¿Qué será de ti, querida Cuba?

Antonio Álvarez Gil

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Por estas fechas se cumplen 56 años de la llegada de Fidel Castro al poder en Cuba. Con ello se iniciaba una serie de rupturas institucionales que paulatinamente condujeron al país al lamentable estado en que se encuentra hoy. Pero se ha escrito tanto sobre el tema que no vale la pena seguir abundando en las causas o consecuencias del problema. Cuba tiene lo que tiene y el pueblo vive como vive: en mi opinión, muy mal. Por eso el propósito de estas líneas no es hablar de la Revolución en sí misma, sino expresar mi opinión sobre cómo la percibimos los cubanos a la distancia que nos separa de aquella mañana de 1959.  

Si echamos la vista atrás y revisamos los sucesos de los primeros meses del cambio de régimen en el país, se hace inevitable preguntarse el porqué de la confianza casi absoluta del pueblo en un hombre cuyo pasado estaba lleno de odio y violencia, para no hablar de la sangre derramada —con culpa o sin ella— en el cuartel Moncada, la campaña de la Sierra Maestra y los fusilamientos ulteriores al triunfo de enero. ¿Cómo pudieron los cubanos compararlo con Martí o con Jesucristo, firmarle un cheque en blanco y ponerse en sus manos, como si hubiera sido realmente el Mesías que habría de conducir a su gente a la tierra prometida? Salvo unas pocas excepciones (no hablo de batistianos), la mayoría del pueblo cubano cayó en el sortilegio y se dejó arrastrar por las palabras y la personalidad del entonces joven líder. Pienso que es de ley reconocerlo.

¿Qué queda, pues, tras la entrega total,  tras el renunciamiento al fuero propio, a las libertades individuales del ciudadano? ¿Cuál es el saldo de un plazo tan extenso de sometimiento voluntario, de tantas vidas arrojadas al fuego purificador de las ideologías? ¿Valió la pena el sacrificio para alcanzar el bienestar del que supuestamente debía disfrutar el cubano de hoy? El resultado está a la vista de quien quiera verlo: un país que apenas funciona, una economía renqueante, ciudades e infraestructuras en franco y progresivo deterioro… Y lo peor de todo, un pueblo dividido por la Revolución, pobre en su propia tierra, exitoso fuera de esta.

No hay mal que dure cien años, reza el viejo refrán, y esperemos que se cumpla, que en algún momento las cosas en la Isla empiecen a cambiar. Puede incluso que ya lo estén haciendo, sobre todo en lo que atañe a la mentalidad del hombre de la calle. El año pasado estuve en Cuba por un asunto de familia. Y algo me llamó la atención: Me pareció que a la mayoría de la gente no le interesan mucho los tintes ideológicos de lo que ocurre hoy en su patria. Los cubanos quieren vivir mejor, ya sea con este gobierno o con el que pudiera surgir de un eventual cambio de poder. Por otro lado, sigue creciendo la parte del pueblo que considera imposible prosperar en su tierra y está decidida a intentarlo en otros sitios. Nadie debería criticar a nadie por procurar el bienestar de su familia. Por eso, si a los gobernantes cubanos les interesara realmente la suerte del país, deberían empezar a pensar en quiénes serán los hombres y mujeres que habrán de acometer algún día la restauración de la economía nacional. Como cualquiera puede imaginar, esta será una operación de envergadura colosal y habrá de requerir del trabajo arduo y honesto de toda la población. En este sentido y a juzgar por cómo van las cosas, nada parece señalar un porvenir halagüeño para el habitante de la Isla.

En general, resulta aventurado hablar sobre el futuro del país. Con respecto al pueblo, a esos cubanos que promueven y habrán de promover la marca de su tierra, no sé qué decir. La psicología de la gente ha cambiado tanto que es difícil saber lo que de veras siente el ciudadano actual. Por eso subrayo que hablo desde la impresión que me produjo el contacto con amigos y familiares, también con algunos desconocidos en la calle. En todo caso, lo que sí pude comprobar una y otra vez es que los cubanos no van por la ciudad pregonando sus preferencias ideológicas. Excepto unas pocas personas, agrupadas casi siempre en alguna plataforma política, la mayoría de la gente que se atreve a hablar en público sobre la situación del país expresa no tanto ideas de carácter político o ideológico como comentarios de disconformidad o enfado ante las dificultades a las que se enfrenta diariamente.

De los que vivimos en el extranjero, ¿qué decir? En este barrio las cosas  pueden a veces ser tan complicadas como en el otro. Recientemente tuve la oportunidad de leer los comentarios a un texto sobre Cuba aparecido en un sitio de Internet. Las opiniones publicadas allí eran de muy diverso signo. Me llamaron la atención las de un buen número de compatriotas que proclamaban su indiferencia hacia lo que ocurre en nuestro país. Unos porque llevaban ya muchos años fuera; otros por agravios sufridos en el pasado y algunos quién sabe por qué. No sé hasta qué punto serían o no sinceras sus palabras de desamor hacia la tierra que los vio nacer. Si así fuera, a mí, francamente, me daría cierta pena por mi pueblo. Cualquier país se merece el respeto y el amor de sus hijos. Y Cuba son sus hijos, no sus gobernantes. Si alguien nos desfiguró la patria, ello no significa que sea menos nuestra ni que nosotros —por el simple hecho de desearlo— seamos menos cubanos. Países se pueden tener varios; pero patria, lo que se dice patria, hay una sola. Igual que madre. Así las cosas y con tantos hijos negando su pertenencia al suelo que los vio nacer, ¿qué será de ti, querida Cuba?

 

Postcriptum

Después de haber concluido este artículo y a punto de entregarlo para su publicación en OtroLunes, llegó el anuncio hecho por Barack Obama y Raúl Castro sobre la normalización de las relaciones diplomáticas entre Cuba y Estados Unidos. En mi opinión, esta es una noticia histórica cuya trascendencia exigirá, sin duda, otros artículos dedicados al tema. No obstante ello y dado que, como dice el refrán, “lo cortés no quita lo valiente”, he decidido mantener el contenido de esta columna tal cual estaba escrito.

Del Autor

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Antonio Álvarez Gil
(Melena del Sur, La Habana, 1947). Ha publicado Una muchacha en el andén (Ediciones Unión, La Habana, 1986), Unos y otros(Ediciones Unión, La Habana, 1990), Del tiempo y las cosas (Ediciones Unión, La Habana, 1993),Fin del capítulo ruso (Ediciones Vintén, Montevideo, Uruguay, 1998), Las largas horas de la noche (Editorial Universidad de San José, Costa Rica, 2000; Editorial Plaza Mayor, Puerto Rico, 2003), Naufragios (Algaida Editores, Sevilla, 2002), Delirio nórdico (Algaida Editores, Sevilla, 2004), Nunca es tarde (Fundación José Manuel Lara, Sevilla, 2005), La otra Cuba (Centro Cultural de la Generación del 27, Málaga, 2005). Entre sus muchos premios destacan el Premio de novela Ciudad de Badajoz (España, V edición) y el Premio de novela del Ateneo ciudad de Valladolid (España, en su LI edición). Álvarez Gil aparece incluido en varias antologías del cuento contemporáneo. Cuentos y artículos suyos han aparecido en publicaciones de España, Italia, Suecia, Estados Unidos y Latinoamérica. Es miembro de la Asociación de Escritores de Suecia. Desde 1994 reside en Estocolmo. Acaba de publicar las novelas Después de Cuba en la editorial española Baile del Sol y Perdido en Buenos Aires (2010), con la que obtuvo el Premio Internacional “Mario Vargas Llosa”, de la Universidad de Murcia en el 2009. Su novela más reciente es Callejones de Arbat (2012).