“La distancia entre un padre y un hijo es un cuento” Hace unos días le oí este dicho a una maestra y de inmediato me invadieron los recuerdos de mi infancia y mis aventuras con mi bisabuelo. Fue el mejor narrador oral del mundo. Sus historias eran capaces de activar una conexión inefable con los bisnietos oyentes. Era un genio. Lograba sin ningún tipo de esfuerzo, activarme los sentidos, al punto que yo, con cada una de sus descripciones conseguía percibir el olor a tierra mojada, sentir las caricias de una mano rugosa o saborear sus famosas jaleas de grosella que años atrás él preparaba para que una supuesta mujer vestida de blanco no desatara su furia si se le antojaba entrar a nuestra casa en medio de la noche y no hallara algún dulce en la alacena.
Escuchar un relato bien contado es subirnos a un trampolín que nos impulsa hacia un mundo de aventuras. Eso sí. Siempre y cuando tengamos claro que no se trata de memorizar un texto o leerlo en voz alta como un robot incapaz de transmitir algún tipo de emoción. Al contrario. La narración oral implica cierto talento para producir vibraciones, entusiasmo y suspenso en el público, a través de una adecuada entonación, gestos y ademanes que crean sinergia con las palabras que pronunciamos al construir la historia.
El pasado mes de agosto se realizó en Panamá la XI Feria Internacional del Libro, la cual tuvo un componente cultural nuevo: el primer encuentro internacional de narración oral “Para qué te cuento 2015”
Participaron narradores nacionales de la Red Panameña de Narradores de Historias: Adriana Sautú, Dagoberto Chung, Margarita González, Basilio Famanía, María Elena de Famanía junto a los narradores internacionales Alexis Herrera Alquijay y César Soto de Guatemala, José Martínez de Costa Rica, Jairo Esteban Giraldo de Colombia y Paola Martínez de Venezuela.
Pese a que el encuentro se desarrolló en el pabellón infantil, las actividades no solo fueron para los niños. Los más grandes, de igual forma, fuimos invitados a sumergirnos en cada uno de los relatos.
Seamos francos: a los adultos también nos enamora lo lúdico, lo artístico, lo mágico… A todos nos gusta que nos cuenten historias. Y con esto no pretendo transmitir que es más importante escuchar un relato que leerlo. Sin embargo, en esta época en la que se nos bombardea con lo visual, urge estimular el sentido de la audición. Muchas veces es por medio del oído que se nos siembra la curiosidad para envolvernos en el mundo de la lectura.
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Hace un par de semanas, una muy buena amiga me invitó a cenar a su casa. Ambas nos sentamos en unos muebles cerca del comedor, mientras que su hijo adolescente se colocó en un escritorio diagonal a nosotras. Él debía estudiar “La Primera Guerra Mundial”. Con flojera y a regañadientes, luchaba contra el texto (aburrido hasta la zapatilla1, según él) y la cara de enojo de su madre, a lo que le dije en medio del tenso entorno.
−¿Qué tal si entramos a youtube y buscamos a Diana Uribe? ¿Sabes quién es?
−No sé, pero ok.
Procedí a conversar con el muchacho y le hablé un poco sobre la reconocida historiadora. Y menciono a Diana Uribe pues, pese a que relata hechos históricos, posee una habilidad única para crear curiosidad y captar la atención de quienes la escuchan, al añadir un toque de sazón a sus palabras.
Luego, empezamos a estudiar los audios y no pasaron ni 10 minutos cuando el joven quedó enganchado. Al terminar, ya con un panorama más amplio y un par de sonrisas, abrimos el libro y el ambiente se tornó más ameno.
Todos los escritores debemos procurar desarrollar el arte de la narración oral. No hay nada más tedioso que ir a la presentación de un libro y que el propio autor comparta sus cuentos sin involucrar la pasión y con la inexorable rigidez de una muñeca mecánica.
Demos el 100% para atrapar al público con el uso equilibrado de la expresión corporal y los diferentes sonidos que produce nuestra voz. Hagamos creíbles nuestras historias; consigamos que las personas se sorprendan al escucharnos, que sean como niños y que mantengan siempre viva, la capacidad de asombro.
