepúlveda también teólogo representaba la orilla opuesta, y entre los argumentos para apoyar su discurso, refería la ausencia entre los indios de la noción de propiedad privada y de mercado en favor de formas colectivas de producción y distribución recíproca de la riqueza. Como efecto del debate de Valladolid la monarquía finalmente aceptó los argumentos de De las Casas y creo la figura de la “encomienda” que terminó siendo una forma de trabajo forzado para disfrazar el esclavismo. De todas maneras la necesidad de mantener un modo de producción esclavista, facilitó el comercio de esclavos desde África para sustituir a los indios y marca el comienzo del racismo por el color de la piel.

El debate vallisoletano produjo también en un cambio de actitud ante judíos y moriscos que vieron convertirse el discurso discriminatorio religioso por pertenecer a la religión equivocada, en una extrapolación del debate que cuestionaba la humanidad de ellos al igualar la condición de adoradores del “Dios equivocado” con la de “gentes sin religión”, que ya habían sido incluidas en la categoría de gentes sin alma o subhumanos, la categoría creció englobándolos. Aunque el proceso no fue inmediato, termina configurándose en el juicio de las Alpujarras de mediados del siglo XVI en que se habla explícitamente de los moros como “sujetos desalmados” y como consecuencia se les esclavizó masivamente en Granada.

Para dimensionar el tamaño de estos genocidios/epistemicidios, tengamos en cuenta que al momento de comenzar la conquista de América la población mundial se calcula era de aproximadamente 400 millones de seres humanos, los negros subsaharianos raptados de su entorno africano fueron aproximadamente 100 millones, pero de ellos solo 20 millones sobrevivieron a los barcos negreros ingleses, portugueses, franceses y holandeses (Javier Lajo), a esos al menos 80 millones de muertos hay que sumarles el genocidio de alrededor de 70 millones de indígenas americanos que representaban el 90% de la población del continente, asesinados “para salvar de los graves peligros a los innumerables inocentes que estos bárbaros inmolaban todos los años, apaciguando a los dioses con corazones humanos” y producto de las epidemias llegadas del viejo continente contra las que no existía inmunidad en las poblaciones americanas, “ninguna de las grandes matanzas del siglo XX puede compararse con esta hecatombe” (Todorov 1987).

Pero no solo a ellos sino también hay que tener en cuenta a los 5 millones de  mujeres quemadas vivas en Europa en los 300 años de guerra contra las brujas. Un epistemicidio mayor dado que se trataba de mujeres herederas del conocimiento indígena europeo en todas las áreas, cubriendo desde su medicina tradicional hasta la astronomía. Su sacrificio permitió la consolidación del poder patriarcal cristiano.

El siglo XVIII marca una nueva etapa del racismo bautizada como “racismo científico, o biologista” de origen europeo y norteamericano, inspiradas en el evolucionismo y el darwinismo social y planteadas entre otros por el conde de Buffon, George Louis Leclerc; Gustavo Le Bon; Joseph Arthur, conde de Gobienau, Francis Galton y J.V. Lapouge; la tendencia persiste hasta las primeras décadas del siglo XX. Su marco teórico establece cuatro ideas básicas para jerarquizar racialmente las sociedades: primero, la existencia de diferencias raciales biológicas innatas; segundo, la posibilidad de medir estas diferencias; tercero, la ponderación de esas jerarquías en términos de superioridad e inferioridad; cuarto, la brecha entre animal y hombre en la escala evolucionista es llenada por las razas inferiores (Flórez Bolívar 2009), el complemento del discurso se refiere a la eugenesia como función del estado.

Jorge-Chavarro-5-Este_Lunes-OtroLunes-38De Johann Friedrich Blumenbach (1752-1840) surge la clasificación de las “cinco razas humanas”: caucásica, etíope, americana, mongola y malaya; que se tradujo en: blanca, negra, roja, amarilla y café. El color se instaló de manera definitiva en las definiciones del problema racista y estableció el distintivo de blanco como equivalente de superioridad y los demás como elementos subyugados. El trabajo de Blumenbach es retomado por Gobineau en su “Ensayo acerca de la desigualdad de la razas humanas” de 1853, donde limita la superioridad a los arios que considera como los únicos blancos destacados (Lothar Knauth. Los procesos del racismo, 8).

La realidad científica muestra que el componente genético de todos los seres humanos es el mismo y las diferencias están solo en los caracteres externos o fenotipo.  Genéticamente no existen razas, además que el mestizaje es un proceso imparable.

El discurso moderno tiene múltiples enfoques que se centran en la demonización del otro.  El otro incluye muchos tipos de diferente; desde el extranjero, pasando por la exclusión por el color de la piel y culminando en todo lo que no se me parezca porque maneja códigos sociales y culturales diferentes.  El diferente puede ser mi vecino connacional e indígena con quien no quiero identificarme por el horror de caer en cuenta de mi herencia étnica, o que aunque tiene el mismo color de piel, nació en el mismo país y habla el mismo idioma, no tiene los mismos comportamientos porque su núcleo social no es el mismo mío. La demonización es mutua, el islam sataniza a occidente como lo reclamaba Bin Laden en su discurso, y occidente al islam; el blanco, anglosajón y protestante al hispano católico; y así sucesivamente. Es entonces la etapa de “racismo cultural” a partir de la sociedad multicultural poscolonialista donde el término cultura sustituye los argumentos biológicos como causa de exclusión.

La demonización puede llevar a la animalización del otro y entonces sirve a los discursos de limpieza étnica como el ocurrido en las masacres de musulmanes por parte de los serbios que, en palabras del filósofo norteamericano R. Rorty, “están haciendo la misma distinción que hacían los cruzados entre humanos y perros infieles”, y consideran que están “actuando en interés de la humanidad verdadera”;  es la misma “que hacen los Black Muslims norteamericanos actuales al distinguir entre los seres humanos, ellos mismos, y “los demonios de ojos azules”, es decir los norteamericanos blancos anglosajones (Bello Reguera, 2008).

El racismo moderno tiene como función dar aspecto de legítimo y justo a los discursos excluyentes, de manera que orienten a la extinción o al menos a la limitación de los derechos de residencia, ciudadanía, educación, trabajo, bienes propios y demás. Para ello utiliza en primer lugar la exclusión moral que ubica al otro fuera de la dignidad y respeto debido a los sujetos que incluye como morales; y la exclusión antropológica que ha hecho parte del racismo milenariamente y permite enviarlo a las afueras de la humanidad digna (Bello Reguera, 2008).

Apoyándose en los conceptos de raza se establecen los juicios de valor de la moral racista, donde alguna de las razas en el espectro de colores anteriormente mencionado es superior a cualquiera de las otras, de lo que concluye que la mía es la más valiosa o humanamente superior. Esa categoría de superior incluye mis normas sociales que deben ser las universales y de ninguna manera las del otro. A partir de todo esto se construyen los elementos de justificación que terminan en un juicio racista disimulado, establecido a partir de una comparación arbitraria e imaginaria que puede ser heredada dentro del grupo social o cultural. Con esto se construyó el soporte de todos los discursos culturales con que se pretende hacer discursos excluyentes sin parecer racistas.

Bibliografía

Bello Reguera, Gabriel. (2008) De la demonización al racismo (sobre la deshumanización del otro). Criterio jurídico, V8 No. 2 pp. 9-24

Cisneros, Isidro. (2001). Intolerancia cultural: Racismo, nacionalismo, xenofobia. Perfiles latinoamericanos. No.18: 177-188. 2001 PDF

Cornelius Castoriadis (1985) Reflexiones en torno al racismo. Conferencia en el Coloquio “Inconsciente y cambio social” de la Association pour la Recherche et l’Intervention Psichosociologiques, marzo de 1985. PDF tomado de www.unifen.org.br

Flórez Bolívar, Francisco Javier (2009) Rastros, rostros y voces del racismo institucional en Cartagena: Un acercamiento acerca del debate de la “degeneración de las razas”, 1910-1930. Jangwa Pana. No.6 y 7: 130-145 mayo de 2009. PDF tomado de revistas.unimagdalena.edu.co

Grosfoguel, Ramón. (2011) Racismo epistémico, islamofobia epistémica y ciencias sociales coloniales. Tabula Rasa. Bogotá – Colombia No. 14: 341-355, enero-junio 2011. PDF tomado de www.Scielo.org.co

Grosfoguel, Ramón. (2012) El concepto de “Racismo” en Michel Foucault y Frantz Fanon: ¿Teorizar desde la zona del ser o desde la zona del no-ser? Tabula Rasa. Bogotá – Colombia No. 16: 79-102, enero-junio 2012. PDF tomado de www.Scielo.org.co

Grosfoguel, Ramón. (2013) Racismo /Sexismo epistémico, universidades occidentalizadas y los cuatro genocidios/epistemicidios del largo siglo XVI. Tabula Rasa. Bogotá – Colombia No. 19: 31-58, julio-diciembre 2013. PDF tomado de www.Scielo.org.co

Lajo, Javier. El racismo estructural como filosofía de la violencia. GAIA. Proyecto Histórico Andino. PDF tomado de www.emanzipationhumanum.de/español.racismo.html

Knauth, Lothar.  Los procesos del racismo. INAH- Veracruz. PDF

Johnson, Paul. (2010). La Historia del Cristianismo. Editorial ZETA. Barcelona, España. 2010.  Impreso

Todorov, Tzvetan. (1987) La conquista de América. La cuestión del otro. Editorial Siglo XXI, Bogotá, Colombia. 1987.  Impreso.

Del Autor

Jorge Chavarro
Medico colombiano residente en Houston, Texas. En diciembre de 2014 se graduó en la maestría de español y literatura hispanoamerica en la Universidad de Sam Houston de Huntsville, Texas. Espera comenzar su doctorado en las mismas áreas el próximo otoño.