La fiebre de lo bello y de lo efímero

Sobre el poemarioLo extraño, la raíz, de Menchu Gutiérrez

Jorge de Arco

 

Lo extraño, la raíz
Menchu Gutiérrez
Vaso Roto Poesía. Madrid, 2015

 

Menchu-Gutierrez-Librario-Poesia-OtroLunes38Una década después de dar a la luz su último poemario, El ojo de Newton, Menchu Gutiérrez retoma el pulso lírico con Lo extraño, la raíz. Y lo primero que vino a mi mente tras leer lo inquietante de su titulo, fueron los versos de la escritora argentina Belinda Maidana: “En la raíz del tiempo/ se escribe mi nombre./ Sin embargo, lo extraño,/ es que no encuentro donde/ posar las horas que/ me restan por vivir”.

Sabe, sin duda, Menchu Gutiérrez que su tiempo poético es ahora un reloj convertido en coral, una luz que apresa el alma en mitad de un beso y que su decir regresa como un arañazo de sangre antes de que el alba eclipse la razón del humano instante.

Esta madrileña del 57, con varios libros de poemas editados, con una obra narrativa ya consolidada, y traductora de poetas relevantes – E. A. Poe, J. Austen, A. Brontë, J. Brodsky o W. H. Auden-, ofrece ahora un volumen donde su conciencia íntima asciende hasta el pulso y la ceniza del vivir más intenso.

El volumen, dividido en seis amplios poemas, se inicia con el titulado “Lo extraño”, donde la poetisa reivindica el reverso de lo cotidiano mediante un verso que multiplica su significado y su significante: “Lo extraño nos consume,/ en su panal nos retiene (…) lo extraño nunca es / lo desconocido,/ lo extraño lo comemos”.

Con la intención de desatar las cuerdas que atan la realidad de la palabra escrita, su segundo texto, “El río”, fluye pleno de nieve y agua y describe desde la ribera del tiempo la atenta mirada con la que los pájaros despliegan sus alas y su cántico. Y, además, caben en la corriente de este río que respira enamorado, las voces del cielo, los remolinos de la tierra, el flujo de los barcos, las letras de sombra que anidan en la existencia; o lo que es lo mismo, la vida que se despliega y “canta con la muerte en el camino”.

En `La escalera´, el lector se enfrenta con la paradoja de un pórtico (“Subíamos al sótano/ y bajábamos al ático”) que renuncia a la fórmula del espacio y se perpetúa en la resistencia del fulgor, del fuego, de la finitud latente: “En el interior de la casa somos lo que fuimos,/ infusiones de la mirada en las ventanas”.

Al compás que marca el ritmo y el vértigo de `El tren´, el verso de Menchu Gutiérrez taladra el paisaje que bulle por debajo de los raíles y se recompone al pasar por los túneles del ánima, por entre “los sueños de millones de viajeros”, por entre “los andenes  afanados en hacer brotar la primavera”.

La prosa ilimitada y desobediente de la escritora madrileña, viste el penúltimo apartado, “El dictado de la montaña”,  que se ordena desde el propósito de transitar por el gozo y la desdicha, de ser la esencia pretérita y la fuga futura, de aislar la inconsciencia y retornar hasta la fiebre de lo bello y  de lo efímero. Sabedora de que la desmemoria no evita definir cuanto se ha vivido, se mantiene aquí y ahora el murmullo de todo aquello que no es miedo ni armonía, sino la sugerente metamorfosis que bendice lo nuevo, porque “La montaña paraliza la imaginación”.

Como coda, “La nebulosa”, es un extenso cántico que relata un viaje intergaláctico en el cual el sujeto poético pareciese subirse a los mandos de una nave que pasea su verdad y su simbología por distintos planetas: “Recuerdo, sí, el primer otoño en Mercurio”; “Maravillosos domingos de Júpiter; “Días blancos en Urano”…; pero la remembranza de los instantes pretéritos, da lugar a que se reafirme la dicotomía del ayer y del mañana: “Una y otra vez vuelvo a la Tierra/ y paseo por sus hermosos cementerios”.

Un poemario, al cabo, valiente y renovador, donde la reflexión conjuga con lo quimérico, donde lo real se mezcla con lo utópico, conformando un puzle donde “también el corazón/ parpadea su visionaria sangre”.