Luis Alberto de Cuenca, cuaderno de vida y verso

Sobre el poemario Cuaderno de vacaciones, de Luis Alberto de Cuenca

Jorge de Arco

Cuaderno de vacaciones
Luis Alberto de Cuenca
Visor. Colección Palabra de Honor, España, 2014

 

cuaderno-de-vacaciones-librario-narrativa-otrolunes35“Sin amor, sin honor y sin orgullo,/ sin emoción y sin complicidad/ la poesía no tiene sentido”, escribe Luis Alberto de Cuenca en su poema titulado “Inspirado en Faulkner”, una composición incluida en su nueva entrega, `Cuaderno de vacaciones´. Añade, el poeta madrileño: “El deber del poeta es escribir/ sobre la compasión, la fortaleza/ y la debilidad, sobre el espíritu/ de sacrificio (que redime al mundo),/ la piedad, el coraje, el heroísmo”. Una casi poética, al cabo, sobre la que De Cuenca asienta y vertebra un volumen de excelente factura y donde se da cita una temática variada y atractiva.

Confiesa el propio autor en su nota introductoria, que estos ochenta y cinco poemas aquí recogidos, fueron compuestos en los veranos comprendidos entre 2009 y 2012 y aclara que lo que configura este libro como un “corpus orgánico y unitario es precisamente su escritura gozosa, vacacional, ausente de todo tipo de preocupaciones laborales y académicas, su fusión decidida con el ocio”. Y tales premisas, quedan reflejadas a lo largo y ancho de este juego de espejos, donde el verso se convierte es un auténtica fiesta de sabiduría lírica. Porque Luis Alberto De Cuenca mantiene en este cuaderno su inconfundible estilo, que confiere a su poesía una veta culta y humanista, en donde la íntima conciencia queda acentuada por el tono narrativo de sus composiciones. Se siente a gusto el vate madrileño conjugando cotidianeidad y trascendencia y en sus versos quedan plasmados los personajes que lo acompañan de manera más fiel.

Así, Guillermo de Aquitania y Agatha Christie, Satán y San Luis Gonzaga, Safo y Caperucita Feroz, Allan Poe y Víctor Hugo…, son notorios protagonistas de un decir que se apoya en la clarividente solvencia de  su dominio formal y estrófico -desde el endecasílabo o alejandrino…, pasando por el versículo, el soneto o el haiku…- y que impregna de cómplice musicalidad al lector. Tal y como ocurre en su bello poema, “El aire de tus versos”: “Se lo dijo Calimaco a un poeta/ que murió antes de tiempo, y eso vale/ para ti, Blas de Otero. La poesía/ que araña sombras para ver a Dios/ termina viendo a Dios y respirando/ el aire inmarchitable de tus versos”.

Dividido en ocho apartados, “Caverna perpetua”, “Campo florido”, “¡Ah de la vida!”, “Me acuerdo de…”, “Príncipes de la noche”, “La otra noche de después de la movida”, “Hero y Leandro” y “Amor indestructible”, el conjunto se mantiene firme sobre una dicotomía que enfrenta vida y muerte y que se torna notable referente del conjunto. Una existencia, sí, que puede estar llena de dichas y placeres, de febriles excesos e instantes de colmada felicidad (“Hay momentos que brillan tanto, que hasta podrían,/ quemarte las pupilas si los miras de frente/ durante mucho rato”…), pero que a su vez no consigue desasirse de esa sombra mortal que es el propio ser humano: “Tengo miedo. El fantasma de   la muerte regresa/ del más allá, y penetra en mi lecho maldito,/ y me lleva con ella al fondo de la huesa,/ convirtiéndome en víctima de un pavoroso rito”.

Poeta que ha cantado y contado sobre el amor de manera profusa y sobresaliente, Luis Alberto de Cuenca no deja escapar esta ocasión para volver a un tema tan universal como próximo a su habitual cántico. Ejemplos hay, múltiples, que salpican este libro y donde se alternan conjuros, promesas, tristuras, asombros, ensueños, realidades… De tan bello abanico, me permito recomendar para su lectura -y obligada relectura-, el “Soneto con estrambote, enmendando la plana a Cecco Angliolieri”, un espléndido poema, donde se memora al que fuera gran poeta medieval italiano, autor del conocido soneto S’i’ fosse foco, arderei ‘l mondo (“Si  fuese fuego, haría arder al mundo”): “Si fuese fuego, te calentaría/ (y hasta te encendería el cigarrillo)./ Si fuese viento te daría brillo/ besándote, y tu pelo rizaría (…) Si fuese muerte, todo tu dolor/ y toda tu tristeza mataría/ y no me acercaría a ti, mi amor./ Si fuese Luis Alberto, que lo soy,/ serías para mí la noche, el día,/ el mañana, el ayer, el siempre, el hoy”.

En suma, un cuaderno para saborear despacio en cualquiera de las cuatro estaciones, que respira y se arropa en el corazón y que sigue alentando, ayer como hoy, la familiaridad de una poesía, sugeridora y cercana.