Céspedes y Agramonte, vistos por José Martí

José Gabriel Barrenechea

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Uno

El 10 de octubre de 1888, en el semanario El Avisador Cubano que dirigía en Nueva York Enrique Trujillo, se publicó un texto de José Martí que mucho nos revela su posición real ante determinados dilemas políticos trascendentales para el futuro de Cuba: ¿Prefería un mando militar y una estructura monolítica para la Revolución que nos separaría de España, o por el contrario un mando civil y una estructura consensual, en que hasta el último ciudadano pudiera sentirse no seguidor disciplinado de algún caudillo, sino parte activa de la obra que a la larga iba a parir la República Virtuosa y Democrática con la que soñaba? Aunque su elección es clara y por lo tanto debería sernos evidente a todos, la realidad es lamentablemente bien otra. Lo cual se percibe en la insistencia con que son presentadas ciertas formas políticas, para nada del agrado del Apóstol, cual si se inspiraran en su pensamiento, y obra.

Por otra parte, que tantos políticos espurios o alucinados hayan comenzado sus carreras en, o hacia el poder, fotografiándose de espaldas a una imagen suya, no debe conducirnos a “matar” a José Martí, como de hecho nos propone Rafael Rojas en uno de sus primeros libros. Contrario a ciertas ideas muy extendidas, el pensamiento de este hombre desmedido, con pleno derecho tan influyente en nosotros, aun a ciento veinte años de su muerte, no es de ninguna manera un elástico que pueda ser estirado para abarcar en él cualquier visión o proyecto que se nos antoje justificar como ya existente en él, aun en potencia. El pensamiento de José Martí solo puede ser un elástico para quienes lo leen superficial e interesadamente; o desde claves no suyas, inspiradas por una formación intelectual demasiado preocupada por absorber todo lo recién salido a la palestra intelectual del abigarrado mundo presente.

Se impone salvar el pensamiento del Apóstol de quienes lo falsifican, o de quienes pretenden silenciarlo; sea dicho no obstante en reconocimiento de estos últimos, por miedo a tanto tergiversador.

Es innegable que Martí no ha concretado nunca un pensamiento sistemático. Aparte de haber muerto a poco de cumplir 42 años, una edad a la que un pensador solo comienza a salir de la adolescencia, él no ha sido un académico, un sabio de gabinete, sino un hombre dado a una obra concreta: La creación de un pueblo que, por su posición en el mundo del siglo XX que por entonces está por nacer, sea decisivo en los destinos humanos de todo el planeta. Pero a pesar de esa asistematicidad, inspirada también en razones semejantes a las de Miguel de Unamuno para justificar la suya propia, es clara la existencia de límites éticos en Martí, o, como trataremos de aclarar en este trabajo, jerarquías bien determinadas de valores, y consecuentemente de las personalidades que llegan a representarlos.

 

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Dos

Partamos primero que nada de reconocer la no pertenencia de José Martí a esa clase de políticos obtusos, incapaces de ver que antes de crear la república democrática en que se consensuara la ley, se necesitaba de cierto ímpetu creador. Solo mediante un arranque sublime se puede echar a andar a un pueblo que ha soportado por años el escamoteo de su libertad, y que es más, se ha habituado a vivir sin ella. Esos arranques solo pueden ser obra de hombres volcán, tremendos e imperfectos en su arrebato.

Estatua de cera de Carlos Manuel de Céspedes en el Museo de Cera de Bayamo.

Estatua de cera de Carlos Manuel de Céspedes en el Museo de Cera de Bayamo.

Tal era en esencia Céspedes para Martí; aunque también más, que el Apóstol no era hombre de arquetipos cerrados. Es cierto, pasado el primer momento, vencida la inercia, a juicio suyo se necesitaba de esta clase particular de hombres un sacrificio al que de por sí son ellos poco dados: que tuvieran la voluntad necesaria para hacerse a un lado. En esto Céspedes, al bajar “de la presidencia cuando se lo manda el país”, se había comportado para él de una forma digna de eterna memoria.

Porque es cierto que Céspedes se ha creído en cierto momento “con derechos propios y personales, como con derechos de padre, sobre su obra”, que no se ha visto “como mortal, capaz de yerros y obediencia, sino como monarca de la libertad, que ha entrado vivo en el cielo de los redentores”, que se ha mirado como sagrado, y no ha dudado “de que deba imperar su juicio”, pero también que “cuando inclina la cabeza, con penas de martirio”, y deja paso a los nuevos hombres, “a la juventud apostólica (que) le sale con las tablas de la ley”, se ha ganado para la eternidad el derecho de imponernos, “desde su choza de guano”, la dignidad de Nuestra Patria”, ya no solo por un arranque sublime.

No obstante, lo dicho antes no debe hacernos perder el camino hacia la cabal comprensión de su pensamiento: Para Martí, a pesar de la innegable necesidad inicial de romper con la inercia de un pueblo habituado a la Tiranía, el fin último y único no puede ser otro que alcanzar la verdadera libertad, y no algún engañoso sucedáneo suyo. No rompíamos las cadenas con que nos aprisionaba España para que una casta militar propia viniera a sustituírnoslas con otras más infamantes, en base a ciertos “derechos de padre”, a ciertas “ideas patriarcales”. En ese caso a su entender habría sido preferible una y mil veces no haber desenvainado el machete redentor.

Pero evitarlo Martí era consciente de lo necesario de un nuevo tipo de hombre, no ya de impulsos, sino a su decir, de virtud. Superior por lo tanto al primero, al menos en la escala de los personales valores martianos.

Que Martí valora a Agramonte superior a Céspedes, se nos transparenta ya desde el arranque mismo del texto en esa frase tan esclarecedora: “De Céspedes el ímpetu, y de Agramonte la virtud”, y un par de líneas más abajo, como para remachar la idea, en esta otra: “De Céspedes el arrebato, y de Agramonte la purificación”; o en que, según nos dice allí mismo, mientras el primero desafía con sospechosa autoridad de rey, Agramonte vence con fuerza espiritual, divina, como de luz, no acusable por tanto de ningún posible egoísmo autocrático.

No ya Martí, sino casi ningún hombre culto de fines del XIX habría colocado en un lugar superior el ímpetu a la virtud; ya ni tan siquiera a un mismo nivel. Invertir la jerarquía, tan propia de occidente desde sus mismos orígenes en las ciudades jonias del Asia Menor, en que la virtud se ubica de modo incontrastable sobre el ímpetu, solo se realizaría en gran escala algunos años después, en ciertos bolsones culturales del nuevo occidente freudiano, surrealista. O en esa particular aberración del siglo XX, el fascismo, en que se idolatró el pretendido triunfo de la voluntad, de la liberación de lo instintivo.

Aun para el Martí político con los pies bien asentados sobre la tierra, que comprende la necesidad del ímpetu para romper la inercia de los pueblos esclavizados, resulta incuestionable que ese ímpetu debe de estar bajo el control, antes o después, de la virtud. Que solo esta purifica al humano, en un final, de su inseparable parte animal; si se es capaz de constreñir esos arrebatos y pasiones a las reglas éticas de la virtud. Que la verdadera libertad solo nace de ella.

Se nos transparenta esa diferente evaluación, más que nada, en la aplastante diferencia en el número de reconvenciones que Martí les dedica a uno y a otro a lo largo del texto.

El hecho de que Martí le haga señalamientos bastante cargados a las actitudes de Céspedes, y nunca en el caso de Agramonte, es más que ilustrativo de hacia quién se inclinaban sus preferencias. Al primero le señala su tendencia, en adornadas y políticas palabras, no obstante, a aspirar a conducirse como un autócrata. Tendencia personal que El Apóstol ha reconocido en un emotivo y largo párrafo que Céspedes supo ahogar en sí mismo, por el bien de la Patria. Pero que obsérvese bien, implica en sí que para Martí lo destacable, lo que hay de virtud en Céspedes, es que ha sido capaz retraerse para que quienes son más virtuosos que él, en definitiva, marquen el paso democrático y civilista de la Revolución. Cuyo fin último no es tan solo la independencia de España, sino la República Virtuosa, con todos y para el bien de todos.

Es significativo además el hecho incontrastable de que, a lo largo de todo el ensayo, al hablar de Agramonte Martí nunca suena igual que al hacerlo de Céspedes.

Ignacio Agramonte (1841-1873).

Ignacio Agramonte (1841-1873).

Por el contrario, de Agramonte solo encontramos destaques, exaltaciones, y un tono poético muchísimo más elevado, casi cabría decir que ebrio de admiración, o adoración incluso. Martí no le dedica nunca a Céspedes una imagen ni remotamente parecida a esa de “diamante con alma de beso”, o esas otras dos, la de que “era un ángel para defender, y un niño para acariciar”, y la de que tenía una estrella donde los hombres solemos tener corazón.

Esta diferencia prueba la disímil percepción por José Martí de ambos próceres. Y es que no solo se percibe una jerarquización clara de ambos hombres para el Martí racional (que no lo era tanto al nivel en que se pretendía estilar por sus contemporáneos), sino aun para el Martí sentimental.

Si extendemos nuestras lecturas más allá del texto en cuestión se nos revelará también esta preferencia sentimental del político José Martí por el Bayardo. Una revisión del título “Hombres”, bajo el cual se hallan agrupadas en el cuarto volumen de sus Obras Completas, editadas por el Instituto Cubano del Libro, toda una serie de semblanzas de figuras destacadas de nuestras guerras de independencia, demuestra esta afirmación. Es bueno recordar, por cierto, que este modo de organizar los trabajos de Martí respeta su propia voluntad, la que le transmitiera por carta a Gonzalo de Quesada.

De Céspedes Martí solo habla con prolijidad cuando evidentemente desea trazar un paralelo con Agramonte. Es el caso paradigmático que ya antes hemos analizado y en alguna menor medida en el de El 10 de Abril, publicado en Patria, el 10 de abril de 1892.

Aquí vuelve a descubrirse el diferente tratamiento que Martí les dedica a ambos próceres. Mientras Céspedes juró como presidente la ley de la República “con acentos de entrañable resignación, y el dejo sublime de quien ama a la patria de manera que ante ella depone los que estimó decretos del destino”,  o sea, recordando el texto martiano de cuatro años antes, “sus derechos personales y propios” de “monarca de la libertad”, la actitud de Agramonte nunca es cuestionada ni aun con estas tenues maneras. Él es con Zambrana el artífice de la Constitución de Guáimaro, y por lo tanto de la estructura institucional de la Revolución, pero aunque Martí a ratos menciona la traba legalista, nunca relaciona explícitamente a Agramonte con ella. Como si ha hecho con Céspedes en repetidas ocasiones al hablar del peligro del autoritarismo.

De Agramonte en fin todo es exaltación de su virtud. Si para recibirlo Céspedes ha mandado a tocar las campanas, en un gesto propio del monarca que se cree y siente, Agramonte, con un “rubor que le llena el rostro, y una angustia que tiene de cólera”, las hace callar de inmediato. Martí ve claramente esa diferente actitud ante las representaciones del poder político de ambos próceres, y aun cuando no desea traer la desunión a las futuras filas insurrectas, no consigue detener su pluma y la registra en papel.

Por su parte de Agramonte solo si habla, y siempre lleno de esa admiración, con trazas de adoración, que el Martí empeñado en subsanar las heridas de la anterior guerra no parece alcanzar a contener con algún esfuerzo distanciador. En Los Hombres de la Guerra, en Patria, el 23 de abril de 1892, destaca su hábito de no comer lo que no alcanzaba para todos. Una actitud inusual en una guerra en que los generales cuentan con ayudantes que les procuran y preparan las comidas, y en que cada cual come lo que puede y consigue. Recordemos el ilustrativo episodio que en su libro En la manigua, diario de mi cautiverio, nos narra Antonio del Rosal, en que nada menos que Antonio Maceo la emprende a planazos con su asistente por no compartir con él y sus invitados una jutía que evidentemente no alcanzaba para tantos.

En El Teniente Crespo, en Patria, 19 de marzo de 1892, en el que de paso, al destacar las habilidades militares del Mayor, también subraya la superior virtud de otro de nuestros patriarcas estoicos. Ensalzado Máximo Gómez por sus logros militares interrumpe al adulador con su natural ríspido. “Amigo, aquí lo que ha pasado es lo siguiente: me he encontrado un violín con muy buenas cuerdas, y muy bien templado, y yo no he hecho más que pasarle la ballestilla”. El violín de buenas cuerdas y muy bien templado, como nos aclara Martí, no es otro que la caballería camagüeyana que le había legado El Mayor.

En Conversación con un hombre de la Guerra, en Patria, 28 de noviembre de 1893, donde Agramonte es la figura central, la referencia en medio de la guerra para uno de los curtidos veteranos con quien Martí conversa en un cuarto en que “se respira libertad”.

 

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Tres

Martí y María Mantilla

Martí y María Mantilla

José Martí no fue un ángel. Ahí está el affaire Carmen Miyares para echar abajo cualquier pretensión hagiográfica; mucho más si lo miramos desde una perspectiva contemporánea al mismo. Tampoco era un hombre de todos los tiempos y con respuestas para todas las preguntas a las que los humanos debamos enfrentarnos. Sus ideas profundamente machistas sobre el lugar de la mujer en la familia y la sociedad así lo demuestran. No era ni tan siquiera lo que podríamos llamar el cubano típico, que si lo hubiera sido no habría escrito aquello de que: “Hay que sacarse de la sangre el Madrid cómico”. Solo era un hombre, pero de los que a ratos nacen en medio de la masa y que por su muy superior inteligencia, y profunda necesidad de otorgarle un sentido ético a sus días, los empeñan con pasión y casi sin dudar en una de esas obras que para el resto de los mortales quedan muchísimo más allá del horizonte de sus vidas.

Es cierto que José Martí no debe tener la última palabra en cualquiera de nuestras ideas, sueños, decisiones o proyectos. Pero lo es también que olvidarlo, “matarlo”, sería como entregarle la raíz final de lo que somos a quienes a diario subvierten, simplifican y matan, pero de verdad y no como ejercicio de retórica, esa inefable esencia nuestra: Lo Cubano. Mal andaría Occidente, por ejemplo, si de buenas a primeras “matara” a Tales de Mileto o a Sócrates. Una buena muestra de lo que podría sucedernos la encontramos en el intento de “matar” a Cristo, en que ciertas élites intelectuales de occidente se involucraron desde las postrimerías del siglo XVIII. Sin comprender que mucho de lo que en realidad somos, incluidos y quizás por sobre todo nosotros mismos: ateos, agnósticos, deístas… se enraíza a través de los siglos en aquel otro hombre extraordinario.

En Cuba más que matar, se impone revivir a tantos y tantos a los cuales se ha desaparecido interesadamente a lo largo de toda nuestra historia, o rescatar a quienes, en contra de ellos mismos, han sido usados para justificar el establecimiento de lo que en sus tiempos habrían enfrentado sin dudar. Como es el caso de José Julián Martí y Pérez, quien no habría soltado desde la tribuna del mal chiste la mala palabra conocida convertida en acrónimo, sino un grito que seguramente estremecería las entrañas de esta Tierra Nuestra.

Resulta hoy más que nunca una tarea necesaria comprobar que el político José Martí, a pesar de que busca con vehemencia la unidad de las dispersas fuerzas de la Patria para lanzarse a la Guerra Necesaria, no está ni racional ni sentimentalmente dispuesto a sacrificar por esa unidad lo que es para él el Fin y lo Esencial. Es esa determinación lo que escapa de estos textos, de estas comparaciones, en que el demócrata Agramonte termina en la jerarquía martiana en un lugar muy superior al autoritario Céspedes. Y es que para Martí lo que importa por sobre cualquier otra consideración no es lograr una unidad por la unidad, que permitiera alcanzar con mayor seguridad y rapidez la independencia, sino construir una República Virtuosa y Democrática. En la que en definitiva se lograría también la unidad, pero a partir de los consensos democráticos y no como resultado de la imposición militarista. En la que la soberanía nacional sería el privilegio de todos los cubanos mediante el ejercicio virtuoso de sus derechos y deberes cívicos, y no quedaría como en custodia de algún “monarca de la libertad”, dotado de “derechos propios y personales, como con derechos de padre”, sobre la Patria, a la que concibe como “su obra”.

Del Autor

José Gabriel Barrenechea
Investigador y periodista cubano. Un activo colaborador de la prensa independiente cubana. Lleva varios años escribiendo sus artículos sobre diversos temas históricos y de la actualidad cubana para publicaciones independientes en la isla y el exilio, entre los que destacan el sitio digital 14ymedio y las revistas Convivencia y Voces. También formó parte del equipo editorial de magazines independientes de las cada vez más prolíferas ¨samizdats¨ cubanas, como La Rosa Blanca o Cuadernos de Pensamiento Plural.