Berlín Vintage y la construcción del individuo flotante

Sobre la novela Berlín Vintage, de Oscar M. Prieto

Pablo Huerga Melcón

Berlin Vintage
Oscar M. Prieto
Tropo Editores, España, 2014

 

Berlin-vintage-librario-narrativa-otrolunes35Proponemos en este artículo un breve ensayo de análisis gnoseológico de la obra, tomándola como un todo cerrado y terminado. Enfocamos por tanto la novela desde la perspectiva del finis operis, prescindiendo del finis operantis, es decir, de los andamios a partir de los cuales el autor ha construido su obra. El análisis gnoseológico tendrá en cuenta, por tanto, no ya las intenciones del autor, sus intereses, o cualquiera otro de los “motivos” a partir de los cuales ha llevado a cabo la construcción de su novela; sino, la realidad objetiva resultante de su trabajo, el ente concretado en forma de libro que recoge el título  Berlín Vintage. El análisis gnoseológico no pretende, por tanto, encontrar a través del texto las intenciones ocultas, o pretensiones que están en el origen de la obra, sino el resultado objetivo en tanto que se manifiesta como una institución objetiva cultural concreta, como toda obra de arte.

Más allá de la trama, y de las interesantes digresiones poéticas por las que transita la obra -una especie de arqueología de metáforas de lo cotidiano- se esconde la construcción de una figura poética que surge en medio de la trama. Al fin y al cabo, toda novela, como toda obra de arte, es, necesariamente, una forma de conocimiento, como dejó establecido Aristóteles en su Poética.

Los fines procesuales, que son los que tienen que ver con las acciones humanas, con las operaciones humanas, suponen una prolepsis, es decir una especie de visión previa de lo que se pretende conseguir, pero esta previsión no nace del “interior” del sujeto, por así decir, ni resulta proyectada por su mente “hacia el futuro”. No. La prolepsis supone una anamnesis, esto es, un recuerdo de situaciones previas, de modelos, de reliquias de situaciones previas ya conocidas, a partir de las cuales se construyen las operaciones con el fin de alcanzar lo que ya se prevé de antemano, porque está ante nosotros en modelos anteriores. En este sentido Las identidades sintéticas que construye la literatura tienen seguramente el alcance gnoseológico de modelos, de paradigmas normativos, porque se presentan a modo de recetas, guiones, programas a cuyo través pueden los sujetos trazar su propio destino, sus propios fines y planes. Y ese seguramente es –digamos- el ideal de toda obra de arte: alcanzar la conformación de un paradigma, de un modelo, de una nueva realidad ontológica. En este sentido, decimos que la novela de Óscar Prieto alcanza la construcción de un paradigma o modelo, de una figura, y esta es, creo, la razón por la que la obra adquiere un valor gnoseológico preciso.

En efecto, la novela ofrece la construcción minuciosa, de un personaje, Aldous, que resulta ser un modelo de persona, en la figura del propio narrador que desde un punto de vista personal y subjetivo va narrando todo lo que acontece a su alrededor, en una suerte de fenomenología radical donde todo queda registrado bajo los prejuicios del monólogo de dicho personaje. Creemos que este personaje es la recreación de la figura del individuo flotante, una figura de persona de estirpe puritana, calvinista, cuyo desenvolvimiento moral viene marcado por la idea calvinista de la Gracia santificante. La Gracia santificante en la perspectiva calvinista tal y como la describe, por ejemplo, Max Weber en su obra La ética protestante y el espíritu del capitalismo,  llega al hombre independientemente de su voluntad y de sus acciones, frente al ideal Católico. Necesariamente, la trayectoria de esta figura de persona transcurre por caminos que nos llevan desde las trampas que la Leyenda negra ha ido tejiendo contra la España católica con el inevitable sacrificio de Giordano Bruno en Roma en 1600, hasta la ambigua valoración del nazismo y la exaltación de la disidencia anticomunista, pasando por una rememoración nostálgica del encuentro entre Lutero, el gran libertador, frente a Carlos V, el gran represor. El autor ha construido con gran acierto muchos de los elementos que prefiguran ese fracaso de la idea de persona que trata inútilmente de construir la Unión Europea, y manifiesta, a nuestro juicio, el propio fracaso de esta Unión.

La clave para comprender la estrategia del autor en la conformación de este modelo de sujeto flotante puritano está en el hecho de que lo va a configurar utilizando la vida y la obra de  Caravaggio como contrapunto y leitmotiv;  un pintor católico, en medio de la Contrarreforma que, a pesar de ser un trasgresor, prefiere cocerse en el fuego católico que en las hogueras de Lutero. Pero para comprender estos detalles nos falta tomar una perspectiva diferente y nos obliga a salirnos del fundamentalismo antiespañol de la Leyenda negra. Es un ejercicio difícil, pero necesario, para comprender el proceso de configuración de este modelo flotante. ¿Quién no es hoy antiespañol en España? Caravaggio es un pintor comprometido con la involucración de la vida en el propio tejido sagrado de la religión Católica, que no duda no tanto en representar a la Virgen con la imagen de una prostituta ahogada en el Tíber, como al contrario, incorporar en los temas sagrados del arte pictórico a los hombres de carne y hueso; esto es, elevar a la condición de santa a esa misma prostituta. En una época, impresionante, en la que los protestantes ponían en marcha unas campañas de iconoclasticismo brutales, destruyendo cuadros, esculturas, imágenes, para fortalecer su distancia contra Roma, alcanza su cénit la obra magnífica de Caravaggio cada vez más apreciada por las autoridades eclesiásticas.

Tenemos, por tanto, una Iglesia católica que abre los caminos del arte pictórico (los seguidores de la Leyenda negra encontrarán convincente la idea de que la Iglesia católica cultivó el arte pictórico para mantener en la ignorancia de la escritura a los católicos, pero eso ya qué nos importa ahora), al tiempo que al parecer se convierte en el azote de todo progreso, frente a una religión protestante “revolucionaria” y progresista que, sin embargo, reacciona contra el arte con una virulencia populista insoportable. Caravaggio, que construye su vida a partir de los fines establecidos por su propio proyecto artístico, frente a Aldous que se deja llevar por la gracia santificante sin voluntad; un Aldous que duda si verdaderamente “uno es lo que hace, o si más allá de lo que uno hace hay un yo previo y perdurable”. Nada más evidente que encajar estas piezas del sujeto flotante calvinista en el marco de la ideología puritana que abre el camino en la historia a lo que tendríamos que llamar la fanática “idolatría del yo”, que encuentra en Kant a su mentor. Como cuando Píndaro el aristócrata animaba a “educar para ser quien ya eres”.

Desde un punto de vista filosófico, y más allá de las numerosas pinceladas de poesía filosófica innegable, nos parece que esta es la principal aportación de la novela, la confección de un sujeto cuyo mundo está construido sin raíces, ubi bene, ibi patria, vacío y sin horizontes, entregado a fines ajenos, y sometido a valoraciones superficiales de la vida, pero preñadas de erudición vacía. Un sujeto que pretende identificarse con Ulises, por cuya virtud patéticamente nos recuerda que no tiene Penélope que le espere con un jersey de lana, pero de quien se mantiene a una distancia infinita. Porque, como decía Carlos París, el mundo de Ulises es, sin duda, un mundo salvaje, una selva, que debe ser atravesada para alcanzar su hogar, su reino, el orden de lo civilizado. Necesita la verdad del adivino Tiresias para buscar su rumbo y perderá a todos sus compañeros en el camino. Sin embargo, Aldous recorre el mundo europeo en escaleras mecánicas, aeropuertos, trenes, aviones y autobuses, en medio de la urbe, en el mediodía de la civilización, donde, como decía Nietzsche, ya no hay sombras. Si Don Quijote se enfrentaba a los artefactos de la civilización, molinos, batanes, clavileños y galeotes, que disuelven el mundo ideal de las caballerías que sólo un loco puede añorar, Aldous entona un emocionado sinfín de elegías a la técnica, a los artefactos que le conducen, su portátil, el móvil, esa arma cargada de palabras, el cepillo de dientes, las escaleras mecánicas que conducen nuestro destino, los aviones, el pañuelo de tela. Y acierta al confeccionar este sujeto en medio de Europa, que es como decir, en medio de la Nada, porque creo que es precisamente éste el ideal de “homo europeo” que se está gestando en nuestra Europa calvinista, puritana, racista y xenófoba. Una Europa sin ideales, sin pulso, entregada a los estragos de la política internacional de EEUU, y vacía de todo contenido moral. No hay duda de que Berlin Vintage es una amarga declaración de desengaño contra el vacío de Europa.