Sombras góticas de la nocturnidad humana

Sobre la novela Habitantes de la noche, de Roger Vilar

Amir Valle

Habitantes de la noche
Roger Vilar
Editorial de Otro Tipo, México 2014

 

habitantes-de-la-noche-librario-narrativa-otrolunes35La novela Habitantes de la noche, del escritor cubano Roger Vilar ha sido una de las lecturas más “raras” que he tenido en los últimos años. Y quiero aclarar que la referencia a su rareza aquí podría sustituirse por las palabras especial, estremecedora, revulsiva, impactante: por un lado, me hizo disfrutar de esos instantes de intimidad que siempre he encontrado cuando me enfrento a una obra literaria de calidad, y por otro, revolvió en mi memoria la niebla cálida de la nostalgia.

Para despejar elucubraciones malsanas, con todo propósito diré que hablo de la novela de uno de mis primeros y más cercanos amigos en mi carrera como escritor. Una amistad que se inició en un evento literario en el Oriente del país hace ya exactamente 30 años. Y recuerdo que esa amistad se fundió en un abrazo compartido luego en otros encuentros, en un intenso intercambio de cartas desde su Holguín hasta mi Santiago, y en un respeto mutuo que ha sobrevivido a las distancias, gracias a dos curiosas coincidencias: éramos entonces los dos escritores más jóvenes de aquel grupo inicial descubierto en distintos rincones de la isla por Salvador Redonet y Eduardo Heras León (Roger tenía 16 años; yo acababa de cumplir los 17) y ambos preferíamos los mundos imaginarios a los realismos narrativos que se imponían en la cuentística joven en esos tiempos (Roger, el absurdo mezclado con lo macabro y lo gótico; yo, las imaginerías escapistas por las carencias familiares en la mente de un niño).

El párrafo anterior, entiéndase bien, aunque sea visto por algunos como la punta de flecha que apunta a la justificación de que esta será un comentario a favor de la novela de un amigo entrañable, es también para señalar algo que creo necesario: aquel Roger Vilar que conocí y ya era admirado por la singularidad  y madurez de sus propuestas narrativas siguió ascendiendo por ese camino de la exclusividad literaria, en busca de un estilo absolutamente suyo, y es hoy, sin dudas, como lo demuestran sus libros Aguas de la noche, Corceles de la pradera y Brujas (mi preferido), uno de los narradores más originales de las letras cubanas, incluso aunque se trate de una novela como Habitantes de la noche, que transcurre entre las peligrosas sombras nocturnas y la violencia marginal de la Ciudad de México.

Esos ámbitos oscuros, siniestros, absurdos, de la marginalidad social mexicana fueron el primer golpe de remo sobre las aguas quietas de mi memoria: hay entre ese mundo y aquel mundo inicial recreado por Roger en sus cuentos de los años 80 un entramado invisible de vasos comunicantes que apuntan a uno de los intereses más plausibles en toda su obra, también presente, casi el alma, de esta novela: el desvelamiento de la bestialidad humana, la liberación del animal que somos mediante el posicionamiento humano ante situaciones límites en la vida. Y nuevamente, justo es decirlo, ese entorno cargado de resonancias irracionales, permeado de las oscuridades más ocultas del alma humana se entretejen en las historias de los personajes de estas novelas, divididos aparentemente en un modo simple: quienes aprovechan la noche para salir de caza (los delincuentes, los marginados), quienes salen para atrapar a quienes cazan (los policías) y quienes intentan cazar en palabras, imágenes e historias (los periodistas) la vida nocturna y toda esa fauna de victimarios, víctimas y veladores del orden. Lo curioso, y es este otro de los sellos de identidad en la obra de Roger, es que todos esos seres están signados, condenados, marcados a fuego por su propia animalia interior y a pesar de cumplir distintos roles en la trama novelada, cada uno de ellos se verá obligado a desnudar, a sacar a la luz, su marginalidad más íntima, sus bestialidades. Una selva humana en toda regla, en la que no hay vencidos ni vencedores.

Roger Vilar logra en Habitantes de la noche construir personajes inolvidables. Y me refiero a esos personajes que uno lee y se quedan anclados en el recuerdo a pesar de que luego leamos cientos de libros. Desde su adolescencia, cuando empezaba a escribir, todos notamos un talento especial en Roger para armar psicológicamente a sus personajes, con una perfección de escritor maduro, y ese don se despliega en toda su magnificencia en estas páginas: ahí están Julio Saleur, pintor afiebrado por sus fantasmas; la bella Isabel y sus insatisfacciones laborales y sexuales; pero sobre todo, por su visualidad y su vitalidad, están Mario Ribalta, reportero de El Siglo y Joseph Alda, escritor maníaco. Todos amalgamados en una nata absurda de complicidades y enfrentamientos, de juegos intercambiados de rol al gato y el ratón, del despliegue (como riada desbordada) de sus miserias, sus miedos, sus frustraciones… en absoluta imbricación con las sombras y el universo de podredumbre física y moral en la que transcurren sus vidas. Seres literarios exquisitamente delineados por Roger Vilar, pero seres que no por ello dejan de ser de carne, hueso y sentimientos, racionales e irracionales, como acabados de salir de alguno de esos rincones olvidados, perdidos, marginalizados en extremo, del Distrito Federal mexicano que la novela reconstruye también con una habilidad pasmosa, como si un sesudo arquitecto fuera pegando, pieza a pieza, delante de los ojos del lector, cada edificio, cada calle, cada esquina, cada oficina, cada cuartucho… cada trozo del escenario.

Llama la atención también el excelente equilibrio entre narración, descripción y diálogos. Y no son estas simples palabras: mucha literatura publicada en estos años padece de un desequilibrio funesto en este terreno. Quienes cuentan la historia y se dejan perder tras la narratividad de la trama logrando que jamás pueda “verse” lo narrado; quienes asumen la descripción en grado superlativo y convierten sus obras en parrafadas descriptivas, prescindibles porque olvidan que sólo podremos retener algunos detalles y que ante tanta profusión retendremos quizás los elementos que no son importantes para la historia que se cuenta, y quienes escriben escaletas para cine o teatro en vez de novelas y agotan página tras página en diálogos generalmente superfluos (algo muy usual, por cierto, en muchas novelas negras, fantásticas muy vendidas).

Roger Vilar sabe conducir la trama narrando lo necesario para llevar de la mano al lector, describiendo lo justo para configurar el universo arquitectónico y escenográfico donde se mueven sus personajes y eligiendo los parlamentos justos, conocedor de que cada diálogo debe ser aportativo en esencia, un mazazo en la cabeza de quien sigue la trama, una señal hacia la comprensión de los mundos interiores que tipifican a cada uno de los seres que se mueven en estas páginas. Hablamos de un equilibrio que arroja sobre Habitantes de la noche las condiciones óptimas para convertirla en una obra de excelencia: la visualidad narrativa, la fuerza dramática, el entrecruzamiento de guiños cómplices entre el escritor y el lector, la caracterización vital de los protagonistas (y el empleo de los actores secundarios como catalizadores del clímax), así como una zambullida profunda en reflexiones sobre ámbitos humanos controvertidos, en medio de un muy cuidado trabajo con el idioma.

Habitantes de la noche, en resumen, es una de esas novelas que uno agradece leer en tiempos en que cualquier cosa es llamada “literatura”. Si la ha escrito un amigo, entonces, el placer es doble.