Finjo que no has visto el mar y otros poemas

Poesía

Luis Manuel Pérez Boitel

Luis Manuel Pérez Boitel - Foto: Ramón Barreras Valdés

Luis Manuel Pérez Boitel – Foto: Ramón Barreras Valdés

Luis Manuel Pérez Boitel nace en Remedios, Villa Clara, el 10 de agosto de1969. Poeta y abogado. Es Licenciado en Ciencias Jurídicas, y miembro de la Unión Nacional de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC). Ha publicado los poemarios: Unidos por el agua (Premio Fundación de la Ciudad de Santa Clara,1997), Bajo el signo del otro (Premio Pinos Nuevos, 1999), Los inciertos dominios del escriba (Premio Calendario, Asociación Hermanos Saínz, 1999), La oración del inquilino (Premio Sed de Belleza, 2001), Aún nos pertenece el otoño (Premio Casa de las Américas de Poesía, 2002), No llames en la noche (Premio Desiderio Macías Silva de Poesía, México, 2005), Memorial de invierno (Premio Casa de Teatro, República Dominicana, 2006), Para no quedar en el andén (Editora Capiro, 2006), Nunca preguntes por la gloria (Editorial Letras Cubanas, 2006), Un mundo para Nathalie (Ediciones Cauce, 2007), En esta extraña circunstancia (Editorial Letras Cubanas, 2008), Las naves que la ausencia nombra (Editorial La Garua libros, Barcelona, 2008), y Conversaciones con máscara (Littera libros, 2009). Sus textos han sido publicados en antologías y diversas revistas y portales en la web de Brasil, Chile, Colombia, Cuba, España, México, Puerto Rico, República Dominicana, USA y Venezuela. Otros premios y reconocimientos obtenidos por su obra: Premio Internacional de Poesía Nosside Caribe, Italia, (2004), Premio III Certamen Internacional de Poesía Marius Sampere, Barcelona, España (2007), Primer Premio de la I Bienal Literaria Bambamarca: Voces de la tierra (2010), convocada por la Representación Internacional de Venezuela de la Casa del Poeta Peruano, con el cuaderno “Algo parecido a un ciprés”, Primer lugar del I Premio Internacional de Poesía La Venta de las Palabras, Tarancón, Cuenca, España (2010); con el cuaderno “El tiempo de Ireneo”, y el Primer Premio Iberoamericano de Poesía Juegos Florales de Tegucigalpa, Honduras (2010); con el cuaderno “Hay quien se despide en la arena”.

 

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Carta astral para dibujar una realidad que no encuentro en tu nombre

Qué puedo decirte, madre mía, a la hora del mal dormir entre jeringuillas y fragmentos de un linfoma que parece te llevaba poco a poco. Después del chinesco hospital, los cristales de la noche, el traspiés que oficia el cáncer entre tus arterias, cómo decirte tanta verdad, una verdad absoluta que no podría creer nunca, por la que respondías como un animalito tembloroso, el más frágil de los animalitos asediado  por la multitud, imposible de entender en su propia sombra.  La definición de un extraño sueño que descubro en tus ojos, en la planicie de tus ojos, por ejemplo, cuando acudíamos a la salita del hospital y yo te ofrecía regalos para que no imaginaras la sangre que faltaba, los estertores de esta aciaga existencia de la que no puedo despedirte.  Entonces indagabas el porqué de aquella gente moribunda cruzando frente a nosotros, por qué tanta soledad en los rostros de los paseantes y de uno mismo.  Nada nos era ajeno, ni apenas el día que me dijiste  que no querías ir más al tratamiento, que ya las venas habían colapsado y que era algo injusto que no podía seguir ocurriendo.  Entonces mirabas alrededor, y no hallaba razón ni pedestal, no hallaba el sendero para trasmitirte el estado de necesidad, las injusticias de Dios y de la vida que siempre es incierta. Duraron un año el temor, la súplica  y el desasosiego de cuidar de ti, madre mía, de sentirme a tu lado el más pequeño de los hombres, un principiante, el incomprendido por la turba, el que escapó de todo pacto por alcanzar la felicidad y tú no sabías nada, en ese instante donde decidí dejarlo todo a Dios, pero salvarte.  Así fue la rutina de los días, la búsqueda por minimizar las secuelas de las quimioterapias y de tus venas necrosadas.  Madre mía, qué difícil es dejarte en un poema para que elijas entre la pátina de la enfermedad y la manida palabra existencia.  Qué difícil es dibujar una realidad que no encuentro en tu nombre, cuál ministerio ofrece Dios para  que la muerte no sea ni el fin ni el principio.  A  duras penas puedo explicarte, madre mía, sobre estas cosas, y temo por el aciago tiempo  que nos encumbra, mientras te preguntaba por los árboles del patio, por los días de navidad y la familia.    Qué puedo hacer, madre mía, si no puedo sustituir mis venas por las tuyas, si en tu mirada siempre encontré un rencor injusto,  diría yo, amargo, por la inexplicable hora de la transfusión, por la herida que mucho más se hacía en mí junto al lamento.  Nada sabías, madre mía, nada sabías.    Cómo podré revivir tantos motivos diversos,  fingir que se está feliz por el hecho de hablar de la felicidad.  Callar simplemente, cambiar de conversación como si nada sucediera, pero son terribles el candil y la expectativa por los medicamentos que no llegan.  Mientras prefiera que sigas peleando por la casa y el país, insistir que todo ha sido un sueño y tenga lágrimas nada más, y no pueda hablarte de porvenir, de los hijos que no sé si tendré, ah para qué tantas preguntas.   Madre mía, si un día piensas que intenté escapar de esa realidad, que no cuidé bien de ti, que también he sido un animalito tembloroso perdido en su soledad.  Qué puedo decirte, madre mía, que me perdones, que me perdones.

 

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Haga silencio, por favor

Decía en el entarimado: “haga silencio, por favor”, y así nos fuimos con el fragmento a otros escupideros.  De nada vale decir que has leído a Ezra Pound y que has hecho un pacto también con Whitman.  Dejarse caer por esos promontorios es un sacrificio, dejarse llevar por el juicio del obcecado, del que se ha puesto de pie, del que se ha puesto sobre la cabeza un revólver y se va a dar un tiro. Decía en el entarimado “haga silencio, por favor”,  cuando los sesos del obcecado cubrieron la pared.

 

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Una corbata roja a pintas blancas

No se puede responder. No se puede responder.
No se puede responder. 4)  No se puede
Responder.  No se puede responder. No se puede
Responder. 5) No se puede responder.  No se
Puede responder. La estrangulé.  La estrangulé
Con una corbata roja a pintas blancas
Osvaldo Lamborghini

 

Advertía al paseante no dar cabida a las versiones.  Primero sucedió lo humano cuando me tomó el cuello y chocamos las narices con la boca.  Nadie mira al que se sienta a tu lado y en esa distracción tomamos una cerveza negra. Dos cervezas negras.  Incontables cervezas negras. Tu corbata roja a pintas blancas me recordaba la escena.  El abroquelado entreacto.  Desabotonando el país que cubre tus dedos no pude responder. Impreciso es el corazón para el que dice amarte tanto.  No pude responder. Afuera llovía y adentro era una sauna este modo de complicidad.   Un chasquido de los que van goteando.  Un chasquido de los que van goteando.   Un chasquido de los que van goteando.  Un chasquido de los que van goteando.    Y nadie se atreve a lo adverso.  La silicona de lo adverso.  El país que tienes en tu mano y no es el verdadero lugar de tránsito.  Advertía al paseante no dar cabida a las  versiones. Si uno está fuera de estas  balaustradas, con una corbata como la que tengo, territorio de fuga donde nadie alcanza el fin.  Cómo pudiera aseverar la tempestad del que se ha sentado a mi lado, cruzo sin saberlo su geometría.  La curvatura del que está contrario a esos espacios.  Usted tendrá algo de qué arrepentirse.  Usted tendrá algo de qué arrepentirse.   Usted tendrá algo de qué arrepentirse.  Usted tendrá algo de qué arrepentirse.  Después nos despedimos.

 

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Fingir que no has visto el mar (Conversación con Heberto Padilla)

 

In the Street of the sky night walks scatterring poems
e.e. cummings

 

Quedarme solo en el cuarto, junto al trébol,
Las cansinas luces del trébol parecían un fantasma bajo el puente. Nadie
Vio el puente, la media luz que oficia las horas en que el hombre
Abandona la ciudad y queda listo.  Queda listo porque a nadie importan
Esas ausencias, los ojos que alguna vez fueron azules, a nadie importa.
Berenice, a nadie importa que tengas un nombre
Que no exista, un país que no exista. Remiso cuerpo éste
Que se dispone a la mutilación en estos días donde todo cuesta.
Descubrir lo que faltó en el pulmón que ya no tienes, que comienzas un poema
Y presumes que ya no te hace falta la lengua, en el inicio del poema  mismo,
En la medida que vas diciendo tus silencios
Alguien viene a ocupar el turno, la premonición, la sibila que no estuvo
Para tirar las cartas. A nadie importa que tengas fatiga porque tu pie
Derecho faltó en el momento indicado, y sientas pena de  ser tú mismo,
Un cansado hombre, sin columna vertebral ni amores definitivos,
Que a nadie seducirá por el hedor que llevas.  Mutilar tu hora de receso,
Tu mirada incólume por la que va quedando, es un acto de realeza
Que nos hace advertir el nuevo tiempo, el justo tiempo del que habló
Heberto  Padilla.  Mutilar tu poema porque no estaba listo todavía,
Y quedar en el sendero de los desorientados. A cuestas llevas un tiempo,
Berenice, un magro tiempo que nunca nos perteneció.  Fingir que no has visto
El mar que se avecina, la rémora que ha comenzado a descender entre los juncos.
Mutilar así tu espacio, tu dimensión más precisa para que otros digan:
– Así fue todo.

 

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Sebastián canta maitines en el cielo, la tierra y el mar

 

Sebastián canta maitines en el cielo, la tierra y el mar
Jorge Esquinca

 

En el poema de Jorge Esquinca se dice que Sebastián canta maitines en el cielo, la tierra y el mar. Suponiendo que ahora mismo Sebastián haya tenido un mal día, pudiéramos justificar la falta de alumbrado público, el hombre que ha lanzado sus naipes contra el quiosco, contra la tachadura del quiosco, envilecido por la noción de la noche.  Pero supuestamente Sebastián canta maitines entre la ráfaga, contra los arquitrabes y el insólito estanquillo donde se diluye la noticia con el inevitable y levantisco panorama del otro que afirma que no se hace aquí un centavo.  En el poema de Jorge Esquinca se dice que Sebastián estuvo “en un pesebre de paja metafísica” porque tenía intención de ser poeta.  Íbamos sin darnos cuenta con el insomne paso de la crisis y la mixtura de una ciudad que nunca levantó la mano para defender al escriba, que nunca tuvo nombre, ni  destino, ni fin.  Mi madre tuvo mucho que ver en el asunto.  En el poema de Jorge Esquinca, diría.   En el instante en que Sebastián pidió la palabra para indicar la “llama de amor viva” de San Juan de la Cruz.