Palimpsesto sobre palimpsestos

Sobre el poemario Cuaderno del orate, de Cecilia Domínguez Luis

Antonio Arroyo Silva

Cuarderno del orate
Cecilia Domínguez Luis
Ediciones La Palma, España, 2014

 

“Hablo desde la cárcel que tú también conoces.
Pero, ¿qué pasa si la aceptamos? ¿No se vuelve albergue?
¿No se una a nosotros para formar un ser real?”
Rafael Cadenas, Dichos.

 

Cuaderno-del-orate-librario-narrativa-otrolunes35Desde el principio les digo que Cuaderno del orate (cuatro meses y un día), de Cecilia Domínguez Luis, publicado por Ediciones La Palma hace poco más de un mes,  posee el don y la felicidad de muchas lecturas, muchas capas o sedimentos. Palimpsesto sobre palimpsestos.

En primer lugar, hay que destacar la lectura que hizo Juan José Delgado en la primera presentación, que se detiene en la imaginería surrealista (claro está: es un orate el que habla). A esto el que ahora escribe quizás debiera añadir cierta adscripción fetasiana de la obra, sobre todo por la manera de enfoque. Por el ambiente. Bien sabida es la temprana relación personal y de aprendizaje de nuestra autora con Isaac de Vega y Rafael Arozarena (también con Pedro García Cabrera y Olga Rivero Jordán, entre otros).

Está claro que la idea de lo fetasiano se plasmó en un movimiento sin manifiesto, pero con mucha memoria, es decir, con raigambre en el surrealismo que se dio en nuestro Emeterio Gutiérrez Albelo y algo en Pedro García Cabrera. Con todo, también el desarraigo que, de paso, se funda en las raíces de lo mítico. El existencialismo de Sartre y, por supuesto,  ese sentimiento de tierra baldía y de oquedad que vemos en TS Eliot y en Kafka que nos vino con la situación sociocultural de la posguerra, concretamente en Canarias.

Cecilia Domínguez no pretende fundar nada sobre el mito. Al contrario, con la voz del desasosiego y, a veces, la ironía acude a lo fundado por ese sistema patriarcal hispano tan característico para subvertirlo.

“Yo navego hacia la orilla de las espadas” (p 66).

“Yo soy la que juega al corro de las sillas vacías”. (p 67)

Realmente, todo esto supone ponerle límites a la cosa esta del poemar y esa no es nuestra intención (ni la mía ni la de Juan José). Al contrario, se trata de abrirles un postigo para que ustedes, lectores, se escapen por él y se pierdan en las noches de sus propios delirios o iluminaciones.

Si fetasiano ha de considerarse este poemario (que no), téngase en cuenta que el personaje o sujeto poético que posea tal denominación ha de sentirse extrañado en todo momento y perderse en su páramo sin saber a cuenta de qué viene el cuento. Aquí, por el contrario, nuestra poeta sí que sabe por qué viene el canto y por qué no es cuento ni ficción. A no ser que  (y de este asunto no habló el teórico José Antonio Padrón en su artículo “Lo fetasiano”) se trate de una mujer poeta que irrumpe desde la habitación de su propia vida con un lenguaje fronterizo entre la expresión pariarcal y la falta de temor a la caída, tema del que habla de forma certera Jorge Rodríguez Padrón en un célebre libro El barco de la luna. Clave femenina de la poesía hispanoamericana:

Y ahí, la condición intermedia, y por ello fronteriza, de la mujer, la desconcertante relatividad de su aportación. Si el hombre escribe con pretensión de solución, y reclama un fin cierto y busca su posterior satisfacción (perturbado ante la ambigüedad, reincide en un maniqueísmo de cualquier condición); la mujer se atreve, sin más propósito que ese atrevimiento; no sabe, ni le interesa saber, qué le aguarda al final (sin temer la ambigüedad, no se satisface con soluciones excluyentes). Riesgo que no corre el hombre, cumplidor celoso de la ley o transgresor de ella, siempre que considere cubierta la retirada. El héroe por excelencia, el protagonista épico, actúa siempre de acuerdo con un código riguroso; sale para encontrarse, pero su acción estará siempre amparada por la ley”. (Jorge Rodríguez Padrón. El barco de la luna. Clave femenina de la poesía hispanoamericana. Fundación para la Cultura Urbana. Caracas, 2005).

Entiéndase que no pretendo extrapolar esta dicotomía a nuestro entorno; pero sí a ciertos momentos de las circunstancias vitales de Cecilia Domínguez.

En Cuaderno del orate (cuatro meses y un día) existe una sensación de extrañamiento de lo trágico que nos transmite la autora a través de un desdoble propio de la personalidad, un desdoble en la escritura, entiéndase. Desdoble entre un él y un ella, un yo y un tú y al mismo tiempo alejamiento crítico y expresivo cuando habla esa ella o ese él. En la capa segmentaria del libro más cercana a la superficie del sentido poético hallamos el irracionalismo de un orate confinado en un Psiquátrico durante cuatro meses y un día. En las capas de más adentro, mucho más. Es la manera de alejarse y extrañarse de Cecilia Domínguez. Decían las culturas antiguas que el orate, el loco, tenía propiedades mágicas, premonitorias. Sirva de ejemplo este poema para ilustrar lo que digo ahora y a continuación:

“En doble materia convertido, divido mi sombra.
El caballo, sin arnés, galopa delante de mí
de esa parte que lleva tu cuerpo y mi rostro.
También se multiplica el canto, el árbol, la estatua del jardín,
y la incertidumbre de los dragones.
El cielo, el cielo es quien ahorca las rosas y quema los caminos.
Pero yo avanzo apilando pulmones de aves canoras,
por si ellas me conceden la unicidad que este día me niega”.
(p 72 op. cit.)

Conociendo cierto hecho biográfico que en cierta manera explica el móvil de la confección de este libro, ¿por qué un orate y no una orate? ¿Acaso la que fue recluida no fue la mujer concreta y por ende su concreción crítica femenina que ahora al cabo de los años escribe? ¿Se trata de una vuelta de tuerca, una manera de venganza, acaso? No lo creo. Muchos años han pasado desde ese hecho, muchas partidas de ajedrez de una conciencia con la otra, de una sangre contra su opuesta donde el nosotros sea la palabra mágica que abra las puertas de la existencia, para ir mañana juntos a encender los cerezos (cito de forma libre algunas imágenes del colofón del Cuaderno). Tratamiento, pues, de la memoria  no sólo de la íntima personal de Cecilia Domínguez, sino también de una hilatura que la une al grito silenciado de otras mujeres de Canarias como Mercedes Pinto, cuyo alejamiento fue más bien geográfico, un exilio exterior. Un grito universal, ¿acaso el de la madre tierra?

Este dolor de la mujer lleva al delirio y de ahí al paro absoluto de la conciencia, al alzaimer que va borrando las palabras y, por tanto, el mundo. Pero Cecilia y su poesía son capaces de salvar esos abismos a los que se vieron y se ven abocadas muchas mujeres. Lo mismo que Teresa de Cepeda, Juana de Azbaje, Leocricia Pestana, Alejandra Pizarnik…

En Cuaderno del orate el tiempo se transforma en paisaje, muro, ventanuco, reja. Y el paisaje del roce dialoga con una memoria llena de plasticidad pictórica que a veces me transfieren a cuadros de Óscar Domínguez, De Chirico…La realidad transformada por el arte: poesía, pintura. Y jazz que va trepando por los muros de una torre como una enredadera y libera los sentidos, los innomina para que vuelen libres y funden el mundo verdadero. Surrealismo salvador, porque lo que verdaderamente es irracional es el mundo que nos rodea y la poeta no teme caerse a los páramos del lenguaje, como un  Altazor o Asteriza (palabra de la poeta chilena Astrid Fugellie Gezan, alter ego femenino del primero), sino al erial de la nada a que se ve condenada por su condición de mujer que dice no y reivindica y que ignora la identidad de quien dice conocerla. Cuadros y jazz que nuestra autora pinta con palabras en el aire de la celda de su poema.

Además, los cánticos de los juegos infantiles y los boleros se entremezclan, como un contrapunto, con los salmos religiosos. Las oraciones y, cómo no, El cantar de los cantares. Son mecanismos de la memoria. La palabra viene del canto y con el canto la memoria de los buenos momentos de la infancia y los malos de la juventud, cuando el espejo del mundo se hace añicos en los ojos de una Alicia al despertar del sueño. En la espera, en la desesperación, surge el salmo, como algo inevitable a lo que estamos sometidos dentro y fuera de la celda del psiquiátrico. Es una camisa de fuerza que nos amarra en el vacío. Es el temor a Dios y al hombre que fabrica a ese dios.

Y ahora, admirada poeta, sumérgenos en el sueño de la lectura. Te pido que por un instante nos traigas al pabellón de nuestra conciencia la voz de tu orate.

Y, como tú dices siempre:

¡Salud y República!