Algunos escritores discriminados

Eduardo Parra Ramírez

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Conviene empezar con una postulación de principios. Me declaro en contra de la corrección política en general pero sobre todo cuando ésta se ejerce como dogma, como reflejo condicionado, como tic nervioso. Es decir, cuando su cumplimiento nos exige ser irreflexivos.  Me propongo aquí una exploración del fenómeno entendido popularmente como “discriminación”. Ofrezco el ejemplo de los escritores porque en él se verifican clara y radicalmente los mecanismos de la represión en estado puro, llevados a sus más sórdidos extremos.

Discriminar es un término que viene del latín discriminare, cuya raíz es “diferenciar, distinguir, discernir”. La primera acepción de este vocablo, de acuerdo al diccionario de la RAE, es: seleccionar excluyendo. Según el Diccionario de María Moliner, discriminar significa, en primer lugar, “apreciar dos cosas como distintas o como desiguales. Diferenciar, discernir, distinguir”. Todos estamos al tanto de que el discernimiento es una cualidad esencial de la psique, en virtud de que nos ayuda a sobrevivir. Discernimos lo vital de lo fatal, lo verdadero de lo falso, la seguridad del peligro. En consecuencia, si aún se mantiene vigente el pacto de que el lenguaje comunica, discriminar es, antes que cualquier cosa, razonar.

​Para mejor expresar el matiz anterior, incurro en la anécdota. Hace algunos años yo daba clases en una escuela preparatoria del rumbo de Atizapán de Zaragoza, Estado de México. Mis horas muertas, que eran muchas, las pasaba leyendo en un pequeño recinto al que llamábamos “sala de maestros”. Solía coincidir, cerca de mediodía, con una profesora de Deportes que, tras impartir una clase bajo el sol, entraba chorreando sudor y resoplando. En más de una ocasión me llegó a importunar con zafiedades; pero yo me atrincheraba detrás de mi librito. La verdad sea dicha, ella me irritaba mucho. Una mañana me halló leyendo Asesinos seriales, de Robert Ressler; otra, El arte de la putas, de Moratín; en otra ocasión, Lo que más me gusta es rascarme los sobacos, de Charles Bukowski. Invariablemente eran títulos que le causaban un profundo desagrado. No sé por qué, pero se daba esa casualidad; no siempre es así: también leo La Biblia y El capital.

​Aquélla mañana yo leía sumamente complacido Que se mueran los feos, de Boris Vian. Fue demasiado para ella.

​–Profesor, ¿por qué lee esas cosas? –le salió del alma.

​Hice un gesto que no significaba nada. Entonces me soltó una frase lapidaria:

​–Yo no saldría con usted.

​Lo que dijo me causó tal curiosidad clínica que, haciendo a un lado el libro, exploré:

​–¿Ah, sí? ¿Por qué?

​–No saldría con escritores. Tienen la mente muy retorcida.

​Comprendí que estaba ante mi primer evento de discriminación como escritor. Me dieron ganas de abrazarla. Pero sudaba. En vez de eso, aventuré un sincero y tranquilizador vaticinio:

​–Despreocúpese. Nunca la invitaré a salir y sospecho que ningún escritor lo hará.

​Después de ese episodio, ella divulgó que yo era un misógino y que la había discriminado.

​Reflexioné bastante, no sin ciertos brotes de culpa. Concluí que ambos teníamos razón. Yo la discriminé en lo individual, ejerciendo mi derecho a diferenciarla de las personas con quienes sí saldría. Ella me discriminó en lo general, por pertenecer a un gremio, más precisamente por el prejuicio que ella tiene respecto de ese gremio. La segunda acepción del vocablo discriminar es: “Dar trato de inferioridad a una persona o colectividad por motivos raciales, religiosos, políticos, etc.” Ella no me dijo: “Yo no te deseo”, cosa aceptable. Me dijo: perteneces a un grupo de indeseables. Comprendamos, guardando la debida proporción, que ahí fue instalado un criterio que comparte la genética del nazismo y el fascismo. Te juzgo desde una supuesta superioridad y dictamino, con la limitada información que poseo, que tú tienes la mente retorcida y yo no.

​La discriminación es un juicio a priori en el que está cancelada toda posible interlocución porque viene precedida de un pensamiento narcisista e inflexible. A ese pensamiento descalificador suele venir aparejada una acción excluyente. Y, como quedó demostrado, al menos para mí, en la referida anécdota, antes, durante o después de la acción excluyente se configura un discurso en el que se invierten los valores: tú eres la perversión de la norma, no yo. Yo defiendo la norma y justifico mi actuar en nombre de los equilibrios del grupo social. Cuando hay una correlación de fuerzas (persona contra persona), la acción se neutraliza; cuando lo que está en juego es irrelevante (la prohibición a salir con alguien con quien de todos modos no saldrías), la consecuencia es módica y olvidable. Cuando no hay una correlación de fuerzas y lo que está en juego es de un alto valor, estamos ante un peligro social.

​El desequilibrio en la correlación de fuerzas suele darla el poder. Es decir, discriminar desde el poder conlleva el riesgo social. Por ejemplo, yo, individuo, discrimino a los presidentes de la República. A todos, parejo. Ese hecho no pone a temblar a nadie. Pero cuando ocurre al revés, si la discriminación viene de un determinado poder (político, bélico, religioso, empresarial, mediático o demográfico), la cosa cambia. El uso de esa fuerza termina por abolir algunas de las libertades fundamentales del sujeto. Dicho poder no se localiza necesariamente en las instituciones. Si en una sociedad se consagra la idea de que los infectados de sida son un riesgo potencial, además de ejemplos de la inmoralidad castigada, es la propia sociedad la que vigila y castiga con la exclusión, la indiferencia y el desprecio, que son todas formas de la intolerancia.

​Entonces, el individuo no representa riesgo alguno para el poder del Estado, a menos que ese sujeto pueda persuadir a otros sujetos y se posibilite la construcción de una fuerza, si no simétrica, sí considerable, es decir, una resistencia. Es por eso que el escritor representa un peligro social. Hagamos memoria.

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Reinaldo Arenas

eduardo-parra-2-RArenas-otraopinion-OtroLunes35Nació en 1943, en un pequeño pueblo de las provincias orientales de Cuba, en una familia extremadamente pobre. En su estremecedora autobiografía, Antes que anochezca (llevada al cine con una actuación fuera de serie de Javier Bardem) refiere que desde una edad muy temprana se perfilaron las que serían sus dos pasiones, a las que no vacilo en llamar obsesiones: la escritura y el sexo, no necesariamente en ese orden. El descubrimiento temprano de su vocación no se vio obstaculizado por el precoz y frenético apetito homosexual. Antes bien, llevó ambas pulsiones a prácticas colindantes. Al no disponer de mancebos, tal como hubiera deseado, copulaba con animales, con las frutas, con la tierra, con los árboles. Su incandescente excitación confundíase con la palabra: escribía en los árboles, en la tierra, en el cuerpo.

​Aún adolescente, mientras apoyaba el movimiento revolucionario, escribió su primera novela, Celestino antes del alba. Emigró a La Habana. Fue un huracán autodidacta guiado por el gran Lezama Lima. A sus veintinueve años, diez después del triunfo de la Revolución, terminó la novela El mundo alucinante, obra maestra donde las haya. Siempre febril, el joven Reinaldo no veía la hora de publicar. Concursó en un certamen literario provincial. Los jueces, más timoratos que literatos, le otorgaron el segundo lugar. Fue en ese momento cuando tomó la decisión que sentenciaría la prolongada pesadilla que fue su vida. Envió el manuscrito a una editorial en el extranjero, causando la indignación de la ortodoxia revolucionaria. Los tribunales del gobierno castrista, que ya para entonces había consolidado una minuciosa red de espías y comisarios del pueblo, lo estigmatizaron y desataron desmedido asedio en su contra. La homofobia de los líderes de la Revolución era bastante conocida. Lo que Arenas vino a revelar fue el odio, tan insólito como encarnizado, que Castro ya sentía por los escritores, a quienes en más de una ocasión llamó públicamente “intelectuales pequeñoburgueses” o “intelectuales afeminados”. El líder ya había dispuesto el sometimiento de toda la comunidad literaria. Como sabía que no tendría buena prensa tomar medidas colectivas, resolvió ejemplificar.

​Tras el acoso policiaco, vino la censura, luego el ostracismo. Siempre visceral e insumiso, Reinaldo hizo pública su disidencia al régimen, dándole el pie justo que el gobierno buscaba para ejercer sobre él una de las represiones más desmesuradas, irrestrictas, crueles y prolongadas a que se haya enfrentado escritor alguno en los tiempos modernos. En 1973 fue acusado de abuso sexual, juzgado por un tribunal parcial y con consigna, sentenciado y encarcelado en la prisión del Morro, donde fue torturado, violado, encerrado en mazmorras, sometido a simulacros de fusilamiento. Dos años después fue excarcelado pero volvió una y otra vez a diferentes encierros, en distintas cárceles, incluso en un campo de concentración para homosexuales. Se fugó varias veces pero, nada pudo contra lo que un compatriota suyo llamó “la maldita circunstancia del agua por todas partes”. Cuba libre como cárcel. Siempre era reaprendido; siempre volvía a intentarlo. Y en medio de esa vorágine, escribía. Cuando terminaba un nuevo libro, trataba de ponerlo a salvo mediante la complicidad de sus amigos. A veces lo lograba, otras no. En más de una ocasión la policía le destruyó manuscritos únicos. Cuando esto ocurría, los volvía a escribir.

​En 1980, once años después del principio de su tragedia, logró salir de Cuba por el puerto Mariel. Se instaló en Nueva York. Se dedicó a escribir pero, pocos años después, contrajo el sida. Presintiendo un insoportable deterioro, escribió con apresurada furia su monumental autobiografía. Se suicidó en 1990. No sé ahora, pero hasta hace muy poco sus libros permanecían prohibidos en Cuba.

Si bien es cierto que Reinaldo Arenas no fue el único escritor cubano reprimido por las mismas causas (a la lista se suman autores como el propio Lezama Lima o Virgilio Piñera, o aquellos que rechazaron ser plumas al servicio del sistema, como Guillermo Cabrera Infante o Heberto Padilla), es evidente que fue el más desafortunado, ya que padeció todas y cada una de las formas de represión imaginables, a excepción del asesinato. La más infame de las acciones excluyentes es la que sigue sufriendo hasta la fecha: ser excluido de la tradición.

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José Revueltas

eduardo-parra-3-JRevueltas-otraopinion-OtroLunes35Nació el 20 de noviembre de 1914 en el estado de Durango, México. Su familia constituye una estirpe de artistas, que incluyó a sus hermanos Silvestre Revueltas (compositor), Fermín Revueltas (pintor) y Rosaura Revueltas (actriz). Igual que Arenas, su conciencia fue precoz, aunque la transgresión de Revueltas fue ideológica. Infancia es destino, y nombre, premonición: si Arenas movedizas, Revueltas sociales.

​Debido a su fuerte involucramiento en actividades disidentes, Revueltas conoció la prisión en su adolescencia. A los quince años fue enviado a las Islas Marías. Participó en el Movimiento Ferrocarrilero en 1958, donde también lo apresaron. En 1968 fue acusado de ser el “autor intelectual” del movimiento estudiantil que culminó con la matanza de Tlatelolco. Por esa acusación fue recluido en la cárcel de Lecumberri, lugar donde escribió su célebre novela El apando.

​Su literatura se caracteriza por un realismo duro que es a la vez denuncia de las desigualdades y expresión de la condición humana. Profesó un pensamiento de izquierda clásica, marxista-leninista, pero se permitió descreer de la aplicación práctica del modelo soviético estalinista, que supuso, en su opinión, desviaciones burocráticas y abusos autoritarios imperdonables. Debido a este revisionismo, fue expulsado del Partido Comunista. Sus críticas a la izquierda, desde dentro y sin la cómoda asepsia del que juzga sin involucrarse, provocaron que también fuese expulsado del Partido Popular Socialista, que el mismo ayudó a fundar.

​Su ejemplo demostró que el temperamento creativo unido al pensamiento crítico generan apetitos de aniquilación. Ambos bandos, sistema y disidencia, exigen obediencia y fe, a sus lacayos, unos; a sus militantes, otros. Revueltas se quedó sin interlocutores, sin camaradas, casi sin amigos. Enfermo y disminuido, murió en 1975, el mismo año en que murió como cárcel el Palacio Negro de Lecumberri. Los lectores que supo conquistar, se han mantenido con el tiempo. Nadie logró expulsarlo de la tradición literaria.

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Roque Dalton

eduardo-parra-4-RDalton-otraopinion-OtroLunes35Semejante a Revueltas, Dalton fue siempre de izquierda. Acaso su experiencia sea más extrema, ya que éste se ejercitó en las formas más radicales de la disidencia en el escenario de una dictadura latinoamericana.  De nacionalidad salvadoreña, estudió periodismo a instancias de su padre, de origen norteamericano. Muy joven, Roque Dalton viajó a México y tuvo la oportunidad de entrevistar a Diego Rivera. Según refiere Eraclio Zepeda, su encuentro con el muralista fue decisivo. Aterrado, Roque formuló preguntas torpes, hijas de su inexperiencia. En cierto momento, Rivera le reviró malhumorado: Muchacho, ¿cuántos años tienes? Dieciocho, fue la respuesta. ¿Y has leído a Marx? No. Entonces tienes dieciocho años de ser un pendejo. Ese momento decidió su destino, ya que, humillado, se apresuró a investigar quién demonios era Marx.

​Al igual que Arenas y que Revueltas, Roque frecuentó prisiones y salas de interrogatorios. Llegó a ser condenado a muerte pero, mientras esperaba el cumplimiento de la sentencia, un terremoto derribó los muros de la cárcel, permitiendo que el poeta escapara.

​No tardó en formar parte de la guerrilla, el brazo armado del Frente Farabundo Martí. Aún en la clandestinidad, escribía a raudales. Publicaba donde podía. Usaba numerosos heterónimos, como hizo Pessoa. Escribía poemas de tono coloquial pero con insistencia reflexiva y enjundia militante:

El 10 de mayo de 1975 Roque Dalton fue asesinado, pero no por “el enemigo” al que alude en sus poemas. Lo mataron sus propios compañeros del Ejército Revolucionario del Pueblo. La muerte de Roque Dalton entraña una paradoja. La de la propia izquierda que se desgasta y se aniquila a sí misma en confrontaciones internas, en su mayoría propiciadas por irrelevantes matices y por rígidos dogmatismos. La intolerancia de nuevo cancelando toda forma de diálogo.

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Francisco Tario

eduardo-parra-5-FTario-otraopinion-OtroLunes35Todo en Tario era extraño y misterioso. Su misantropía, la singularidad de sus aficiones, el desajuste de su mente cuando creaba, lo brumoso de su biografía, su aislamiento. Pertenece a la estirpe de los escritores “raros”. Portero del Asturias, notable pianista, peculiar dibujante, esposo de Carmen Farell, “una de la mujeres más bellas de México”, pero sobre todo un escritor sin pares.

​En su literatura, hay ataúdes que hablan, perros que expresan el amor por sus dueños, hombres que imprecan a Dios, fantasmas, monos que salen por el grifo del agua, alucinaciones, blasfemias, locura. Era un escéptico en toda la línea. No era un provocador deliberado. Escribía sin encono ni prédica. Los narradores que lo habitaron lo mismo encontraban furia que miedo o perplejidad, nunca dicha.

​Practicó el teatro, el aforismo y la novela, pero fue el cuento la forma donde alcanzó su timbre más profundo y propio. Uno de sus personajes, en una especie de preceptiva amoral del autor, exclama:

“Y escribiré libros. Libros que paralizarán de terror a los hombres que tanto me odian; que les menguarán el apetito; que les espantarán el sueño; que trastornarán sus facultades y les emponzoñarán la sangre. Libros que expondrán con precisión inigualable lo grotesco de la muerte, lo execrable de la enfermedad, lo risible de la religión, lo mugroso de la familia y lo nauseabundo del amor, de la piedad, del patriotismo y de cualquier otra fe o mito. Libros, en fin, que estrangulen las conciencias, que aniquilen la salud, que sepulten los principios y trituren las verdades. Exaltaré la lujuria, el satanismo, la herejía, el vandalismo, la gula, el sacrilegio: todos los excesos y las obsesiones más sombrías, los vicios más abyectos, las aberraciones más tortuosas…”

El antihéroe de su novela Aquí abajo, en su caída moral, pronuncia el revés de una plegaria:

“—¡Dios, Dios mío y de todos! No sé si creo en Ti o no creo, si vengo a pedirte auxilio o lástima, si vivo o no vivo y, si vivo, si soy tan desdichado como mis semejantes o aún más. No sé a punto fijo qué es lo que deseo, ni qué podrías Tú ofrecerme, ni qué sería necesario que sucediera para que mañana pudiera comprobar yo que había estado contigo. Sólo sé que estoy aquí de rodillas, que he dicho mis pecados —no hoy, sino doscientas o trescientas veces— y que nada ha cambiado, ni promete cambiar. No sé cuándo he de morirme o nacer y a dónde debo ir después; no sé siquiera si con mis huesos se quedará todo en la tierra; pero todo ello me da igual. No soy, pues, un hipócrita, y Tú, si es que lo ves todo, debes saberlo mejor que yo. No pido la Gloria, ni ninguna gratificación para el futuro; no pretendo ser rico, ni tener una salud perfecta, ni que los míos sean los seres más puros y dulces de la tierra. Todos mis males, mi desconcierto, mis dudas y mis desilusiones no me impiden vivir. ¡Dios, Dios mío y de todos! Lo que te pido es esto: que tengas piedad un poco, un poco siquiera de esta amargura nuestra que no sabemos en qué consiste, pero que es lo peor que puedas imaginarte. Tú has estado en la Tierra —Tú o tu Hijo— y lo habrás visto. Hace mucho tiempo de eso… Pues por si lo has olvidado o no has querido pensar más en ello, voy a advertirte una cosa: todo sigue más o menos como entonces y, si volvieras, por esta misma amargura volveríamos a crucificarte. No te crucificamos por malos, como no blasfemamos por malos, ni alzamos por malos la mano contra un compañero. Herimos, y robamos, y cometemos adulterio, y renegamos a veces de Ti por esta maldita amargura que nadie nos quiere curar. ¡Dios, Dios mío y de todos! ¿No es posible hallar el remedio?”

​Se trata de un autor fatalista en extremo. Parece desarrollar en su narrativa una representación artística de lo que un filósofo llamó “el sentimiento trágico de la vida”, según el cual, la verdad es insoportable; consiste en una toma de conciencia de que no existe el amor, la comunicación es imposible, somos falibles, vulnerables al dolor, prescindibles y mortales. Lo que un poeta sintetizó en una línea: “…tanto penar para morirse uno.”

​¿Puede un autor de esta naturaleza representar un peligro social o político? No, pero un desafío moral, sí. Fue discriminado, por supuesto, aunque no por el Estado, sino por las buenas conciencias, por quienes no estaban dispuestos a consentir que, mientras todos escribían la novela de la Revolución, el elogio al PRI y la epopeya enana de las instituciones, Tario escribía el mapa de su propia psique, sin maquillaje ni eufemismos. Su castigo fue un olvido de medio siglo. Excluido del canon académico, suprimido del gueto de los comerciantes metidos a editores, que ven el libro como mercadería y no como soporte material de obras del espíritu; ignorado por los comentaristas, juzgado como excéntrico y no como lo que es, uno de los discursos literarios más poderosos y expresivos de nuestra tradición. Pero sobre todo, la discriminación de Tario representa un sesgo distinto aunque no menos nefando de la actividad supresora: el argumento según el cual es aceptable discriminar al que es marginal por elección propia. Si Tario quería excluirse, escupir los blasones de la moral e instalarse en la diferencia, por el poder de la inopia intelectual consagrada como consenso fue condenado al purgatorio. Pero algunos escritores, como los fantasmas, vuelven del más allá.

 

Hasta aquí el recuento, el recuerdo. Si, como sostienen muchas de las más recientes expresiones literarias, la solidaridad, la comunicación y la tolerancia son productos culturales que no están en nuestra naturaleza, vale oponer la validez de un pensamiento según el cual la nobleza consiste justamente en practicar gestos de rebeldía cuando nuestro corazón menos lo espera.

Del Autor

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Eduardo Parra Ramírez
Escritor mexicano nacido en 1970. Posee estudios de cine y creación literaria. Su obra refleja una variedad de intereses. Ha publicado cuento, poesía y ensayo. Ha incursionado asimismo en la dramaturgia, la dirección de cortometrajes, el guionismo radiofónico, la música y la docencia. Entre otros reconocimientos ha ganado el premio Ignacio Manuel Altamirano de Poesía por el libro Refractario y el Juan Rulfo para primera novela por La ira del filósofo. También es autor del poemario Palabras sobrevivientes, coautor del volumen Sin mirar atrás. Veinte cuentistas ante el viaje sin retorno y compilador de Vacaciones en escombros. Once recorridos por el cuento adicto. Parte de su obra ha sido traducida al inglés, al portugués y al esloveno. Es maestro fundador de la Escuela Mexicana de Escritores.