Los rasgos fundamentales que definen el humanismo contemporáneo son la afirmación decidida de la dignidad humana y la preocupación por todos los problemas específicamente humanos. Es por ello que el humanista se afirma entonces como radicalmente opuesto a toda concepción filosófica, sociológica, jurídica, política, etc. que pretenda convertir al ser humano en un simple instrumento, suponga su enajenación y alienación, lo reduzca a mero instinto o niegue su libertad esencial.
La filosofía humanista induce a amar y valorar la libertad por encima de todas las cosas; y no sólo la libertad propia, sino también la de los demás; y tanto la libertad exterior como la interior. Tan serio, firme y convencido compromiso con la libertad conduce al pensador humanista a “buscar la máxima medida históricamente posible de legítima libertad exterior y poner los medios para no verse nunca privado de libertad interior.”1
La dimensión social y política del ser humano es, pues, preocupación central del humanismo. Tanto es así que no puede hablarse de humanismo allí donde los más aparezcan sojuzgados por la voluntad de unos pocos; donde una masa ciega actúe bajo el dictado exclusivo de un líder clarividente y mesiánico y los ciudadanos no sean dueños de sus propias vidas y de sus propios destinos.
El humanismo contemporáneo se opone de manera firme y decidida a que “la mayoría de los hombres vivan por promoción y los unos sean señores, los otros esclavos”; “se caracteriza por su voluntad de hacer ser a los que no son nada.”2
La búsqueda de la libertad interior (amenazada desde el exterior de manera continua por una pluralidad de factores), lleva al humanista al cultivo del espíritu y de sus potencialidades, a la búsqueda de la riqueza y fortaleza interiores. El humanismo, por tanto, propicia un estilo de vida regido por el culto de la armonía, la proporción y la mesura; cualidades éstas que conducen a su vez al buen gusto, a lo sensible y aún a lo exquisito. De aquí la pasión del humanista por las obras de los clásicos de la antigüedad grecolatina, obras que frecuenta, estudia y analiza con devoción y esmero.
En el esfuerzo del humanista por la consecución de la libertad interior –aspiración irrenunciable–, conviene destacar dos cualidades que revisten una enorme trascendencia: el desarrollo del sentido crítico y el desarrollo del juicio. Son estas dos cualidades herramientas valiosísimas que el humanista forja, trabaja y afina con esmero a través de la cultura y de la formación humanística.
La cultura –no creo que haga falta resaltarlo aquí– no entendida como erudición y acopio o almacenamiento de datos e informaciones, sino por el contrario como fermento generativo, vivencia, interiorización y asimilación de conocimientos y experiencias que se hacen carne propia y configuran una visión estructurada del mundo y de la realidad, que posibilita una vida más plena, que refuerza nuestra capacidad de participación activa y consciente en las cosas del mundo y de los hombres, y, por tanto, nuestra dimensión de seres libres. La cultura así entendida, pues, ejercita el espíritu y nos pone en disposición de dar nuestros mejores frutos.
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Presupuestos esenciales del pensamiento humanista son la afirmación del valor de la razón como órgano del conocimiento de la verdad; el asumir al ser humano como perfectible y capaz de realizar y promover el bien; y creer en la excelencia de hombres y mujeres… De aquí que el pensamiento humanista crea firmemente en la educación y en el superior concepto de la formación.
La formación humanística persigue la plenitud, la educación global y/o integral del individuo. Ésta buscará pues dotar al educando de un conjunto de conocimientos que le habrán de permitir llevar una vida más rica, consciente y satisfactoria; lo que se logra formando su juicio crítico; enseñándole a discernir entre lo bueno y lo malo; propiciando el cultivo de valores y actitudes individuales y sociales y el desarrollo de la imaginación y de la creatividad.
El objetivo de las humanidades tradicionales (Filosofía, Literatura, Historia, etc.), y de las llamadas nuevas humanidades (Psicología, Filología, etc.), no es ni más ni menos que el de ayudar al ser humano a reconocerse y aceptarse a sí mismo (y también, desde luego, a los demás) con sus grandezas y sus limitaciones; dotarlo de la capacidad para valorar en su justa medida las aportaciones de las generaciones precedentes y, a su vez, encontrar estímulo y aliento en ellas. Asimismo, las disciplinas humanísticas insuflan en el espíritu del hombre la admiración por los valores éticos, estéticos, sociales y espirituales; hacen a éste proclive al diálogo, a la solidaridad, a la comprensión, a la tolerancia; le dotan, por último, de inteligencia, fortaleza y voluntad.
No estoy adoptando, en lo hasta aquí expuesto, al reflexionar sobre el hombre y la mujer humanistas, el modelo del “uomo universale”, el del sabio enciclopédico propio del Renacimiento cuyo paradigma sería Leonardo Da Vinci. Este modelo no lo creo en verdad factible hoy, al menos no en su totalidad, dada la enorme complejidad que han alcanzado las ciencias. Pero asimismo de ningún modo es deseable la extrema especialización que se nos impone y prevalece en nuestros días.
A mi modesto entender lo que los tiempos demandan hoy son ciudadanos que compaginen su condición de especialistas con un espíritu y una visión universales. No sólo las ciencias deben mirarse entre sí, sino que también las Humanidades y la Ciencia deben acercarse y enriquecerse mutuamente. Debemos ser capaces de romper con el enfrentamiento, con el divorcio y la separación extremos existente hasta hoy entre estos dos ámbitos del saber. Porque de ningún modo existen dos culturas, dos saberes: Humanismo y Ciencia, sino que hay dos formas o modalidades de conocimiento: el sensible, a través de los sentidos, y el intelectual, a través de la razón; y ambos concurren en la íntima e indisoluble unidad de la persona humana.
El humanismo, bueno es decirlo, es un optimismo lúcido, integrador, una decidida apuesta por el ser humano y sus potencialidades y, en definitiva, por la vida; un fervor razonante que nos salva del nihilismo y de la cosificación.
