Tres cuentos selectos

"Gallegos", "El cliente" y "Salao, salao"

Nelton Pérez

nelton-perez-poesia-otrolunes37Nelton Pérez Martínez. (Tunas, 1970) Narrador y poeta cubano. Egresado del I curso de Técnicas narrativas del Centro de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso. Presentó en la XV Feria Internacional del Libro del 2006 el libro El enigma y el deseo de la Editorial Letras Cubanas. Sus cuentos han sido publicados en antologías en Cuba y el extranjero. Colaborador fértil de las revistas digitales cubanas. Ha sido jurado de varios concursos de narrativa como el Premio de la Ciudad de Nueva Gerona o el Premio especial Waldo Medina de la UNEAC. Ha publicado: El viaje, Ediciones Áncoras, 1998; Desvaríos mágicos, Editorial El Abra, 2000; Apuntes de Josué 1994, Ediciones Coliseo de El Escorial, Madrid, 2001; En la noche, Editorial El Abra; Soledades Concurridas. La puta y el poeta (poemario), Editorial Sanlope, 2005; Bitácora, Editorial El Abra, 2005; Un café en el París de entonces, Editorial El Abra, 2005; El enigma y el deseo, Editorial Letras Cubanas, 2006; Infidente, Letras Cubanas, 2015. Entre sus premios destacan el Tercer Premio Nacional Cuentos de Amor 1994, el Premio Nacional de Cuento Talleres Literarios 1998, el Premio Waldo Medina 2000, el Premio de la Ciudad de Nueva Gerona 2000, el Premio de novela erótica La llama doble, 2004, con El enigma y el deseo, los Premio Nacional de poesía Paco MIr 2005 y 2010 con Epístolas insulares y Conteos nocturnos, respectivamente, y el Premio Alejo Carpentier de novela 2014 con Infidente.

 

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Gallegos 

Los indios que no se murieron en los lavajes de oro en las rías de Cuba, se suicidaron en cuevas y cabañas para escapar del trabajo, lo hacían en grupos porque esos infelices para suicidarse tenían lo que se dice disposición y vocación. No gustaban mucho de la carne y se alimentaban de yuca y otras raíces, por esta sobriedad de estómago los nativos eran flojos. Está en las crónicas de Indias, los que no se perdieron mezclándose con blancos y negros, se embarcaron en sus piraguas rumbo a la Florida, porque de allí creían que vinieron sus ancestros. Concluyendo que pudimos hacer de Cuba, lo que no se pudo en otra colonia, una nueva España, a nuestra imagen y semejanza. Y… qué pasó… dilema bíblico, los hijos renegaron de sus padres y la fidelísima y siempre española isla de Cuba se perdió. Costó más hombres y pesetas que un imperio, esa bendita ínsula. Huerfanita que no sabrá qué hacer con su independencia y será el caos. Algún día habrá que colonizarla de nuevo, salvarla del ocio y la ostentación de los criollos…

 

Era el año de 1922. Más o menos así le contó a su hijo, en una aldea de Lugo, Galicia, Diego Emilio Núñez. Siempre hablaba de Cuba. De aquella sanguinaria batalla en que de un machetazo casi pierde una mano en 1898. Esa tarde, el hijo mayor  le avisó:

–Voy a irme a Cuba, Padre. No se niegue usted porque ya me he decidido –dijo el joven y agregó temeroso–. Tal vez yo sí haga fortuna, déjeme probar porque con o sin su autorizo yo voy, Padre.

El muchacho insistió y el viejo debió pensar que aquella fiebre o veneno de Cuba se la había contagiado él mismo con su morriña de inviernos y mesas vacías. Levantó la mano sana para cachetearle y el hijo se contrajo con la boina apretada entre las manos que rápidas subieron hasta el rostro.

–Mejor pruebas en Chile.

Y asintió ofuscado, sabiendo que lo perdería para siempre apenas cruzara el Atlántico. Por otro lado podía ser mejor que se fuera a América antes que el ejército se lo llevara a morir en Marruecos.  La historia es breve como un  boomerang, un carrusel y uno no echa de menos a hadas o magos cuando el relator peina canas y por entre las arrugas huele a algo muy tuyo, fluye y huele.

Hoy aquel muchacho nombrado Emilio Núñez (con billete para un barco a vapor, carta de recomendación y advertencia de no bajar a puerto alguno hasta llegar a Chile, pero que gallego al fin se apeó  en Santiago de Cuba  creyéndolo Santiago de Chile  y luego ya no se animó más a subir a bordo, encandilado por las luces de la ciudad y las mulatas que le amorcillaron  la sangre en las venas) es mi abuelo y es nonagenario. Es increíble su fortaleza, por momentos su rara lucidez. Me sorprende en la cocina, a punto de abandonar la casa. Murmura que lo enrole, que ahora entiende a los taínos de los que le habló su padre, que de Miami podríamos volver a Santiago de Compostela  y de allí a Lugo, a su aldea que bien sabe que ya no es una aldea. Lo leyó una tarde él mismo en una revista Correos de España. Afloran sus Z , leves y fermentadas.

–Llévame contigo, Emilín. Llévame…

Me pide decidido y agarra la jaba donde llevo el agua, el azúcar y la Biblia. Le pido que regrese a la cama, que se duerma que ya es tarde.

–Vaya abuelo, vaya a acostarse y no joda más que va a despertar a Mami.

–¡Te rompo la testa!

Y levanta amenazador su mano derecha y alelado se la queda mirando con el azul gastado de sus ojos. Recuerda aquella tarde de 1922. Todo regresa a su mente en segundos, ¿qué cosa tan rara es la vida?, piensa en voz alta y tembloroso coge una jarra de agua fría, una cuchara, el pote del azúcar prieta que he olvidado sobre la mesa y se prepara lo que llamamos un suero. Un almanaque que cuelga a un costado del refrigerador Westing House lo trae de vuelta a 1994.

–Sí, es muy tarde –dice viéndose con asombro la piel fina y transparente de los brazos. Promete cuidar a Emilita, mi madre. Me besa en la frente y me desea buen viaje, que no deje de volver un día por Lugo, por sus huertas con muros de piedra.

–Llévame contigo, rapacillo –insiste yéndose con el suero, un vaso de agua con azúcar entre las manos y llora como una criatura.

–Ojalá pudiera, abuelo –digo con la lengua enredada en sollozos–, usted cuídeme a la vieja. Ojalá pudiera llevármelos, pero…

Hago el cuento en el bote, recién subido. Abuelo no se me quita de la cabeza. Por la espuma y el sonido de las olas que se hace cada vez más distante calculaba la orilla. En la orilla que va quedándose muy atrás imagino de repente que puede aparecer abuelo con un farol en alto, pidiéndonos que lo recojamos. Cierro los ojos, pero al abrirlos es igual de oscuro. ¿Y la orilla? ¿Qué será de nuestras vidas, eh?, pienso en cosas sin darme cuenta que las digo.

–Rema, Diego Emilio, anda –dijo Dennys, molesto–. ¡Rema, chico!

–Sí, Gallego, rema y cállate, coño… –pidió en susurros Ángelito.

–Habla poco y bueno, Gallego –advirtió Alberto el cabezón desde atrás y cuando lo busco su aliento de ron barato me da en el rostro como una bofetada.

Éramos siluetas  que ni se veían las manos de lo oscuro que estaba en aquel agosto en que, como luego escribiera Ángelito Santiesteban,  Dios dormía. Aprovechamos el apagón eléctrico para robar el bote del muelle y empujarlo por entre los mangles y ya lejos de la playita del puerto, cruzar la bahía sin que el reflector nos sorprendiera. Desde la otra orilla se podía utilizar mejor el saliente cuando cambiase la marea. Nadie vivía el año entero del otro lado. Adiós abuelo… claro que sí, un día me ahorro un montón de plata y voy a conocer a Galicia, su terra, y ya de paso ahí veo un juego en vivo de El Deportivo de La Coruña…

–¡Caballeros, cuando tenga dinero quiero viajar a España y ver fútbol del bueno de verdad! ¿Ustedes no?

Había un silencio tan profundo que molestaba, sólo el paleteo de los remos al entrar en el agua, el chocar del mar contra los bordes de la embarcación.  Un ligero vaivén que desequilibraba al estómago.

–Cállate ya, Gallego, –le susurró uno de los amigos y no supo cuál. Todo estaba muy oscuro. Llevaba la ropa mojada de la cintura para abajo de cuando empujó el bote por entre los mangles, pero no paraba de sudar. Sacudió la cabeza y agarró fuerte el remo para palear mucha agua y no mirar más hacia donde debía estar la orilla. Mientras remaba trató de imaginar los manzanos, cómo serían las huertas de las que tanto le habló durante su niñez el abuelo Emilio. ¿Y qué inmenso y lindo el estadio del Súperdepo…?

–Vamos, vamos, remen fuerte y sincronizados –dijo Ángelito y lo elogió–. Así, así como lo hace Diego. Fíjense, fíjense en el gallego y remen bien. Vamos que hay que adelantar.

–Caballeros, en el banco de Las Bahamas seguro que nos recoge un crucero de turismo de esos que son lindos cantidad –dijo y esa vez ya nadie le gruñó.

La noche olía a cobre de ferrocarril, y la poca saliva que tragábamos, cortos de aliento, tenía el inconfundible sabor de las almejas.

 

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El cliente

Cada lunes la apuñaleaba en su memoria.

 

–Son casi las seis y tengo clases… –dijo ella.

Io lo so, principesca –interrumpo en mi mal italiano y agrego con un suspiro–. No sé por donde comenzar.

No levanta los ojos y tamborilea, medio transparente, con los dedos en el borde de la mesa.

–Por el principio, ¿no? –murmura con fastidio y vuelve a mirar su reloj, mueve nerviosa los pies.

Aún pienso que era el mejor lugar para decírselo. A esa hora había muy poca gente por allí. Las mesas estaban solas y a la muchacha que le ordené los sanwichs y refrescos demoraba en regresar, igual que ahora.

–¿Qué nos ocurrió? ¿Por qué ya no nos entendemos?

Ella se encoge de hombros, y prefiere no mirarme, no estar.

–Ana… –digo como saliendo de un pozo– la culpa es mía, ¿si? Yo me alejé y fue peor. No hay otra ni tengo como tú… la bailarina es sólo una amiga, aquel día que nos viste, hablábamos de ti. A mí me pareció que te alegrabas de verme con alguien, pero ella me dijo que tú fingías. La verdad es que te tembló la voz al final, cuando me dijiste que pasara en la noche por tu casa, pero creí…

–Que tonta es esa…

–Es una amiga y lo hizo por mí.

–¡Es una tonta igual!

La muchacha de la cafetería trae el pedido y le pago haciéndole un gesto para que se guarde el resto del billete como propina. Sonrió y dando la media vuelta regresó aburrida a la barra. Nunca la había visto antes.

–Te echo de menos –reconocí– es fatal que ya no pueda decir riéndome que te quiero.

–¿Y luego quieres que no me sienta culpable? –dijo ella y sorbió un trago de su refresco–. ¡Chico, siempre traes esa cara, como si tuvieras una tiñosa posada en un hombro!

Me fijé entonces en su cara encendida; ruborizarse la hacía bellísima.

–Ya no te entiendo –dijo y torció los labios como si el refresco le desagradara tanto como estar frente a mí.

Quise imaginarme con una tiñosa posada en un hombro. ¿Qué cosas se le ocurrían recién de mí?

Envolvió el sanwich en una servilleta y lo guardó en su bolso.

–Lo comeré después, ahora ya te dije que no tengo ganas.

Miró el reloj de nuevo y comenzó a ponerse de pie, alarmada, ya estaba retrasada para sus clases de idioma.

–Ya veras que todo pasa. ¡A domani!

–¿Roma? Si fuera verdad eso de que todos los caminos te llevan a Roma, ¿eh? –dije igual que si pensara en voz alta y mis ojos se quedaron como clavados en su cuello.

–¿Qué…? –dijo ella, nerviosa–. ¿Te gusta mi cadena? Es oro de 22 quilates.

Me temblaron las manos, luego, no sé…

 

Las mesas volvieron a quedar vacías. Él que loncha detrás de la barra, despabila a la muchacha del servicio tocándola en un hombro. Ella se apresura en llegar a la mesa, recoge dos vasos, un plato y encuentra un sanwich envuelto en una hoja de papel. Era nueva en la cafetería y por eso creyó que trataban de divertirse a su costa. Intenta recordar el rostro del cliente pero no puede, sólo su voz lenta, haciéndole el pedido doble mientras le acariciaba los pasamanos y el espaldar a la otra silla como si viera a alguien ahí. Antes lo pasó por alto, pero eso sí lo recuerda. Ella levanta la vista, alerta por si es una broma y ve a su compañero allá, acodado en el mostrador de lonchar. Otra vez parece verle, fastidioso, indicándole como hacer esto o lo otro, sin que ella que es nueva entonces le preste mucha atención; diciéndole antes que le entregue la orden escrita: A ese de la mesa tres una vez lo vi en el periódico, lo absolvieron por la muerte de una muchacha que iba a casarse, con un italiano, creo. Viene todos los lunes, no falla un lunes. De los dos sanwichs tú veras que nada más que se come uno y deja el otro envuelto en un papel. Es el mismo cuento todos los lunes.

 

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Salao… salao

                a Luis “Fico” Sanfield

 

Solía contar que en 1984 se quedó dormido en un tren que cruzaba de la Alemania Democrática  a la Federal. El ferroviario que lo descubrió y despertó, le preguntó despavorido si iba a pedir asilo político. Él ni lo pensó entonces y exigió regresar. Le faltaban muy pocos meses para volver a la isla con un diploma inservible de obrero calificado y una motocicleta que lo haría importante. De Berlín sólo iba a echar de menos a las rubias, las playas de nudismo, el buen fútbol, la cerveza y los salchichones. Detestaba la nieve, los encierros de oso a que  obligaba el invierno. Ensamblaba avioncitos plásticos para evadir las horas e imaginar el regreso. Soñaba cada día con el sol de Cuba, con el parque del pueblo y las muchachas que querrían subir a su motocicleta. Echaba en falta a la sazón de su madre. El estadio un domingo…

Ahora está en la orilla con la arena hasta los tobillos y el mar parece lamerle mansamente como un perro las canillas. Su hija en brazos y al lado el médico que obligó a bajar para que detuviera los vómitos de su pequeña. La niña, Ingrid, parece dormir pero por segundos la sacude un temblor, una arcada que le retuerce desde el estómago. Él quiere que abra los ojos, que su hija vuelva a sonreír, pero las fuerzas no le bastan más que para mover los parpados. El médico, nervioso, le asegura que la niña va a estar bien, que no deje de rociarle agua en los labios, y él asiente y por fin lo conmina a que vuelva a embarcarse. Los demás se aprestan a partir otra vez. Algunos prometen no olvidarlo, otros que van a esperarlo. Él piensa, quizá, en las postales del Rhin que nunca resolvieron la crisis de su cocina. Lo miro besar la frente de la niña e intentar vagamente un adiós al bote que compró con la venta de su vieja moto MZ–250. Aquí se van las montañas de nieve que paleó para hacer el dinero, los amigos y esta esposa que esconde el rostro, balbucea, lloriquea de frente al horizonte.