Óleo sobre un desnudo en plata

Sobre el libro de ensayos Villa Marista en Plata, de Antonio José Ponte

Jorge Enrique Rodríguez

Villa Marista en Plata
Antonio José Ponte
Editorial Colibrí- Editorial Hypermedia, España, 2010

 

villa-marista-en-plata-otrolunes35Villa Marista en Plata no es un texto definitivo –porque ningún Ensayo lo es– sobre la «exploración liberadora» que han propiciado las “apropiaciones indebidas” del ciudadano cubano sobre las Nuevas Tecnologías de la Informática y las Comunicaciones (NTIC). Como tampoco es un análisis definitivo sobre las negociaciones zanjadas entre artistas, escritores, intelectuales y las autoridades del Ministerio de Cultura –y de otros Ministerios– en favor de una “alegre publicitación” de sus obras y sus potestades presentes y futuras. Ni la denuncia final de «cómo los órganos estatales de represión [a través de las labores de Seguridad del Estado] se han convertido en tema [y en existencia] para algunos artistas». Amparado en la licencia que otorga el acto de prefigurar una reseña, podría considerar que Villa Marista en Plata es, en esencia, un Ensayo que devela las corrosivas consecuencias de un silencio público prolongado –o pospuesto– y que a su vez cuestiona lo improcedente que resulta la ausencia de independencia de criterio en los dominios de aquellas “personalidades de la cultura”, que Ángel Escobar sindicara como «suaves latifundios».

Como advirtiera desde el prólogo mismo, José Ponte «en contra de [su] costumbre de divagar y abrir paréntesis, [apela] aquí a una escritura más estricta, [esperando] haber cumplido con la siguiente observación de William Congreve: cuando yo divago, yo estoy en ese momento escribiendo a favor de mí; cuando yo continúo el hilo de la historia, yo escribo para agradar al Lector». Es decir, el autor se guarda para sí la distancia crítica; se deshace del protagonismo –que merece por ser él mismo de entre los tantos que sufrieron la «desactivación de la UNEAC» y también obligado al exilio– para reconfigurar (y revisitar a cabalidad) la historia de los últimos diez años en Cuba a partir de testimonios otros. Y no es por falsa modestia el hecho de «[preferir] que hablaran desahogadamente las citas [y los testimonios]» sino porque entiende la realidad cambiante –aún allí, donde apenas se perciben cambios–; la distancia física ante los acontecimientos devenidos. Confiesa al concluir su prólogo (en septiembre de 2010) que, «las últimas semanas me han permitido comprobar cuánto ha cambiado el panorama apuntado al inicio de este prólogo». Y cabría preguntarse entonces, ¿a qué otras indagaciones liberadoras nos hubiese conducido Villa Marista en plata de haberse podido librar de la condición inaprensible del tiempo?

Coincido con José Ponte en que debió «haberle ahorrado al lector algunas páginas de la segunda parte» dedicada a los hechos que, “cariñosamente”, los jóvenes se empeñaron en llamar la Guerra de los Emilios y que se convirtiera en «la mayor discusión de escritores y artistas a propósito de la censura y la represión estatal». Sí, quizás fue extensa la exposición al respecto. Tal vez le faltara ese aire ensayístico que, particularmente, me agrada transitar por el capricho de establecer(me) un diálogo más allá de autor-lector. Pero también debemos considerar que, al menos para el contexto cubano, es imprescindible que las generaciones actuales y venideras tengan para sí un texto que haya «elegido pasar por puntilloso antes que por ameno». Y es que a los jóvenes escritores, artistas e intelectuales –sin importar cuánto se quiera negar– no les falta formación; sino información… y punto.

En definitiva, ¿cuál fue la significancia última de la Guerra de los Emilios, sino simplemente reasegurarse, para muchos, el amparo –si es ratificado por el gobierno, mejor– de Palabras a los intelectuales y del mantra de ellas devenido: «con la Revolución todo contra la Revolución nada»? ¿Realmente fue esta guerra la primera acción ciudadana –como erróneamente se ha “promovido” desde entonces– generada desde las NTIC?

La disección que fundamenta Villa Marista en plata apenas deja espacio para refutar al primero de los cuestionamientos anteriores. Ni siquiera deja un intersticio para dudar que los suaves latifundios, como máximo, simplemente buscaban cerrar filas; pero contra Armando Quesada, Jorge Serguera y Luis Pavón… contra nada más; o tal vez sí: contra algún que otro directivo trasnochado del ICRT… y punto.

José Ponte argumenta, en referencia a la moraleja que encerraba la frase de 1961, que «historiar los desmanes cometidos a partir de esa fórmula contribuiría muy poco a aclarar sus verdaderas intenciones. Porque siempre cabría la disculpa de que había sido malinterpretada. Más provechoso resultaba el comprobar para qué había valido en la propia ocasión en que fue acuñada por Fidel Castro. Una comprobación así era evitada prudentemente por Desiderio Navarro y por la mayoría de los escoliastas de Palabras a los intelectuales. Pero, por enigmática que fuese la fórmula, por abierta a interpretaciones que estuviese, en junio de 1961 había servido para dejar establecida la censura del documental PM. Y de esas reuniones en la Biblioteca Nacional saldría también el cierre del suplemento Lunes de Revolución y el apremio por constituir una Unión de Escritores y Artistas que funcionara como guardián del espacio acotado por Fidel Castro. No había entonces que esperar por malos exégetas futuros cuando desde el origen existía un caso de flagrante censura política, de atropello contra los intelectuales».

Este segundo capítulo de Villa Marista en plata es también, y de algún modo, un llamado de advertencia a las “gratuidades” transitadas por algunos de aquellos escritores, artistas e intelectuales que se hallaban fuera de Cuba, exiliados casi todos, cuando los sucesos de la Guerra de los Emilios. Un llamado que fue extensivo ante los cuestionamientos de José Prats Sariol y que concluía con una pregunta puntual: «Podía Jorge Luis Arcos pedirle a sus colegas silencios significativos, pero, ¿no era incongruente que les exigiese actos y sacrificios después de haber reconocido él mismo que sólo gracias al exilio y la lejanía se había atrevido a abordar por escrito lo que realmente pensaba?».

La tercera parte de Villa Marista en plata, «dedicada a la manifestación de la violencia de Estado», y en la que el propio José Ponte reconoce «habría podido agregar más comentarios», encierra otra de las grandes tesis de este texto: cada una de la variables que posibilitan las NTIC han funcionado en Cuba, a despecho de las autoridades, como una especie de vigilancia contra la vigilancia oficial.

No habría nada que agregar sobre los análisis (historias) de este capítulo, sino reincidir en la propia cita que hace de Armando Chaguaceda: «falta por ver (se conocerá, como hoy los archivos de la Stasi) el expediente de presiones, acosos, vigilancia y estigmatizaciones fascistoides, metódicamente planificados, con que se ha desarrollado una guerra de baja intensidad contra la esfera pública cubana, por parte del pensamiento estalinista y su correlato de ultraderecha».

Es, en definitiva, Villa Marista en plata –supongo haya sido también la añoranza de Antonio José Ponte– un documento histórico necesario que nos advierte, como una sentencia fundida en plata, que no habrá virtud posible, ni lujo alguno, en los dominios del silencio.