Joan Vinyoli, lírico fuego

Sobre el poemario La mano del fuego, de Joan Vinyoli

Jorge de Arco

La mano del fuego
Joan Vinyoli
Edición y prólogo de Jordi LLavina. Traducción de Carlos Vitale
Candaya. Barcelona, España, 2014

 

la-mano-del-fuego-librario-narrativa-otrolunes35Al hilo del centenario del nacimiento de Joan Vinyoli (Barcelona 1914 – 1984), la editorial Candaya da a la luz una oportunísima antología, que bajo el título de La mano del fuego, reúne treinta y tres poemas del autor barcelonés.

La compilación, abarca más de tres décadas de creación, en concreto, desde Les hores retrobades, editado en 1951, hasta i Passeig d´aniversari, que fechado en 1984, fuera galardonado con el Premio de la Crítica de Poesía Catalana y el Nacional de Poesía. Una muestra, pues, suficiente y muy bien seleccionada por Jordi Llavina, quien en su prefacio, ahonda en las claves líricas y humanas que conformaron la existencia del poeta.

Enmarcado en un siglo XX que puede considerarse de oro dentro de las letras catalanas, el conjunto de su quehacer lo define Llavina como “obra de impresionante congruencia y firmeza (…) levantada sobre unos cimientos sólidos, severamente trabados, hechos, como los de las grandes catedrales, para hacer perdurar en el tiempo la soberbia edificación artística que es su poesía”.

Leyendo estos textos, puede hallarse, sí, el rigor y la disciplina de un poeta que supo trazar en sus versos la belleza de lo simple, el movimiento único y circular de la vida, la experiencia de la libertad creadora, la dialéctica trascendental que enfrenta al ser humano y la racionalidad espiritual que le tienta, conforta y y acaba  tornándose esquiva.

La poesía de Joan Vinyoli se movió próxima a una temática universal, donde el tiempo, el amor, la muerte…, se citan y se aúnan de forma recurrente. Si bien, su principal virtud, su esencialidad lírica, radique en la formulación que plantea de cara a confrontar la dicotomía entre la realidad y el incesante anhelo que envuelve hombre: el sujeto poético no puede desvincularse de su circunstancia absoluta y su verdad tan sólo podrá entenderse cuando sepa encontrarse en el mundo. Desde esa visión tan orteguiana, afrontó el vate catalán su “trágica condición de poeta”, pues sus necesidades económicas no le permitieron desarrollar a conciencia su inmensa capacidad creadora.

“Huésped inexperto de la tierra” y “Joan cargado de sombras”, se llamaba a sí mismo Vinyoli; y sin embargo, desde esa humildad y desde esa incertidumbre, su cántico fue creciendo vigoroso, portador de una voz inconfundible y reveladora que abre las puertas a la comprensión ulterior del ser, a la proyección temporal de las cosas: “El último clamor/ del día muere, dejándome sólo preguntas./ Como el mundo, así también la vida:/ puesta constante, fluyente, hacia nacimientos/ que no sabemos (…) Todos somos para morir/ pero un breve instante sobre la tierra/ arder amando te es concedido./ Otro saber no te es dado: es necesario perderse/ en fuego humilde, pero el amor conoce”.

La espléndida traducción de Carlos Vitale, acerca aún más, y de forma más precisa el universo creador del vate catalán, en cuyos poemas puede hallarse, al cabo, la luminosidad de sus imágenes, la perdurabilidad de sus metáforas, la simbología latidora de sus versos y la emotividad de sus textos amatorios. Imprescindibles para su lectura, “El baño” y “Perfectamente recuerdo”, del que dejo, como botón de muestra, estos versos: “Perfectamente recuerdo cuando venías/ por la calle del mar, con fuego en los ojos,/ cuando me viste en la oscuridad donde te esperaba (…) y allí, contra la tapia de un huerto nos abrazamos/ bajo la noche, deprisa, no fuera que alguien nos viese”.