Hiroshima - New Orleans

Uriel Quesada

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En julio pasado fui con un amigo a ver una versión restaurada en 35 mm de “Hiroshima mon amour”,  la mítica película de Alain Resnais de 1959. Cuando llegamos al Prytania Theater (una vieja sala como las que ya no hay), todavía no había terminado la función de las 10:30 am. A esa hora exhibían “Mary Poppins”, y a pesar de ser un filme casi tan viejo como “Hiroshima”,  el cine estaba atestado de padres de familia con sus niños.  Ver “Mary Poppins”, supuse, era una concesión a la nostalgia, el interés de los adultos más que de los pequeños, pues estos últimos no tendrían ninguna referencia y es probable que los efectos especiales les resultaran ingenuos y hasta primitivos.  Nosotros, los muchos que esperábamos para ver la película de Resnais, no estábamos ahí porque nos movía el deseo de recordar tiempos mejores. Por el contrario, “Hiroshima” era una obligación en un listado de películas que debían verse, era un pendiente en la materia llamada “Historia Universal del Cine”, y quizás era también un gesto de esnobismo.

Aquel domingo  hacía muchísimo calor. Como cada fin de semana, la ciudad se había despertado tarde. Mi amigo y yo habíamos tomado un brunch con mimosas y bocadillos, por lo que ver una película al mediodía resultaba un reto.  Antes de empezar hubo algunas palabras de bienvenida al público. Se habló de la Nouvelle Vague y  de la célebre secuencia de apertura en la que se ve a la actriz francesa y al arquitecto japonés hacer el amor.  De sus cuerpos aparecen las manos, los brazos y los hombros.  A veces están cubiertos de un polvo como ceniza, a veces de uno brillante como oro; finalmente se ven cubiertos de sudor. Como contraste, hay tomas de un hospital y del museo de Hiroshima, donde se exhibe todo tipo de objeto que recuerde el ataque nuclear de Agosto de 1945. En esos espacios se encuentra la memoria, sea en los cuerpos enfermos o en el metal retorcido que se exhibe en las salas de exposiciones junto a restos humanos suspendidos en un líquido transparente.  Los cuerpos mutilados son un pasado que se extiende hasta el presente,  ese tiempo donde los amantes se dan placer. Al fondo se oye una conversación. La actriz reclama haber estado en el hospital y el museo, y el arquitecto le contradice: no has visto nada, nada.  Al final, ésa es la constante de la película: lo tangible nunca es suficiente, porque para conocer la totalidad de una tragedia se requiere también el relato de los hechos.

Se habló luego de Marguerite Duras, la autora del guion, y yo le dije a mi amigo que había leído varios de sus libros, que me gustaba más que la otra Marguerite (Yourcenar), Y aunque no recuerdo ningún detalle,  le conté a mi amigo de “El amante”, la novela sobre una adolescente francesa que tiene una aventura con un hombre mayor, un asiático por más señas.  Leí el libro cuando yo estaba aprendiendo el oficio de escritor y estaba rodeado de mujeres extraordinarias. Ellas leían a Anaïs Nin, a las dos Marguerite, a Milan Kundera, a Luisa Valenzuela, y  discutían sus obras como si fueran lo más importante del universo, y en realidad lo eran. Yo apenas entendía de qué iba la cosa, pero de igual forma disfrutaba sus conversaciones y me maravillaba. “El amante” era mío: un libro delgadito,  poco más de cien páginas; el hermoso rostro de Duras en la portada, un libro que circuló de mano en mano hasta perderse.

La película en sí empezó cuando ya me invadía un ligero sopor, y creo haberla visto en sueños. Es una historia sobre la dificultad para ponerse en paz con un pasado traumático, sobre la fugacidad del presente, y también sobre la mirada de los otros sobre nuestros propios traumas. En este caso, el otro no es solamente una persona de distinta etnia, sino alguien que ha sido víctima de un mismo conflicto: la Segunda Guerra Mundial.  A fin de cuentas, parece decirnos la película, es el breve presente en el que nos encontramos donde podremos encontrar (a veces por azar) la oportunidad para cerrar heridas y seguir adelante.

 

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Cuando empezó agosto, el interés se volcó por completo en conmemorar el décimo aniversario del huracán Katrina. Esta ciudad es extraña. Aquí una conmemoración es una mezcla de ceremonia, duelo y chiste. No es inusual que te inviten a una “hurricane party”, a la que muchos asistirán después de misa y de pedirle a Dios que no vuelva a caer la desgracia sobre la comunidad.

Todo el mes hubo análisis desde distintos ángulos, se exhibieron películas, se buscó a la gente desplazada 10 años atrás para saber dónde estaban ahora.  Vino el presidente a New Orleans, vinieron otras personas famosas. Hasta el expresidente Bush fue invitado (lo hizo el alcalde, según él porque era hora de cerrar heridas). De los latinos no se dijo casi nada. En mi universidad, sin embargo, se organizó una conferencia de prensa con obreros, quienes hablaron de la discriminación y de la persecución luego del huracán. “Sin nosotros”, dijo uno de los trabajadores, “no se hubiera podido reconstruir esta ciudad”.  Los datos sobran, pero el silencio sigue siendo más fuerte.

La ciudad perdió mucha de su población, sobre todo afroamericana. Ahora es más blanca, más latina y más segregada.  Yo mismo me vine a un barrio mixto, pues ya no podía pagar los precios de los apartamentos cerca de mi universidad. Mi nueva casa queda justo en esa zona gris que separa la parte alta y la parte baja del barrio, donde viven los más pobres. Unas pocas semanas después de mi mudanza, oí muy temprano el ruido de disparos. A menos de una cuadra habían matado a un muchacho de 20 años. Seguramente la víctima conocía a su asesino, pues había bajado el vidrio de la ventanilla de su auto. La prensa entrevistó a muchos vecinos. Todos dijeron que no habían escuchado nada. Años después, todavía hay una guirnalda de flores plásticas en el lugar donde ocurrió el crimen. Nunca supe si dieron con el asesino.

Más abajo, en dirección hacia el río, se han remodelado más y más casas. Quienes las compran son los recién llegados, usualmente gente blanca, emprendedores y gente que ve en la ciudad un experimento social.  Seguramente no lo saben, pero son ellos el experimento social, con su colonización de los barrios pobres y la progresiva expulsión de los que han vivido por generaciones en las casas alrededor, muchas de ellas en mal estado, carcomidas por la humedad y las plagas.

Mi mes de agosto estuvo entonces lleno de información y cosas por hacer. El huracán Katrina y sus consecuencias estuvieron muy presentes, pero no tomé tiempo para pensar. El día 29 fui con alguna gente querida a una fiesta callejera y luego a tomar una copa. Repasamos algunas historias de nuestra época de desplazados. En mi caso terminé en Iowa City. No conté mayores detalles de la experiencia. No les dije que nunca había llorado mis pérdidas; tampoco que una de las consecuencias del huracán había sido un cambio profundo en mi relación con Costa Rica, mi país de origen. No hablé sobre las amistades perdidas, ni de los nuevos amigos. ¿Acaso el trauma sigue ahí apretándome el cuello para que no diga nada?

Como en “Hiroshima mon amour” sobran los monumentos y las ceremonias, pero eso no es suficiente para sacar a flote la miseria personal. O tal vez simplemente sea que lo único que nos queda es el espacio personal, la intimidad de un cuarto de hotel, la voz baja de los amantes, la desnudez. Ahí se crea la otra historia, la nuestra.

 

Del Autor

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Uriel Quesada
(Costa Rica, 1962). Escritor. Estudió en la Universidad de Costa Rica, New Mexico State University y Tulane University, donde obtuvo un doctorado en Literatura Latinoamericana. Es autor de los libros Ese día de los temblores (cuentos, Editorial Costa Rica, 1985), El atardecer de los niños (cuentos, Editorial Costa Rica, 1990; Premio Editorial Costa Rica y Premio Nacional Aquileo J. Echeverría 1990), Larga vida al deseo (cuentos, EUNED, 1996), Si trina la canaria (novela, Editorial Cultural Cartaginesa 1999), Lejos, tan lejos (cuentos, Editorial Costa Rica, 2004; Premio Áncora de Literatura 2005) y El gato de sí mismo (novela, Editorial Costa Rica, 2005; Premio Nacional Aquileo J. Echeverría 2005). Actualmente vive en Baltimore, Maryland, y enseña en McDaniel College.