Uno de los daños colaterales que me dejó ver la película Reservoir dogs, de Quentin Trantino, allá por los inicios de los años noventa, fue una duda más que razonable respecto a dejar o no propina en los restaurantes. El inefable Mr. Pink, espléndidamente interpretado por Steve Buscemi, se ganó un altar en la religión del cinismo al defender su dólar como un perro de reserva. “¿Sabes lo que es esto?”, pregunta mientras frota las yemas de sus dedos índice y pulgar, “es el violín más pequeño del mundo tocando sólo para las meseras.” Le dieron ganas a mis 23 años de aplaudir en el cine. Para mí, lo supe después, allí murieron el héroe y el villano que, como si nada, dejan un propinón.
¿Qué carajo significa la propina?, me pregunté no pocas veces.
Lo que sabe decir el diccionario, como siempre, no es mucho: la palabra viene del latín propinare, que significa “dar de beber”, lo cual facilita suponer el origen de estas dádivas: mitigar la sed del que se esforzó por ayudarnos. En México hay una expresión popular que recupera el sentido original de la propina: “darle a alguien para su refresco”. La expresión francesa es pourboire: “para beber”. Los rusos usan datch na chai, o sea “dar para el té” (aunque sospechemos lo que beberá un ruso si se le remunera). Y resulta curioso notar cómo las expresiones alemana y norteamericana (trinkgeld y tip, respectivamente) se parecen por cuanto significan en principio “punta”. En Roma antigua “propinar una paliza” al mal servidor era una práctica común.
En estos tiempos la propina es una cantidad de dinero con la que se gratifica un buen servicio. Al menos lo es en teoría. Por desdicha, no son pocas las ciudades del mundo en donde propina se acepta como la cantidad con la que se complementa un mal salario. Ya en 1627 Francis Bacon en su utopía Nueva Atlántida imaginó una sociedad perfecta en donde los funcionarios se indignaban cuando se les ofrecía una retribución. “No se cobra dos veces un trabajo”, enfatizaban.
Recuerdo una pequeña cafetería de Playa del Carmen, donde comí el mejor tiramisú de la historia, en cuya fachada lucía un letrero que, con letras más grandes que las del nombre del negocio, declaraba (exclamaba): NO TIPS. Su dueño, un italiano jubilado, estaba dispuesto a explicar –con vehemencia y cuantas veces fuera preciso— las razones por las que está convencido que la propina es el germen de la corrupción. La propina, decía, es un artilugio indigno, con el que los patrones endilgan a sus clientes la responsabilidad de pagar bien a sus empleados.
Como suele ocurrirme, llevé demasiado lejos mi curiosidad e indagué en las leyes. Comprobé con disgusto que en México las políticas salariales consideran la propina como parte del sueldo. Dice la Ley del trabajo: “Las propinas son parte del salario de los trabajadores”, en alusión a los empleados de hoteles, restaurantes, bares, etc. Este concepto se traduce en una omisión de las obligaciones del patrón pero también en un imperativo moral para los clientes: es un crimen no dejar propina, esta gente depende de ella. Con lo anterior se le suprime el carácter de gratificación voluntaria y se fuerza el donativo, incluso a pesar de un mal servicio. El resultado es simple y en ocasiones perturbador: los empleados exigen su propina, a veces a la mala.
No soy el tipo que le suelta medio dólar a la mesera mientras le dice: “Cómprate algo bonito”. Tampoco soy la Fundación Rockefeller. El uso y el sentido común aconsejan que esta compensación corresponda a un 10 o 15% del valor total del producto o servicio. Pero bien sé que esto no siempre es justo porque en ocasiones la cantidad recibida por el servidor no es proporcional al esfuerzo empleado en el servicio. Así por ejemplo, en un restaurante lujoso, el mesero que lleva a la mesa una langosta y una botella de vino importado se embolsa mucho más que el obrero que se derrenga para subir un tanque de gas de cuarenta kilos a la azotea de una casa de dos pisos. En cambio, si un parroquiano consume sólo café con derecho a que le llenen su taza infinitamente, un diez por ciento de propina producirá sentimientos en el mesero que es mejor no explorar.
Lo cierto es que, cada vez más, la vapuleada economía favorece el cinismo. Puede ser que la próxima vez que alguien me exija una gratificación, le diga citando a Mr. Pink: “No dejo propina. No creo en eso”.
