Hace un año, Julio 29 de 2014, mi querido maestro Rafael E. Saumell publicó en “Talebú”, su blog, una reseña de Carlos Embale recordándolo en la gloria de su voz maravillosa, “tan privilegiada como la de Frank Sinatra pero en clave de guaguancó y de son” nos dijo, ligándolo en el recuerdo a “Mañungo” y “Yin” Pedraza los autores del son “La vida es una semana” que fue el motivo inmediato de la nostalgia al escuchar con los oídos del alma el canto de Embale acompañado por el Septeto Nacional de Ignacio Piñeiro, y repitiendo el estribillo de la canción: “sábado triste, domingo feliz”. No tan felices fueron los últimos días del cantante que arrastró en ellos su existencia entre limosmas y alcohol. En esa ocasión y como comentario al blog, escribí lo siguiente:
“Si, la vida es una semana, aunque a veces parece un minuto que identifica el efímero marcador de la felicidad, o un siglo inmerso en la arrogancia de la tristeza. Entre los dos extremos anida lo demás, lo que va de los lunes a los viernes y se cristaliza en menor o mayor medida en el segundo efímero o el arrogante siglo, el balance es lo que nos hace el día a día, eso que no siempre reconocemos, hasta que llegan el poeta y la voz que lo canta contándonos que no todo son idílicos poemas ni los rencores que abonamos hasta llevarlos al jardín de los olvidos, que no todo es tan repetitivo y común porque por aquí pasaron Eugenio (Yin) Pedraza Ginori y Rafael Ortiz “Mañungo” para decirnos lo que de verdad sentimos; lo expresaron no solo en las palabras porque ellas estuvieron matizadas con las voces, la de Carlos Embalé, quien pudo sacudirnos las arenas contaminantes dejándonos solo la raíz del sentimiento saliendo a borbotones de su prodigiosa garganta, impactándonos el corazón y amarrándonos a la tierra, a la vida, con todo y su carga feliz y detestable, la gloriosa del inolvidable verso cantando que la vida “hay que aprenderla a vivir”, y la de la derrota deambulando harapiento, hambriento e ignorado.
El estribillo de la canción contradice la caracterización de uno de los síndromes frecuentes de la psiquiatría achacado a los afanes del mundo moderno: la depresión de la tarde del domingo ante la aplastante inminencia del lunes, por eso es un momento de la semana con gran número de infartos y suicidios. Pero en este ahora lo que nos importa es ese Son que en la voz de Carlos Embale nos reta, porque así es la vida, entre tristeza y felicidad hay que aprenderla a vivir. Gracias a Rafael Saumell y Carlos Embale, maestros de letras, de música y de vida, por acercárnosla como una lección de supervivencia.”
Días más tarde, caminando de nuevo con Rafael por el camino de lo que las canciones dicen, llegamos a la ancha calle del despecho, la de los “corazones heridos”.
El despecho, ese sentimiento que nos reduce la autoestima a cero y nos hace sentir que “mejor sería morir”, ha sido motivo de innumerables canciones de todo género y época. En el bolero, la ranchera y el tango hay buena cantidad de ejemplos sobresalientes. La temperatura del dolor es variable y acorde a la cercanía de la pérdida y al grado de enfermedad mental en que haya quedado la persona abandonada.
Las hay para llorar a lágrima viva y con aguardiente o tequila al frente, el vino es demasiado poco. Son generalmente las del momento inmediatamente posterior a la partida del ingrato, allí caben Julio Jaramillo en “me duele el corazón, no siento el alma, me duelen los recuerdos que dejaste”, porque en ese estado solo se quiere llorar, despedirse del mundo, acostarse a dormir y no despertar de nuevo, así que si te pasa cante con fuerza, en el patio o en el baño “Por qué no he de llorar, si lo que más quería, se fue mi noche y día, se acaba de marchar”. Cuando ya se es capaz de decir “Ojalá que te vaya bonito”, y “que conozcas personas más buenas” se está acercando la etapa siguiente.
Porque con el tiempo el despecho se va trasformando en el dolor por la lejanía, el de la dicha perdida más el deseo por regresar a ella; eso que llamamos la nostalgia. Entonces las canciones pasan a ser el “No me vuelvo a enamorar, totalmente para que” adobado con algo como “De qué manera te olvido, de qué manera yo entierro, ese cariño maldito”, o lo magistralmente descrito en el tango de Enrique Cadicamo: “Nostalgias, de escuchar tu risa loca y sentir junto a mi boca, como un fuego, su respiración”. Luego hay varios después posibles.
El mejor, o al menos el más deseable aunque un poco utópico, es el poder compartir con Roberto Ledesma el “Que raro, ayer te vi pasar, y al quererte llamar, la verdad es para que te asombres, a pesar de lo mucho que te amé, me puedes tu creer, se me olvidó tu nombre”. Pero si el corazón no sanó eficientemente del profundo desgarro, la identidad cae con las canciones llenas de malos deseos: “Ojalá que te mueras que se abra la tierra, y te hundas en ella, que todos te olviden” o con las de insultos y amenazas con frecuencia inmersas en el colmo del mal gusto cual la “rata de dos patas”.
Finalmente para los que siguen viviendo en el dolor de la pérdida, o en términos psiquiátricos, “sin elaborar su duelo”, queda una última instancia, la que en el mundo real es imposible y solo ocurre en la imaginación de los abandonados, y a lo mejor en las telenovelas. Lo que pasa es que quien se va, se fue porque tiene cobija nueva, con frecuencia más joven o mejor “partido”, quizá de mayor belleza, de mejor arrunche, o que se yo. Entonces necesitan meterse el cuento de ser los inolvidables, negándose que son ellos los que no logran olvidar a “la ingrata que se fue”, por eso cantan: “Pero no lo acaricies nunca así, por tu bien lo digo porque si lo haces, te vas a acordar de mí”.
