Regentas, irreverencias, cubanidades

Sobre la novela La Regenta en La Habana, de Teresa Dovalpage

Amir Valle

La Regenta en La Habana
Teresa Dovalpage
Eriginal Books, Estados Unidos, 2014

 

la-regenta-en-la-habana-librario-narrativa-otrolunes35A la literatura cubana le falta juego, lo libertino e irreverente de lo lúdico. Y esa condición: el juego, la libertad, la irreverencia, es la amalgama sobre la que se asienta (añejándose en su esencia como los buenos vinos) la trama novelada por la narradora cubana Teresa Dovalpage en su obra La Regenta en La Habana.

La Habana actual (con la aún joven aunque ya madura profesora Yoana Rodríguez; su desangelado marido Don Víctor, profesor recientemente jubilado; Yosván, alumno universitario, amante de las letras, las locuras libertinas y el rock, entre otros seres de la habanidad más cotidiana a los protagonistas) y la asturiana Oviedo (con la bella Ana Ozores, el también desangelado Don Víctor Quintanar, el galán donjuanesco Álvaro Mesía y el controvertido párroco Fermín de Pas, a la cabeza de otros personajes secundarios) conforman un escenario muy particular: sus existencias en épocas distantes y distintas caminan paralelamente en las páginas de esta novela, pero se intercomunican, se retroalimentan, se complementan. Es imposible entender los hilos subterráneos de cada trama sin esos fluidos esenciales que se traspasan una a la otra, enriqueciéndose, vitalizándose.

Yoana Rodríguez, luego de una desesperada (y común para los cubanos) huída del campo a la ciudad, para colmo provocada por las consecuencias que para su vida trajo uno de los sucesos más bochornosos en la historia patria cubana: el conocido Caso Ochoa, consigue de golpe dos de sus aspiraciones: un buen trabajo como profesora de literatura en la Universidad y un buen marido; algo viejo quizás para ella, pero un hombre culto, complaciente, mimoso… tal vez el compañero ideal, si la vida (y la llegada a la vejez) no lo hubiera mermado como hombre, convirtiéndolo, además de una impotencia sexual preocupante para ella, en uno más de esos vejetes ahogados en sus manías y monotonías que tanto abundan por estos mundos.

Ante ese escenario personal es lógico que Yoana encuentre puentes emocionales, sirenas que exacerban sus frustraciones, señales de desesperante semejanza entre su historia y la que narra el clásico español Leopoldo Alas (Clarín) en su famosa novela La Regenta. Como una marca de ceniza que jamás hubiera imaginado, su obsesión juvenil y profesional por aquella obra literaria parece haber sido signada por un destino escrito que la hará vivir en carne propia, reproduciéndolas casi al calco, las circunstancias amorosas, los traspiés emocionales, las peripecias vitales, los traumas psicológicos, y los momentos de placer y dolor  narrados por Clarín en la España de 1884, en una trama ubicada en esos tiempos oscuros y revueltos de la llamada Restauración Borbónica.

Dos tiempos históricos distintos (la Habana actual, la Oviedo de la Restauración), pero igual de convulsos y rompedores de las vidas íntimas de cubanos y españoles. Dos búsquedas de la realización personal y la felicidad de la mujer distantes epocal y temporalmente, pero unidas por el eterno trauma de la dependencia femenina en la estructura de valores de la vida familiar (entonces y ahora receptora de los preceptos, obligaciones y estamentos reductores de su lugar en la sociedad patriarcal española en la cual se han formado los cubanos, por herencia de la cultura llegada desde la Madre Patria, pero también por la recibida de las culturas indígena, africana, árabe o china, pilares básicos visibles en el tronco de nuestra nacionalidad). La escena, así, está preparada para que se reproduzcan en el presente de Yoana los avatares dramáticos en el pasado de Ana Ozores. Y la condición esencial de ese estallido del clímax, la necesidad desesperada de una rebeldía salvadora, comenzará en la pregunta que se hace la cubana en una de las relecturas que hace de La Regenta:

Debía conformarme con don Víctor y su próstata triste, con el aburrimiento que inundaba el apartamento como un olor grisáceo a cloroformo, con la académica rutina de la universidad. Y para colmo, ahora me había brotado una cosita de mal augurio bajo el seno. No era justo, señor. ¿Por qué no se me presentaba una tentación fuerte como la de Ana? ¿Por qué no había un don Álvaro en mi vida, a ver, por qué?

El reto de este tipo de novelas radica en la aparente insignificancia del conflicto: los triángulos amorosos abundan, son parte de la cotidianidad humana; el amor y las complicaciones que trae a nuestra especie “racional”, “superior” son un lugar común incluso en materia literaria. Pero ese reto es vencido por Teresa Dovalpage mediante el juego, el contrapunteo literario a través del cual ambas historias están tan comunicadas que la protagonistas se verá obligada a reescribir la obra clásica de Clarín, en un intento por cerrar con el más sólido sello, el de su visión del pasado, los mundos intercomunicados del antes y el ahora, de la tradición y la modernidad, de los yugos asfixiantes  y las cadenas rotas, en ese signo que marca su vida. Esa singularidad sirve al mismo tiempo para enriquecer moralmente (y justificarla también en lo moral) las acciones de Yoana en sus amoríos con Yosván traicionando a un desvalido Don Víctor, y para releer (y justificar) el comportamiento irreverente, anormal, incluso antihistórico de Ana Ozores desde las libertades de la modernidad en lo referente al papel de la mujer en la sociedad.

Ese juego, además, se convierte en manos de la autora en un instrumento eficaz para atrapar al lector en la trama. Las jugarretas de los amantes de La Habana actual y la reescritura de las jugarretas de los amantes de la Oviedo del siglo XIX conforman los momentos de mayor expansión y tensión narrativa en esta novela.  Las reflexiones libertarias de ambas protagonistas (Yoana y Ana), el espíritu de nulidad conformista de los maridos (los Víctores), el desparpajo contaminador y libertino de los amantes (Yosván y Álvaro), e incluso las maquinaciones que contra los protagonistas tejen en el hoy y el ayer algunos de los personajes secundarios (por cierto, también muy bien configurados en el plano psicológico) dan una movilidad y una riqueza tal a la novela que facilita la lectura e impulsa a saber qué viene después de cada escena: en simples palabras, hablamos aquí de una de esas novelas que (aunque sea también ya un lugar común) “se leen de un tirón”.

Teresa Dovalpage, a lo largo de su obra, ha demostrado poseer el raro don de saber llevar sus historias, sin dislates ni complicaciones forzadas, al mejor final para el universo narrado. La priorización aquí del plano narrativo, la elección de los diálogos estrictamente necesarios, la colocación estrictamente de aquellas reflexiones imprescindibles (en una obra con un trasfondo moral que podría engañar a un escritor menos lúcido, obligándolo a emplear largos parlamentos moralistas para justificar el cuestionable accionar de los actores) y la estructuración de los bloques novelados en una sucesión intercomunicada (reforzando así la intercomunicación entre los diversos planos del pasado español y el presente habanero) son, también, logros de La Regenta en La Habana.

En resumen, que desde su aparente simpleza estructural, temática y estilística, esta novela de Teresa Dovalpage tiene mucho que enseñar: en su simpleza esconde su complejidad. Y eso es algo que hoy no abunda en nuestras letras.