Aylan y Oscar: la política del espectáculo

Jorge Martínez Jorge

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En una de sus más recordadas historietas, hace 50 años atrás, Quino hacía decir a Mafalda una de sus frases, tan lapidarias como imborrables. Parada en su banquito, mientras miraba un globo terráqueo del que no obtenía ninguna respuesta sino cada vez más preguntas, pedía que “paren el mundo que me quiero bajar”.

Plenamente consciente del riesgo de escribir al calor de sucesos tan recientes como los que puedan haber sucedido ayer o una semana atrás, con la probable pérdida de una perspectiva de mayor horizonte temporal que, como el zoom de la cámara, permite siempre una mirada más amplia y desapasionada, no puedo ni quiero sustraerme a él. Mi piel, mis sentidos, mi todavía intacta capacidad de asombro -por suerte, a Dios gracias diría un creyente, a mi torturada razón afirmo yo-, me impiden sustraerme a dos verdaderas perlas de la barbarie que este mundo globalizado y frívolo nos ofrece en la bandeja de plata de los mass media.

Son, claro, los del título: Aylan y Oscar.

Del pequeño Aylan qué podría decir este modesto escriba, invirtiendo horas y ríos de tinta, que no lo haya dicho con un estruendoso silencio la callada imagen del niño dormido en esa ignota playa turca. Dormido sí, porque quién podría decirme que no estaba allí durmiendo, sus rodillas en la fría arena, sus bracitos a cada lado del pequeño cuerpecito y la colita alzada, tal como tantas veces vi dormir a mi nieta, de su misma edad. En el mundo del espectáculo en que vivimos, absortos, nunca tan válido aquello de que una imagen dice más que un millón de palabras.

Dicen, sin embargo, que el niño estaba muerto. Que su vida apenas iniciada había sido truncada por la codicia y frivolidad de unos padres que no hesitaron en poner en riesgo la vida de sus hijos si a cambio de ello conseguían emigrar a las tierras de los belicosos cruzados gobernados por las leyes del ateísmo y la indecencia, en palabras de los voceros de la banda terrorista autodenominada Estado Islámico. De la misma manera que los terroristas de la divinidad usaban al niño muerto para aterrorizar a sus súbditos, con el mensaje de que lo mismo podría ocurrirle a vosotros si obedecéis al Gran Satán, en el mundo pretendidamente civilizado y en nombre del horror, se hacía uso y abuso, hasta el hartazgo, de la misma imagen para arrimar agua a sus respectivos molinos y, las más de las veces, en lugar de agua, dólares. Porque, hoy, gobernados por las redes sociales que más bien parecen telarañas, ¿dónde termina la información y dónde empieza la pornografía?

Desde nuestro mundo, occidental y civilizado, fue necesaria esa imagen para que, al fin, descubriéramos recién ahora que el patio de la vieja Europa estaba atestado de hordas de inmigrantes dispuestos a inmolarse con tal de poner un pie dentro del reino de la perdición y escapar del paraíso islámico del Califato. Por supuesto, con el patio lleno de gente dispuesta a derribar puertas y meterse por las ventanas, los que fungen como líderes todavía no sabían qué hacer con semejante problema. ¡Caramba! ¿Así entonces que hoy ni siquiera se puede ser desarrollado en paz, que tendremos a la chusma todo el tiempo bajo nuestras mismas narices?

Un amigo nos recordaba hoy, un párrafo escrito por Saramago en sus Cuadernos, seguramente por los años 90, que cito textual: “El desplazamiento del sur al norte es inevitable, no valdrán alambradas, muros ni deportaciones: vendrán por millones. Europa será conquistada por los hambrientos. Vienen buscando lo que les robamos. No hay retorno para ellos porque proceden de una hambruna de siglos y vienen rastreando el olor de la pitanza. El reparto cada vez está más cerca. Las trompetas han empezado a sonar. El odio está servido y necesitaremos políticos que sepan estar a las alturas de las circunstancias”. Tanto el contenido premonitorio, como el tono dantesco utilizado por el tan ácido como lúcido portugués, hacían referencia, claramente, a las oleadas inmigratorias desde África fundamentalmente, acicateadas éstas por el hambre milenaria. Se refiere a los eternos postergados, huérfanos hasta de sueños, que sueñan con vivir una vida normal -tres comidas al día, apenas, y un poco de agua limpia- y creen que ello solamente será posible ingresando, así sea a bordo de una patera que en muchos casos servirá de plato a los tiburones, en el patio trasero de Europa.

Sin embargo, éstas oleadas que inundan hoy a Grecia y Hungría, entre otros países, en su imparable marcha hacia El Dorado que suponen, es Alemania, van impelidos por otro hambre, mucho más terrible aún: es el hambre de libertad, de dignidad, que el integrismo bárbaro les niega. Mientras esto pasa y desborda, los líderes -impedidos de seguir con la política del avestruz- atacan la consecuencia -las oleadas inmigratorias- y se desentienden de la causa: la guerra fratricida que asuela a Oriente Medio, mientras los dueños del poder miran para el costado o, peor aún, atizan los conflictos.

Aylan es -era-, en medio de toda esta locura, una gota en el mar que se llevó su vida.

Oscar, en cambio, nunca vio el mar -ni lo verá nunca-, porque Oscar murió ayer, a los 14 años, pesando 11 kilos.

Oscar es –era- un chico argentino de la etnia Qom nacido en la provincia de El Chaco, que es como decir en criollo, alguien destinado a ser el último orejón del tarro, que por serlo murió de desnutrición crónica. Su madre también sufría de desnutrición y había muerto como consecuencia de una patología derivada de tal condición. Al igual que el hijo, dueño de una discapacidad y una tuberculosis rampante, quizás lo único de lo que haya sido dueño en su desgraciada vida.

Ayer, el día en que murió Oscar, la Argentina asistía a una puesta en escena de la Señora Presidente Cristina Fernández, viuda de Kirchner, para apoyar a su candidato a corregidor que devino en escándalo farisaico cuando en una de sus habituales hemorragias verbales sollozó –al Colón, al Colón, coreaban los argentinos cuando un actor merecía el aplauso por su actuación– al proclamar urbi et orbi que en su Argentina, nunca, pero nunca jamás, van a permitir morir a ningún Aylan en sus playas.

De Oscar, el chico Qom que era parte de sus cuarenta millones de argentinos y argentinas de los que se cree reina, ni una palabra. Silencio. Lo que no se nombra, no existe. En el Chaco no hay hambre. En Argentina no hay desnutrición.

Argentina, por si a algún lector se le escapa de qué se trata, es un vasto territorio que hace 200 años se independizó del yugo español y supo ser, hasta hace un siglo atrás, una de las primeras 10 potencias mundiales, granero del mundo, inconmensurable tierra de promisión capaz de alimentar continentes enteros. Argentina es ese país que de la mano de un milico megalómano y nazi, decidió emprender un camino sin escalas hacia el subdesarrollo, con singular éxito. Argentina es ese país que cada tanto le declara una guerrita a la Reina del Reino Unido por unas islitas que el 99% de los argentinos no conoce ni conocerá nunca. Argentina es ese país que festeja cuando no paga y nunca paga. Argentina es ese país que carece de inflación y de hambre por decreto.

Argentina es ese país donde lo que importa es la farándula, y la muerte de un chico por desnutrición puede ser ignorada por su Presidente mientras solloza por un niño sirio muerto en playas turcas, mientras revolea histéricamente sus manos cubiertas por decenas de miles de dólares, en tanto una barra con cánticos futboleros le festeja el delirio. Y mientras la mitad del país aplaude su cháchara, la otra mitad hace de la muerte un obsceno escenario de escarnio, valiéndose, cómo no, de los medios. Total, que lo que menos importa, es Oscar.

Saramago se murió viejo sin que aparecieran los políticos que sepan estar a las alturas de las circunstancias. No habría tenido suerte ni viviendo un siglo y medio.

Mafalda tampoco tuvo suerte y el mundo siguió andando, así que de nada vale esperar a que pare, para que todo esto que nos repugna no siga sucediendo. Así las cosas, cuando ya no podamos soportarlo, solamente nos quedará arrojarnos del tren en movimiento. Y que siga la farándula, pero sin nosotros.

Del Autor

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Jorge Martínez Jorge
Escritor y periodista uruguayo independiente, radicado en Punta del Este, Maldonado, Uruguay Como periodista ha colaborado con medios de prensa escritos locales y regionales (Revista La Plaza, Semanario Palabra) habiendo sido columnista y editorialista del Diario La Región de Maldonado, publicando además columnas de opinión en su blog El Mirador Independiente. Como escritor ha publicado en diversos medios digitales (El Libro de Arena, Unión Hispanoamericana de Escritores, bajo el seudónimo Lectoradicto), ha colaborado en género Narrativa y Poesía con publicaciones digitales como Molino de Letras. Publica periódicamente relatos y cuentos breves en su blog “El sitio literario de Lectoradicto”.