Por lo general se habla del dominicano –de lo dominicano y de la dominicanidad— como si fuéramos una esencia, es decir, algo inmutable. Así, es fácil escuchar decir a más de uno por ahí: “Lamentablemente somos así”, como si no tuviéramos remedio. Lo que no entienden los que de este modo hablan es que no hay esencias inmutables, que de hecho no siempre fuimos “así”, que inclusive hubo un día, una época en la que ni siquiera fuimos –tal el primero de octubre de 1492 y toda la larga etapa anterior— y que desde luego, cambiaremos, porque el cambio es la única realidad cierta e inmutable de la vida.
No creo que exista lo dominicano, la dominicanidad, una forma de ser nacional, inmutable y eterna. No. Aquí –como en todas partes— lo que existen son hombres y mujeres con un conjunto de particularidades y singularidades que les son propias y absolutamente intransferibles y que –como seres vivos que son–, están siempre en permanente proceso de modificación y cambio.
Ahora bien. Por descontado que todos participamos –como “dominicanos” que somos— de características comunes, un número determinado de rasgos uniformadores y aglutinantes. Tales son, entre otros, la lengua común (el castellano o español), la religión (el cristianismo), la historia, la cultura hispanoafricana (incluyendo aquí el folklore, el vestido y la cocina). Pero por encima de estos elementos uniformadores la nación (lo “dominicano”, la “dominicanidad”) está compuesta por hombres y mujeres dotados de libre albedrío. De modo y manera que cada uno elige, coge de aquí y de allá lo que cree que más le acomoda y conviene y más se adecúa a su particular forma de ser y a sus necesidades particulares. Cada uno toma y transforma y cambia y enriquece (o empobrece y aún disipa y pierde) ese legado, ese patrimonio común.
De sobra es sabido cómo la sensibilidad y las ideas y las actitudes de los seres humanos cambian y se modifican con el tiempo, con la evolución histórica. El ser humano que es el dominicano no es una excepción. El dominicano de hoy de ningún modo es igual –o al menos no es idéntico— al del siglo XIX. Hoy somos de una forma y mañana seremos de otra. Todo dependerá de mil y un factores de la más diversa índole y naturaleza –sociales, políticos, económicos, científicos- tecnológicos— y de nuestra propia voluntad individual y colectiva. Y, de hecho, ya hoy mismo, en este aquí y ahora histórico, de ningún modo somos del todo iguales. ¿O lo son –por no hablar de estratos sociales, socioculturales y económicos— los del Cibao Central y los del Este y los del Sur o los del Suroeste? Baní tiene particularidades muy marcadas (corridas de toros, por ejemplo) y el castellano que se habla en La Vega y en Moca difiere, con todo y ser básicamente el mismo, del que se habla en Vicente Noble.
Pero ¿cómo somos los dominicanos de hoy? Sin duda que –entre otras muchas falencias— somos desorganizados, aseados en lo personal pero no así en cuanto al entorno, impuntuales, desordenados, nada disciplinados ni metódicos, descentrados, no muy cultivados, nada dados a la reflexión, la crítica y el análisis, ni responsables ni cumplidores de la palabra dada.
Todo esto por cuanto a lo malo se refiere; que del otro lado de la balanza debemos colocar ahora lo bueno. ¿Cuáles son la virtudes que adornan a nuestro pueblo? He aquí algunas: El dominicano es –al menos esto es lo que se dice– simpático, hablador y extrovertido, desprendido y hospitalario, amante de las fiestas y de los encuentros familiares, no le tiene miedo a las modernas tecnologías que asimila rápida y fácilmente, etcétera…
Pues bien. Todos estos rasgos y características –al igual que muchas de nuestras costumbres y tradiciones– pueden desaparecer en cuestión de unos pocos años. Basta y sobra que cojamos a ese dominicano típico, del que más arriba hemos realizado un esbozo, y lo rodeemos de las condiciones ambientales adecuadas.
Cierto. Dotémoslo de instituciones sólidas, de funcionarios serios y eficaces y responsables, de servicios de calidad –agua, luz, transporte, teléfono… –, elevemos su dignidad de ciudadano y su autoestima personal; profundisémosle la democracia y sus posibilidades reales de participación social y política; elevemos su nivel cultural y educativo; dotémoslo de una adecuada, digna y honesta forma de ganarse la vida sin sobresaltos; hagamos que habite una casa en condiciones y que viva en ciudades humanas por las que pueda desplazarse sin tropiezos ni sobresaltos y sin poner en riesgo su integridad física y aún su propia vida y verá usted lector amigo cómo al cabo de unos pocos años ya no tendrá usted ante sí a un dominicano típico sino a un suizo auténtico.
Quizá, claro está, nuestro personaje siga bailando merengues con furor y pasión y degustando plátanos con deleite; pero con toda seguridad que ya no será sólo esto lo que baile, ni plátanos lo único que deguste. Bailará también sevillanas y sardanas; polkas y mazurcas (de hecho ambas se bailaron en esta tierra en su día), zarabandas y rap y rock y degustará con fruición numeroros platos de la cocina internacional. Y quien sabe si además no se adscribe al protestantismo, al calvinismo o al luteranismo militante.
