Acto fallido y otros poemas

 

Poesía

Rebeca Henríquez

Rebeca-Enriquez-orilla-otrolunes-35Rebeca Henríquez nació el 18 de octubre de 1982 en San Salvador, El Salvador. Escritora y Arte Educadora. Estudió Licenciatura en Ciencias Jurídicas en la Universidad de El Salvador y Educación Artística en la Universidad Dr. José Matías Delgado. Ha obtenido los siguientes reconocimientos: Premio Único en los IXX Juegos Florales de Usulután en el género de poesía. Certamen Nacional para jóvenes, 2011; Premio Único en los XX Juegos Florales de Usulután en el género de poesía. Certamen Nacional para jóvenes, 2012; Premio Único en los XVII Juegos Florales de La Unión en el género de poesía infantil. Certamen Nacional, 2012; Autora del mes de Octubre por la Dirección Nacional de Artes de la Secretaría de Cultura de la Presidencia, 2014. Parte de su obra ha sido publicada en: Antología de poesía joven salvadoreña “Las otras voces” (Dirección de publicaciones e impresos de la Secretaría de Cultura de la Presidencia, 2011. El Salvador) y El verano aventurero (Poesía infantil. Colección Juegos Florales Vol. 8. Dirección de publicaciones e impresos de la Secretaría de Cultura de la Presidencia. 2013: Tiene inéditos los libros Estropicios de una ciudad. Poesía, 2012; En el año del error. Poesía, 2013; Kiro. Álbum infantil, 2013; El viaje inolvidable. Poesía infantil, 2014; Lagartijas de nubes. Poesía infantil, 2014 y Vidas irremediables. Cuento, 2014. Parte de su labor creativa puede encontrarse en los Sitios web: https://rebecahenriquez.blogspot.comhttps://lagartijasdenubes.blogspot.com

 

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Acto fallido

Sé que la distancia es el velo oscuro de la incertidumbre,
que cuando alguien se marcha
la negrura va poblando cada tramo que se avanza;
aunque se vaya con presura
o con el sigilo de unas pisadas sobre losas marchitas.
Los escarabajos se agolpan en los caminos como piedras.
El aceite de los furgones anega las avenidas.
Los atajos y senderos se vuelven puentes corroídos
sobre avernos tremendos.
Y por más que intente retornar por el mismo camino,
estatuas de sal quedan en lugar de pasos
hasta que el viajero es sólo ese aliento
que inicia las más temibles tolvaneras.

 

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El extranjero

Llegó a una ciudad cuyo verano se extendía por años.
Los lagartos en sus calles eran estatuas
cubiertas de un moho impenetrable.
Perros mortecinos seguían a los transeúntes
y éstos huían
y fragmentaban con sus rostros los hatajos vibrantes
de moscas y de mosquitos.

La ciudad y su verano implacable
le recibieron por la noche,
con el talante de una tolvanera
ante el forastero que se emplaza.

No era él,
en aquel tiempo,
un viajero intrépido avanzando de frente y sin retorno
por cada paraje mundano que se le antoja o se le permite.
Era, más bien, un vagabundo
que llevaba consigo
adherido a su memoria
la rudeza de un invierno.

Y como si fuese rastreable la tundra
le cercaron los coyotes, libélulas y culebras.
Le horadaron el rostro con sus colmillos y aguijones.
Le vaciaron en una pila amplísima
y se volvió como un lago rodeado de montañas
que eran los niños y los ancianos.
Los hombres se desvistieron y mojaron sus espaldas.
Las mujeres acarrearon en cántaros lo que podían.
La ciudad fue regada desde los picos de las aves
y la maleza sucumbió al verdor.

Su cuerpo fue arrojado en el páramo.
Sus ojos aún abiertos vieron las nubes de una tormenta.
Y luego,
como en un renacimiento,
el alba le acogió en un bautismo de fulgor.

 

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Accidente vial

El asfalto le engulle en la plenitud del día.
Sus sandalias son nuevas sobre la vejez de la brea y la tierra.
Sus talones, esponjas blancas que absorben la escoria del Seol,
huyen del aceite que vierten los autos sobre la carretera
y del infierno lijoso que en ella se abre.
Una bocina insiste en gritar su nombre
y le convida donde la negrura cae con tal rudeza
que la memoria se ensombrece
con el dolor que se extiende sobre la acera.
La sangre deshace sus huellas al instante en que se voltea a buscarlas.
El sol es un eclipse que mutila los ojos de quien le mira
y las nubes, como telones opacos,
encierran pájaros y tormentas.
El tiempo es parecido a la muerte: perenne y llano,
y la llovizna que anticipa un diluvio
sabe a sidra de manzanas en el principio de una fiesta.

 

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Reflexión mundana

A mi madre, porque la nostalgia no le es exclusiva.

 

Viajar por el mundo.
Mirar desde un asfalto nuevo hacia la noche nebulosa
y descubrir a Casiopea con su mismo resplandor
pero distinta,
es algo muy sencillo.
Basta con acumular desvelos en una alcancía.
Basta con almacenar el suspiro inconforme
y hacer de los sueños,
la faena cotidiana.

Ahora conozco el mundo.
Una plaza está siendo diseñada
con el batir de mis pestañas.
Las casas de las provincias, pueblos y capitales
se aglomeran prontas para ser estampas.
Las monedas surten estrepitosas desde mis palmas.
Los portales y teatros se acuestan
sobre un álbum antiguo.
Con mi mano toco el agua de todas las fuentes
y el paso de un ave
como la sombra de una turba de bombarderos
nubla el firmamento.

Conozco el mundo.
Sé de las personas que sellan sus labios para no maldecir,
de las que conciben injurias en lugar de hijos hermosos,
de las que usan tacones tan altos
que sus cabelleras pajizas
se enredan en las turbinas de los aviones
hasta que pierden la razón.
Sé de sus lamentos también;
de cómo sus latidos se entrecortan
con la miseria y la guerra,
de cómo los narcóticos abaten las noches
como huestes multicolores.
Sé de los museos insólitos de Oriente,
de las leyendas en vocablos antiguos
de los templos erigidos para deidades malignas,
así como de los congresos y los gobiernos.

El mundo cuelga de mi cuello;
es un relicario forjado en las brasas de un universo
que cada día esculpo
en el centro de mi mano.

 

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Zona abisal

Temo tanto al océano,
al foso oscuro en el que los tiburones y las orcas
sepultan sus cadáveres,
que mi cuerpo sin vida terminará ahí;
junto a las Arañas de Mar,
bajo una Esponja vítrea que los buceadores
verán como un baúl que no se sumerge,
y que se ilumina a ratos por los moluscos
que dilatan sus poros refulgentes sobre él.

Ahí, en esa profundidad,
sé que nadie erigirá una lápida en algún lenguaje humano.
Nadie reconocerá mi osamenta
combinada con la tierra, las orugas y la hierba.
Tampoco dejarán ramas de ciprés ni dulces de leche
ni siquiera una letanía
sobre las piedras de un sepulcro
en el día de los muertos.
El océano y sus aguas distantes,
aquellas que no son dignas de conocer ni de imaginar,
me sostendrán.

Porque sólo ahora
—con este brío apenas concebido
para entender sobre las ciencias, la historia y la guerra—
es que obtengo el aliento del polvo
y el licor del aguacero para sobrevivir.

 

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Xonaxi Belachina

Sexto presagio funesto: Muchas veces se oía, una mujer lloraba;
iba gritando por la noche; andaba dando grandes gritos:
-¡Hijitos míos, pues ya tenemos que irnos lejos!
Visión de los vencidos. Relaciones indígenas de la conquista.
Miguel León Portilla

 

Antes de que se tendieran las brasas y la sangre sobre tu efigie
en el templo de la muerte,
fuiste una madre soberbia, impúdica y tenaz
que calcó en la frente de sus hijos
la congoja de la guerra.

Así mutaste en la travesía del bosque:
El canto de la lechuza fue la obertura tremenda.
Tus manos crecieron como serpientes
de cuyas lenguas brotó un río carmesí.
El jaguar huyó del cubil y endechó frente a su ribera.
El venado saltó presuroso hacia la profundidad de su torrente.
Y en su movimiento perpetuo, el de tu alma en un remolino,
el murciélago se extravió.

Así mutaste en la eternidad de la inmundicia:
En tu vientre se asentaron miles de percebes blancos.
Gaviotas te hilvanaron un ropaje tan diáfano que se supo de tu piel quemada
por la hogueras que conducen al inframundo.
Tus ojos huyeron de tu rostro hacia una esfera de luciérnagas.
Arañas plomizas te tejieron un velo para cubrir tus cuencas vacías.
Tu melena se alargó hacia las cavernas
y en ella trepó la oscuridad.

Así mutaste en la travesía de los templos:
Te volviste mito de luz en la negrura,
y tu llanto se volvió el canto de la sombra.
Madre, diosa y leyenda.