Cuando Sindo Pacheco lee sus textos dolorosos provoca risa. Vaya paradoja chaplinesca. Donde se debía llorar, la gente explota en carcajadas. Sus temas rozan la tragedia pero están escritos con tal gracia que primero se ríe y luego se nos aprieta la garganta y nos viene a los ojos cierto escozor de lágrimas.
Retrato de los tigres, su más reciente novela, no escapa a ese sino misterioso. Y es que Sindo Pacheco escribe desde la vida y para la vida, sin imposturas intelectualoides. Va a las esencias sin citas pedantes. Lo que los teóricos pudieran ver como espontaneidad es rigor, sufrimiento, destino fatal de esa dificilísima búsqueda de la sencillez que Azorín pedía para la gran literatura. Sus narraciones son pulcras y tersas como la piel adolescentes, porque, en su mayor parte, están escritas desde la adolescencia misma, desde un Sindo Pacheco madurado a golpes, pero a quien no le han matado el niño que fue, que es.
El viernes 22 de mayo fui al Café Demetrio, donde, desde hace cinco años, el poeta Joaquín Gálvez reúne a los compinches de la literatura en la ciudad de Miami. El Café Demetrio, de no ser por Joaquín, sería una esquina más de Coral Gables, pero él la ha convertido, a punta de tesón, perseverancia y entrega, en la ya tradicional Esquina de la Palabra. Pasan por ahí los escritores de todas las edades, todos los talentos, todas las tendencias literarias e ideológicas, todos los puntos cardinales de la desparramada raza errante de la literatura cubana.
Tono trepidante
Fui convocado por Retrato de los tigres, una novela contada como a largos saltos de sapos en el tiempo sin respetar mucho el canon de la progresión dramática, hecha como a “jilitos y jonrones” de un equipo de béisbol manigüero en el que cada jugador tendrá un destino único e irrepetible. Pirolo, el alter ego de Sindo, que también deviene narrador es la voz de la novela. Pero para sorpresa del lector es una voz plural, en la que hasta el lector mismo está incluido.
Para José M. Fernández Pequeño, quien la presentó en sociedad, como quien presenta a una hija querida y hermosa cuando cumple 15 años, “Retrato de los tigres es una novela escrita en un tono trepidante, recreado a partir del habla popular, lo que le permite fundir tiempos, espacios y mentalidades, jugar con una intertextualidad asombrosamente vasta, auténtica por su coherencia con el mundo narrado, y asumir un realismo que no desdeña lo testimonial aunque prefiere la reelaboración íntima del tiempo histórico”. Así dijo Pequeño, otro de los grandes de esa generación de narradores cubanos que tuvieron a su cargo irle quitando la rosadez a tanto realismo edulcorado y alelante que se había producido antes de que ellos levantaran la voz.
Yo fui, no porque Sindo sea mi amigo, y, hace muchos años, me diera en público un abrazo en la Feria del Libro de La Habana, unos días antes de que me condenaran a 18 años de cárcel por escribir de los temas prohibidos, cuando ya muchos no se atrevían siquiera a hacerme un guiño desde lejos. Fui porque Retrato de los tigres cuenta mi propia historia, mis propias emociones, mis propias incertidumbres adolescentes, mi propio dolor y mis alegrías en un mundo que parecía sacado de una realidad kafkiana, así de abarcadora es la novela, a tal extremo que cada lector que se acerque a ella, le parecerá que es su propia historia, su propio retrato.
Cambiar de cabeza
Y es que lo grandioso de Retrato de los tigres es precisamente ese don de pluralizarse que tiene, de ser todos a la vez, por eso quizás el narrador haya asumido “el nosotros” como voz, y con la solapada intención de burlarse del colectivismo, de la pretendida perdida de la individualidad a que fuimos sometidos.
De ello, también habló Pequeño en su presentación. Dijo Pequeño: “Es un discurso de gran originalidad y al mismo tiempo orgánicamente articulado con el de otros narradores cubanos nacidos en los años cincuenta, en especial con los registros del notable novelista tunero Guillermo Vidal. Una narración llena de ingenio y gracia en una novela con fuerte aliento trágico. Una voz que arrastra al lector línea tras línea, preso de la expectación, y tan natural que parece llegar desde la época. Como ocurre con tantos textos de Sindo Pacheco, Retrato de los tigres es una novela agraciada por la espontaneidad”.
Por supuesto, se podría añadir que el discurso narrativo y la aprehensión de las esencias humanas están articulados también con narradores universales como Mark Twain, Thomas Mann o el mismísimo Cervantes, pero sería, quizás, una pedantería que necesitaría de tantas explicaciones que estropearían la supuesta espontaneidad con que se consuma la novela.
