De Cuba y los cubanos

Antonio Álvarez Gil

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Los cubanos que andamos dispersos por el mundo somos en estos tiempos objeto de las más disímiles preguntas relacionadas con nuestro país. Es natural, pues los acontecimientos de las últimas fechas nos han puesto una vez más de moda. Sin embargo y en honor a la verdad, siento que el interés al que me refiero no lo es tanto por la suerte real de Cuba como por conocer nuestra posición sobre el asunto. No sé por qué motivo es necesario fijar a cada cubano en alguna de las dos casillas que actualmente parecen regir el pensamiento de propios y foráneos cuando se habla de nuestro país. Me refiero, desde luego, a las relaciones entre Cuba y los Estados Unidos. A favor o en contra, esa es la cuestión. Lo peor de todo es que entre muchos cubanos del exilio o de la oposición en la Isla el tono de las declaraciones sube y se radicaliza a cada día. Las respuestas van en dos grupos, como el pueblo, como el exilio mismo y como casi todo lo que tiene que ver con los cubanos, ya se trate de Arte, Literatura, música o política. “¿Conmigo o sinmigo?”, como dijo cierta vez un alcalde en mi pueblo. Yo me pregunto el porqué de tanta división. ¿Es que no puede haber matices? ¿Acaso los cubanos no pueden desear lo mejor para su tierra y hacerlo cada uno a su manera, con sus propios criterios y opiniones? ¿O alguien tiene la verdad absoluta, la fórmula para llevar el progreso y la felicidad a los habitantes de nuestra sufrida isla?

Hace un tiempo circuló por la Red una especie de fábula sobre cierto profeta que hablaba de los cubanos, de su afán de protagonismo y su vana pretensión de poseer la llave del cofre que contiene todas las verdades del mundo. Aquello era un chiste; pero contenía, sin lugar a dudas, varias definiciones muy precisas sobre las cualidades del hombre nacido y criado en nuestra tierra. Y siempre, cada vez que la ocasión lo requiere, se levantan tantas voces como cubanos tengan posibilidad de hacer uso de la palabra, para gritar su verdad a los ojos del mundo. Y no sólo para gritar la suya, sino también para hacerlo tan alto que su alarido acalle la voz de su paisano o compatriota, que posiblemente piense de una manera distinta; pero cuya verdad puede que complemente la verdad del primero. Nadie se detiene a pensar que tal vez esas dos verdades juntas sean la vía para construir la sociedad próspera, floreciente y feliz que todos deseamos para Cuba y su pueblo.

Si los cubanos no gastaran tanto tiempo en luchas de aldea, en exaltar su ego y aspirar al protagonismo exclusivo y excluyente sobre cualquier cosa que esté en juego, tal vez sería más fácil resolver los grandes problemas materiales o éticos en los que naufraga actualmente nuestro pueblo en la Isla. ¿Será capaz algún día el cubano del exilio de dejar de mirarse al ombligo y pensar en quienes verdaderamente sufren y se debaten entre el atraso, la pobreza y la desesperanza, es decir, en los hermanos que permanecen en Cuba? Es más, ¿será capaz ese cubano de éxito, ese hombre que vive feliz en tierra ajena, de saber que allí, en la Isla donde nació, creció y fue a la escuela y tal vez a la universidad, hay un pueblo —su propio pueblo— que necesita ayuda y solidaridad?

En un número ya lejano de OtroLunes publiqué un artículo donde defendía al exilio histórico de Miami. No repetiré mis argumentos de entonces, pues, como reza la conocida frase, lo escrito, escrito está. Diré solamente que yo entendía, e incluso defendía, la posición de aquellos compatriotas. Hoy, a la luz de los acontecimientos que giran alrededor de Cuba, he vuelto a leer aquellas páginas y me siento satisfecho de ellas. Muchas veces las personas medianamente inteligentes cambian su línea de pensamiento en función de los hechos acaecidos en la vida real. Pues bien, en lo relacionado con los cubanos del exilio histórico de Miami, sigo pensando lo mismo que antes. Ello no significa necesariamente que tenga razón en las ideas que volqué en aquel artículo, sino que pienso más o menos como pensaba entonces.

Dicho esto, me pregunto por qué el resto de los cubanos exiliados —entre los cuales me cuento— debe pensar y actuar del mismo modo que aquellos hombres y mujeres que vieron derrumbarse el mundo que habían construido a través de años de trabajo y esfuerzo creador. ¿Cuántos de los actuales exiliados —o inmigrantes, que los hay por miles— han perdido ingenios, latifundios, fábricas o cualquier otro tipo de riqueza a manos del régimen que llegó a Cuba en 1959 y que ha desmontado aquel próspero país que fue la Cuba de la década de los años 50? Pienso que no son muchos.

Yo quisiera saber cuántas de estas personas tienen a su familia sufriendo penurias en la Isla, cuántos de ellos han pasado por las cárceles castristas, cuántos se han sacrificado realmente por cambiar el estado de cosas en Cuba. La vida muestra cada día que la pureza ideológica es un valor en falta. Ojalá estuviera equivocado; pero a veces me da la impresión de que al diletante político cubano, tanto de un bando como del otro, le interesa menos la suerte de su pueblo que la política en sí misma —o el politiqueo, más bien— ese viejo arte que, reconvertido en oficio, puede resultar una manera razonablemente segura de vivir, de buen vivir.

Ahora no tenemos país que gobernar ni suelo patrio que pisar o trabajo que realizar por el bien de nuestro pueblo. Sólo se trata de escribir artículos o entonar discursos, de reunirse y debatir las más disímiles hipótesis sobre el futuro de Cuba, casi siempre desde lugares seguros y en condiciones más o menos mullidas. Y ni siquiera así se ponen de acuerdo los cubanos en casi nada. En lugar de ello, hacen de la ofensa y la descalificación su arma más letal y recurrente. Visto lo visto, ¿qué suerte espera al cubano del pueblo cuando deba sufrir (o más bien, seguir sufriendo) los gobiernos de quienes no saben juntar y construir, sino, casi exclusivamente, denostar, dividir y destruir? Ya queda menos para verlo.

 

 

Del Autor

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Antonio Álvarez Gil
(Melena del Sur, La Habana, 1947). Ha publicado Una muchacha en el andén (Ediciones Unión, La Habana, 1986), Unos y otros(Ediciones Unión, La Habana, 1990), Del tiempo y las cosas (Ediciones Unión, La Habana, 1993),Fin del capítulo ruso (Ediciones Vintén, Montevideo, Uruguay, 1998), Las largas horas de la noche (Editorial Universidad de San José, Costa Rica, 2000; Editorial Plaza Mayor, Puerto Rico, 2003), Naufragios (Algaida Editores, Sevilla, 2002), Delirio nórdico (Algaida Editores, Sevilla, 2004), Nunca es tarde (Fundación José Manuel Lara, Sevilla, 2005), La otra Cuba (Centro Cultural de la Generación del 27, Málaga, 2005). Entre sus muchos premios destacan el Premio de novela Ciudad de Badajoz (España, V edición) y el Premio de novela del Ateneo ciudad de Valladolid (España, en su LI edición). Álvarez Gil aparece incluido en varias antologías del cuento contemporáneo. Cuentos y artículos suyos han aparecido en publicaciones de España, Italia, Suecia, Estados Unidos y Latinoamérica. Es miembro de la Asociación de Escritores de Suecia. Desde 1994 reside en Estocolmo. Acaba de publicar las novelas Después de Cuba en la editorial española Baile del Sol y Perdido en Buenos Aires (2010), con la que obtuvo el Premio Internacional “Mario Vargas Llosa”, de la Universidad de Murcia en el 2009. Sus novelas más recientes son Callejones de Arbat (2012) y Annika desnuda (2015).