Los libros y los días
(XXVII)

Por Temístocles Roncero

Las pajas del pesebre,
Niño de Belén,
hoy son flores y rosas,
mañana serán hiel.

Lope de Vega

 

Supongo que habrá adultos a los que les guste la Navidad (hay gente para todo); adultos que disfruten con la imbecilidad reinante (dense un paseo por el casco viejo de este Madrid más degradado que nunca para comprobar lo que digo), el consumismo desaforado, las comilonas que arrasan los estómagos y empozan la inteligencia debido a la compañía de seres triviales a los que poco o nada nos une. Desde luego, no es mi caso. Por suerte, y quizá sea una de las pocas ventajas que tiene la senilidad, yo ya estoy exento de toda obligación y vivo estas fiestas con relativa calma. Recuerdo las Navidades cuando era niño. Mi padre me llevaba al campo a recoger musgo para luego decorar el belén. Mi madre se quedaba en casa adornando las naranjas con puntas y clavos, preciosas bolas que después colocaba en recipientes de cerámica pintada. La calle, envuelta en gasas de frío, era un hervidero de voces y villancicos que, por un instante, nos hacía olvidarnos de nosotros mismos. Eran unas Navidades bastante humildes en las que, sin embargo, no nos faltaba de nada. Recuerdo la emoción de las cosas, la alegría que anegaba los corazones reflejándose en las caras, los nervios en la Noche de Reyes y el posterior entusiasmo al descubrir los valiosos objetos dentro de los zapatos: unos calcetines, un libro, una hucha…, cualquier cosa nos hacía felices.

Así que en esas andaba, hundido en los recuerdos, alternando el pasado con la lectura de un interesante ensayo de Marc Fumaroli1, cuando alguien llamó a la puerta. Eran golpes suaves, casi caricias, y como nunca me he fiado de la gente demasiado blanda, seguí a lo mío. Pero enseguida los golpes se volvieron abruptos e insistentes, y como nunca me ha gustado la gente maleducada, seguí a lo mío. Mas los golpes se hicieron tan insoportables que, por miedo a que derribaran la puerta, no tuve más remedio que levantarme.

―¡Mi hermano!

Y aquel tipo se abalanzó a mis brazos.

Cuando logré que se despegara de mí, una cara sonriente me observaba con fijeza.

―Pero ¿no sabes quién soy?

(¡Coño! ¡Amir Valle!)

Y volvió a tirarse a mis brazos, esta vez sin hallar resistencia.

―¡Pasa, pasa! Siéntate, ponte cómodo, estás en tu casa, Amir, ya lo sabes ―le dije al tiempo que apartaba del sofá una torre de libros para que pudiera sentarse.

 

temistocles-roncero-librario-8-otrolunes35La presencia entrañable del escritor y académico José María Merino se ha colado varias veces en este rincón, como no podía ser de otra forma. Su excelencia literaria y su incasable afán por entregar al lector una obra versátil hacen de este autor uno de mis favoritos en lengua castellana. Merino, que ha cultivado casi todos los géneros con gran acierto, acaba de regalarnos dos títulos que, a su vez, contienen todos sus libros anteriores y, seguramente, los que aún estén por llegar. Así de generoso es el amigo. Me estoy refiriendo a La trama oculta (Páginas de Espuma) y a Las mascotas del mundo transparente (Nocturna). El primero, una sabrosa «ensalada» de cuentos y uno de los mejores libros de este 2014, está dividido en tres partes: la primera aglutina aquellos cuentos de corte realista; la segunda, los fantásticos y, por último, un ramillete de microrrelatos que abarca todo tipo de tonalidades. La voz del propio autor se intercala entre las páginas para ilustrar mediante pinceladas autobiográficas el origen de cada uno de estos cuentos, la trama oculta que los sostiene. El segundo supone el regreso del autor al cabo de dieciséis años a la literatura infantil-juvenil. Las mascotas es una deliciosa novela protagonizada por dos niños, un profesor y una araña parlante que, atrapados en un mundo gobernado por figuras y geometrías transparentes, harán lo imposible para regresar a casa. Mención especial merecen las ilustraciones de Júlia Sardà, que logran plasmar la atmósfera y las peculiaridades de ese original mundo.

 

temistocles-roncero-librario-2-otrolunes35Blackie Books también nos trae una novela infantil, en este caso de Patrick Modiano, último Nobel de Literatura. Catherine, que así se llama esta delicada historia ilustrada por Sempé, es una especie de Un pedigrí para los más jóvenes (su libro más autobiográfico), ya que las circunstancias que rodean a los personajes son muy similares a las del propio autor. Modiano ha escrito el mismo libro cuarenta veces, como él mismo reconoce, y su máxima virtud es hacer fácil lo difícil mediante un estilo conciso y transparente. Los fantasmas del pasado, la búsqueda, la memoria, la identidad, París, la Ocupación son temas y escenarios que vuelven a comparecer en La hierba de las noches (Anagrama), su última novela publicada en español, tan bellamente titulada como acostumbra: En el café de la juventud perdida, La calle de las tiendas oscuras, Domingos de agosto… La literatura de Modiano emparenta con la de Simenon, ya que ambos dotan a sus narraciones de atmósferas intensas.

temistocles-roncero-librario-3-otrolunes35Juan Marsé, que se merece el favor de la Academia Sueca tanto como Modiano, publica en Lumen Noticias felices en aviones de papel. Ilustrada por María Hergueta, la edición es una verdadera joya. Con muy pocos mimbres, el autor de Últimas tardes con Teresa construye una novela sobre el poder de la memoria con elemento fantástico de por medio (que yo recuerde, es la primera vez que Marsé utiliza esto). En la misma breve extensión de Ronda del Guinardó o Teniente Bravo, esta suerte de bildungsroman ha sido una de las últimas y mejores sorpresas que me ha deparado el año.

El frío mes de diciembre es un momento inmejorable para ponerse con los rusos, y Anna Starobinets, publicada en español por la intrépida Nevsky Prospects, es una opción más que sugerente. En su novela El Vivo (que bebe de Nosotros, de Zamiatin), el mundo tal y como lo conocemos ha terminado: ahora hay tres billones de habitantes, ni más ni menos. Cuando uno cumple setenta años, se lo «desconecta» y «reprograma» para que se mude a otro cuerpo en cualquier parte del globo. El Vivo retrata conflictos como la destrucción del individuo (no hay un «yo», sino un «nosotros»; no hay nombres, sino números), la falta de libre albedrío, la pérdida de la noción de la realidad (debido a estar permanentemente conectados) y otras muy actuales, como el control que ejercen sobre nosotros las redes sociales. Tanto en esta novela como en sus cuentos, Starobinets se sirve de situaciones límite y escenarios futuristas para cuestionar la identidad, las relaciones de pareja, la familia…

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Y hablando de sus relatos: al igual que en el que da título a su primer libro publicado en España, «Una edad difícil», los cuentos de La glándula de Ícaro versan sobre la metamorfosis: la de un individuo crítico con una ciudad que, en un final orwelliano, acaba adorando; la de un chico enfermo que se transforma en un insecto alado («para el pueblo, una persona con alas es lo mismo que un ángel») o la de un hombre infiel cuya mujer le obliga a someterse a la operación que ahora todos los médicos recomiendan: extirpar una glándula responsable de segregar hormonas que producen instintos animales. Ella ve en esa «saja» la única manera de volver a confiar en él… y librarse de los reproches que escupe su boca «como hormigas sacadas a la fuerza de un tronco podrido». En el último cuento, «Spoki», Starobinets demuestra que son los niños con los que más horror sabe suscitar (véase «La agencia», de Una edad difícil). Porque lo que caracteriza la obra de Starobinets, además de su estilo directo y crudo (aunque con un cierto lirismo), es el horror que provoca al caminar por derroteros cotidianos hasta precipicios insospechados.

 

 

―¿Sólo vas a recomendar esos? ―me pregunta Amir, sentado frente a mí, sus manos sosteniendo una taza de un café ya frío.

Llevamos horas sin parar de hablar y, aunque me alegra mucho su visita, tengo ganas de echarme un rato.

―Sí… He leído bastante durante estos meses, pero estoy algo cansado. A veces la ficción me cansa como me cansa la propia vida.

―Entiendo.

Y nos quedamos en silencio, mirando a través de la ventana una nieve que sólo cae en mis recuerdos, a la espera del próximo año.

 

Diciembre, 2014.