Doctor Amoribus,
Consultor erótico y sentimental
(IV)

Novela por entregas

Marco Tulio Aguilera Garramuño

marco-tulio-aguilera-otrolunes32Luego de la experiencia vivida gracias a la publicación en estas páginas de la novela por entregas La sangre del Tequila, del escritor cubano Félix Luis Viera, sección que se convirtió en una de las más leídas de OtroLunes, tuvimos el honor de que el prestigioso escritor colombiano Marco Tulio Aguilera Garramuño decidiera retomar el batón de relevo y nos propusiera, también por entregas, su novela Doctor Amoribus, Consultor erótico y sentimental.

Empezamos así una aventura que nos hace sentir orgullosos por partida doble: Marco Tulio Aguilera Garramuño, además de trasmitirnos parte de su prestigio a través de las colaboraciones que nos cede en cada número como columnista, ahora redobla su aporte a la calidad de nuestra revista ofreciéndonos esta obra que, como comprobarán nuestros lectores desde el primer fragmento, será sin dudas uno de los platos exquisitos de cada número a partir de hoy.

Continuemos entonces esta aventura iniciada por este narrador colombiana en nuestro OtroLunes 32: una nueva novela a conquistar (o para que nos conquiste), como nos gusta decir, con este nuevo capítulo “recién acabadito de sacar del horno”.

Redacción de OtroLunes

 

Los ardores de Donna Maradonna

(Primera de dos partes)

 

Tras el largo, tortuoso, feliz y complicado trance en el que se vio involucrado el Doctor Amóribus, que terminó enamorándose de su primera clienta, la impúber “Ranita” o “Ratita”, nuestro osado solucionador de asuntos eróticos y sentimentales, emprende el intento de solucionar un nuevo caso, el de la inencriptable Donna Maradonna.

 

 

I.

Llevado por una especie de fatiga crónica que lo había atacado en la ciudad de  Méxi­co, donde debió permanecer durante casi un mes para huir de la obsesión por Ratita, que no lo dejaba dormir ni pensar -la niña supo disfrutar de la inauguración, olvidó a su maestro de amor temprano y con una llaneza digna de todo escarnio, se dedicó a yogar con sus amigos maleantillos y rocanroleros, tatuados y dichosamente imbéciles-, y escapando de una serie de encargos de consulto­ría sentimen­tal-erótica –casos leves, aburridos, sin trascendencia y con poca ga­nancia–, hastiado de las malas películas, intoxicado de la deplorable literatura de la realidad citadina y de caminar y respirar aire nau­seabundo, decidió meterse a un baño de vapor.

La periodista y amante oficial a quien llamaba en la intimidad Peor-es-nada, antes de permitirle el viaje, lo sometió a una serie de felaciones mal trabajadas, que lo dejaron al borde de la inanición. Por ello y porque ya comenzaba a abominar de su profesión de amoroso, fue que evitó ponerse en contacto con los parientes de la clienta del D.F., sin  saber que iba a encontrarse precisamente con lo que quería soslayar.

Sus últimos telegramas habían sido casi amenazantes. Exigían solución al caso y se juraban dispuestos a denunciarlo a la Procuradoría del Consumidor si no cumplía las promesas del aviso clasificado. En comunicaciones anteriores habían ofrecido diez millones y una casita en la montaña si se ocupaba de Donna.

Mientras se despojaba de la ropa se dijo que no estaba dispues­to a gastar su energía, sus humores o su ánimo por ningún oro del mundo. Después del acciden­tado caso de Ratita, en el que triunfó más el azar que la volun­tad y del que sacó sufi­ciente dinero para vivir un mes, Amado de los Santos Dionisio Luna, Doctor Amóribus,  quería alejarse de esa peligrosísima misión de consultor erótico y sentimen­tal.

Había optado por el baño privado de categoría ejecutiva. Cono­cía la fama de aquellos luga­res y no quería correr otro riesgo que no fuera el de la soledad y la autocontemplación del ombligo. No estuvo ni cinco minutos a solas. Súbita­mente una persona entró chapoteando en su propia torpeza como si la hubie­ran empu­jado. Era una hembra abundante en todos los sentidos imagina­bles. No sólo gorda, gorda rolliza y firme, de ninguna manera desparramada, con bra­zos como de cerdo saludable y piernas descomunales, sino que tenía la papada más extraordi­naria que se pueda concebir.

 

 

II.

Era una papada triple, formada por pliegues de grasa tan bien distribui­dos, que parecían trabajados minuciosa­mente por Botticelli. Sus pechos eran de una opulencia sin prece­dentes, lejos de la flacidez que los hiciera re­pulsi­vos, se notaban firmes, como frutos de un jardín gene­roso  bien llovido y poseían un par de  pezo­nes rosados –no ne­gros, oscu­ros o rojo sangre, sino de color rosa mexicano, un color pueril  (en cuestión de pezo­nes el profesor Moon había desarrollado un gusto de dios creador, ah, los inol­vidables pezones de Ratita, dignos de ser considerados la novena maravilla del universo; Amado de los Santos conjetura que pezón oscuro presagia mala sangre, iracun­dia, instintos crimina­les, pero la teoría completa de los pezones excede los límites de este opúsculo y sin duda la paciencia del lector) –que parecían exigir a gritos unos labios piadosos.

La mujer estaba ahí, en medio del vapor, como una aparición milagrosa, totalmen­te desnuda, sus manos y sus brazos descansando sobre las losetas del baño en las que había llegado a sentarse. Ahora estaba con su espalda considerable apoyada en la pared. Parecía carecer de pudor algu­no; sus ojos, clavados en la limitada inmensidad de la bruma cálida, estaban fijos. Toda ella era o parecía ser un desgarrado grito de soledad, una oferta espléndida, una cornucopia. Llevado por la mente febril que siempre lo ponía entre la espada de sus fanta­sías y el tajo yugular de las realidades, el consultor erótico comenzó a pensar en los desastres íntimos  de aquella criatura de Dios y pronto se vio imaginando cosas de poco recato y decoro.

¡Mal­dita sea!, se dijo, por qué siempre tengo esta horro­rosa debilidad de la carne, si mi estrella me dice que debo ser un espíritu de luz. Se sintió observado fija­mente por los pezones tristes, abandona­dos y roza­gantes de la mujer y sos­pechó que por una vez iba a hacer exactamente lo que no quería, y que no le impor­taba lo que pudiera suce­der. Prime­ro el deber, luego el placer.

 

 

III

En los labios de la mujer había un esbozo de sonrisa y en sus ojos, antes fijos, ahora jugueteaba una chispa de astucia; de una astucia ama­ble, más complicidad que mala intención, y  su cuerpo se movía gentilmente, como adop­tando posiciones cada vez más osadas y el amoroso tuvo por un instante la sospecha de que la mujer esperaba que él de pronto perdiera toda compostu­ra y se abalanzara irracional­mente a chupar aquellas  ubérrimas odres, pero se contuvo y se dijo, a ver hasta dónde llega esta mujer.

Algo susu­rraba entre sus labios pinta­dos en forma de corazón de ballena, algo susurraba, pero no parecía en español. La cadencia, el ritmo, hacían sospechar portugués o francés o algún dialecto perdido en los pliegues de las lenguas romances. Pronto supo que estaba equivocado: era italiano, un italiano excesivamente artificial, acaso obstaculizado por algún defecto leve en las cuerdas vocales o en el frenillo sublinguar.

El consultor senti­mental aguzó el oído:

Son­no Donna Mara­dona, sonno donna Maradonna.

Se mordía los labios y se apretaba los se­nos, se los exprimía, se fro­taba las manos de enana con síndrome de Down, volvía a apri­sio­nar sus senos maravi­llosos con los que pare­cía entablar un  coloquio de com­pasión indecible.

-Sonno Donna Maradonna.

Y parecía una inmensa babosa acercándose, un animal sin par, una especie de gran amiba o calamar gigante o molusco humano, una bestia hecha exclusivamente para fornicar, que acaso una vez cumplida su función se desin­fla­ría o se partiría para dar ori­gen a dos cria­turas de su especie.

La toa­lla, que el abnegadísimo había atado a su cintu­ra, estaba  levantada en ángulo de 45 grados y la fuente de su poder, apoyada en sus pelotas miguelangéicas y que nacía como una gran serpiente amazó­nica de la columna verte­bral donde ente­rraba sus raí­ces,  parecía animada por una tor­men­ta tro­pical, que había hecho crecer el espiri­tual bálano hasta dimen­siones in­concebi­bles.

 

 

IV

Tal manifesta­ción de entusiasmo parecía estar a punto de obli­gar al desfalle­cimiento de la hembra, que respiraba ruidosa­mente por la boca y era acome­tida por tem­blores y vahídos.

Cuando la criatura cerró los párpados como para tranquili­zarse, el maestro del amor creyó escuchar el  cerrar­se de la puerta y el golpe seco del pasador. Pero no era la puer­ta, pronto se dio cuenta, la que había producido el es­truendo, sino el sonido vio­lento de los ojos de la mujer cerrándose.

Había tal silen­cio que se podían escu­char la cabalga­ta dispar de los lati­dos de los dos corazo­nes, el erizarse de los ve­llos, el ruido de la saliva al ser tragada, el escándalo del acomodo de los líquidos gás­tri­cos. No había secretos. Ella sabía lo que estaba suce­diendo en el cuer­po del acosado; él podía calibrar las reacciones que su erección inaudi­ta despertaba en aquella mole de amor, de aquel masto­donte sexual. No había terror, ni siquiera miedo; sólo emo­ción de ambas partes. El des­tino –una serie de circuns­tan­cias anodinas– los había juntado aquella tarde (digamos, muy en secreto, que los padres de Donna habían organizado el affaire con el aceitado bálsamo del dinero.)

Donna Maradonna era un auténtico elefante marino, una hembra hecha para el espectá­culo, a la que acaso hubiera estado negado el amor hasta entonces. Era indubitablemente un caso para Amado de los Santos Dionisio Luna.

 

 

V

La pobre se veía tan abandonada en el baño de va­por, tan íngrima, como la últi­ma sirena en un arrecife del mar del Norte en pleno invier­no.

Tal exhibición de pena y abandono, no podía dejar de mover el espíritu generoso del profesional del amor, quien llegó a entender que lo que tenía que pasar, sería una especie de sacri­ficio en el que un  hombre acostumbrado a la serenidad  de las justas pro­porciones, se entregaría a los caprichos de una hembra bizarra y acaso peligro­sa.

Por tal razón, consciente de su épica resistencia al deseo de salir corriendo, el Doctor Amóribus se mantuvo de pie, erguido hasta  el deli­rio, al tiempo que veía avan­zar a aquella entidad, mitad tlaco­nete mitad octopus, sin que usara sus pies, reptando con la ayuda de las manos, jadean­te y sudorosa, en los diminu­tos ojos de cerda virgen hundidos allá en el fondo del escombro de la car­ne, el brillo de la felicidad ansiada a punto de coronarse.

 

 

VI

Seguía murmurando sonno Donna Maradonna de forma automáti­ca, como si no conociera otra frase o estuviera en medio de un trance hipnótico o fuera simplemente una proyección holográfica estancada.

Lo increíble es que con el terror que estaba creciendo ahora sí en el  espíritu del consultor estoico y sentimen­tal, el arma guerrera siguiera apuntando al cenit del universo en ángulo de cuarenta y cinco grados precisos, como si ella por su lado, por vo­luntad autóno­ma, hubiera deci­dido entrar en fiera batalla contra aquella mole, aunque la mente o el ánimo de quien la sufría blandiéndola a su pesar,  comenzara a reblandecerse.

El amoroso se hizo fuerte contra la cobardía. Otras hazañas, acaso más peligrosas, le habían fortalecido el tem­ple. Se dijo a sí mismo que estaba dispuesto a soportar todos los tormentos con tal de redimir a aquella entidad de sus sufrimien­tos y que se por­taría como un auténtico misio­nero del amor, dispuesto como estaba a sobrellevar vejacio­nes e incurias y cualesquiera consecuencias posteriores, con tal de ver aflorar una sonrisa en labios de Donna Maradonna.

 

 

VII

La elefantiásica mujer ya estaba a su lado. Todo su cuerpo, con la respiración, parecía expandirse y contraer­se. Murmuró algunas palabras, ahora diferentes, que el mi­sionero del amor se esforzó en comprender:

-Forse un giorno il cielo ancora sentirá pieta di me.

El amante inmortal no sólo entendió la frase, sino el sentido de ella. Más aun, supo que la salvación del alma de esa mujer, dependía de lo que iba a suceder. Y también que la suya propia estaba involucrada. Comprendió que había pecado tozudamen­te, que había ofendido a muchas muje­res y a algunas –las menos– había hecho fugazmente feli­ces, pero intuyó que tales buenas acciones pesaban muy poco en comparación con la serie de corazo­nes rotos y espíritus deshechos que dejaba en su camino y que tarde o tempra­no, algo, alguien, re­clamaría y él tendría que pagar.

Entonces fue cuando Amado de los Santos Dionisio Luna habló:

 

 

VII

–Donna Maradonna -dijo alzando la voz que retumbó como en un teatro de ópera vacío-, si algún día el cielo se apiada de ti, ese día es hoy. Sí, Donna Maradonna, aunque yo no sea el ángel del señor, soy por lo menos un hombre dotado con  lo que a la mayoría nos es dado y hoy lo pongo a tu servicio. ¡Toma tu espada, empúñala y comienza a labrar el recuerdo que te ha de sal­var el resto de tus días!

Donna Maradonna comprendió y supo aceptar el ofrecimiento. Sus manos acolchadas como las de un gato midieron diez dedos de brillo toledano del fuste masculino y ello bastó para que se iniciara el desfa­llecimiento de su cuerpo. Suspiros, jadeos, temblores, palabras mimosas, cánticos operáticos, gestos de pudor ofendido o de osadía, carica­turescas poses que el profe­sional del amor conjetu­ró aprendi­das en la larga disci­plina  de mirar televisión y comer papas fritas y carame­los.

El amoroso supo que el caso era extremadamente quis­quilloso, y que si se excedía en un milímetro de lo espera­do, la mujer podría llegar a sufrir colapsos irreversibles que si no la llevaban a ella a la tumba, sí podrían dejar maltrecho al caballero del amor. De ahí que optara por pedirle calma, por acariciar sus par­tes más sociales, de modo que llegara a la meta sin tanto aspaviento y desbarajuste.

Lo que  la mujer decía no era coherente, y algo hacía pensar en una cinta grabada, que no siempre coincidía con la situación.

Donna Maradonna estaba exta­siada con  la cimitarra que tenía entre manos. Parecía ser la primera a su disposición, la primera, única y auténtica de carne y hueso (la verdad es que Amado no era como todos los hombres, sino que tenía intra balanum un huesito de leche, que en circunstancias propicias adquiría dureza de marfil blando y salvaba las situaciones y que si con Ratita fracasó en su primer intento, fue por falta de autoconciencia penal).

El júbilo ilumina­ba  y hacía retemblar la inmen­sidad de la hembra. Su emo­ción iba aparejada con una curiosi­dad infan­til. Más que acari­ciar, lo que hacía era darle vueltas y revueltas a la fusta con las manos y con los ojos y divertirse intensa­men­te con una falta de rubor tan extraña que la hacía sen­tirse osada y luego ocultarse, como sucedía con la cabecita amoratada del tuerto, y la hembra seguía obstinada en quitarle el sombrero para darle sus más respetuosos saludos y rascarle la trompa con la uñita pintada de su dedo índice derecho y hacer que abriera y cerrara su bo­quita como si fuese un rena­cuajo niño, todo acompa­ñado de risitas y miradas a los ojos del misionero del amor como pregun­tando ¿puedo?, ¿voy bien?, ¿y ahora qué hago?

Del Autor

Marco Tulio Aguilera Garramuño
(Bogotá, 1949) Publicó su primera novela en Buenos Aires cuando tenía 24 años. La obra Breve historia de todas las cosas fue presentada con gran estruendo publicitario por Ediciones La Flor, diciendo que era mejor que Cien años de soledad y que Marco Tulio era un escritor mejor que García Márquez pero sin bigote. La crítica se ensañó con el novato. Mediando el año 2002 Marco Tulio ha publicado más de veinte libros, ha recibido decenas de premios literarios, entre nacionales e internacionales; ha sido aclamado por críticos y lectores de muchos países. Entre sus títulos memorables están Cuentos para después de hacer el amor, Mujeres amadas y Los placeres perdidos. A principios del 2002 aparecieron en México las novelas La hermosa vida y La pequeña maestra de violín, pertenecientes a la tetralogía "El libro de la vida", cuyo primer volumen, ya publicado, se llama Buenabestia / Las noches de Ventura. Es investigador de la Dirección Editorial de la Universidad Veracruzana, en México; durante cinco años ha mantenido el máximo nivel de productividad académica de dicha universidad; ha sido galardonado con los títulos de Creador Artístico y Creador con Trayectoria del Estado de Veracruz; ha sido becario residente del Centro Banff para las Artes de Canadá, y ha dictado conferencias en universidades de varios países.