Una vida de perros

Iván Darias Alfonso

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Quizás antes de surgiera el calificativo de “mejor amigo del hombre”, el perro ya había ocupado un lugar privilegiado en nuestra imaginación colectiva. Humanos y mascotas abundaban por doquier compartiendo el mismo espacio, de ahí que esa coexistencia evolucionara hasta nuestros días a lo que algunos exhiben como una relación demasiado cercana. Así lo creen quienes la observan desde la distancia, incapaces de comprender cómo es posible tanta química entre humanoides y cuadrúpedos.

Tal vez esa incomprensión se justifica por el miedo, por el hándicap sensorial y físico que marca distancias entre animales y personas. Mientras unos no admiten tales separaciones, hay otros que se la pasan creando fronteras imaginarias alrededor de sus cuerpos, una especie de expandible burbuja personal para repeler cualquier premonición de peligro. Y aunque quienes contemplan en el fondo desearían prodigarle a esas extrañas criaturas innumerables mimos y caricias, intuyen que hasta que no superen la barrera invisible del temor, solo pueden aspirar a mirarlos desde lejos, viendo cómo se revuelcan juguetones en la hierba o responden a las instrucciones precisas de sus amos.

Me cuento entre tales espectadores. Perros y yo nunca hemos hecho buenas migas, a pesar del esfuerzo -de mi parte, claro- por superar nuestras diferencias. Por ejemplo, cuando entre los animales y yo ha mediado la amistad de sus dueños, he tenido que meditar sobre cómo responder a la invitación a una visita a sus casas, a sabiendas de que, por muy interesante que resulte la conversación con mis amigos, estaré más atento a cómo se comporta el animal. Si alguien –ajeno a mi miedo y antecedentes- presta atención a la posible escena de seguro ignorará el verdadero significado de cada mirada entre el animal y yo, de cada reconocimiento mutuo.

Porque ambos, antes de cualquier futura complicidad, por breve que sea, nos observaremos con desconfianza. Y aun cuando, superado algún que otro ladrido inicial, calmado gracias a la acción justa de su propietario o propietaria a quien visito, pasemos de nuevo a ignorarnos, en el fondo ambos sabemos que nuestros sentidos no se desactivan por completo. Permanecemos alertas, como insectos con antenas capaces de examinar rápidamente partículas de aire, evidencias de sospechas. Puede que a partir de ese momento nos convenzamos de la imposibilidad de llegar a entendernos, como un par de negociadores incapaces de alcanzar un acuerdo sobre dos marcas comerciales ferozmente competitivas.

Por suerte nuestra apatía es mutua y a pesar de mi supuesta posición en la cadena evolutiva, perros y yo agradecemos cuando logramos despedirnos sin emociones, con civilidad, sin amagos de un posible golpe de mi parte o sin mostrar colmillos salivando o soltar ladridos aterradores, por la de ellos. Un cambio de vista hacia otros escenarios, el equivalente perruno a un encogerse de hombros, confirma que no les soy extraño, pero igual tampoco les intereso demasiado. Mis asuntos se limitan a las personas y los canes obedientes parecen admitirlo con naturalidad, sin tomárselo como algo personal, tan diferentes a mis congéneres bípedos quienes rara vez aceptan alejarse de un encuentro similar sin proferir palabra alguna.

Otra historia sería si los canes hablaran y si –dado el contexto- resultarían tan escandalosos como mis compatriotas, según prescribe la estereotipada imagen de los cubanos. Porque si hay algo que distingue la representación del habitante de la isla, es ese quimérico resumen del carácter nacional que más de un estudioso se ha empeñado en categorizar como “choteo”. Para desglosar en posibles subgrupos esa propensión criolla a desconfiar de la seriedad y producir definiciones más o menos exactas, habría que compilar cientos de horas de observación y análisis, porque humanos, al fin, poseemos un repertorio bastante variado para reaccionar ante escenas de la vida cotidiana. Habría también que separar la burla de la ironía, de la jocosidad y del gusto colectivo por las salidas elegantes –y si se puede graciosas- ante cualquier situación.

Los canes, tal vez, resumen su proceder de manera más concisa, entre un ladrido y un aullido: el primero para dar pruebas de lealtad, sorpresa o disposición a la ofensiva; el segundo, como muestra de miedo o dolor. Lo que si no han logrado todavía es sonreír, cualidad que algunos solo le atribuyen a sus parientes, las hienas, y mucho menos soltar una carcajada. En eso los nacionales le llevan ventaja, aunque para ejemplificar tal estado de ánimo el animal recurrente, en la siempre pródiga sabiduría popular, es el delfín y no el perro, por aquello de “con el agua al cuello” y aún emitiendo esos sonidos tan cetáceos que se traducen, según la intención, al igual que las onomatopeyas de la risa: je je je, ji ji ji.

La observación detallada de esa preferencia cubana por el humorismo, como la justificación de la utilidad de una determinada raza canina, podría basarse en dos perspectivas interesantes: la del narrador y la del personaje. Se trata de dos funciones bien definidas en el arte de contar el chiste, o de convertir en chistosa una aburrida situación del día a día. Por tal habilidad sobresale el narrador, dada su capacidad para conducir el argumento. El personaje generalmente se destaca por ser el protagonista de las historias humorísticas, pues aunque se empeñe nunca puede competir con el narrador y complacer al público en su constante necesidad de encontrar nuevos alicientes para superar la difícil convivencia diaria en la isla. Por eso algunos allí, aunque hayan nacido dentro de sus confines, se hayan formado en las innumerables situaciones comunes a más de un compatriota, siempre serán a la postre recordados como personajes de los chistes y no como narradores. Tal vez sea Fidel Castro, el ejemplo más revelador de este curioso análisis, un líder a quien –a diferencia de otros más dados a las postales navideñas y a las fotos representativas de la familia, la moral y las buenas costumbres- apenas se le conocen mascotas, canes en este caso, si acaso aquella vaca Holstein recordista mundial de inicios de los 80.

 

Perros y emigrantes

Brigada de policía canina en La Habana.

Brigada de policía canina en La Habana.

La alegoría de plaza sitiada, tan influyente en el diseño y funcionamiento de las instituciones cubanas y en el discurso oficial de la isla, deviene a menudo el detonante de situaciones violentas no siempre relacionadas con lo político. Se diría que en los últimos años estas son más frecuentes y evidencian que detrás del estereotipo del nacional amigable, sensual y solidario, se esconden también seres coléricos e híper violentos, irascibles al punto de explotar ante supuestas intimidaciones, ya sean cuestionables decisiones arbitrales en un evento deportivo o pequeñas muestras de descontento social.

“Tal parecen perros” –diría un anciano acostumbrado a la aparente ecuanimidad de otros tiempos. No es que antiguamente los exabruptos fueran menos habituales, pero en la era de las redes sociales y el periodismo ciudadano son más fáciles de divulgar. Y situados en el privilegiado puesto de observación que resulta la diáspora, tales exhibiciones de la violencia isleña se admiten no como una exageración (como indicaría un chovinista desde la isla) sino como punto de comparación con otras realidades. “Desde afuera” cualquiera puede asomarse mejor a la anchura y diversidad del mundo, un universo tan variopinto en gustos, realidades y apariencias como un compendio taxonómico de razas caninas.

Porque si desde la distancia resulta más sencillo identificar ciertas actitudes de iracundos compatriotas, también es posible distinguir las poco pacíficas intenciones de sus canes. No en balde las peleas ilegales de perros ya se han incluido en el imaginario nacional y luego de años sirviendo de base a las historias de “la otra Cuba”, finalmente dieron el salto a la gran pantalla en un estreno reciente: Conducta de Ernesto Daranas. Parecería una aseveración increíble, pero en el extranjero, los perros se comportan de otra manera, es decir, las mascotas de otros países se diferencian bastante de sus similares en la isla.

Fuera de Cuba, en muchos lugares del mundo donde los compatriotas se han asentado en las últimas décadas, no basta una breve inspección de sus habituales rutinas diarias para determinar con certeza si se conducen de igual modo que allá donde nacieron. Tal vez algunos sí lo hagan y exhiban orgullosos sus señas de identidad, mientras los demás procuren alejarse bastante de los estereotipos con los cuales otros tratan de asociarlos. Sin embargo, en cualquier destino a los que han ido a parar, uno se topa fácilmente con nacionales expertos en teorizar sobre las múltiples características de su origen insular. Entre estas, desde luego, mencionarán exageradas anécdotas sobre la vida anterior en la isla maravillosa que los vio nacer, cómo fueron capaces allí de comerse el mundo, entendido este como el limitado por los bordes del archipiélago cubano. Pero ya tal propensión hiperbólica ha sido ilustrada por ese famoso chiste que entrelaza razas caninas, el cual inspiró a la escritora cubano-americana Ana Menéndez para titular su premiado libro de cuentos: In Cuba I was a German shepherd (En Cuba yo era un pastor alemán).

Entre las numerosas sorpresas del año que viví en Gales, como estudiante de la Universidad de Cardiff, estaba el comportamiento sociable y casi silencioso de los animales afectivos. De los canes, cuya presencia y porte animaban a más de un parque citadino, me impresionaba sobremanera que apenas ladraran. Cuando lo hacían, no para anunciarte su presencia o avisarte de lo peligroso de invadir su territorio, recibían las miradas reprobatorias de los demás espectadores y el tono de regaño en la voz de sus dueños. Después todo volvía a la consabida tranquilidad del espacio. Tanto para caminantes casuales, como para habituales corredores, tropezarse con un perro deseoso de jugar nunca representaba una amenaza mayor, ni siquiera causaba desconcierto, no era necesario moverse y dejar libre un área extensa para que el perro con el que te cruzabas se sintiera provocador y prepotente, aún sin aparentar semejantes actitudes.

En aquellos días una sesión de jogging terminaba siendo una experiencia memorable y la ansiedad que antaño provocaba un posible encuentro con los canes fue desapareciendo poco a poco. Al cabo del tiempo, ya en Londres y habituado a los senderos para corredores de otros parques y “áreas verdes”, llegué a perder la cuenta de las veces que dogos alemanes, lebreles afganos, sabuesos, mastines y demás portentos perrunos se aparecían de sopetón en medio de mis rutinas atléticas. Ellos y yo aprendimos con rapidez a ignorarnos mutuamente. Solo había que mantenerse alerta ante ciertos habitantes de los complejos de viviendas sociales, incapaces de concebir su masculinidad sin la compañía de un desafiante Staffordshire Terrier. Sin embargo, hasta esos ejemplares obligados a abrir y cerrar sus mandíbulas por dinero, sabían ser muy leales cuando sus amos los reclamaban con alguna enérgica orden.

En la isla no creo que los canes obedientes sean la norma. Por mucho que sus dueños se empeñan en asegurarte que “no hacen nada”, es común verlos luego desgañitarse regañando a los pobres animales cuando se abalanzaban sobre ti o golpeándolos por haberles hecho quedar mal.

No hay dudas de que la mayor de las Antillas ha recorrido un largo camino desde el “descubrimiento”, cuando unos cuantos esperanzados marinos ibéricos comandados por Cristóbal Colón arribaron a sus costas. Tampoco deja de ser interesante repasar los relatos de aquellos cronistas estupefactos ante otro inusual hallazgo en la tierra recién descubierta, el hecho de que los indo-cubanos se hicieran acompañar de perros que, a diferencia de los de la España de Fernando e Isabel, no ladraban, eran mudos. Por desgracia, la raza no sobrevivió a la colonización, ni siquiera se transformó en una especie de mito fundacional de la nueva isla, pues en ella, tanto humanos como animales, evolucionaron hasta poseer atributos lo más alejados posible de la mudez y el silencio.

Quedan, sin embargo, en algunas imágenes tomadas en Cuba que circulan por Internet, perros callejeros con visibles huellas en su cuerpo de la difícil existencia diaria en medio del calor y el abandono. Y estos no inspiran miedo, si acaso lástima, un sentimiento que tan mal combina con el orgullo en esas decadentes estampas cubanas. Como ocurre en tantas similares situaciones desagradables, los espectadores viran la cara, les teman o no y continúan en su diaria búsqueda de sustento, de lo que les permite el sempiterno gobierno insular, le teman o no. Y aunque la indiferencia se imponga como la mejor solución posible para un encuentro con estos ambulantes, de seguro aparecerán quienes los espanten, los azoren o les lancen piedras con tal de que desaparezcan de su vista y supongan entonces que han vencido al sufrimiento y lo han reducido a algo fugaz y distante.

 

El origen del miedo

Ivan-Darias-EsteLunes-2-OtroLunes35En mi caso el miedo provino de una experiencia desagradable. Luego se estableció en mi psiquis como la reacción coherente cuando detectaba la proximidad de un can. Fue un momento exacto, en un lugar específico, un registro detallado en la memoria, durante una clase de Educación Física en mi escuela primaria. Lo curioso de todo el acontecimiento, iniciador en mí de un perpetuo nerviosismo, fue que partió de la necesidad de un reconocimiento.

Meses antes nos habían asignado un nuevo profesor de la asignatura. Joven, pero paternal, pertenecía a la cada vez más escasa tribu de instructores deseosos de que sus alumnos aprendieran rudimentos de ejercicios y salud y no pasaran el tiempo de clase en interminables partidos de kicking ball. Hasta entonces habíamos estado a las órdenes de una gigante descontrolada cuyo único objetivo era formar un equipo espectacular integrado por atletas y aficionados a las matemáticas capaces de ganar la competencia anual de aquel programa “A Jugar”. El nuevo profe, sin embargo, poseía –para la Cuba de finales de los 70 y su notable obsesión con el béisbol- una rara afición al fútbol y aspiraba que todos los chicos de cuarto grado aprendiéramos a conducir el balón con la gracia de un Mario Kempes o un Paolo Rossi, o cualquier otro del que apenas habíamos oído hablar en un año tan lleno de eventos como lo fue 1980.

Entonces, durante una de aquellas lecciones didácticas, en el amplísimo patio escolar de la “Antonio Maceo”, la patada llena de esperanza de un condiscípulo lanzó la pelota sobre la cerca que dividía el terreno escolar de la casa contigua. Como ocurría con muchas familias, cuyas propiedades colindaban con una escuela primaria, ya existía cierto protocolo establecido para estos casos. Solo que a los insistentes llamados del profesor, ningún vecino respondió, por lo que intuimos que los Reyes del Vinilo, como nombrábamos a la familia propietaria de un taller de reparación de asientos de automóviles, habían salido en masa. Alguien sugirió saltar la cerca, tomar el balón y obviar el permiso de los vecinos. Y así, sin tener conciencia de mi capacidad para enfrentar lo desconocido, me vi subiendo con dificultad la pared y aterrizando en el patio contiguo, dispuesto a retornar el balón y, por un día, experimentar la sensación de sentirme un héroe, algo que hasta ese momento solo asociaba con un puñado de importados pioneros soviéticos y de la Europa del este, y con el personaje de un conocido y compartido relato del libro de texto, escrito por Pablo de la Torriente Brau.

Además del reconocimiento, me movía el deseo de que el nuevo profesor me incluyera en el círculo de sus escogidos, seleccionados tanto para ejemplos de jugadas y ejercicios en clase como para las ocasiones cuando era preciso mudar una mesa, o un estante de la biblioteca. En materias extra escolares y con un claustro mayormente femenino, la división por género de las tareas era todavía muy binaria y sexista.

El rescate del balón fue inmediato, impecable, un simple movimiento y lo devolví al área del patio escolar. Mi regreso al equipo futbolístico habría sucedido igual de rápido, de no haber sido por un portentoso y hasta ese día ignorado Deutscher Schäferhund, que emergió desde el fondo del patio vecino en pose desafiante y actitud de pocos amigos. Lo que aconteció después, como pasa en la mayoría de las experiencias traumáticas, sería descrito mejor por algún narrador que por mí, el personaje. Según la construcción habitual de relatos sobre eventos en la isla, iba a quedar yo en el futuro de inspiración para más de un chiste sobre escolares y pastores alemanes. “Cambio de escuela”, tal vez recomendarían los sicólogos que no llegué a visitar, pero que por aquella época regalaban peculiares juguetes de madera con voluminosas ruedas de plástico, colocados luego como adornos en los cuartos de sus niños-pacientes, cuando en sus casas ya había sido superada la supuesta vergüenza que para la temerosa y machista sociedad isleña de la época implicaba una cita –o varias- con tales profesionales de la salud.

Sin embargo, mi experiencia apenas bastó para las historias de mis conocidos, por más mutiladora que hubiese resultado. Como personaje solamente recuerdo una sensación de inmovilidad, desde el primer y poderoso ladrido de la bestia hasta que el profesor acudió a mi rescate. Eso, paralización total y la mirada fija en los ojos salvajes y en el hocico y en la mandíbula potente, llena de colmillos. Al final no supe si lograron controlar al perro, si fueron otros compañeros más habituados a tratar con mascotas de ese tipo, o si fue el profesor a quien, según averiguamos luego, lo unían lazos con los Reyes del Vinilo. El azar impidió el desguace, aunque por años me condené a recordar aquella mirada, aquellos caninos. Claro que en mi recolección de acontecimientos se derramaba más sangre que en un filme de samuráis, o uno catastrófico, al estilo de Infiero en la Torre, o Hundimiento del Japón, entre los más comentados por mis colegas de escuela primaria, expertos en colarse en películas prohibidas para menores de doce años.

Ellos quedaron con mejores y más diversas versiones de mi primer encuentro con el pánico, aunque por más que las embellecieran y pretendieran convertirlas en un auténtico relato escalofriante, el argumento se interrumpía en un punto y los narradores se veían forzados a contener su creatividad, en el momento cuando la fiera decidía no atacarme, no marcar mi piel con sus colmillos, lo que tornaba irrelevante todo el suspense previo. No obstante, a partir de ese día comencé a llevar una marca menos visible, una especie de interruptor para las conjeturas sobre el peor de los casos, cada vez que aparecía algún ejemplar de raza canina en las porosas fronteras de mi burbuja personal. Desde aquel no-letal encontronazo, cada perro representó un peligro potencial; cada animal, un enemigo. El temor no distinguía entre grandes o pequeños, irritantes o adorables acostumbrados a caricias y juegos. Todos causaban ese sentimiento de inseguridad rayano en la paranoia, capaz de malograr mi vida social o las tan ansiadas vacaciones al campo, cuando no solo cabía la probabilidad de un encuentro casual con algún ejemplar enorme y perruno, adiestrado en saludar a los visitantes y extraños de la única manera posible, con un ensordecedor recital de ladridos. No, para aderezar las silenciosas noches campestres del verano en el centro de Cuba, se contaban historias alucinantes sobre los perros jíbaros, criaturas sanguinarias si las había, dispuestas siempre a zamparse una presa mayor que una gallina insomne, tal vez un niño poco temeroso de la oscuridad, pero con un paralizante terror ante canes domésticos y salvajes.

Por aquellos años –y puede que todavía funcione así en algunas regiones de esa alargada isla antillana- el temor constituía además de una debilidad, un rasgo perverso, diabólico, “femenino”, dirían los monjes de la oscura abadía de Umberto Eco. Amén de aprender a vivir con él, uno debía procurar disimularlo, eliminar cualquier posibilidad, por pequeña que fuera, de que alguien lo pudiera usar en tu contra, señalártelo como un fallo, pues más allá de tu círculo de amigos o de tu colectivo escolar, los defectos se magnificaban y mientras más castrante resultara la falta, menos oportunidades tendrías para sobrevivir en esa jungla mayor denominada Revolución Cubana, habitada lógicamente por revolucionarios, quienes –como al Che Guevara en El cachorro asesinado– les daba lo mismo desprenderse del miedo que del cariño y anteponer a estos la validez de “la causa”. Por eso, aunque te tocara en suerte que te enviaran a combatir a las lejanas tierras de Angola o Etiopía, sabías que en ningún caso podrías revelar tus miedos y si, como a mí, te asustaban los animales de compañía, quedabas descalificado de por vida para enfrentar leones, elefantes, mercenarios sudafricanos, somalíes y guerrilleros de la UNITA.

Ocurría que estábamos obligados a aparentar templanza y fiereza, cual bestias mecánicas salidas de un animado Manga. Temer equivalía a dudar y las dudas te incapacitaban para volverte temerario, pues el patriotismo se alimentaba mejor de bravucones que de sensibleros y aunque al final no te aventuraras en una incomprensible contienda de ultramar, habrías de sobreponerte al favorable ambiente criollo, esos limitados y bien protegidos kilómetros cuadrados del territorio nacional, donde el alarde y el vasallaje garantizaban más medallas que las otorgadas en las dos olimpiadas a las cuales no asistieron los equipos de boxeo, lucha, judo y tantos otros reservorios nacionales de adrenalina. “¡Habrase visto!” –sentenciarían sabias abuelas cubanas- Tener que vivir como perros y gatos.

 

Perros y aventuras nacionales y transnacionales

"Cuatro tanquistas y un perro", serie polaca de televisión.

“Cuatro tanquistas y un perro”, serie polaca de televisión.

Antes de mi incidente traumático de la infancia, los pastores alemanes eran animales de adoración imponentes y feroces, pero sólo contra los malos de las películas y, si todo ocurría como en la serie polaca de los cuatro tanquistas, contra los desalmados nazis. A pesar de la posible reticencia de algún compañero de juegos, que alegaría la procedencia de la raza y la predilección de los del Tercer Reich por tales ejemplares, en mi imaginación los pastores emergían como criaturas leales y amistosas, entrenadas en reconocer la bondad y en recompensarla. Y aunque había nacido en un hogar con padres poco interesados en mascotas, excepto las que sobrevivían sin muchos remilgos en una pecera, supuse que algún día tendría de compañero a un manso Schäferhund. En mi fantasía hasta se llamaba, Sharik, igual al de la serie polaca, bien distante de un nombre como Pirata, el corpulento ejemplar de mi maestra de primaria, cuyas anécdotas en nuestras clases resultaban tan importantes como los contenidos propios del programa escolar.

En los 70, era usual escuchar algún grito de llamada, interpelando a una mascota con el omnipresente nombre de Laika, la primera perrita en viajar al espacio. A diferencia de su inmortalizado semejante soviético, los canes de los nacionales no aspiraban a la trascendencia de ser cosmonautas, pero sus dueños sí ansiaban que sus animalitos fueran reconocidos como verdaderos superhéroes. A decir verdad, las apelaciones al heroísmo sobraban en el panorama cotidiano de la isla en la década y, por supuesto, en el atorrante discurso oficial.

En ese período, la oratoria nacional estaba reservada a un solo personaje y aunque no faltaban quienes llegaban a equipararlo con algún espécimen zoológico, tales comparaciones rara vez incluían a los de las razas caninas. Dos décadas más tarde, con la proliferación de protestas organizadas, transmitidas en vivo por la televisión, ya “el único” andaba un poco maltrecho para los trajines mediáticos y baños de pueblo. Entonces los oradores comenzaron a brotar como si se tratara de una epidemia.

Muchos años antes de aquellos fines de semana de Tribunas Abiertas, una colega había nombrado Kazán a su pastor alemán, en clara referencia al período soviético . Es probable que cuando era todavía un cachorro, las simpatías de los nacionales por un televisivo ejemplar canadiense, “El Pequeño Vagabundo” (The littlest Hobo) habían borrado ya cualquier favoritismo por los perros socialistas. Sin embargo, mi colega seguía fiel a la herencia eslava.

Ella también gustaba de organizar grupos de discusión en los recesos del almuerzo y en dichas tertulias su intranquila mascota, también famosa por su ferocidad y potencia de ladridos, centraba el recuento anecdótico. Para muchos estas anécdotas entretenían más que las trasmisiones sabatinas de discursos y canciones, parte de un frenesí televisivo que contagiaría a todas las ciudades y pueblos del país. De modo que el lunes, de vuelta al trabajo, ciertos tertulianos preferían escuchar qué nueva travesura había protagonizado el can, a los previsibles momentos culminantes de las Tribunas. Tanta compenetración entre historias perrunas y batallas de ideas llevaron a otra colega una vez a resumir su animadversión por uno de los más exaltados oradores de la TV, cuando sentenció enfática, aunque un poco temerosa de la connotación negativa de su comentario: A mí el que no me gusta es Kazán. Desde ese día, para nosotros, Hasán Pérez, presidente de los estudiantes universitarios, perdió su nombre y apellidos.

Unos años antes, el popular programa “Curiosidades” de la TV cubana había presentado un segmento dedicado a un perro que hablaba. Un equipo del Canal 2 se trasladó a una vivienda rural de Guantánamo donde el dueño de un sato de talla mediana, se empeñaba primero en estimularlo y luego le apretaba la nuca, como si tratara de regular el aire que entraba y salía por la boca del animal. En el espectáculo que presenciamos a través de la pantalla, para todo el país, el sonidista del equipo registró un par de gemidos altisonantes que algunos televidentes identificaron como las palabras “papá” y “ay, papá”. El incidente pasó a la posteridad casi como el suceso del año y sirvió de fuente de inspiración para varias caricaturas y chistes. Sin embargo, las críticas llovieron luego de la trasmisión y hasta hubo opiniones de expertos negando las facultades comunicativas del perro. No dejó de ser curioso que muchos aludieran a argumentos científicos, materialistas, a la refutación devastadora de cualquier teoría alusiva a lo sobrenatural, pero que nadie reparara en el maltrato animal. Resulta que el perro “hablaba” tras una hostilidad prolongada, molesto no por la atención que suscitaban las cámaras, sino por la fuerza con que su dueño trataba de asfixiarlo. Los realizadores de la época tampoco tenían muy clara la definición de la tortura.

Todavía en los meses de la polifonía oratoria, cuando en La Habana se erigió un área de imponentes estructuras metálicas y astas para banderas negras, bautizada popularmente como “El Protestódromo”, irrumpieron en las calles y avenidas de la isla curiosos duetos de hombres y animales. Casi siempre en bicicleta, jóvenes de músculos esculpidos tras sesiones de gimnasio y esteroides, se dedicaban a pasear a también musculosos perros de kilométricas lenguas. El paseo formaba parte del entrenamiento, me decían amigos y colegas mientras presenciábamos aquella agónica marcha del animal, que quizás esa noche, en algún lugar perdido de la geografía local, finalizaría desangrado a causa de las lesiones de un par de mandíbulas más poderosas que las suyas. “Perra suerte”, le dirían al dueño, quien probablemente demoraría muy poco en adquirir otro ejemplar kamikaze al que luego entrenaría para seguirlo mientras rodara su bici ante miradas desaprobatorias, si bien silentes, como esas de la inmensa mayoría de compatriotas que vociferan su desacuerdo en algunos momentos, mientras que en otros apenas emiten sonidos.

Todo se debe al miedo, argumentarían a analistas para quienes la incapacidad de disentir se explica mediante sensaciones inherentes solo a los humanos. Los animales también pueden sentirlo y reaccionar acorde a sus instintos, pero criaturas al fin, poseen un repertorio de respuestas más limitado. Los de la aparente raza superior, sí los sobrepasamos en modos peculiares de concebir el miedo y de reaccionar ante él y aunque las narraciones al respecto fascinan a más de un interesado, la aprobación colectiva se decanta por quienes llegan a negarlo, máxime si lo pueden vociferar, a pesar de que internamente se ahoguen en un remolino de conflictos. Como los canes, el que más ladridos aporte, el que más ruido provoque, logrará ocultar mejor el más mínimo indicio del temor.

 

Domésticos y muy cercanos: Perros en la familia

Ivan-Darias-EsteLunes-4-OtroLunes35Las mascotas en mi familia carecieron de nombres grandilocuentes. Mi primo Ezequiel, a quien mis tíos permitían tener animales en casa, nombró Pirulí a uno de sus perritos más longevos. Sus mascotas duraban a lo sumo tres años y cada muerte conmovía a sus padres al punto de regalarle otro cachorro que suplantara la pérdida del anterior. Hubo una, sin embargo, que apenas llegó al mes, una endeble y minúscula perrita sata que nombraron Mirringuita, pues tal apelativo se adecuaba a su apariencia. Una mañana nos demostró que un nombre era demasiada carga para sí y tras un vómito descomunal hasta para su talla dejó de respirar.

A pesar del incidente, mi primo tuvo otros cuyos nombres no recuerdo porque tampoco me relacioné mucho con ellos. Me conocían, se acercaban a olisquear, notaban mi desinterés y se daban la vuelta. Si deseaban jugar o dar carreras debían esperar por su dueño o por mi hermano, quien disfrutaba sacudirles el aburrimiento, verlos correr detrás de sí y mostrar sus dientes en pose desafiante. Más de uno confundió las ganas de jugar con verdaderas provocaciones y se lo hicieron saber con mordidas, que luego requerían de tratamientos antirrábicos en el Policlínico de la zona, famoso entre los niños del barrio por la supuesta crueldad de algunas enfermeras. Por suerte nunca me tocó confirmar la veracidad de tales cuentos de horror.

Sin embargo, mi preocupación principal no serían las supuestas crueles enfermeras y sus letales jeringuillas, sino otros desconocidos compatriotas posiblemente de mi edad, quienes desde pequeños simulaban estar ya programados para convertir sus mascotas en armas de destrucción masiva. Y aunque la oficialidad puede que hubiera premiado semejante empeño, siempre que su trasfondo fuese antiimperialista, en realidad tal proceder no se justificaba en las normas de la vida cotidiana en aquel “primer territorio libre de América” donde los conflictos internos se habían superado después del año 59 –así nos decían-  y se vivía en paz y armonía.

En algunas ocasiones me vi tentado de elaborar tal discurso delante de pandillas de escolares con perros, tras un imprevisto encuentro en las zonas menos populosas de mi municipio, donde me llevaban los deseos de explorar o los de comprobar los límites urbanos del territorio, luego de adquirir la necesaria confianza para sortear el tráfico local en bicicleta. Ellos, por supuesto, apenas entendían la relevancia de mi alegato sobre el antiimperialismo cotidiano y de terminar con las piernas desgarradas por colmillos solo me salvaba mi incipiente interés por las carreras de fondo o mis habilidades para pedalear como todo un Pipián o un Eddy Alonso en una etapa de la Vuelta Ciclística a mi isla del Caribe.

La primera e insignificante vez que fui mordido por un perro se debió a la prisa y a mi estupidez. Había bajado la guardia. Caminaba distraído hacia casa de otro primo, cuando de la nada salió un aparentemente juguetón cobrador dorado. Me saltó encima, sin darme tiempo a ninguna maniobra, y clavó sus pinzas a la altura de mi cadera derecha. Todo ocurrió muy rápido, pues apenas reparé en que había sido un ataque y no un simple ademán perruno. Los dueños tampoco identificaron como peligrosa la actitud del perro. Lo recogieron y siguieron andando tan campantes. Cuando llegué a mi destino, algo preocupado por el persistente ardor en la zona de la mordida, que todavía imaginaba había sido un simple arañazo, comprobé las dos pequeñas marcas rojas y redondas de un par de dientes.

No hubo necesidad de una tanda de vacunas antirrábicas, bastó con una buena lavada con agua y jabón. De todas formas, el incidente dejó una profunda decepción, como si todo el temor desde aquel incidente en la niñez se hubiera acumulado innecesariamente en mi cerebro. No me quedaba ninguna duda: mis pesadillas acerca de unas mandíbulas rabiosas, clavándose en mis piernas o brazos habían superado en creatividad y colorido a la experiencia real.

Luego de aquel percance, el miedo perdió para mí toda cualidad de sobredimensionar acontecimientos fatales por venir y quedó como un remedo contextual, un referente de otras épocas y temores. Ahora lo podría comparar con esa especie de aprensión por lo desconocido que nos asalta cuando es preciso decidirse por algo que cambiará radicalmente nuestra rutina diaria y nuestra concepción del mundo. Se trataba de aceptar la turbación propia del primer paso como una condición necesaria para dar el siguiente, puesto que ese último, a la larga, tendría el vigor necesario para que cuerpo y mente borraran los hasta entonces inquebrantables resquemores. En el futuro, perros y yo podríamos mirarnos con desconfianza, adoptar posiciones retadoras, pero nada iba a impedir que, tras una breve inspección, ambos continuáramos nuestros respectivos caminos.

 

Perros en la diáspora

Ivan-Darias-EsteLunes-6-OtroLunes35En la Avenida Lyndale, del londinense barrio de Childs Hill, al noroeste de la ciudad, donde viví varios años, la mayoría de las noches, cualquier caminante en aquella zona residencial podía encontrarse con la mirada curiosa y perturbadora de dos imponentes bestias: un pastor alemán y un Rottweiler. Desprovistos de correa o bozal, ambos merodeaban de un extremo a otro de la tranquila avenida por la que no transitaban muchos peatones, a no ser que habitaran en alguna de las casas de cuidados jardines y automóviles parqueados a escasos metros unos de otros.

Tras los enormes ambulantes, a una distancia prudencial, caminaba el dueño, quien fumaba con cierto aire de resignación, indiferente a lo que pudiera asomarse tras cualquier esquina, ya fuera un confundido peatón, explorando la geografía del barrio, o una no menos desconcertada zorra urbana, de los cientos que uno descubre en las calles de Londres.

De apariencia oriental, asiática, como dirían mis compatriotas, baja estatura y unas cuantas libras de más, el dueño del dúo canino se asemejaba al cliché de un jefe de la Yakuza. No tanto porque su figura impusiera temor, o sus calmas maneras resultaran amenazadoras, sino porque ante cualquier tropiezo con algo o alguien que aumentara la excitación de sus mascotas, bastaba un simple llamado, una palabra corta y exacta, que yo era incapaz de descifrar, para que los animales regresaran inmediatamente a su lado con obediencia absoluta. Yo, por sí o por no, en las noches en que bajaba rumbo a mi casa, ubicada justo al final de la Avenida Lyndale, me mantenía en estado de alerta. Y cuando avistaba al enigmático trío de merodeadores nocturnos, cruzaba siempre al otro lado para evitar un encontronazo que, aunque tenía muy pocas probabilidades de tornarse sangriento, deseaba evitar a toda costa.

Cuando quedábamos en casa, desde nuestra ventana mayor que daba a la avenida, se podía contemplar a los hermosos y aterradores animales en su marcha silenciosa por el barrio, seguidos por la figura humeante del dueño. Me habría gustado comprobar si “El chino”, como es probable que lo llamaran en la isla, sería capaz de mantener su habilidad para controlar tales mascotas allá en el Caribe, en medio de tantas distracciones ambientales. En Cuba –pensaba yo- al trasladar mentalmente el estilo de vida de mi calle londinense al de cualquier calle de un pueblo o ciudad cubanos, más de un vecino mostraría apenado las secuelas de un inesperado choque con aquellas criaturas que, como ocurre en ciertos parajes caribeños, habría terminado muy mal.

En Viena, donde resido, los perros recorren sus calles como un ciudadano más. Junto a sus dueños, guiados a la corta distancia que les garantiza la correa, se pasean con desgano y hasta se diría que con aburrimiento, habituados a un estatus social que les concede un elevado don de humanidad. La manida frase de que “viven mejor que las personas”, aquí complacería a quienes la ven confirmada en las atenciones prodigadas por los locales a sus canes.

En los cafés, esos de fama mundial y meseros de similar tamaña reputación por abruptos y maleducados, es usual ver mascotas junto a las mesas, mientras sus dueños beben melanges y mordisquean trozos de tartas u otras delicias del repertorio confitero local. En el suelo, junto a los cuadrúpedos, se colocan las escudillas para el animal, por si la espera les abre el apetito, o por si los dueños quieren compartir con ellos algo del menú, ante la mirada estupefacta de los turistas. “Esto sí es vida”, dirían tal vez los perros, en el supuesto de que pudieran responderle a alguien que les pidiera la opinión.

En este contexto, mi miedo resulta anacrónico, como si fuera la característica principal de una civilización inferior que merece ser suplantada. Reconocerlo, actuar con una fingida precaución para enmascarar la posibilidad de lo desagradable, es recibido con miradas de reproche por parte de mascotas y sus dueños, aunque algunas vengan camufladas por tanta cortesía, que resulte difícil descubrirles su verdadera naturaleza. Y uno encuentra perros en cualquier sitio de la capital austríaca, ya sea en los parques,  donde hay zonas cercadas para que hagan de las suyas, o en los puntos más turísticos de la capital. Por ejemplo, cerca de la Opera Estatal, donde se presentan los espectáculo del bel canto y de ballet más cotizados de la temporada, del agrado de fanáticos y expertos quienes seguramente nunca celebrarán la destreza de una prima ballerina o las voces de divas como Anna Netrebko o Angela Gheorghiu, con escandalosos gritos de “¡perra!”, como ocurría y ocurre en los teatros de La Habana.

Quizás allá en el Caribe algunos, como yo tan lejos de la isla, hayan aprendido a convivir mejor con el miedo o a superarlo completamente, sobre todo si se trata del temor a un desobediente animal y al potencial peligro que este representa. Lo ideal sería que tal resolución, reordenamiento personal de actitudes, valoración adecuada de las emociones y los contextos, se basara en el espacio, en los límites en que humanos y animales desarrollamos nuestras respectivas existencias. Al final en ellos, llámense calles, ciudades, países, siempre podremos cohabitar, aunque algunos ladren, aunque otros teman, pues tales acciones irán perdiendo su valor cuando la violencia deje de ser el único vínculo efectivo entre los humanos, sus mascotas y el resto de la humanidad.

Del Autor

Iván Darias Alfonso
(Placetas, Cuba) Licenciado en Periodismo por la Universidad de La Habana, Master en Estudios de Periodismo por la Universidad de Cardiff, Reino Unido y Doctorado en Estudios Latinoamericanos por Birkbeck, Universidad de Londres, Reino Unido. Ha publicado El mundo silencioso (La Habana, Unión 2002). Cuentos suyos han aparecido también en las siguientes antologías, De Cuba te cuento (Plaza Mayor, Puerto Rico, 2002), Tercer Libro de Celestino (Holguín Cuba, 2003), Llevar a Gladys de vuelta a casa y otros cuentos (Casa de Teatro, República Dominicana, 2007). Obtuvo en 2001 el Premio David de Cuento y en 2007 el Segundo Premio del Concurso Internacional de Cuentos Casa de Teatro. Actualmente reside en Viena, Austria.