Vuelo a Orly

Cuento
Del libro de cuentos Marero

José Luis Muñoz

Jose-Luis-Munoz-2-Especial-OtroLunes-38Marero, encabezado por el relato homónimo que obtuvo en 2013 el prestigioso premio Ignacio Aldecoa, está integrado por diecinueve relatos, entre los que domina el género negro. Pero no en exclusiva: todo el libro está sazonado con ingredientes de literatura erótica e incluso fantástica.

Una ironía, que a veces es sutil y elegante, y otras de grueso trazo (sin despreciar la caricatura, y hasta lo grotesco), empapa una escritura que es siempre amena, estimulante y divertida.

Muchos de los relatos que integran este libro han obtenido galardones literarios, formaron parte de antologías y libros colectivos de relatos o han sido publicados en revistas como Interviú o Penthouse.

 

*****

 

Dora me dijo que la desperté a media noche. Con un grito. Yo no me oí. Tampoco me oigo cuando ronco. Dora tiene el sueño leve: el simple crujido de un mueble la despierta. ¿Y qué dije? Nada, un grito de angustia.

Hay mujeres adorables. Dora, una de ellas. Ya de buena mañana tiene la cara risueña, resplandeciente. No pierde la sonrisa mientras me hace café y me exprime las dos naranjas del zumo. ¿Un grito de angustia?, repito. Como si cayeras al vacío, matiza. Me gusta su pijama de seda salvaje de las mañanas que le viene holgado. Yo me cubro con un batín, que ato a mi cintura, y calzo mis pies en pantuflas.

El periódico lo traen cada mañana, a la hora del desayuno. Prefiero leer las noticias que verlas en el televisor. En pijama he salido, instantes antes, a cogerlo del suelo. Un repartidor se encarga de hacer llegar la prensa a todos los habitantes de la urbanización. Con él en la mano, entro, me siento.

¿Algo nuevo, Rubén?

Desmenuzo el periódico. Internacional y cultura me lo quedo. Nacional y economía son para Dora que se encarga de hacer las inversiones desde que dejó la compañía aérea. Quiero ver si han publicado mi artículo. Me calo las gafas. Los años no perdonan. La vista ya me flojea hasta cuando me enfrento a la pantalla del ordenador. Y desde los cincuenta empeora, como casi todo. Cuando llegue a los ochenta tendré mucha experiencia, pero de qué me servirá si ya no tendré cuerpo. Ya casi no veo los horarios de las películas y maldigo las revistas que usan un tipo de letra pequeña para ahorrar en papel. Asiento sobre mi nariz las gafas de presbicia.

¿Qué es eso que lees? ¿Qué? Sí, tan atentamente.

La noticia ocupa buena parte de la primera plana del diario. La foto es de un avión cruzando el océano. Pero el avión del que hablan no logró cruzarlo, cayó a él. Y mientras lo leo, para mí, pero moviendo los labios, un escalofrío me recorre la columna vertebral, me pone los vellos de punta, porque en ese avión podemos ir todos los que estamos leyendo, en ese momento, la prensa, y nos asustamos.

Un accidente aéreo, digo. Doscientas ochenta personas. Se fueron al mar. No se saben las causas.

¿Dónde?

El Atlántico. A seiscientas millas de Brasil. Lo esperaban en el aeropuerto de Orly, pero dejó de emitir señales a mitad de camino entre América y África. Hablan de una tormenta, de que quizá un rayo impactara en el fuselaje.

¡Qué horror!

Trato de tranquilizar a Dora.

¿Sabes cuál es la posibilidad de que te pase eso? Una entre un millón.

Sí, pero de nada te sirve, si te pasa a ti, la estadística.

No sé porque leer esa noticia me producía frío. Prefiero explotar en el aire, boum, volatizarme, que caer al agua, a una sima de 4000 metros de profundidad, de la que nadie podrá sacarte, y servir de comida a los peces. No eres muerto sino desaparecido, y ese nombre me produce angustia.  Esos segundos del descenso, a tumba abierta, tienen que ser eternos. Me estremezco y cierro los ojos. Y entonces recuerdo el sueño de la noche, vívido, casi real, pero no se lo cuento a Dora, no. No me lo cuento ni a mí mismo.

 

***

 

Hace dos horas que dejamos Brasil. El avión ha ganado altura. Ya volamos por encima de las nubes y el cielo es de un azul cobalto. El mar, abajo, a diez mil metros, es una superficie tersa de la que se han borrado las olas y sobre la que las nubes bajas proyectan sus sombras. Voy sentado al lado de un ala, y eso que dije que quería ventanilla con vistas. Una mujer de pelo gris y ojos azules  ocupa mi asiento de al lado. La azafata pasa con el carrito de bebidas. Es una chica guapa y alta, que sonríe atentamente, mientras va preguntando a cada pasajero qué desea tomar. Pediré una cerveza. Tengo sed. ¿Señor? Una cerveza, por favor. Rebusca en la parte de abajo del carrito, la descorcha, me la alarga. Me fijo en su nombre. Lo llevan sobre el uniforme, en un letrerito pequeño. Dora. Me fijo en sus ojos y en su boca. Es una chica radiante. Seguro que se levanta fresca por las mañanas. Envidio su juventud. Dormito. Me he puesto a leer antes una novela policiaca, pero no me acababa de enganchar por falta de empatía con el asesino, y duermo. Tengo un curioso sueño, algo sin pies ni cabeza, que estoy casado con esa azafata, con Dora, y vivimos en un chalecito de las afueras de la ciudad. Que cada mañana me prepara café y zumo de naranja. Hasta que noto un breve estremecimiento, como un pequeño temblor, y me despierta la vecina de al lado.

Anuncian turbulencias, hay que abrocharse el cinturón.

Bostezo y miro al exterior. No se ve nada. Me abrocho el cinturón de forma rutinaria mientras Dora, la azafata de vuelo, recorre el pasillo comprobando que todos vayamos atados. Y entonces lo veo, por encima del ala, a poca distancia, algo negro, una nube negra, inmensa, gigantesca y compacta, en donde estamos a punto de entrar, y me pregunto qué demonios hace una nube de esa clase a 10.000 metros de altura, cuando se supone que volamos por encima de todas ellas.

Al principio nada. Un ligero baile ondulante. Como si alguien agitara el líquido de su vaso de whisky. Luego, de pronto, un fuerte bandazo y la azafata cae sobre un pasajero momentos antes de alcanzar su asiento para atarse. Se disculpa mientras el pasajero sonríe por el incidente y debe pensar que quiere más bandazos para que ella vuelva a caer sobre sus rodillas. Llega de rodillas, ella, a su asiento. Los bandazos se acentúan, se aceleran, se generalizan, aumenta su frecuencia, como los de un corazón al borde del infarto. Derecha e izquierda con el ruido de los equipajes golpeando los maleteros. Un mexicano de la fila de atrás hace bromas sobre el asunto y dice que ya se confesó, al salir, a la Virgen de Guadalupe. Nadie le ríe la gracia. El avión cae, como un ascensor sin freno, al menos cincuentas metros y se detiene en seco. Doscientas ochenta personas suspiran casi al mismo tiempo y hay alguna risa nerviosa. Un gracioso dice que eso no es nada al lado de un parque de atracciones. Odio los parques de atracciones y no entiendo que la gente pague por sufrir. Un tipo reclama un paracaídas. No sé si lo dice en serio o no, pero sería más práctico que cada pasajero tuviera uno en lugar de un chaleco salvavidas. Empiezo a marearme y a tener deseos de bajarme. Y eso me produce angustia, porque de un avión es imposible bajarte; sí de un coche, de un barco. Nada se ve por la ventanilla, todo está oscuro en el corazón de la nube tormentosa que es como una gigantesca ameba que nos ha devorado y no nos quiere dejar salir. Mi vecina de asiento está pálida y reza. Una pareja, con aspecto de recién casados en viaje de luna de miel, del otro lado del pasillo, se funde en un abrazo. Un padre trata de entretener, como buenamente puede, a su horrorizado niño, y a él nadie lo entretiene. Las luces se apagan, todas, y se empiezan a abrir los compartimentos por los golpes, a volar los equipajes, pero nadie grita, ni siquiera los que son golpeados por los maletines de mano. Veo, entre tinieblas, un pasajero con sangre en la cabeza, pero ni se inmuta, paralizado por el horror. ¡Hagan algo! grita una mujer presa de un ataque de histeria. Debemos de estar en el centro de la nube porque los movimientos son continuos y el avión va de derecha a izquierda y de arriba abajo, descontrolado, como un simple papel en un vendaval, como un sonajero en la mano de un niño. Y eso es el Airbus, un sencillo papel, un pequeño sonajero. ¿Durará mucho? me pregunta mi vecina de asiento. Me encojo de hombros. Nadie lo sabe. La tripulación ha desaparecido. ¿Por qué no habla el capitán de la aeronave para tranquilizarnos? Otra bajada, de golpe, mientras se hace el silencio más absoluto entre los doscientos ochenta pasajeros. Nadie grita, ni llora, ni ríe. Estamos todos congelados, con la mirada perdida en el vacío, sujetándonos con las manos a los asientos, como si eso, el tener entre las manos los brazos de los asientos, nos salvara. Y allí estamos todos, sin posibilidad de escape, unidos en el desastre, solidarios en la fatalidad. ¿Por qué cogí este avión y no el posterior? ¿Por qué no me quedé en tierra cuando la compañía anunció que había overbooking y me proporcionaba una habitación de hotel? Ya ni miro por la redonda ventanilla y no rezo porque olvidé todas mis oraciones haciendo profesión de ateo. Quizá lo hace por mí mi vecina que tiene los ojos cerrados y los labios apretados. Se oye un chasquido, fuerte, como si alguien diera un manotazo al aparato, como King Kong en el Empire Building al avión que lo ametralla, y ahora sí, ya, nos precipitamos, sin freno, en picado, con un zumbido horroroso, hacia el mar. Noto que mi pelo, en segundos, se vuelve blanco, me quedo sordo, que mi vecina, la de al lado, muere porque su corazón no lo resiste y queda con la boca abierta y los ojos en blanco. No envié el artículo al periódico, me digo, en una reacción absurda. Y pienso en el océano, en esos cuatro mil metros de profundidad bajo los que voy a ser sumergido cuando el aparato entre, como un gigantesco cetáceo, y se hunda. Y me entra el frío por las venas.

Es entonces cuando me despierto y prorrumpo en ese gemido de angustia que hace abrir los ojos a Dora y que me sacuda los hombros.

¿Qué soñabas?

Nada, no me acuerdo. Nada.

Pues gritabas.

¿Sí? ¿Qué gritaba?

No sé, como si te cayeras al vacío.

 

***

 

Estoy en el aeropuerto. Esperando. El vuelo a Orly lleva diez minutos de retraso. La gente revolotea ante el mostrador de embarque. Hay un señor impaciente que mira el reloj. Y una familia completa, con tres niños de edades escalonadas. Una pareja de recién casados, jóvenes y bellos, se abrazan y se hacen toda clase de arrumacos. Yo estoy sentado, con el ordenador portátil sobre las rodillas. Corrijo el artículo que me había pedido el diario y que enviaré, en pleno vuelo. La tecnología no cesa de sorprenderme. Por fin llaman a embarque y la gente se levanta para hacer cola ante el mostrador. Yo espero, siempre lo hago, entro el último. Una costumbre que sigo porque odio hacer colas y ya tengo el asiento asignado y, por mucho que corra, el avión no va a salir antes. Contemplo como todos los pasajeros van pasando por el mostrador de embarque exhibiendo sus billetes y sus pasaportes. Hay una persona a la que conozco. Una mujer. De mediana edad. De cabellos grisáceos y ojos azules. Su cara me resulta extraordinariamente familiar y el no ubicarla me inquieta. Es igual. Cierro el ordenador, tras salvar el documento. Y me levanto cuando la cola ya no existe. Paso directamente tras contestar con una sonrisa al deseo de buen viaje de la azafata de tierra. Buen viaje, señor Rubén Fonseca. Camino por el finger en solitario. Al final de ese túnel articulado, la puerta del avión, la azafata sonriente, con el diario en la mano, que me dará cuando entre. Me detengo un instante, porque recuerdo algo. Y ahí estoy, congelando el tiempo, multiplicándolo, con el maletín de mano asido fuertemente y la vista fija al final de ese túnel. Puedo dar media vuelta, desandar lo andado, pasar de nuevo por el mostrador, perderme en el anonimato del aeropuerto y nadie sabrá de mí. Y no lo hago, pese al sueño. Entro en el avión y tomo la prensa que me ofrece la azafata de vuelo, una chica esbelta y sonriente con la que no me importaría cenar en cuanto aterrice en Orly. Me fijo en el cartelito metálico en el que figura su nombre: Dora.

 

*Vuelo a Orly” resultó finalista en el XIII concurso de relato breve Villa de Binéfar 2009
y es uno de los relatos de Marero (Ediciones del Contrabando, 2015)