“En tiempos recientes se ha proclamado con frecuencia el final del amor.” Así comienza el filósofo coreano-germano Byung-Chull Han su reflexión en La agonía del eros. En un tono que por su ritmo puede decirse agónico, pero que en su esencia es la serenidad del pensamiento más profundo, hace un diagnóstico a fondo del vacío que es la nota dominante de las sociedades occidentales, del orden neoliberal.
Llama la atención que el filósofo germano más importante de la actualidad (sus libros se venden por cientos de miles en Alemania) sea un coreano quien llegó a Alemania a los treinta años, luego de estudiar ingeniería metalúrgica en su Corea natal (Corea del sur, aclaro) y convencerse de que los metales no eran el sentido de su vida, a no ser, quizás, entendidos de un modo poético o alquímico, como un fraguar del pensar. Fue a Alemania a estudiar literatura, pero, en sus propias palabras, como no hablaba casi nada de alemán y para estudiar literatura había que leer muy rápido, se pasó a la filosofía donde “se puede leer despacio, a Hegel basta con leerle una página al día”. Llama la atención pero es sintomático. Han se doctoró con una tesis sobre Heidegger y arrancó a pensar con una fuerza que ya no se ve en occidente. Sólo alguien llegado desde fuera, uno siente, alguien aún no contaminado con la civilización del vacío que el propio Han describe tan agudamente en sus libros, puede tomar la herencia de la gran tradición occidental y salir con una prosa que es grito: ¿cómo han podido olvidar esto?, ¿cómo es posible que se renuncie a esto?
La agonía del eros es un ensayo simplemente magistral. Como todos los libros de Han es muy breve. Escrito en oraciones cortas, trepidantes, donde los conceptos aparecen en toda su luz (conceptos que son, en su propia aclaración, cuando se remite a Hegel, uno de sus maestros, lo que integra los contrarios y no es mera suma), y el diálogo con la tradición y el pensamiento contemporáneo no es la vacua verborrea de la mayoría de la academia actual, sino la esencia del filosofar, el alumbrar, el simple y a secas amor a la sabiduría.
Han, como todo pensador auténtico, tiene unas pocas ideas centrales sobre las que basa su pensamiento, y que retoma, amplia, y modula en sus libros. Así en Psicopolítica, donde devasta la ilusión del Big Data, y la reducción terrible que es asimilar el conocimiento al cálculo, a la acumulación de datos, se refiere a este tema del concepto en Hegel diciendo: “A Hegel, el filósofo del espíritu, el conocimiento total que promete el Big Data le parecería el desconocimiento absoluto. La Lógica de Hegel se puede leer como una lógica del conocimiento.”
Y en otro momento, citando ya directamente a Hegel: “El conocimiento solamente es posible al nivel del concepto: «El concepto es lo que habita en las cosas, lo que hace que las cosas sean lo que son, y concebir un objeto, por tanto, significa devenir consciente de su concepto”.
Este conocimiento no es posible por la mera acumulación de datos, la cual es simplemente cálculo, niega la dimensión de profundidad, toda profundidad en verdad, no incluye la narrativa, en sí misma el acto de la memoria, sino una superposición de información donde “el Big Data hace que el espíritu se atrofie”. “Así, nos dice luego en el mismo libro, la narración, frente a la mera adición, es un silogismo, el conocimiento es un silogismo.”
Pero este silogismo no está para nada apartado del Eros. Han, como dije, teje sus temas de un libro a otro. El eros es, afirma Han, lo atópico, es decir lo que no se circunscribe a un lugar. El eros saca al sujeto de sí, lo abre al otro, y el otro en el eros no puede ser reducido a cálculo, a consumo. La sociedad actual es la sociedad donde todo debe ser reducido a objeto de consumo.
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“El sujeto neoliberal como empresario de sí mismo no es capaz de establecer con los otros relaciones que sean libres de cualquier finalidad. Entre empresarios no surge una amistad sin fin alguno. Sin embargo, ser libre significa estar entre amigos. «Libertad» y «amigo» tienen en el indoeuropeo la misma raíz. La libertad es, fundamentalmente, una palabra relacional. Uno se siente libre solo en una relación lograda, en una coexistencia satisfactoria. ” Dice Han en Psicopolítica, y en La Agonía del Eros, en este tejido de ideas básicas que es su pensamiento afirma: “Hoy se pierden cada vez más la decencia, los buenos modales y también el distanciamiento, a saber, la capacidad de experimentar al otro de cara a su alteridad. A través de los medios digitales intentamos hoy acercar al otro tanto como sea posible, destruir la distancia frente a él, para establecer la cercanía. Pero con ello no tenemos nada del otro, sino que más bien lo hacemos desaparecer. En este sentido, la cercanía es una negatividad en cuanto lleva inscrita una lejanía. Por el contrario, en nuestro tiempo se produce una eliminación total de la lejanía. Pero esta, en lugar de producir cercanía, la destruye en sentido estricto. En vez de cercanía surge una falta de distancia. La cercanía es una negatividad. Por eso lleva inherente una tensión. En cambio, la falta de distancia es una positividad. La fuerza de la negatividad consiste en que las cosas sean vivificadas justamente por su contrario. A una mera positividad le falta esta fuerza vivifica.”
Han continúa a Foucault, pero no se centra en él, su base es más profunda, más ir a lo esencial, de recordar “el olvido del ser de Heidegger”. Foucault analizó la sociedad del deber, la era del capitalismo industrial, en la cual el imperativo era justo este, debes. Su famoso panóptico, no obstante, el panóptico de Bentham que Foucault usa como ilustración de sus tesis, sus coerciones, la disciplina del cuerpo, las escuelas, cárceles y hospitales psiquiátricos que “disciplinaban” al sujeto, ya no caben en la sociedad actual, donde lo primario es la “realización personal”, el empresario autosuficiente. Han ahonda aquí. El signo de la sociedad actual es el cansancio, la depresión, y la “positividad”, es decir, el ocultar la negatividad y la total reducción de todas las esferas de la vida a consumo. El cuerpo especialmente se priva de profundidad, se convierte en objeto de consumo, de aquí que la pornografía haya prácticamente barrido a lo erótico, que la sexualidad se haga aséptica, que la salud sea elevada a suprema meta. (El último hombre de Nietzsche, nos recuerda Han, también absolutizaba la salud.) Es la sociedad donde la mera vida es todo, y el buen vivir, el sentido de la vida que desde Sócrates ha sido la meta ideal del hombre occidental sea por completo olvidado. Esto origina un paisaje desolador, y un aislamiento personal de proporciones epidémicas. Ya no estamos en el tiempo, usa Han la metáfora, del ataque externo, la enfermedad bacteriana es su paradigma, el ataque viene desde fuera, sino es la era de lo autoinmune. El daño se ocasiona desde dentro. La depresión, el agotamiento (yo añadiría el cáncer aunque no sea exactamente aplicable autoinmune en este caso), marcan a las sociedades actuales, y el narcisismo llevado a extremos de aberración.
En Psicopolítica Han muestra como 1984 de Orwell no puede aplicarse a las sociedades actuales; ya el peligro no es el totalitarismo que usa la represión brutal, es mucho más sutil. Las sociedades occidentales actuales han pasado de la producción de bienes al consumo desenfrenado, su arma ahora es la seducción, y la seducción es mucho más efectiva para lograr plenos rendimientos. En la sociedad del rendimiento, donde todos debían ser empresarios de sí mismos, el amo y el esclavo de Hegel coinciden en el mismo individuo; no se puede culpar del fracaso más que a sí mismo, y todo, casi absolutamente todo, es absorbido por el sistema en una forma de consumo. Así, más que a disciplinar, se apela a la “realización personal”, pero obviamente, al estar despojada de toda auténtica comunicación y relación con los otros, al ser esta “realización”, un medio de intercambio, cuyo fin es simple y claramente el dinero, el resultado es por completo extraño a la buena vida, al conócete a ti mismo socrático, es el ajuste para funcionar en el sistema.
Sin embargo, es notable que luego de sus análisis sobre lo inapropiado de Orwell para describir la distopia que nos rodea, amenazando con mayor fuerza quizás que la pesadilla Orwelliana, Han no haya ido a lo que es más y más la descripción de las sociedades postindustriales: Brave New World, la novela de Huxley. No creo que sea que no la haya leído, sino que tal vez la tenga en reserva para futuros escritos, o puede que mencione en algún lugar que yo no conozco. Sea cómo sea, su análisis resulta de esa claridad deslumbrante y tan, tan necesaria.
Me parece oportuno notar que este vacío de occidente fue agudamente percibido por los disidentes del antiguo campo socialista, una vez llegaban al mundo libre. Havel lo vio claramente en su El poder de los sin poder. Lo vio aún más Solzhenitsin: “el alma humana anhela cosas más altas, cálidas y puras que la que ofrece hoy los hábitos de vida de la masa, el estupor de la TV y la intolerable música.” Y si bien defendían la libertad política incomparablemente superior al horror comunista, veían con claridad como esa libertad estaba amenazada por la desespiritualización creciente de las sociedades occidentales. La situación en la actualidad es sin dudas mucho más aguda y grave que cuando Havel escribió El poder de los sin poder. En la guerra fría occidente, por la amenaza del enemigo comunista, se veía obligado a apelar aún a otros valores, luego del derrumbe del campo socialista la tendencia que analiza Han simplemente se ha hecho ubicua, sin espacios de escape, y diabólicamente sutil. No es represión directa, cierto, pero una progresiva adsorción de todas las esferas de la vida en la lógica del consumo que puede originar la paradoja de la más pura barbarie en medio de la mayor abundancia, y sobre todo, el reino del vacío.
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“El presente disponible es la temporalidad de lo igual. En cambio, el futuro se abre al acontecimiento, que es una absoluta sorpresa. La relación con el futuro es una relación con el otro atópico, que no podemos alcanzar en el lenguaje de lo igual. Hoy, el futuro deshace la negatividad del otro y se positiva como presente optimado, que excluye todo desastre. Y convertir lo que ha sido en objeto de museo aniquila el pasado. La negatividad, como presente repetible, se despoja de la negatividad de lo irrecuperable. La memoria no es un órgano de mera reposición con el que podamos hacer presente lo pasado. En la memoria lo pasado cambia de continuo. Es un proceso progresivo, vivo, narrativo. En eso se distingue del archivador de datos.” Dice Han en La agonía del Eros. Todo debe ser predicho, asumido en datos, en información, que no conocimiento, y sometido a la lógica del consumo. “El capitalismo se hace obsceno”, continúa Han y el amor, el otro como lo atópico no tiene espacios en la lógica del consumo. El amor debe “positivarse”, hacerse predecible, y someterse a algo muy parecido a un contrato. El otro deja de ser sorpresa, lo que me saca de mí, rompe la coraza del yo, me abre al ser, y se convierte en la proyección de mis deseos, no de mis fantasías (la fantasía, el misterio, no caben en esta sociedad de individuos aislados, relacionados por el consumo y el intercambio, al convertir la fantasía en objeto de consumo esta se desvirtúa, se cosifica, del mismo modo que en la pornografía desaparece el semblante y queda la cara desnuda, el otro es objeto, al cual se puede desear y poseer, pero que ha perdido justo su alteridad).
Es en La sociedad del cansancio donde Han analiza la depresión, el narcisismo, y la soledad del sujeto postmoderno a fondo. Pero en La agonía del eros sus temas, como dije, están presentes, modulados. La depresión, el cansancio, epidemias actuales, la enfermedad del sujeto narcisista, cerrado en sí mismo, obligado al rendimiento incesante, despojado de profundidad, se quiebran frente al eros. El eros, al ser lo que me saca de mí, rompe el aislamiento de la depresión.
Han comienza su libro haciendo un muy lúcido análisis de Melancholia de Lars von Trier. Justine (Han no lo menciona, pero la referencia a la Justine de Sade es directa. Sí ve claramente que Trier tiene a Sade presente en el filme) al enfrentarse al totalmente otro que es el planeta Melancholia renace. Se entrega a la muerte en una plenitud de sí misma. En la escena final, con el preludio de Tristán e Isolda de fondo (la referencia erótica, muerte y eros de Wagner es clave de la película, no sólo belleza sonora), Justine, lejos de estar desesperada, muere de forma muy parecida a Isolda en un éxtasis místico. “El Eros vence la depresión. La relación tensa entre amor y depresión domina desde el principio el discurso de la película Melancholia.” Dice Han, el planeta que trae el fin rompe el vacío de la vida de Justine, y el vacío enorme que es la vida de los demás protagonistas. La escena de la boda al comienzo es la metáfora de la sociedad actual.
“En el infierno de lo igual, afirma Han en otro momento del mismo libro, la llegada del otro atópico puede asumir una forma apocalíptica. Formulado de otro modo: hoy sólo un apocalipsis puede liberarnos, es más, redimirnos, del infierno de lo igual hacia el otro.”
¿Será necesario que un apocalipsis sobrevenga para que se rompa el vacío actual? Puede que sí; pero el que existan pensadores como el propio Han es una señal de profunda esperanza. El eros en su obra alumbra el pensar. Sus propias palabras son la mejor descripción de su obra y pensamiento: “El pensamiento ciertamente osa adentrarse en lo no transitado, pero no se pierde allí. Eros, gracias a su procedencia, le muestra el camino. Filosofía es traducción de Eros a Logos.”
Cuando Han nos dice: “Platón da a Eros el calificativo de philosophos, amigo de la sabiduría. El filósofo es un amigo, un amante. Pero este amante no es ninguna persona externa, ninguna circunstancia empírica; es, más bien, una «presencia intrínseca al pensamiento, una condición de posibilidad del pensamiento mismo, una categoría viva, una vivencia trascendente». El pensamiento en sentido enfático comienza por primera vez bajo el impulso de Eros. Es necesario haber sido un amigo, un amante, para poder pensar. Sin Eros el pensamiento pierde toda vitalidad, toda inquietud, y se hace represivo y reactivo. ” Cuando lejos de quedarse en los análisis sociológicos o económicos, o a una filosofía de academia sin vida, llama de nuevo a la esencia del pensamiento, a la libertad como estar con los otros, a la vida contemplativa que no niega la acción, sino más bien la consagra; y cuando sus libros resuenan en tantos (alemanes al menos), es posible pensar que el propio cansancio, el vacío pueden producir su antídoto. Por ahora, leerlo ha sido para mí sentir de nuevo el fuego de la pasión, esa alegría que no hay otra forma que nombrar del espíritu, y sentir que en efecto, está haciendo que el logos se llene de la llama viva del eros, esta consagrando el matrimonio de logos y eros.
