"Hay cosas que no tienen remedio
y una de ellas es que yo sea escritor"

Entrevista al escritor cubano José Alberto Velázquez

Por Rafael Vilches

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A José Alberto generalmente los intelectuales cubanos no lo soportan, dicen que por pesado, y los comprendo, porque ha de pesar más de 200 libras, pero es un gran amigo, excelente persona, extraordinario escritor.

Lo conocí, no en un lugar de la Mancha, ni en casa de María Antonia, sino en Buenaventura en la provincia cubana de Holguín, y eso ha de ser una cábala, un inicio de novela o de vida.

Nació en 1978 en Las Tunas. Egresado del Centro de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso (2002). Mereció, entre otros, los premios nacionales El árbol que silba y canta (2010), Celestino de cuentos (2011) con el libro Fracturas y extrañezas (Ed. La Luz, 2012), y Navarro Luna de poesía (2011) con La burbuja heroica (Ed. Orto, 2012). Ha obtenido menciones en los premios Fernandina de Jagua (poesía, 2012) y Hermanos Loynaz (cuento, 2013). Además es autor de los poemarios En busca del cielo perdido (Ed. Sanlope, 2006); Yo desierto (Ed. Holguín, 2006); y el libro de cuentos Gestos brutales (Ed. Sanlope, 2014). Textos suyos aparecen en las antologías La isla en versos, cien poetas jóvenes cubanos; Las ondulaciones permanentes, última poesía cubana; Todo un cortejo caprichoso, cien narradores jóvenes cubanos; Como raíles de punta, narrativa joven cubana; Poderosos pianos amarillos, poemas cubanos a Gastón Baquero, entre otras.

Fue Pastor de iglesia, y declinó, no por el alcohol, las mujeres, el tabaco, sí por los amigos, la literatura, la familia.

Esta conversación tuvo lugar hace apenas unos días en su humilde morada en Las Parras mientras Yanelis su esposa nos preparaba un buen café amargo, y sus tres hijos merodeaban nuestras disquisiciones.

 

José, hablemos de tu infancia

Jose-Alberto-Velazquez-entrevista-2-OtroLunes35Con la infancia suele ocurrirnos de igual manera que con los sueños: aturdimos a los otros con la narración de lugares comunes o breves surrealismos que a nosotros nos parecen espectaculares y, salvo en contadas ocasiones, nunca lo son. Crecí en un medio de violencia sorda, casi nunca física pero de una intensidad incesante. Hay personas que son malas porque sí, porque han tenido que serlo o han querido serlo, y yo estaba rodeado de ese tipo de personas. También había gente muy buena. No fue fácil, pero me hizo fuerte. Recuerdo una época en que mi madre debió trabajar de noche, y mi hermano y yo dormíamos en el cuartel de la policía. Afortunadamente, no he vuelto a disfrutar de semejante alojamiento. Por otro lado, mi generación fue básicamente preparada para la guerra. Los lemas del aula, el énfasis contrainteligente de los maestros y su grandilocuencia encerraban esta verdad: si fuera necesario (y lo sería) deberíamos derramar hasta la última gota de sangre. Después todo cambió. Las tropas movilizadas en África retornaron, se despenalizó el dólar, todos éramos iguales, pero muchos empezaron a ser más iguales que otros. No morimos en combate y desde entonces nos tocó enfrentar una guerra muchísimo menos heroica hasta el sol de hoy.

Recuerdo a mis primas, bellísimas y semidesnudas, lavándose el pelo con jabón en el patio. Los  torrentes de vacas pasando por el camino de tierra. Los primeros tragos y cigarrillos. Las primeras lecturas. Eso es lo que queda de mi infancia. Los narradores orales y escritores de literatura infantil insisten en que todos llevamos un niño dentro. Salvo las embarazadas, nadie puede afirmar tal cosa. La niñez es muy transitoria, un estado de emergencia. Luego somos adultos y lo somos para siempre. Lo demás es neurosis y Freud.

 

¿Qué recuerdos tienes de lo primero que escribiste?

Sí. Un diario. Tenía siete años y estaba de visita en la ciudad de Holguín. Eran apuntes privados, pero en ellos mentía descaradamente sobre novias y aventuras. Mi familia por el lado materno era y es, aunque amable, muy burguesa, así que la pasé mal sin poder arrojarle, mientras comía, huesos a un perro gigantesco y viejísimo que guardaba la casa. Tampoco pude andar descalzo ni robar nada de la cocina. Desde esa época llevo diarios que no lo son exactamente. Como el hábito de fumar (tabacos) se van y vuelven. Tampoco me demoro en registrar la sarta de banalidades que componen mi vida en la aldea. Lo que sí más hacía, antes y después de los diarios, era dibujar. Creé un mundo alternativo narrado gráficamente y con solución de continuidad. A los dieciséis años empecé mi primera novela, dando inicio a una saga de sesenta intentos fallidos. En el 2010, finalmente, puse punto final a Los hijos del amanecer, que sigue inédita, veremos hasta cuándo.

 

Eres un escritor que ha escrito poesía en verso libre, soneto, décima y, además, narrativa, ensayo y crítica ¿En cuál de estas formas genéricas te sientes con mayor libertad creadora?

Para mí la vida, per se, es sinónimo de libertad absoluta. Cualquier entidad o persona o concepto que amenace mi independencia, la desconozco. No acepto nada sin antes evaluarlo de acuerdo a los referentes que poseo. Hay verdades absolutas y hay otras que no lo son tanto, y hay mentiras. Así que haga lo que  haga lo ejecuto de acuerdo a mi temperamento y cultura. No me importa la moda premiable o antologable de turno ni el posible jurado. Quizás por eso mi “carrera” es tan humilde. De todas maneras creo que la crítica y la poesía son los géneros más propicios a la subjetividad. La narrativa debe obedecer al mundo creado para los personajes y cualquier giro de la perspectiva, la atmósfera, etc., apunta a experimento fallido. La manía inevitable del canon, las generaciones y los agrupamientos, activan un mecanismo de exclusión. Hay que ser negro, o gay, o rockero. ¿No puede existir, no merece existir un gordo heterosexual monógamo libérrimo y blanco? Parece que no. El ensayo y el pensamiento en general han derivado hacia un academicismo tonto e ilegible, plagado de citas y tautologías. La poesía, tal vez por conveniencia, se halla entrampada (hablo de Cuba) en un minimalismo donde los poetas se jactan de lo que no dicen en lugar de lo que deberían decir. Queda un espacio posible, que generosamente nos cede el periodismo, para la narrativa, pero se necesitan editoriales, revistas, una maquinaria inclusiva que espero no demore demasiado. No obstante, prefiero verme como un lector que escribe antes que un escritor que lee. Entre mis lecturas tardías más recientes, por sobre la sorpresa que me han traído un Cormac McCarthy, un Brest Easton Ellis o un Alejandro Zambra, me han deleitado mucho un par de títulos dedicados a la crítica: Mentiras contagiosas, de Jorge Volpi, y Utopía y desencanto, de Claudio Magris. En esos libros se encuentra todo lo que un lector implacable de crítica, literaria o no, puede exigir: valoración personal, audacia, erudición espontánea. Es decir, veneno, error, amenidad. Todo el mundo no puede ser Borges, mas, por lo que veo, ni falta que le hace.

 

¿La Beca y el Período Especial qué mellas causaron en ti?

Jose-Alberto-Velazquez-entrevista-4-OtroLunes35En el 91 tengo trece años y me entero que hay Período Especial. Como siempre (la Historia es egoísta) uno se ve metido en problemas que no se ha buscado. Imagínate si ya eres pobre en un tiempo en que los perros se amarraban con longanizas lo que será de ti en la Opción Cero. Lo mejor de esos años fue que me convertí en un ser físicamente atractivo, una especie de elfo de ciento cincuenta libras y hermosa mirada triste. Las muchachas, a saco, se acercaban a mí con idéntica velocidad a la que huían al ver mis botas remendadas. Tuve la primera “novia” a los dieciséis; una mujer el doble mayor que yo a la que no le importaba mi ropa, sino todo lo contrario.

Durante el tiempo que estuve internado en el Politécnico Veterinario de Las Tunas conseguí proveerme de las peores experiencias. Ya aquí sí hubo violencia física en la que siempre llevé la peor parte. Era la subcultura del lazo, el corrido mexicano, la guapería barata. Aprendí a estar solo, a resistir el hambre brutal y las burlas. Existe la leyenda del cubano hospitalario y amable, el que no da lo que le sobra pero comparte lo que tiene. Me hubiera gustado conocerlo por aquellos días mientras mi madre cocinaba, con leña verde, la poquísima comida asignada por el Estado. También quisiera conocerlo hoy. Hubo libros: novelas policíacas y soviéticas por montones y uno, especial, que robé de la biblioteca del politécnico: La isla de los pingüinos, de Anatole France, una lección magistral de literatura y política, donde aprendí qué es lo que se esconde detrás de la solemnidad de la Historia y la obligación del nacionalismo: lujuria, estupidez, frustración sexual. Bienvenido al planeta Tierra.

 

¿Ser escritor te ha causado algún problema?

No. Defino problema como cáncer terminal, tragedias que incluyan a mis hijos o un balazo en la nuca. Los infelices que no han entendido mis pobres apuntes o mi honestidad a ultranza (se dice que revolución es no mentir jamás, ¿no?, pues soy revolucionario), están perdonados. Hay cosas que no tienen remedio y una de ellas es que yo sea escritor. Si no me invitan a las ferias, coloquios y demás banquetes, tengo más tiempo para leer y estar con mi familia. He sido feliz hasta hoy. Muchos de  nuestros Premios Nacionales de Literatura deben este hecho no a su obra, risible e inofensiva en la mayoría de los casos, sino a haber sido, por su orientación sexual o ideológica, defenestrados en su juventud. Mis libros, si llegan a ser buenos, ya se publicarán. A menudo los escritores outsiders sobrevaloramos a los fabricantes de listas negras. Soy un poeta, pero también soy un varón, un descendiente de aquellos mambises que corrían de frente a la boca de los cañones. Nunca he suplicado que se respeten mis derechos. Ante la adversidad (que tiene más de haraganería y abulia burocrática que de censura) yo trabajo. Mi obra no es estelar pero la competencia, si excluimos a un par de muertos y media docena de exiliados (casi lo mismo), tampoco lo es.

 

¿Tienes algún sistema para escribir?

No. Simplemente trabajar duro. La capacidad de corrección es lo vital. A mi escritura la compulsan obsesiones y tal vez la vanidad. Durante mis años como pastor de iglesias adquirí el pánico al tiempo perdido. Que cada segundo inútil duela. Todos mis conflictos y anhelos se mueven alrededor de la extraordinaria belleza de las mujeres, la distancia radical que existe entre un sexo y otro y lo fácil que se recorre esa distancia cuando irrumpe una conexión que no tenga que ver con los dólares. Me apasiona la desnudez femenina, descomponer sus partes, disfrutar sus partes. No menos intenso me resulta el análisis del individuo frente a los círculos de poder, llámense como se llamen. La famosa estructura piramidal, donde una cabeza representa a la masa anónima, es puro fascismo.

Los libros llegan de golpe. Un rostro, un abuso, una incomprensión. La trama llega casi completa. Lo otro es escribirla o, como se dice, el pollo del arroz con pollo. Y es difícil. Luchar contra los adverbios, con los sinónimos, contra la persistencia de lo kitsch, llega a fatigarte. Además, ¿para qué hacerlo si tus libros no van a ser publicados ni a ganar premios? Escribo a cualquier hora, fundamentalmente de mañana, cuando mis hijos y mi esposa se van para la escuela y el trabajo. Tomo café y fumo y alterno lectura y escritura. Mi límite son seis páginas al día y jamás trabajo los domingos.

 

¿La música tiene algo que ver con tu escritura?

No otra vez. Tampoco entiendo demasiado esa “musicalidad” que dicen de la poesía. Cuando un lugar común se impone, el daño que causa es irreparable. Un poema aliterado o de rima sonora no es musical, ni siquiera si imita a ciertos  instrumentos. Rítmico sí puede ser, y armonioso (es decir, escrito para ser declamado o leído en el Taller Literario o en el Acto), mas no musical. Mis preferencias en este aspecto son heterodoxas y nada notables. Me gustan mucho Bob Marley, Elvis Presley y los boleros antes del 59. El resto se halla diseminado en una ola de grupos y solistas de todas las tendencias y épocas, desde Queen hasta Amy Winehouse, pasando por Gipsy Kings y fragmentos de la Aída, de Verdi.

 

¿Cuál es el inventario de tus lecturas, y autores preferidos?

Sería muy, muy largo. Por ahí están Rayuela, Lolita, El maestro y Margarita, El gran Gatsby, Los detectives salvajes, 2666, La guerra del fin del mundo, Orlando, El hobbit, Los viajes de Gulliver, Alguien voló sobre el nido del cuco, Sobre héroes y tumbas, El Señor Presidente, la Anábasis y muchos más. Escritores asiáticos como Yasunari Kawabata, Kensaburo Oé, Gao Xinjiang y, un poco menos, Mo Yan y Haruki Murakami logran sorprenderme. Hay que leer estos últimos para comprender ciertas tendencias de la literatura latinoamericana actual, así como la narrativa cubana que hoy gana premios se deriva de la estadounidense: Bukowski, Pallaniuck, Stephen King, y un etcétera larguísimo o quizás no tanto. Otros autores que me han salvado la vida: Asturias, Gógol, Twain, Kafka, Faulkner, Carver, Bradbury, Cervantes, Steinbeck, Martí, Graves, Bierce, London, Dickens, Dostoievski, Homero, el Espíritu Santo.

 

¿Cuál fue tu formación literaria?

Jose-Alberto-Velazquez-entrevista-3-OtroLunes35Como ya te dije, la lectura, cuya recurrencia en mí no debe entenderse como un síntoma de petulancia. Llegué a ella por vocación, pero también por aburrimiento. De niño no había televisión en casa (aún no tengo). Todo escritor es, debe ser, un autodidacta. En el 2002 participé en el Centro de Formación Literaria “Onelio Jorge Cardoso”, pero francamente, aunque hice muy buenos amigos, no me sirvió de mucho. La soledad y la obstinación han sido mis maestros más leales. En el “Onelio” algún que otro condiscípulo se la pasaba jactándose de sus lecturas en inglés, y no conocía a Felisberto Hernández o Macedonio Fernández o a Manuel Puig. Las clases y los conferencistas eran de lujo (el propio Heras León, Daniel Chavarría, Graziela Pogolotti…), pero a la escritura se llega por medio de los códigos que imponga la propia escritura. Cortázar, por ponerte sólo un ejemplo, es un alud de adverbios y aparentes simplezas que, cuando vienes a ver, ha construido (o derrumbado) una catedral. En Las Tunas, a finales de los Noventa, Guillermo Vidal fue un mecenas muy cercano, pero jamás me interesó imitarle. Sí hice caso a sus recomendaciones, sobre todo las que se referían a Onetti: “Tienes que leerte Juntacadáveres y El astillero”, me decía siempre, no sé por qué. Alberto Garrido me hacía prometerle que iba a dejar la bebida antes de obligarme a leer a Stendhal. Vuelta a lo mismo: “Tienes que leerte La cartuja de Parma y El rojo y el negro”, y allá iba yo. Frank Castell puso en mi mano el libro del que hasta ahora es mi poeta favorito, Arthur Rimbaud. Aida Bahr, en la distancia, me atendió un poco. Carlos Esquivel me ha prestado y presta libros y solemos agotar juntos botellas y conversaciones de indistinto nivel. Rafael Vilches expuso, por mí, su pellejo, en un momento crucial (todo o nada para el Cabezón). Y a mi esposa no le interesa la literatura pero es una amante inmejorable y bellísima y una excelente cocinera. Durante dieciocho años de amistad y trece de matrimonio me ha aportado la mínima coherencia necesaria para una misión tan compleja: escribir en lugar de vivir.

 

¿Qué consejos le darías a los poetas más jóvenes?

No puedo dar otro que lean, aunque resulte un cliché. La “farándula” es buena, pero al día siguiente vienen la resaca y la tertulia otra vez. En el ínterin se van muriendo las neuronas por millones y los libros se quedan sin leer y sin escribir. También resulta vital saber cuál es el momento preciso para salirse del Taller Literario. Allí aprendemos a crear (y a declamar) lo que el asesor tiene entendido como literatura; después escribimos de acuerdo a lo que un jurado pequeño entiende como literatura, y posponemos indefinidamente nuestro compromiso con el lector.

 

¿Qué criterio te merece la crítica en Cuba?

No conozco a esa señora.

 

¿Cuáles escritores tienes presente a la hora de escribir?

Julio Cortázar y Roberto Bolaño.

 

Proyectos de libros, y, ¿cómo defines a José Alberto?

Trabajo en dos novelas, una corta y la otra de mayor extensión. Recién terminé un libro de cuentos, que tal vez sea el último. La falta de estructuras que favorezcan la pluralidad destruye lo que toca. Aquí no hay agentes literarios o editoriales independientes, que sin ser terroristas o pornógrafas no tengan otra obligación que la literatura misma. No puedo (no me interesa) escribir o ser de otra forma, y estoy seguro que en algún lugar hay lectores esperándome. ¿Cómo se llega a ellos con tantos obstáculos y tanto cabildeo y tanto favor sexual de por medio? Soy, como te dije, gordo, heterosexual, monógamo, descendiente de mambises. No pude escoger una patria, ni un idioma, ni a mis progenitores: pude, en cambio, elegir un carácter, una forma de pensar, y no los cambio ni por un premio Casa de las Américas. Pero fundamentalmente lo que soy es un guajiro de Las Parras que se debe a la lectura; un escritor free lance (léase desempleado) que hojea, cada noche antes de dormirse, El castillo de Kafka. Que, si lo apuran, no teme decir en público que, entre Cecilia Valdés y Paradiso se queda con la primera, pese a la monumentalidad de la segunda. Que su Poeta Nacional es Martí. Un buen escritor que hasta ahora ha escrito malos libros, pero que está a punto de soltar el lastre, si lo dejan. Alguien que necesita con urgencia concretar un puñado de gestos inútiles, o si no, parafraseando al gran Faulkner, romper el lápiz y olvidarse de la literatura.