Monstruos de la ira y otros poemas

Poesía

Maribel Feliú

 maribel-feliu-orilla-otrolunes-35Maribel Feliú Gómez nace en Holguín en 1963. Poeta y Narradora. Finalista del concurso nacional Farraluque de cuentos, 1997. Primera mención del Concurso de Cuentos Celestino, 1999. Cursó el taller de creación literaria Onelio Jorge Cardoso, 2000. Finalista también del concurso de cuentos César Galeano del centro Onelio, 2000. Premio Isla Negra en poesía, 2004 con el poemario, Una taza de sueños. Tiene publicado el libro de cuentos, Los Pájaros Inmortales, Ediciones Holguín, 2005. Premio Ámbito en poesía 2007, Oscuros Pasadizos. Premio Regino E. Boti con el cuaderno, El reino de los Muros, 2007, publicado en el 2009, Editorial El mar y la montaña. Premio de la Ciudad de Holguín, 2009 con el cuaderno, Después será la vida, publicado por Ediciones Holguín, 2010. Poemas y cuentos de la autora aparecen publicados en diferentes revistas y antologías de Cuba y el extranjero. Su firma aparece en la antología de narradoras cubanas, Te con limón 2004. Publica por Ediciones Holguín, 2012, el libro de cuentos, La carne reza.

 

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Alejandra Pizarnik observa la noche

Qué haré conmigo, con este miedo que calcina las paredes
qué haré con la noche
que se fuga tras esa ventana interminable
con la extraña sensación de habitar en otro mundo
a dónde irán los monstruos después de beber mi sangre
hay muerte ahogada en mi garganta
y una espera dilatada     feroz
que necesita más amitriptilinas que una dosis de seconal.

Qué haré, entonces, conmigo Alejandra
con este sueño imposible
y esta piel que se conmueve
tejiendo redes en su propia madriguera
leyéndote   me desplomo.
Soy pájaro    jaula     invención
una pieza que peligrosamente muere
junto a la noche de tu ventana.

 

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Monstruos de la ira

Hasta aquí se han apropiado de mi voz de pájaro asustado,
de la aurora y las últimas amapolas del aullido.
Hasta aquí, los nombres que me fueron vedados
todo lo intrascendente y común
las fiebres y los hombres que me amaron.
Hasta aquí, la noche reciente
la lumbre sobre las sábanas raídas
la coartada     las fieras del desamor
la feliz caricatura del enemigo    sus escaramuzas
el alimento de cada día sobre una mesa inexistente.
Hasta aquí, todo el mal que me han hecho
y el que procuran hacerme
las interminables tabletas    los insomnios.
Hasta aquí, la soledad y la engalanada tristeza
las ideas fijas      la muerte
los ahorcados     las voces
Hasta aquí, yo misma   hasta aquí, la paranoia.

 

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Bajo este cielo

A Ghabriel Pérez

Uno termina convirtiendo el infierno en paraíso. A fuerza de esperanzas hace autos de fe y saca del pecho toda la sangre maldita. Todo el negro dolor de los días que no tienen sentido.  Somos hijos de náufragos. Nosotros, los de hoy, traficantes de sueños, perdimos los contornos, los límites y el poder contra el humo. Buscamos un milagro y nos han dado como heredad los escombros y el fuego de una ciudad.

Uno recorre la capital con presentimientos ajenos y dulzura agónica. Último aullido estalla en las rocas silenciosas de estos días, días del ayer, del hoy verdinegro, con sus magníficas soledades. Cambiamos reliquias por un pedazo de tierra.
Conquistar pudiera ser la palabra exacta. Pero estamos hechos de una materia gris, oxidada. Soltamos los perros de la ignorancia antes que cantara siete veces el gallo. Se quebraron las plegarias, los himnos. Sólo sobreviven nombres, figuras, traidores. Un olvido elemental nos corroe. Nada nos salva de esta rabia mortal. De este volver cotidiano de Cara al Sol, para no morir y envejecer con las manchas del combate.

Oh, vida mía, vida nostra. Qué esperabas, un verso húmedo, caliente, obligatorio. No vez que era difícil acudir a la batalla y soportar este duelo callado. Este nudo intestinal, abrupto. Nosotros, los de hoy, quizás los non gratos, solemos darnos las más escuálidas tardes, un café humeante que corona sacrificios. Tres mágicas Lucías reparten nuestras más fieles pobrezas.
Nuestros más sutiles quebrantos.

Somos burbujas. Perdimos los cálculos.  Sólo quedan papeles amarillos en los que procuramos mitigar las miserias del hombre, de Dios. Preferimos morir con los ojos bien abiertos. Para no ser enemigos de enemigos mayores de raza árida.
Y era necesario decir, hasta aquí y aumentar contingencias para no provocar desastres. Tantas espinas crecen de un lado y del otro. Tanto pasto sangrante que se han extraviado las coordenadas. Y estamos marcados por el hierro inevitable de otro tiempo. En busca de la conquista, de lo que nos pertenece. De nuestra pequeña cuota o noción paraíso.

Tocan las cornetas a degüello. Nadie ha vuelto todavía.

 

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Humanamente

Cantando bajo la luz perdimos la lengua, la voz. Animales distraídos  anudaron el hilo de la vida para no extraviarse. Pagando justo por observadores. Ahora, no se podrá regresar por la misma cuerda. El viento desata un olor a fraude, a trampas. Insólitas lenguas envenenan con arpones dorados. Nadie podrá salir del caracol sin antes afilar los dientes y dejar al resguardo de otros, menos convincentes, pero sádicos, las alucinadas palabras.

El mundo ha enloquecido y de locos y fatalismos estamos llenos, digo, hechos. Nuestra mente pertenece a otras entidades. A otros reinados irreconciliables con el nuestro. El nuevo y mordaz estilo es la lengua.

No importa que hablen por tu magra lengua. Los menos fieles, los de insidiosas costumbres te convidan. Planean asesinatos que sin llegar a realizarse se dan por hecho. Ay, miserables de oscuros dialectos, hieren como puñales y te dan muerte tantas veces les sea posible. Saben que somos vulnerables.  Caemos una y otra vez.

Hay lenguas en los semáforos, en cada esquina, encadenando hu-ma-na-men-te tu lengua. Y el amor es una vieja fábula, un dolor ajeno, visceral, mío, que, pulsa y lástima la sangre.

Advertimos que hemos perdido la lengua, la voz, la fe y el sentido de permanencia. Aferrados al no lugar, a la sinrazón. En fin, respirar es ya un artificio.

 

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Para cuando faltes

A mi madre

 

Hemos vivido las tempestades más crueles. Edificamos la casa sobre la arena del río. Alimentándonos de los peces que venían a morir a la orilla.

Qué doloroso silencio para cuando faltes. Adviertes que para cuando te hayas ido la casa no será jamás la casa. Viviré aferrada a tus indumentarias, tus zapatos gastados. Esas cosas pequeñitas, sencillas, pero profundas. Quedarán tus verdes ojos construyéndome un porvenir y tus aromas recorriendo la casa circular y vencida. Has hecho hasta lo imposible para que yo no sintiera más la frialdad estremeciendo el lecho incómodo. Para que no regresaran aquellos días en que dormitábamos en el suelo. Y yo sin encontrar razón de tanto desamparo. Dios no estaba, nunca estuvo entre nosotras. Y no podíamos culpar a nadie por esas carencias generales duplicadas por años. Ni por el deterioro de nosotros mismos. Tal vez estuvimos destinados desde un inicio a vivir sin vivir. Afuera, un cielo en penumbras, siempre igual. Y nosotras en busca de un aire más cálido, más tierno, más auténtico. Decías, que los vientos alisios entrarán de golpe casa con buenos augurios.  Ay, madre, pero, cómo arrancarnos del pecho los incesantes golpes homicidas. Las piedras lanzadas a nuestras frentes. Ah, mi querida reina niña he tenido un sueño oscuro contigo y me persiguen presentimientos de muerte.

Madre, para cuando te hayas ido me envolverán las sombras y en la penumbra vaga el torpe sillón donde se restauraban las amarguras.  Y comienzo a recordarte como si ya te hubieras ido.

Antes de venir a guarecernos sobre la arena del río, habitábamos en una casa de madera, al final del patio una cañada. Cuando llovía se inundaba con el agua ennegrecida. Siempre fueron esas aguas semejantes a nuestras vidas. Aún no estamos a salvo, aquí, existe un naufragio cotidiano. Madre, hay una combinación perfecta entre esas aguas y este mes de diciembre con sus raíles de puntas. Sombría navidad en que veo como te brotan las alas. Acecha el miedo y prefiero callar, decirme, a mí, misma que es una trampa, otra mentira.

Intento quitarme este negro aguacero de los ojos y ahuyentar la lluvia seca, helada, que corre por mi cuerpo. Y me pregunto, quién vendrá con la sonrisa a flor de piel cuando amanezca. Quién abrazará conmigo tantas noches en el insomnio. Me encierro en mi crisálida con un dolor hondo y te veo partir y ya la casa no será jamás la casa ni seré nunca más yo. Y me veo muriendo por el golpe. Ay, madre, si yo pudiera retenerte un poco más. Pero el tiempo se quiebra.