¿Cuánto tiempo debe invertirse en escribir una obra? Hay una cierta sublimación interesada en relación con los ciclos creativos de un escritor. Muchos autores presumen de dicar largas jornadas a sus creaciones convirtiendo esa medida en una suerte de virtud añadida al texto, como si la cantidad de tiempo fuera directamente proporcional a la calidad.
Esto no quiere decir que el trabajo, la famosa transpiración, no deba seguir doblegando a la frágil y escurridiza inspiración, caprichosa siempre e inasible. Que la inspiración te llegue trabajando, transpirando, musculando el culo en la silla de trabajo. Divirtiéndonos hasta el sudor o el llanto. Eso está claro. Lo que no lo está tanto, es esa idea de que a más años, mejor trabajo, de que a más años en un cajón, una obra gana en calidad.
Como mecanismo de defensa puede tener un pase. Dedicar diez años de la vida a una novela es para muchos escritores garantía de buen trabajo. Para un lector, puede ser un despilfarro de tiempo, una deriva del escritor, después de leerla. Otros autores se imponen plazos. Cada equis tiempo publican alguna obra. ¿Eso garantiza calidad literaria o la merma? ¿Son todos los ciclos creativos iguales? ¿Una novela como “Réquiem por un campesino español” requiere seis años o seis días? ¿Cuánto le llevó a Rulfo escribir “Pedro Páramo”? Un año, una sola novela, y Juan Rulfo hizo el verbo carne y sigue habitando entre nosotros. El tiempo creativo hoy, no es más que un cintillo rojo fajando una obra, un reclamo publicitario.
Las novelas no son como el vino, son más como la comida. La novela de Fulano, cinco años en barrica (o en cajón de roble), no mejorará más. Ni debe empeorar. El vino sí. Las lentejas lunáticas del Gijón son degustadas y devoradas sin prestar atención al tiempo de cocción o a la edad del buen cerdo que nos dio los chorizos que la sazonan. Esa información no acelera el proceso de degustación ni transforma en éxtasis el plato, servido en cazuelitas de barro y con colmo, que es como están mejor. El tiempo no vale, no suma necesariamente en literatura, por lo menos en el aspecto creativo.
Hay obras que requieren un ciclo creativo más corto y otras ciclos más largos. Depende del autor. Y no descubro nada. Pero nunca ha de esgrimirse como parte de la calidad de la obra ni ha de tomarse como un elemento de juicio crítico como sucede a veces. Las novelas que se escriben rápido no se olvidan rápidamente, ni siquiera si las lees rápido, si te absorben y se comen una madrugada de tu existencia. Con las otras pasa igual, y la obra se sostiene por sí misma, no la socorre el tiempo invertido en crearla.
Gimferrer creó su poema “Rapsodia” en seis días y pasó luego cinco meses corrigiéndolo. ¿Qué aporta a la calidad? Nada, solo indica que su autor es disciplinado a la hora de corregir que también es escribir. Lo mismo Ramón J. Sender y su ya citado “Réquiem por un campesino español”: seis días y hasta hoy, reeditándose, siendo estudiada, en el parnaso. El propio Sender cita a otro “rápido”, Stendhal, que al dictado y en seis semanas, escribió “La cartuja de Parma”. Y que dicen del bueno de Simenon, esa máquina de escribir cada diez días una novela.
Me tengo que creer a los que guardan en su cajón inéditos de los que no están seguros y también a los que publican asiduamente. Unos y otros pueden creer que son buenos autores, que se ocupan de su oficio como deben. Como lector, tengo el derecho de apreciar o no a los unos y a los otros. Pero esgrimir el tiempo empleado en escribir una obra como fundamento de calidad, es una técnica de marketing, puro mercadeo para los sibaritas falsos de falsa literatura. Y además, no tenemos manera de comprobar ese tiempo en barrica, ese encierro transpirado. Aquí, estoy de acuerdo con Luis Mateo Díez cuando afirma: “Creo que en el arte contemporáneo hay mucha fatuidad y más ocurrencias que ideas”. Hay obras de años de trabajo que son muy malas y otras de ¿pocos? igual de malas: eso, los años, no se notan.
El tiempo invertido en una obra sólo es importante para el escritor, para su paz como artista comprometido consigo mismo y con lo que escribe. Mucho o poco, el tiempo creativo es sólo eso, cantidad y no podemos negar que el famoso “tiempo de calidad” empleado en el oficio es, las más de las veces, lo que de verdad marca la diferencia. Al lector le trae más bien sin cuidado las pocas o muchas horas de transpiración del escritor: quiere una buena novela, un buen cuento, un buen poema. Lo del oficio, es cosa nuestra.
