Adios, primos

Promoción y Fragmento de novela homónima

Muhsin Al-Ramli
Cortesía de la Editorial Verbum

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Para el alma de mi hermano Hassan Mutlak, el Lorca iraquí,
porque es una parte de estos añicos esparcidos

Hassan Mutlak I (1961-1990) hermano del autor de esta novela, poeta y
novelista árabe considerado el Lorca iraquí, que fue ahorcado por el régimen
de Saddam Hussein en 1990 por haber participado en un intento de golpe de
Estado.

 

El cero de la narración

Salí de mi país siguiendo los pasos de Mahmoud, buscándole, soñando con hacer algo para convertirnos en hombres dignos de respeto, para que después las mujeres —como mi prima Warda, que fue de marido en marido hasta que terminó con Ismael el mentiroso— nos buscaran.

Mahmoud no significaba nada, ni cuando estaba en el pueblo ni tampoco cuando lo dejó y se fue del país, escabulléndose hacia el norte, de donde nunca recibimos noticias suyas. Todos se olvidaron de él por completo, con la excepción de su miserable madre, mi tía. Mahmoud visitaba su memoria en momentos escasos y dispares, y tal vez no se hubiera acordado si no fuese por los dolores del embarazo y del parto y por haber limpiado su trasero con los bordes de la sábana de la cuna cuando era un bebé. Pero incluso estos recuerdos se confundieron con los de los otros siete niños, que la apenaron y luego desaparecieron. La ausencia de Mahmoud no significaba nada para nadie, igual que su presencia tampoco significaba nada.

Solo yo pensé en él, aunque me preguntaba más sobre lo que hacía que por cómo se encontraba —una curiosidad, hasta un anhelo, que dirigió mi búsqueda lejos de nuestro pueblo—. Pero aún no lo he encontrado. Seguí su camino y, así, acabé como él. Me escabullí al norte por la noche con el conductor borracho de un camión con los faros averiados.

Cantó en kurdo, conduciendo el estruendoso pedazo de hierro por las carreteras sinuosas, subiendo y bajando, utilizando la luz de la luna. Por eso todas sus canciones trataron de la cara lunar de Layla, y por eso los demás autoestopistas y yo secábamos el sudor de nuestras frentes.

Ojeaba el agua brillante de los manantiales en las montañas y las cataratas onduladas entre las piedras y arbustos agarrados a las cuestas como niños agarrándose a las espaldas de sus madres. En los picos la nieve era tenue como gorros plateados del tamaño de un sueño; así, me dije que este paraíso virgen no era más que un sueño.

El flujo de los años me arrastró de un país a otro, de una estación a otra, con paradas por el medio. No fue un asunto extraño, porque las paradas entre destinos están hechas para dormir, esperar, trasladarse y finalizar. Aquí estoy, un extranjero solitario entre extranjeros. Los teléfonos están cortados, las cartas no siempre llegan, y no hay noticias sobre mi familia en los periódicos españoles. ¿Mi hermana Rubaya se recuperó de su enfermedad? ¿Qué le pasó a mi primo que fue bloqueado en el sur? ¿Qué tal está nuestro vecino, a quien le cortaron a hachazos la pierna en la guerra? ¿Qué anécdotas tendrían mis amigos?

Las historias tristes se hacen monótonas en Irak por su abundancia. Cada persona tiene sus penas, que dejó de contar porque sus interlocutores tienen sus propias penas y le callaron con un encogimiento de hombros y un trillado: “Incluso el doliente está muerto”. Y luego empiezan a cantar la canción de Yusuf Umar, El doliente murió, oh, Fátima.

Esta canción es la que usaban para encarcelar a Yusuf Umar bajo el pretexto de que “corrompe la moralidad pública”.

Se disculparía diciendo: “Estaba borracho. No lo volveré a hacer”. Después de más o menos tres meses lo soltarían, y volvería a cantarla en el Café Bagdadí, entre la calle Abu Nuas y la orilla del Tigris, la cual atraía a la gente por el aroma del pescado a la parrilla.

Le encerraron otra vez, se disculpó de nuevo, y el pueblo volvió a cantar la canción cuando querían contar sus historias. “Olvídalo, hermano. Olvídalo, hombre. Queremos escuchar chistes, porque incluso el que arregla los faroles y que follaba con Fátima está muerto”.

¿A quién puedo contar mi historia cuando la gente aquí en Madrid no tiene ni idea de lo que hablo, sobre todo si no tiene nada que ver con el fútbol, las corridas de toros o los escándalos de los famosillos de la prensa rosa? Pero hace falta que yo recuerde la cara de mi tía, aunque solo para inspirarme a seguir la búsqueda de Mahmoud, para poder reconocerle si por casualidad le veo de modo inesperado, porque es una de esas criaturas de las que a menudo uno se olvida. Soy el único aquí que sabe algo de allí, de mi pueblo tirado en la orilla del Tigris en el lugar donde el primer árbol loto arraigó por accidente —dicen que antes resplandecía por la noche y por eso los bicharracos lo robaron—.

Pero mi pueblo aún se halla en la ribera del río, y la montaña Makhoul se encuentra en la orilla contraria, donde la ciudadela asiria se alza por encima de todo. Entre ellos, en el medio del río, hay una isla pequeña rebosada de chacales, lobos y nidos de perdices, negros entre los árboles tamariscos, donde los chicos se acercan sigilosamente para pillar a las aves dormidas encima de los huevos y acaban pillando a los amantes dormidos en la arena. Corren para contarlo al pueblo. Así sabemos por la mañana qué pasa cada noche, igual que sabemos por la noche qué pasa por la mañana.

Por la mañana desayunamos la mantequilla de la vaca pecosa, que mi abuelo regaló a mi madre como obsequio de boda, mezclada con la mantequilla de la única vaca holandesa del pueblo, que pertenece a mi tío, el veterinario.

Por la mañana las madres se reúnen al lado de los hornos, intercambian trocitos de noticias, y vuelven para difundirlas entre sus familias con barras de pan caliente y vasos de té.

Amsha dijo, mientras estaba colgando las sábanas mojadas en el tejado de su casa: “Mi marido me meó encima otra vez anoche”. Luego repitió su mala excusa: “Ni los médicos ni los derviches le han ayudado”.

El hijo de Adla la coja, encontró a la hija del cabo Abdul-Rahman con el hijo de Said el perfumero, anoche en la isla. El jeque Salih manda que se casen para tapar el escándalo y salvar el honor del pueblo. Ibrahim el cantante ya compuso una canción sobre ellos que va a estrenar en la boda, para que le den una cabra con sus dos cabritos como recompensa.

El burro de Wadha arrancó la atadura con los dientes, y así por la mañana le encontró comiendo la cebada del abrevadero de la burra de Ghazi, quien tiene la casa a fueras del pueblo, allí, al lado del cementerio.

Hasiba dio una patada a Qasim en las pelotas anoche, así que no nos va a devolver la radio que tenía que habernos arreglado.

Durante la cena —okra, tomate y gacha de cebolla— nos enteramos de que los Ajari y los Fahad se pelearon sobre a quién le tocaba usar la acequia para regar el algodón, aquel Saadi llevó a los chavales jóvenes al valle para corromperles con un concurso de masturbación, premiando al ganador con concederle el derecho a su trasero durante una tarde entera, para hacer con él lo que quisiera. Aquel Ismael profetizó que mañana el pueblo recibiría los cadáveres de cinco de sus hijos, muertos en la última ofensiva en el frente; que Farhan está pensando en casarse con Aisha —la cuarta mujer— para renovar su cama, y que se tiñó las canas de la cabeza y de la barba al enterarse de la muerte de su marido en la guerra; que Halima dio a luz a un hijo que llamó Abdul-Samad y lo llevó a celebrar su circuncisión y se tiró un pedo o salió un ratón de su ano… bla, bla, bla…

Así nos enterábamos de lo que pasaba todos los días y de lo que cada uno de nosotros pensaba. La gente nació en aquel pueblo y allí se morirán. Lo que les dolía era el hecho de que la guerra mandase a algunos a morir lejos.

Las puertas están abiertas en el pueblo y los perros solo gruñen a los desconocidos. Hay nombres especiales para las cosas, animales, colinas, utensilios, piedras y nubes.

Para cada una de las personas hay muchos nombres.

Algunos son acuñados después de un evento y luego se hacen famosos. Otros son inventados para bromear y persisten.

Algunos aparecen de repente y desaparecen cuando surge otro apodo. Otros son inventados como metáforas y se hacen realidad. Y existen los que vuelven a la gente adicta, llamando a fulano el hijo de mengano, o el marido de la panadera zutano, hasta el nombre verdadero se olvida.

Lo que no se sabe hoy lo sabremos mañana, y lo que no se puede saber no nos interesa. Entonces, ¿por qué preguntar sobre ello? O, ¿qué parte de la manzana de la vida deberíamos morder?, ¿qué parte del erizo deberíamos agarrar?

 

*****

 

1

El erizo existe a pesar de nuestras narices. Le encuentras como al planeta, enrollado como una bola, sus púas amenazando en todas direcciones. La vida está en todas las direcciones. Así, si extiendes la mano al erizo del lado que quieras, el dedo puede caer sobre la cabeza o quizá la boca. Puede caer sobre la tripa o el trasero. O puede que ni toque al animal, como el dedo de Ijayel, el marido de mi tía, quien se retiró antes de tocarle cuando el animal se erizó y estalló delante suyo, lanzando sus agujas abigarradas en todas las direcciones, entre ellas la garganta de Ijayel, quien se fue corriendo con saltos de canguro a su casa, mientras las chilabas de los chavales siguiéndole ondeaban alrededor suyo como ondean las banderas en la televisión cuando los programas terminan y los vasos de té duermen en su dulzura coagulada.

En aquel momento Ijayel todavía no se había casado con mi tía, ni mi padre con mi madre (entonces, ¿dónde estaba yo?). En aquellos tiempos, su altura y las de sus colegas solo alcanzaba el ombligo de mi abuelo —todos eran muy chicos y andaban con sus chilabas ondeando como las banderas en la televisión—. Siguieron a Ijayel hasta su casa y lo rodearon, mientras él se quedó ante su madre, con una valla de caras de ojos salidos que se acercaron y engrandecieron en el momento en que se dieron cuenta de que el que se agarraba la garganta no podía contestar las preguntas de su madre mientras ella se golpeaba el pecho en señal de calamidad.

La madre de Ijayel ahora está muerta, claro. La última cosa que dijo antes de que su alma se deslizara como un hilo de las puntillas de una herida, fue: “Clavos, clavos, clavos”.

Tres veces repitió la palabra con voz blanda y se murió.

Seguía preguntando a su hijo por lo que le pasó, porque no sabía que una aguja de erizo estuvo implantada en su garganta. Le contestó con una voz ronca, tres veces: “bah… bah…bah”, y señaló con el dedo de la otra mano en la dirección del erizo. Ella preguntó a las chilabas ondeantes y no sabían, porque sus ojos no habían visto nada.

Con la mano, ella levantó la manita de su hijo que se agarraba el cuello, y los chicos vieron un hilo delicado de sangre que crecía y decrecía cuando Ijayel, quien se convertirá luego en el marido de mi tía, intentaba hablar:

“Bah…bah…bah”.

Todos los ojos que vieron el hilo delicado de sangre chorreando y menguando con el subir y bajar de la nuez de Adán no se olvidaron de sus bahbahs, ni siquiera hoy cuando se sientan alrededor de las cafeteras y hablan del Mercado Común Europeo, las últimas declaraciones del presidente estadounidense, la seriedad de los dibujos animados, el ridículo de las películas del oeste y de los asesinatos sangrientos en los periódicos. Justo entonces se acuerdan del hilo delicado de sangre cayendo de aquella nuez de Adán que vieron hace setenta años, así se dan cuenta y se preguntan de inmediato por qué Hajji Ijayel no está entre ellos para tomar el café de esta mañana como se suele hacer en todas las mañanas.

Echan de menos el brillo de sus gafas entre las suyas, las gafas detrás de las cuales se arrugan aquellos ojos que sobresalieron hace setenta veranos, siguiendo la madre de Ijayel cuando le cogió de la mano y se dirigió a su padre, quien estaba absorto leyendo el Corán bajo la sombra de una palmera encima de la alfombra de paja hecha de sus hojas, la única palmera dominando el extremo sureño del jardín. Farfullaba: “Dios dice la verdad”.

Apresuradamente besó el libro y corrió con su hijo al médico del pueblo. El médico llevó el chico herido al hospital de la ciudad. La recepcionista lo acompañó a ver al médico de guardia, quien cortejaba a la médica de guardia, así que recetaron sumariamente unas gafas para Ijayel y volvió con su padre a la sombra de la palmera. Su madre barrió los excrementos de gorriones y tórtolas, palomas y pollos de la alfombra. La aguja del erizo fue casi olvidada, mientras que Ijayel seguía llevando las gafas recetadas incluso en la noche de su boda, y la novia fue mi tía.

Dio a luz a Qasim, a quien mordió la oreja una rata mientras él dormía, justo después de que se la rascara tras dejar la mesa llena de una olla de gacha empapada con mantequilla clarificada, dorada como el sol. Mi tía hizo la mantequilla clarificada con la leche de su vaca, cuya muerte luego lloró. Mi tía lloró la muerte de la vaca y no la vaca la suya porque la vaca murió antes que ella, después de que fumigaran con insecticida mandado por el Ministerio de Asistencia Social para ocuparse de los pueblos al principio de un verano anterior.

Aquel día pandillas de hombres extraños se dispersaron  por nuestro pueblo llevando barriles en las espaldas con mangueras largas que expulsaron una llovizna blanca como leche. Pero no fue leche, porque nos contaron, mientras lo echaron a los tejados de barro, que mataría serpientes, ratas, ratones, erizos, grillos, piojos, garrapatas, lombrices, arañas y otros bichos de los que hemos olvidado sus nombres.

Uno de aquellos empleados del Ministerio fue un kurdojoven que fumigaba los muros del establo. Pintaba un corazón atravesado por una flecha cuando vislumbró una chica hermosa. Mi prima Warda era más bonita que las chicas de los anuncios de jabón, por eso el kurdo amplió el círculo del corazón, y después dibujó una flecha larga desde el tejado, donde las perdices hacen sus nidos entre las cañas, hasta los cimientos de la choza, amueblada con estiércol y un cubo. Dibujó la flecha con una angustia fiera, mirando a Warda y ella mirándole también, y así, se olvidó de cerrar el flujo del líquido blanco hasta que se destiñó el agua del cubo donde la vaca de mi tía bebía.

Warda sonrió al pintor del corazón y fue a preparar el té. El joven se fue y la vaca bebió de su cubo sin pensar en la blancura del agua. No pensó porque era solo una vaca, y así se murió.

Mi tía lloró la muerte de la vaca que le daba la leche para preparar la mantequilla clarificada para la gacha, preferida por Qasim, quien se rascó una de sus orejas con los dedos grasientos antes de lavarse las manos y se olvidó de lavarse la oreja. Luego hizo pis y fue a dormir, y la rata salió del agujero de su guarida tallada en el rincón escondido debajo de la cubierta que tenían las camas y las alfombras.

Le gustaba a la rata salir cuando todos ya dormían, deambular por la casa, olfateando el suelo húmedo de barro, buscando un grano de arroz o una migaja de pan o cualquier resto de la comida de Ijayel. A veces Ijayel fallaba al introducir los trocitos en su boca, metiéndolos en las ventanas de la nariz o la barba porque nunca cambió las gafas recetadas cuando era niño y que tanto quería.

Al final nunca encontraron aquel erizo, pero veían la rata. En ocasiones la sorprendieron por la mañana en sus andanzas y huía a su guarida. A nadie se le ocurrió perseguirla más lejos. A nadie se le ocurrió desgarrar la cubierta solo para buscar una rata ridícula, hasta que se despertaron una mañana resueltos a no solo desgarrar la cubierta sino incluso la pared que la apoyaba, y la casa entera si fuera necesario, para pillar aquella rata que roía la oreja de Qasim por la noche —un mordisco, después de olfatear la grasa—.

La oreja de Qasim se quedó con la cicatriz incluso después de que se casara y se convirtiera en el padre de niños con muchos nombres: algunos fueron Ibrahim, Idris y Shaima, para la que los médicos esperan la muerte dentro de unos meses. Su marido se queda al lado de su cama dibujando las viudas del pueblo en su mente, intentando decidir cuál es la más idónea para criar a sus dos hijos después de la muerte de Shaima, la hija de Qasim, quien, a través de su genio arreglando aparatos electrónicos, su maestría en la caligrafía árabe, sus inventos y anécdotas, su inteligencia y deserción militar, logró distraer la atención de la gente de su oreja y hacerles olvidar preguntárselo o reírse de ella o si quiera mirarla.

A pesar de la serenidad acostumbrada de Qasim, se casó con su prima atrevida, que podría arrasar una ciudad entera con sus palabrotas. Esto fue porque no podía resistir la blancura de su brazo, que vio de repente una mañana cuando la vejiga le despertó repleta de orina.

Se quitó la manta de encima y trotó fuera a la letrina excavada al lado del horno, en un rincón del patio. Miró fijamente al alba que le rodeaba mientras apretó las manos entre los muslos, y vio a su prima detrás de la valla pequeña, también trotando hacia la letrina con las manos apretadas entre los muslos, contemplando el alba circundante. Se vieron y ella sonrió.

Fue la primera vez que Qasim vio la sonrisa de Hasiba, y la primera vez que vio el brazo descubierto de una mujer, por eso la blancura de la carne le maravilló. Aquella noche Hasiba había salido llevando su camisón sin mangas, y Qasim hasta entonces solo había visto las caras y los dedos de las mujeres: todas las mujeres del pueblo usualmente salían envueltas en capas de tela como las cebollas.

En aquel momento se quedó con las piernas extendidas a cada lado de la boca del váter, apuntando el hilo de orina que brotaba con un placer mecánico, y observaba por encima de la muralla el baño de la casa de su tío, dentro de la cual Hasiba había desaparecido. Pensó en su orina e imaginó la carne blanca y el brazo blanco, y su sensación de placer y alivio, como la suya, al descargar la orina reprimida.

Se encontró cantando: “tu amor me recuerda al Éufrates y al Tigris cada día./ Como la unión de mi alma y la tuya,/ puros de corazón se han encontrado”. En aquel momento decidió unir las fuentes de sus orinas, al coste que fuese.

En aquel momento Hasiba salió del retrete corriendo hacia la puerta de su casa. Su pelo ondeaba en el viento, sus pechos rebotaban, su brazo blanco brillaba, y cerró la puerta de golpe.

¿Es posible que la carne pudiera ser tan blanca, tan tierna?

Qasim se quedó de pie, sujetando su manguera de orina hasta que amaneció mientras se repetía la misma pregunta: ¿es posible que la carne pudiera ser tan blanca? ¿Podría ser leche o yogur o veneno que fluía debajo de su piel, en vez de sangre? Las preguntas le llevaron a la orilla del río, cerca del pueblo. Se sentó encima de las piedras, remojando los pies en el agua hasta que anocheció. Se dio cuenta de que no había desayunado ni almorzado. No dibujó nada.

No era consciente de cómo pasó el día, pero fue un día blanco, como el brazo de Hasiba, que fue la imagen que recordaba y repasaba miles de veces junto con la imagen del vuelo de su pelo largo, persiguiendo la cabeza como la cola de un pájaro precioso. En sus ojos, la agitación de los pechos robustos se mezcla con el movimiento de las olas que ondulaban en la arena. Extendió los dedos a los bultos en la arena para sentir la ternura de sus pechos y el rendirse del esponjoso brazo blanco. En la palma ahuecó una piedra del tamaño de una naranja, notando la redondez del hombro de Hasiba. “Oh, Hasiba, ¡no sabía que acaparabas tanta femineidad detrás de esa fachada de devoradora de hombres!”.

Antes le temía como todos los demás y la evitaba; si no para esquivar la brusquedad de su lengua, sí para escaparse de los arañazos de sus uñas lobunas o los látigos de la caña roja de los tamariscos que siempre llevaba debajo del brazo para encargarse del burro, de las vacas y de los que la abordaran. Además, lo que llevó a Qasim a dejar de jugar con ella en su infancia fue la fuerza de su pie, o así se lo imaginaba cuando la vio dar una patada al cubo de basura debajo de su hermano, quien se había puesto encima para alcanzar el nido de sus gorriones en el tejado. Qasim sabía que los gorriones no eran de ella, sin embargo quien los reclamó. En ese instante la contestó dentro de sí mismo, en secreto, en su corazón: “Los gorriones… los gorriones son del espacio, los gorriones son de Dios”.

Su hermano se cayó al suelo, se rompió el brazo. Y los dientes rotos se acurrucaron debajo de la cara en un charco de sangre. Sin prestarle atención, ella estabilizó el cubo y se subió encima mientras Ali chillaba, intentando levantarse, y la sangre salpicaba de la nariz cada vez que daba un grito de dolor.

Hasiba alcanzó el nido y sacó dos huevos diciendo: “mis huevos”. En el corazón Qasim dijo: “son los huevos de los gorriones, que son los gorriones del espacio, que es el espacio de Dios”. Después se retiró en silencio. Y aunque jugar con ella fue tan divertido como espantoso, como jugar con un cuchillo o con fuego, jamás volvió a jugar con ella. ¡Cómo intensificaba el deseo de retozar con ella cuando la vigilaba desde la ventana de su casa inventando divertimentos increíbles, ostentando su autoridad delante de los demás niños y dándoles órdenes con la ferocidad de una tigresa!

Pero después de que la vio dar aquella patada al cubo debajo de Ali con la violencia de una bomba, decidió no volver a jugar con ella. Seguía evitándola mientras crecían y crecían hasta que su anhelo acumulado estalló de golpe aquel alba, el alba que fue blanca como su brazo.

Las palabras le asombraron cuando escuchó a su buen padre pedirle a su buen tío, en nombre de Qasim, la mano de su hija. Porque la mano representaba el brazo y, ¿cómo sabía su padre que quería el brazo de Hasiba y no a Hasiba misma? O que lo más importante era el brazo, y después ya vendrán: el hombro, el pelo, los pechos y toda Hasiba entera.

Este asunto le dejó atónito. ¿Su padre le leía la mente de manera tan precisa? ¿Su padre poseía una clarividencia tan exacta? ¿O también vio su brazo algún alba? ¿O quizás le había escuchado delirando por la blancura del brazo en río o mientras dormía?

El aturdimiento que inspiró tales preguntas seguía molestando a Qasim hasta después de haber pasado algunos años de casados, se lo contó a Hasiba misma y le provocó una risa explosiva. Ella dijo con aire burlón: “todos lo dicen cuando buscan el compromiso de matrimonio de una chica. ¡Ay!, listillo. ¡Ay!, loco por Hasiba. ¡Ay!, burro de Hasiba”.

Ella le vilipendiaba únicamente cuando estaban solos.

Cuando estaban con otros fingía sumisión y solo le llamaba “Abu Shaima”, padre de Shaima, o “Abu Ibrahim”, padre de Ibrahim. Es lo que me contó Qasim mismo después de casi veinticinco años de matrimonio, así que le pregunté:

“¿Y qué es lo que te mantenía a su lado todos estos años”?

Me dijo: “Primo, es guapísima. Siempre es apasionada, siempre ferviente, siempre luchando, siempre verde, y yo soy artista. Me encantan las aventuras y no puedo gozar de la vida salvo en aquellos ambientes peligrosos y minados por su belleza. Soy como un alpinista o un torero o un acróbata del circo. La alegría de un equilibrista es una alegría verdadera porque si su concentración no está presente en cada uno de sus sentidos y su ser, se cae y muere. Parecido a este es el domador de leones y tigres, porque puede ser devorado en cualquier momento.

Aquí estriba el verdadero valor de su vida, consagrado en un instante. Y Hasiba es una tigresa inquieta que me obliga a vivir todos mis años como aquel instante, encendido perpetuamente, al borde de la continuidad y la separación, permanencia y evanescencia. Así, siempre en el momento de una verdad hirviendo y rebosante, en el punto crítico y móvil”. Me reveló algo que ya sabía, igual que todos los hijos del pueblo: que Hasiba no temía en absoluto a ningún elemento o ser de este mundo, excepto a su padre.

Ella decía: “es el único a quien temo en este mundo, le temo más que mi temor a Dios”. Ya que su padre, cuando la castigaba, la torturaba de modos que se hicieron infames entre los clanes, y ni los delegados pudieron convencerle de dejar esos métodos tan violentos.

Al contrario, amenazaba con matarla si los mediadores persistían. Una vez le dobló el cuello dirigiendo su cara hacia La Meca y le torció los brazos por detrás. La pisoteó con la bota y llevó un cuchillo a su garganta y la habría matado como un pollo si los mediadores no le hubieran rogado arrodillados, besándole la mano y negándose a salir hasta que él les prometiera que no la mataría.

Solo entonces cedió, dándole una patada feroz en la cabeza. Ella se dio la vuelta, perdiendo la consciencia.

Mientras, él mandó a su mujer, aterrorizada y bañada en lágrimas, a que le hiciera un té muy denso y después se sentó en la sombra, encima de una garrafa, a fumar un cigarrillo.

Hasiba fue la única hermana de siete hermanos, de los cuales todos recibieron el nerviosismo, la cautela, el terror y los temblores de su madre. Solo Hasiba heredó la bravuconería disparatada de su padre.

Cuando ella gritaba furiosamente a sus hermanos, ellos juraban que podían ver una llama ardiendo en sus ojos. Se asustaban hasta mojar sus pantalones.

Del Autor

Muhsin Al-Ramli
(Irak, 1967) es un escritor, poeta, traductor, hispanista y académico, escribe en árabe y en español. Reside en España desde 1995. Licenciado en Filología Española por la Universidad de Bagdad 1989. Doctorado en Filosofía y Letras, Filología Española Universidad Autónoma de Madrid 2003, tema de su tesis: Las huellas de la cultura islámica en el Quijote. Es uno de los más importantes novelistas y dramaturgos iraquíes y traductor de varios clásicos españoles al árabe. Hermano del escritor Hassan Mutlak (considerado, por algunos de los intelectuales iraquíes, como el «Lorca iraquí», que fue ahorcado por el régimen iraquí en 1990 por haber participado en un intento de golpe de estado). Fundador y coeditor de la revista cultural Alwah desde 1997. Desde 2004 es profesor en la Universidad de San Luis, Madrid. Ha publicado Regalo del siglo que viene (Cuentos, 1995), En busca de un corazón vivo (Teatro, 1997), Hojas lejanas del Tigris (Cuentos, 1998), Migajas esparcidas (Novela, 2000/ Scattered Crumbs,  2003), Las felices noches del bombardeo (Narración, 2003), Todos somos viudos de las respuestas (Poesía, 2005), Dedos de dátiles (Novela, 2008), Dormida entre soldados (Poesía, 2011), Naranjas de Bagdad y amor chino (Cuentos, 2011), Los jardines del presidente (Novela,  2012), Pérdida ganadora (Poesía, 2013) y Adiós, primos (Novela, 2014)